El amor sin sufrimiento es un lujo al alcance de muy pocos. El conflicto, la inseguridad, los celos o el desamor son lugares comunes y no indican patología alguna. Sin embargo, cuando uno de los miembros de la pareja presenta Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), la dinámica de la relación puede volverse particularmente desafiante.
Rasgos Determinantes del TLP en las Relaciones
La persona con TLP presenta dos rasgos determinantes: impulsividad exacerbada y déficit de regulación emocional. Ambos rasgos impactan con fuerza en su capacidad para mantener relaciones íntimas satisfactorias y estables.
Inicialmente, los problemas se suelen enmascarar en el enamoramiento, pueden ser interpretados como signos de pasión exacerbada o desajustes propios del inicio de la relación. A continuación, se exponen algunas de las dificultades que acostumbra a confrontar la persona con TLP, y consecuentemente la otra parte, en las relaciones de pareja. No son síntomas con valor diagnóstico, son algunas de las manifestaciones que los psicoterapeutas encontramos en las relaciones de los pacientes.
Intensidad y Estabilidad Afectiva
Románticas y pasionales, las personas con TLP son capaces de entregar toda su atención y afecto de manera inmediata. El enamoramiento acostumbra a ser brutal, y el otro lo percibe como algo especial. Sin embargo, la estabilidad de ese afecto es variable.
En la dinámica de relación, el otro se siente querido intensamente en algunos momentos, especialmente al inicio, o rechazado y despreciado en otros, especialmente hacia el fin.
Dependencia y Huida
Las personas con TLP parecen regirse por aquel “ni contigo ni sin ti”. El afecto es inestable y se alterna entre la dependencia excesiva y la huida. Generalmente, el tipo de apego es inseguro y la dinámica de relación es codependiente. Sienten un intenso malestar ante la separación, en cierto sentido, viven con el temor a que el otro desaparezca, a ser abandonados.
La mera ausencia de contacto puede generar estados ansiosos, y éstos tienden a ser compensados con conductas hostiles, adictivas o incluso autolesivas.
Conflictos y Regulación Cognitiva
La persona con TLP parece tener una resistencia inagotable ante el conflicto. Muchas veces el detonante es un detalle aparentemente irrelevante, que dispara una reacción hostil. Sin intencionalidad o motivos aparentes, el otro puede acabar siendo el saco de boxeo sobre el cual volcar su frustración. Durante el conflicto, el límite es el cielo.
El argumento puede comenzar en “has llegado diez minutos tarde” y acabar en “me has destrozado la vida”. La conducta interpersonal tiende a estar asociada a un déficit de regulación cognitiva. La emoción impacta sobre el pensamiento, es decir, el funcionamiento cognitivo se ve alterado en situaciones de estrés en la relación con el otro, consecuentemente, el procesamiento de la información se torna sesgado y escindido.
En estos momentos, la persona con TLP tiende a construir un mundo en términos dicotómicos, en blanco y negro, o buenos y malos. Estos papeles no son otorgados con racionalidad y tampoco se mantienen de manera estable en el tiempo. En lo afectivo se mueven entre extremos y, de manera involuntaria, tienden a idealizar o demonizar al otro, o la propia relación de pareja.
Manipulación y Autoengaño
Frecuentemente, la persona con TLP parece contemplar al otro como un actor manipulable. No instrumentalizan las relaciones para conseguir sus fines de forma consciente, intencionada u organizada; más bien tienden conseguir la atención, el afecto o la conducta esperada del otro de una manera desadaptativa. En ocasiones es a través de la seducción o la propia entrega, en otras a partir de la victimización o el chantaje emocional.
Las personas con TLP son expertas en lanzar balones fuera, es decir, tienden a explicar sus problemas o dificultades con base a factores externos. Básicamente, la culpa es de los otros o las circunstancias. Durante el conflicto, el otro es acusado de egoísmo, de carecer de empatía, de inteligencia emocional, etc. Incluso llegan a acusar de maltrato o abandono.
