En los años ochenta, Karl Marx se convirtió en el blanco de la restauración neoliberal. Cualquier aspecto de su vida, incluso el más privado, era utilizado en su contra. Al cumplirse el centenario de su muerte, un amigo norteamericano envió un ejemplar del New York Times que, según le informaba, siempre había mostrado respeto por el personaje.
Sin embargo, el artículo del 14 de marzo de 1983 parecía ser obra de un mercenario sin ninguna categoría intelectual, dispuesto a todo contra el "Gran Satán". El objetivo principal era desacreditar a Marx como marido de Jenny de Westfalia, argumentando que sin ella, su destino habría sido diferente. Pero el caso dio lugar a una verdadera montaña de artículos y de libros que tendían a sepultar su obra teórica, y esta guerra fue triunfal, la izquierda institucionalista se estaba convirtiendo o resignando el neoliberalismo. La resistencia -ironizaba el converso Vargas Llosa- quedaba reducida a las universidades.
Marx reconocía la importancia de Jenny en su vida, como lo expresó en una carta a Engels: "Jenny fue indispensable en su vida". Así hablaba Marx de su compañera. Lo dicho: marxista en la lucha, en casa no dejó de ser un hombre de su tiempo, menos avanzado que Engels y que otros socialistas de su época. Además, Marx no era lo que se dice “un hombre de provecho” y tampoco era “un hombre de su casa”.
En palabras de su biógrafo Frank Merhing, a Karl no le gustaba hablar de estas cosas. Pero siempre, por encima de las necesidades, por apremiantes que estas fueran, estaban los grandes problemas de la humanidad. Tanto él como ella eran plenamente conscientes de la trascendencia de sus aportaciones y establecieron tácitamente una división del trabajo.
Es por ello que en las biografías de Marx, Jenny solo suele aparecer en los momentos de las batallas cotidianas, cuando la miseria se hace insoportable. No obstante, en los momentos de las grandes batallas, ella también redoblaba los esfuerzos. La familia de Marx fue, con todo, un ejemplo, y su hogar, un lugar recordado con cariño y admiración por los distintos revolucionarios que pasaron por su lado.
Todos los testimonios escritos por éstos -fuera en París, Bruselas o Londres- coinciden en realzar la figura inteligente y alegre de Jenny. Este es el caso, por citar un ejemplo, de Friedrich Lessner: “La casa de Marx permanecía abierta a cualquier camarada de confianza. Me resultan inolvidables las agradables horas que, como otros muchos, he pasado en el círculo de su familia. Destacaba aquí sobre todo su excelente esposa, mujer de buena estatura y de rara belleza, noble en el porte, pero de extraordinaria bondad, amabilidad y agudeza, y desprovista por entero de todo orgullo y altivez, de forma que a su lado uno se sentía tan cómodo como al lado de su propia madre o hermana. Su personalidad entera recordaba las palabras del poeta popular escocés, Robert Burns: ‘Mujer, adorable mujer, el cielo te ha destinado para atemperar al hombre’.
Los más cercanos sabían no obstante que, junto con estos momentos de equilibrio económico y tranquilidad -facilitados por las oportunas ayudas de Engels o por algún raro ingreso, como lo fue la herencia del viejo comunista Lopus-, hubo otros en los que el drama les asolaba. Este drama para los Marx no fue el destierro, ni la persecución, ni la cárcel, ni siquiera la calumnia, aunque todas estas cosas contribuyeron a amargar sus días. Fue un drama menos espectacular pero mucho más trágico.
La Miseria y la Enfermedad en el Hogar de Marx
Se trata simplemente de la miseria más extensa y cuyo centro era el hogar. Jenny nos da cumplida cuenta de ello en esta larga cita: “Solo describiré un único día de esa vida tal como sucedió, y así podrá ver que quizás muy pocas familias de emigrantes han tenido que sufrir semejantes privaciones. Dado que aquí las nodrizas resultan inasequibles, decidí alimentar personalmente a mi hijo, a pesar de los constantes y penetrantes dolores en los pechos y en la espalda. Sin embargo, el pobre angelito debió ingerir todas mis preocupaciones y callados lamentos, por lo que nació completamente enfermizo. Desde que está en este mundo, todavía no ha conseguido dormir una sola noche más de dos o tres horas seguidas. En los últimos tiempos se han añadido a ello fuertes calambres, de forma que el crío ha estado constantemente entre la muerte y la más mísera vida. Y sumido en tales dolores, mamó con tal fuerza que mis pechos se agrietaron y sangraron, de forma que en más de una ocasión la sangre corría por su trémula boquita.
Cierto día, encontrándome en tales condiciones, entró en casa la patrona -a la cual habíamos pagado en el curso del invierno 250 táleros y con la cual habíamos acordado contractualmente pagar las sumas futuras a su amo y señor, que la había embargado-, negando la existencia del contrato y exigiendo las 5 fibras que todavía le adeudábamos. Y cuando no pudimos pagárselas al instante (la carta de Naut llegó demasiado tarde), penetraron en la casa dos embargadores, que se hicieron cargo de todos mis pequeños bienes: camas, ropa, vestidos, todo, incluso la cuna de mi pobre hijito, y los juguetes de mis hijas, que prorrumpieron en llantos. Yo estaba echada en el suelo desnuda, con mis hijos temblando del frío y con el pecho dolorido. Schramm, nuestro amigo, corrió a la ciudad en busca de ayuda.
