La Mujer Quijote: Un Arquetipo Transnacional en la Literatura

La figura de la mujer Quijote ocupa una posición de privilegio en la historia de la recepción internacional de la novela de Cervantes. En este proceso de transformación del libro en mito, Lennox feminiza la figura quijotesca de manera paradigmática, añadiendo un desarrollo propio de las estrategias paródicas y satíricas, así como del realismo romántico y antiliterario que Cervantes había patentado.

Es importante destacar que sus innovaciones estaban prefiguradas en autores anteriores y son fruto de un largo proceso que empieza en las lectoras quijotescas del siglo XVII, especialmente las francesas. La autora inglesa se apropia de esas lectoras para convertirlas en la mujer Quijote, poniendo en circulación un arquetipo recurrente en la literatura posterior, propagándose transfronterizamente a través de traducciones e imitaciones.

De hecho, la traducción española de Calzada no se hará directamente del inglés, sino desde la francesa de Isaac-Mathieu Crommelin (1801). Ese mismo año, el texto de Lennox será reescrito en la nueva república de los Estados Unidos de América con el título de Female Quixotism [Quijotismo femenino] de Tabitha Tenney. Esta ruta transatlántica se completará unos años después en la naciente república mexicana con La Quijotita y su prima (1818-1819), de Fernández de Lizardi.

Tanto la gestación como la difusión de The Female Quixote tienen el carácter transnacional que caracteriza a la tradición cervantina, lo que convierte a la novela de Lennox en una magnífica atalaya para estudiarlo.

Ficción y realidad en el Quijote: el concepto de ficción en la literatura cervantina

Antes de la Mujer Quijote: La Mujer Lectora

Sobre la mujer lectora, casi desde sus primeras apariciones en la literatura, ha pesado la sospecha de leer de forma inadecuada, de dejarse arrastrar, influir y transformar por los libros que lee, con el consiguiente perjuicio para sí misma y para la comunidad. Ya Luis Vives en su De institutione feminae christianae [Sobre la instrucción de la mujer cristiana] (1524), avisaba de los peligros que la lectura de libros de caballerías entrañaba para la mujer cristiana por fomentar su tendencia a la ensoñación.

Paradójicamente, Teresa de Ávila es uno de los ejemplos más conocidos de esa peligrosa forma de leer tales libros, que la santa censura y contempla como una mala influencia en el capítulo II de su Libro de la vida (1565/1588). La mujer que lee ficción parece ser por naturaleza una misreader, como explica Amelia Dale, término que encierra un iluminador juego de palabras: «The “misreader,” or the reader who misreads a text, is nearly synonymous with “Miss reader”» [la mala lectura es casi sinónimo de señorita lectora].

En estos textos se suele presentar a la lectora leyendo el tipo de ficción idealista o romántica conocida en inglés como romance, en diferentes variantes entre las que se cuenta la que hizo enloquecer al hidalgo. Subyace en ellos el convencimiento de que esta clase de literatura afecta más a la mujer que al hombre y puede corromperla por la afinidad o conexión existente entre ambas: irracionalidad, imaginación excesiva, sentimentalismo.

La representación de esta lectora quijotesca en la literatura de creación se generaliza en el siglo XVII con la incorporación al mercado literario de la mujer y se intensifica en el XVIII con el crecimiento de dicho mercado y de su implicación en él, no solo como consumidora sino también como productora de ficción.

En esta dirección se pronuncian estudiosos de la lectora quijotesca en el siglo XVIII inglés como Paul Scott Gordon, quien afirma que el «problema de la ficción» se construyó como un problema femenino por un discurso patriarcal que abordó los peligros de la lectura vinculándolos al género sexual (34-35), para atacar así la imaginación excesiva y errática, los géneros narrativos populares que la alimentaban y a la propia mujer como agente principal de los dos males previos (36).

Dale también ve en esa feminización de la mala lectura un indicador de ansiedades o miedos más generales, como los causados por la proliferación de la ficción en prosa, su enorme capacidad de influencia en cualquier lector y la feminización del mercado literario por el aumento de mujeres que leen y escriben; en suma, por el poder transformador de la imprenta y la expansión del dicho mercado (13).

Los miedos que encarna la lectora quijotesca, por tanto, responderían no tanto a la idea de que las mujeres que leen son peligrosas como a la de que la propagación de la lectura es en sí misma peligrosa.