Defienden sus argumentos con tenacidad y vehemencia, y especialmente en las etapas iniciales provocan confusión, malestar y culpa. “¡No me entiendes!” es el pan de cada día para el que convive con una persona con TLP. Se sienten incomprendidos, y en muchas ocasiones lo son. Ponerse en su piel es complicado; entender sus cambios de humor, sus miedos, sus inseguridades o la vehemencia en la defensa de sus posturas.
Identidad Frágil y Autoengaño
En el TLP los pacientes normalmente presentan una identidad muy frágil, que se altera o fragmenta en situaciones de estrés. Son personas con un autoconcepto cambiante y sesgado, y como resultado, una sensación de vacío persistente. Paradójicamente, a pesar de anhelar relaciones satisfactorias y duraderas, a menudo parecen boicotear la estabilidad del afecto.
A menudo confunden deseos con necesidades, magnifican cualquier interferencia en la consecución de sus metas, son muy sensibles ante las inconveniencias cotidianas y tienden a desmotivarse y desistir ante la rutina.
El autoengaño funciona como una forma de proteger la propia identidad. Construyen una realidad sesgada en la que minimizan sus defectos y magnifican sus virtudes. Es común que las personas con TLP se autodenominen como altamente sensibles, vitales, pasionales, intuitivas, espontaneas, emocionales, melancólicas o inquietas.
Así son percibidos al inicio, sin embargo, a medida que avanza la relación serán descubiertos como seres inestables, irascibles, impulsivos e inseguros. Parte del autoengaño refiere la capacidad para proyectarse en un futuro en el que todo irá bien. En lo afectivo, tienden a idear relaciones románticas y pasionales, en las que no tienen cabida las dificultades pasadas.
Es importante recordar que no se trata de un trastorno egosintónico, el paciente no está conforme con su forma de ser y en algunos momentos se siente culpable.
Pareja y el Trastorno Límite de la Personalidad
¿Cómo Afecta a los Hijos la Separación en Relaciones Tóxicas?
En nuestro artículo separación o divorcio con niños ya os hablamos de lo que es más recomendable si se llega a dar esa situación. Todo comienza por un mal concepto sobre uno mismo, si un miembro de la pareja o los dos tienen una baja autoestima siempre conducirá a un pensamiento irracional producto de la desvalorización y la inseguridad. Haces cosas solo por complacer a tu pareja y que son contrarias a lo que realmente quieres hacer.
No puedes expresarte con claridad por el miedo a ser juzgado. No puedes ser tú, mides todo lo que haces y dices. Seguramente si te sientes manipulado, desvalorizado, juzgado o maltratado estés en una relación tóxica. La dependencia emocional no es amor, los celos no son amor, la crítica constante tampoco, el intentar cambiar a tu pareja o que el o ella lo intente contigo no es amor.
Cuando en una pareja una de las dos partes aprovecha el poder del vínculo para hacer daño a la otra mediante amenaza del abandono o chantaje emocional, no estamos hablando de amor, sino de una disfunción. Cuando desaparecen el afecto y la ayuda, ya no hablamos de pareja sino de problema.
El amor de sus padres es decisivo a la hora de construir su propio concepto del amor de pareja, por eso, la responsabilidad de ser padre y/o madre es mucho mayor de lo que nos imaginamos, todo cuenta, somos ejemplo para ellos en el día a día, en nuestras actitudes, en lo que decimos y en lo que no decimos, en como somos en el amor, en la forma en la que lo expresamos y en como manejamos los problemas.
Si continúas tu relación tóxica solo por “resistir” le estás diciendo a tus hijos que el amor es resistir, que no hay límites, que hacer daño y sentirse mal esta relacionado con el buen amor, es un mensaje poco saludable y lleno de consecuencias pues así es como construirán sus relaciones futuras.