Como consecuencia de situaciones como ésta, murieron varios de sus hijos. De uno de estos casos existe el siguiente testimonio de Wilhem Liebknecht: “Muchos niños murieron. También los dos varones de Marx; el nacido en Londres falleció muy pronto, mientras que el nacido en París murió después de una larga dolencia. La muerte de este último conmovió profundamente a Marx. Todavía recuerdo aquellas tristes semanas de la enfermedad sin esperanzas de salvación. El muchacho -llamado Edgar, como su tío, pero al que todos llamaban Musch- era muy dotado, pero era enfermizo de nacimiento; un verdadero hijo del dolor, de hermosísimos ojos y prometedora cabeza, que sin embargo era demasiado pesada para su débil cuerpo. Si al pobre Musch se le hubieran aplicado unos cuidados tranquilos y duraderos, así como una estancia en el campo o junto al mar, quizás hubiera sido posible mantenerlo con vida. Sin embargo, la vida de refugiados, los continuos traslados de un domicilio a otro, la miseria londinense, no permitieron -a pesar del más delicado amor de los padres y de los cuidados de la madre- fortalecer al débil brote para la lucha por la existencia. Musch murió. No olvidaré la escena: la madre inclinada sobre la criatura muerta y llorando en silencio.
Amor y Sombra en la Vida de Marx
Los amoríos entre Jenny y Karl no conocieron ningún paréntesis. No se han publicado las cartas de ella a él, pero sí las de Marx. En una de ellas, concluye así una larga declaración amorosa: “Desde luego en el mundo hay muchas mujeres, algunas muy hermosas. Pero ¿dónde voy a encontrar en otra cara, cada rasgo, cada arruguilla que despierte en mí los más intensos y bellos recuerdos de mi vida? Hasta mis inmensos sufrimientos los leo en tu amada fisonomía, y son dolores que mitigo cuando cubro de besos tu rostro, querida. ‘Enterrado en tus brazos… resucitado por tus besos’, diría yo. Sí.
Sin embargo hay una sombra en su fidelidad. Marx tuvo un hijo con Helene Demuth, la criada de la familia de Jenny que tenía casi la misma edad que ella y que la había seguido al exilio a través del calvario doméstico convirtiéndose en una pieza insustituible de la familia. Helene era bastante hermosa y él cayó en la tentación. El niño se llamó Frederic y fue adoptado por Engels. Esto ocurrió en 1851 y sin embargo Helene siguió durante algunos años más con los Marx. No hay duda de que Jenny estaba al corriente, pero no hay huella de una desavenencia con su marido.
Obviamente avanzado teóricamente ante la cuestión moral y de la mujer -ver simplemente El Manifiesto Comunista-, Marx no lo fue tanto a nivel práctico. Un ejemplo de ello lo tenemos en su actitud inadmisible, cuando ni siquiera se dignó dar sus condolencias a Engels tras la muerte de Mary Burns, con la cual éste mantenía “relaciones irregulares”.
Jenny murió después de una larga y penosa enfermedad. Ante su tumba dijo Engels: “… De sus cualidades personales no tengo nada que hablar, sus amigos que la conocen no la olvidarán jamás.
El Destino de las Hijas de Marx
Jenny y Karl tuvieron siete hijos: cuatro de ellos murieron siendo niños; sobrevivieron tres niñas, todas las cuales tuvieron un cierto papel en la historia del socialismo ulterior, amén de un fin más bien trágico. La primera fue sin duda la más discreta, Jenny Marx Longuet (1844-1883), conocida como “Jennychen” en el círculo de los Marx. Militante socialista, escribió para la prensa socialista en Francia en la década de 1860, sobre todo denunciando el trato británico a los fenianos irlandeses. Contrajo matrimonio con Charles Longuet, veterano de la Comuna y juntos tuvieron cinco hijos varones y una mujer.
Laura Marx (1845-1911) se casó con otro comunero, Paul Lafargue, con el que Marx tuvo sus más y sus menos, primero por su actitud bohemia y luego por su tendencia hacia el reduccionismo, lo que le llevó al suegro a decir que si lo que Paul escribía era marxismo, él no era marxista. No obstante, Lafargue fue un militante íntegro y vivió con Laura fases muy duras. Destacó como el autor de una obra clásica inclasificable, El derecho a la pereza. Paul, joven socialista español nacido en Cuba, nacionalizado francés y llegado a Londres para trabajar en la AIT, fue uno de los “leones” de la primera socialdemocracia, uno de los fundadores de la sección francesa, y su relación con el PSOE original ha sido comparada a la de Fanelli con el anarquismo. La pareja se suicidó mediante una inyección de ácido cianhídrico, algo que tenían previamente acordado para cuando su salud no les permitiera mantener su independencia y dignidad vital. Sin embargo, no era esta la impresión que tenían los demás. Ambos gozaban de bienestar, eran muy respetados y por lo tanto no parecía justificado semejante final.