No es fácil salir de ninguna relación, tampoco lo es cuando hay hijos pero lo es mucho menos si esa relación no es sana y cuando el propósito de uno o las dos partes es seguir haciendo daño, entonces en muchas ocasiones, el niño se convierte en la principal víctima de la ruptura.
¿Cómo salir de la relación “tóxica” para no afectar a mis hijos?
Los padres no se separan: Pase lo que pase tu pareja y tú siempre seréis padres de vuestros hijos, os separáis como pareja, pero nunca como padres, por lo tanto, siempre debe de existir una buena comunicación referente a los niños donde ellos sientan que independientemente de que ya no estáis juntos, cuentan con el apoyo de los dos.
La forma en la que comunicarlo: Como se lo comuniques a tus hijos que ha habido una separación en la pareja determinará muchas consecuencias. Es importante mantener una conversación con ellos donde estén presentes ambos progenitores y le ayuden (siempre en un lenguaje infantil) a comprender el por que papá y mamá han llegado a tomar esa decisión.
Elimina frases que infravaloren a tu pareja: Tienes que darles la oportunidad a ellos de que construyan su propio concepto sobre quien es su padre o madre. Muchas veces no hacen falta verbalizaciones, miradas y actitudes son mas que suficientes. Evítalas.
Existe un Síndrome de Alineación parental, hijos manipulados por un cónyuge para odiar a otro descrito por José Manuel Aguilar y lo describe como un conjunto de síntomas que resultan del proceso por el cual el padre o la madre transforma la conciencia de sus hijos , mediante distintas estrategias, con objeto de impedir obstaculizar o destruir sus vínculos con la otra parte de la pareja, el resultado en ese niño es dolor y frustración
El niño no es la razón: Cuando los padres de un niño se separan, la primera emoción que siente el menor es culpa, cree que es él el problema de la separación, por ello trabajar con ellos en reconducir ese sentimiento hasta que quede la ausencia de este es clave para que entienda que el motivo del divorcio es independiente de él.
El amor paternal continua: Aunque el amor entre mamá y papá haya terminado y dejando a un lado los problemas que han existido entre ambos, el amor por los hijos nunca muere, explicárselo así le ayudará a disminuir la ansiedad por abandono.
Minimiza cambios: En una separación todo cambia, probablemente existan mudanzas de hogar o incluso de escuela, mantener los menos cambios posibles para él le ayudará a seguir construyendo su ambiente como un entorno seguro.
Si estás bien, tu hijo también lo estará: Preocúpate de tu estabilidad emocional, de trabajar el duelo de la separación, de hacer deporte, comer bien y si es necesario, ponerte en manos de un especialista en psicología para lograr superar bien el cambio.
Sentimiento de culpabilidad: Muchas veces en una separación puedes sentirte culpable por haber sido la o el causante de esa ruptura de estructura familiar, esa culpa muchas veces, puede llevarte al error y a romper con los límites que se habían trabajado anteriormente, por ejemplo: empezar a comprarle demasiadas cosas, no seguir con una rutina de estudio... etc. Si el niño ve que te sientes culpable se aprovechará de ese sentimiento para seguir pidiendo y para que sigas consintiéndolo.
El Niño Interior Herido
Todos en algún momento de nuestra vida hemos mirado con deseo y anhelo algo de lo que carecemos y el resto tiene. Somos una sociedad de niños traumados que siguen en guerra con papá y mamá. Una de las paradojas más grandes es que la familia es, en demasiadas ocasiones, fuente de lucha, conflicto y sufrimiento. Curiosamente, el concepto de “familia feliz” suele ser un oxímoron. Es decir, una contradicción en sí misma.
La incómoda verdad es que la gran mayoría de nosotros estamos -o hemos estado- peleados con nuestros progenitores. Por más “adultos” que nos consideremos, muchos seguimos cargando con una mochila emocional repleta de heridas y traumas originados durante nuestra infancia. Las pataletas que tenemos con 30, 40 o 50 años ponen de manifiesto que en nuestro interior reside un niño acomplejado, inseguro y enfadado. En general, seguimos identificados con el arquetipo de “hijo”, impidiéndonos conectar con el adulto que podemos llegar a ser.
Indicadores de Inmadurez Emocional
- Solemos culpar a nuestro padre y a nuestra madre de nuestras inseguridades, carencias y frustraciones.
- Otro indicador de inmadurez es que seguimos intentando cambiar a nuestros progenitores.
- Si bien cuando culpamos a nuestros padres de nuestro sufrimiento caemos en el victimismo, cuando queremos salvarlos caemos en el buenismo y en el paternalismo.
- ¿Dónde está escrito que los padres tengan que querer a sus hijos?
- Liberemos a nuestros padres de la responsabilidad de estar a la altura de nuestras expectativas.
- Es muy fácil protestar y quejarnos de nuestros progenitores.
- Muchas personas sostienen que los hijos elegimos a nuestros padres antes de nacer.
Hacernos adultos pasa por asumir nuestra parte de responsabilidad, haciéndonos cargo de sanar las heridas emocionales de nuestro niño interior. Para ello, es fundamental matar a nuestros padres con el cuchillo del amor. Es decir, liberarnos de su influencia psicológica, siendo verdaderamente libres para ser nosotros mismos y seguir nuestro propio camino en la vida.
Prioridades Familiares y Amor
Los padres estamos acostumbrados a priorizar el amor por nuestros hijos por encima del que sentimos hacia nuestra mujer, marido o pareja. El mundo está lleno de madres que desgastan su vida por sus hijos y por sus esposos, antes que por ellas mismas. ¿El resultado? Aunque es más evidente en las madres, esto también sucede con los padres.
Cuando establecemos prioridades, el amor que más olvidamos es el propio y, además, pensamos que es mejor así. Creemos que es mejor amar al hijo y que es más noble amar a nuestra esposa -y a cualquiera que no seamos nosotros-. Y quizás sea así en lo que se refiere a nobleza.
Los niños más felices son los que crecen en un hogar donde sus padres se quieren. El motivo es que el amor más fuerte no es el natural o el de sangre. Sino el que surge entre dos personas diferentes que antes no se conocían, pero que ahora construyen un lazo incluso más fuerte que la sangre. Claro, también es más difícil mantener ese cariño por el cónyuge que el paterno o materno. De ahí que sea mucho más fácil divorciarse que abandonar a un hijo.
Puede que esto suene egocéntrico, pero si lo analizamos bien: no es posible invertir sin dinero, ni trabajar sin energía, ni dar felicidad sin ser felices. Y no solo no podremos, sino que ni siquiera sabremos cómo hacerlo. Después de todo, somos la persona que mejor conocemos, la más cercana.
Es imposible conocer a otra persona más que a nosotros. Por eso, si no nos queremos ni nos conocemos bien, nuestra familia estará formada por completos desconocidos.
Si tenemos en cuenta todos los integrantes de entorno familiar: primero debo ser fiel a mí mismo, luego a mi pareja, luego mis hijos, después mis padres y seguido de ello, a mis amigos y hermanos.
Aunque este orden puede alterarse en función de si mis padres, pareja o amigos son buenos o no: nunca va primero quien no me quiere que quien sí me quiere. Porque lo que realmente constituye la familia es la relación de amor, no tanto de sangre.
Las familias que no siguen el orden natural de prioridad dejan de ser familia y se convierten en un clan, con olor a cerrado, con ciertos apegos desequilibrados y numerosas relaciones de dependencia que tenderán progresivamente a lo sectario.
De esta manera, las relaciones familiares serán realmente sanas, buenas y ordenadas.
| Prioridad | Miembro de la Familia |
|---|---|
| 1 | Uno mismo |
| 2 | Pareja |
| 3 | Hijos |
| 4 | Padres |
| 5 | Amigos y Hermanos |