La más inquieta y avanzada fue la londinense Eleonora Marx (1855-1898), conocida en familia con el alias de “Tussy” (gato), que había sido educada en su casa por “el Moro”, llamado así a Marx por su tez oscura; con el paso del tiempo se convirtió en su secretaria (“Eleonora soy yo”, confesaba Marx), pasando luego a ser profesora en un colegio de Brighton. Destacando por sus conocimientos literarios, tradujo Madame Bovary, de Flaubert, La dama del mar y El enemigo del pueblo, de Ibsen. Conoció una relación amorosa con Prosper-Olive Lissagaray, el mejor historiador de la Comuna, pero ambos se toparon con la intransigencia del padre. En 1884 se unió a la Federación socialdemócrata de Henry Hyndman (1842-1921), que encarnó un “marxismo” de vía estrecha con el que no tardó mucho tiempo en romper. En los años ochenta del siglo se convirtió en una desatacada conferenciante socialista, siendo una de las fundadoras de la Liga Socialista, junto con William Morris, en donde militaban socialistas no marxistas: jacobinos, cristianos y anarquistas, en particular el grupo “Freedom” que lideraba Pietr Kropotkin y sus amigos, que también se distinguieron por su rechazo del sectarismo.
Además Eleonor se convirtió en una sindicalista, apoyando luchas muy duras como la que llegó a llamarse Huelga de las “Matchgirls” de 1888, que movilizó a más de 1.400 trabajadoras, muchas de ellas niñas y adolescentes, que trabajaban en la fábrica de cerillas llamada Bryant&May. Todo comenzó a raíz de un artículo de denuncia de la activista Annie Besant (1847-1933), que actuó como intermediaria entre la empresa y las trabajadoras, y acabó con la aceptación de algunas de las reivindicaciones de las mujeres (eliminación de las deducciones por el costo del material y las multas, habitaciones separadas y no contaminadas para la comida, etc.) y la huelga terminó.
Annie tenía ya una larga trayectoria democrática cuando en 1888 se convirtió al socialismo. Había formado con Charles Bradlaugh una pareja libre y unida de librepensadores, ateos, secularistas, maltusianos y simpatizantes de las luchas obreras. Por sus actividades inconformistas fue encarcelada en múltiples ocasiones, una de ellas en 1877 por publicar un libro sobre el control de la natalidad, que era un tema tabú no solo para el poder y la Iglesia sino también para la izquierda. El libro fue calificado por un subfiscal de la corona de “sucio, obsceno… su objetivo es el permitir que las personas mantengan intercambios sexuales, prescindiendo de aquello que, en el orden de la Providencia, es el resultado natural del intercambio sexual”. Annie fue acusada de divulgar una obra que sugería a los jóvenes y solteros “que gratificasen sus pasiones”. Hizo su defensa explicando que con el libro las mujeres obreras podrían tener a bajo precio lo que las ricas tenían de una manera más cara.
Annie colaboró con Engels, William Morris y Eleonor Marx en las luchas sociales y políticas, y más tarde formó parte del grupo fabiano desde una óptica izquierdista. Para la sociedad fabiana escribió un trabajo sobre el control obrero de las industrias y organizó en los sindicatos a las trabajadoras cerilleras. Luego trabajó durante varios años en el laborismo, con el que tuvo diferencias durante la Gran Guerra ya que Annie se declaró pacifista e internacionalista. En la postguerra se dedicó a hacer campañas anticolonialistas y a favor de la independencia de la India.
Siguiendo con Eleonor, esta ayudó a organizar la “Gasworkers’ Union”, escribió numerosos libros y artículos. Aquella fue una época especialmente creativa dentro de la cual Eleonor realizó una importante aportación feminista en base a las lecturas de Mary Wollstonecraft. En este punto se la considera como una pionera del movimiento sufragista, que contribuyó a desarrollar, según su biógrafa Rachel Holmes. “En la época victoriana, se hablaba de la opresión de género como la ‘cuestión de la mujer’. Eleonora fue aún más allá y extendió el debate a la mujer trabajadora. La contradicción entre sus ideales y su vida personal. Su deseo de tener hijos y su amor no correspondido. El ‘secuestro’ emocional y l...
Jenny y Karl tuvieron siete hijos:
- Jenny Marx Longuet (1844-1883)
- Laura Marx (1845-1911)
- Eleonora Marx (1855-1898)
La vida de Karl Marx, marcada por la lucha política y la creación de una ideología que transformó el mundo, también estuvo signada por tragedias personales. La muerte de varios de sus hijos, producto de la miseria y las enfermedades, es un testimonio del difícil contexto en el que vivió su familia. A pesar de estas adversidades, Marx y su esposa Jenny mantuvieron un hogar lleno de cariño y admiración, recordado por muchos revolucionarios que encontraron refugio en su casa. Sus hijas, a pesar de los finales trágicos, continuaron su legado, participando activamente en el movimiento socialista y luchando por los derechos de los trabajadores.