Sea como resultado del mayor impacto que la literatura de ficción pudo tener en la imaginación femenina o como fruto de una construcción patriarcal que feminiza un problema general, las figuras de mujeres lectoras menudean desde principios del siglo XVII, pero no puede, en la mayoría de los casos, postularse una relación genética o de influencia entre ellas y Don Quijote por la falta de referencias explícitas o de huella textual efectiva.

Ello no es óbice, sin embargo, para calificarlas como quijotescas, pues reproducen, de forma total o solo parcial, una forma de leer e incluso vivir la literatura a la que ha dado nombre el hidalgo manchego y a la que podemos referirnos como el síndrome quijotesco. Estas lectoras son el antecedente ineludible de la mujer Quijote de Lennox, cuya feminización del hidalgo no podría haber alcanzado el carácter paradigmático que reivindicamos en el título de este estudio sin este corpus que actúa como caldo de cultivo.

Si con The Female Quixote empieza la historia oficial de la mujer Quijote, estas obras precursoras configuran una especie de prehistoria que requiere un trabajo de arqueología para sacarlas a la luz como vestigios de sus orígenes. Ello es particularmente necesario en el caso de las francesas, pues pudieron filtrar o mediar la huella cervantina en Lennox por el uso que ellas mismas hacen de Don Quijote. Pero merece la pena detenerse también en una tradición autóctona de índole menos explícitamente cervantina, aunque no, por ello, olvidable.

Don Quijote leyendo libros de caballerías

Primeros Testimonios Literarios

El primer testimonio literario de una lectora en la que se atisba el síndrome quijotesco aparece en uno de los caracteres de Thomas Overbury, «A Chambermaid» [Una criada] (1614). De ella escribe Overbury que un libro de caballerías, el Espejo de príncipes y caballeros (Diego Ortúñez de Calahorra,1555), la saca de sí y muchas veces ha pensado en cambiar de vida y hacerse dama andante («lady-errant»).

Tal pulsión imitativa hace pensar en don Quijote tanto por la coincidencia en el modelo literario como por la distancia entre el mismo y su condición -femenina y socialmente inferior- que la hace tan disparata y ridícula como la del hidalgo. Sobre los mismos peligros alertan en términos parecidos Robert Burton en su famosa Anatomy of Melancholy (1621) y Wye Saltonstall en el retrato de una doncella que ofrece en Picturae Loquentes (1631).

Una lectora de caballerías de similar extracción popular aparece también en la obra de teatro The Guardian (1633), de Philip Massinger. Calipso toma por reales los libros de caballerías, incluyendo de nuevo el Espejo, pero además los utiliza de forma torticera, para defender la virtud de otro personaje femenino cuya conducta sexual, como la suya propia, es más que dudosa, de forma que se establece una significativa asociación entre lectura femenina y sexualidad irregular.

La ficción narrativa posterior desarrollará esta vinculación en nuevos personajes femeninos en los que este quijotismo que podríamos llamar accidental -por su carácter poco relevante o implícito, sin alusiones al Quijote- va unido o incluso sirve para explicar un comportamiento anómalo, inmoral o transgresor, ligado al erotismo, pero también a la delincuencia. Los primeros y titubeantes atisbos de quijotismo femenino se producirán en personajes con una capacidad de acción superior a la concedida por la sociedad, pero a costa de situarse en sus márgenes o convertirse en mujeres caídas.

Quijotismo Femenino en Biografías Criminales

Así se observa en las protagonistas de biografías criminales, un género inglés emparentado con la picaresca española, por ejemplo, en Mary Frith (The Life and Death of Mrs. Mary Frith, 1662), apodada Moll Cutpurse, quien, en un pasaje en que la descubren disfrazada de hombre, explica que ella no se ve como los demás, sino como la escudera de Dulcinea, que debía entregar un mensaje al caballero de su dama, y que se ha vestido de hombre para hacerlo de acuerdo con la etiqueta caballeresca, pero también para sorprender al escudero del caballero, al que llama su Sancho Pancha.

Es evidente que para la narradora el Quijote es un libro de caballerías más (algo característico de la recepción cervantina en el siglo XVII), por lo que es objeto de imitación actancial, no tanto modelo literario para construir un personaje como causa de su comportamiento quijotesco, ya que se ve a sí misma y actúa como si fuera un personaje del Quijote.

La lectura quijotesca y sus implicaciones se formulan de forma más clara en The Counterfeit Lady Unveiled (1673), de Francis Kirkman, ficcionalización de la vida de Mary Moders, alias Mary Stedman, luego Mary Carleton, famosa por el gran número de relatos a que dio lugar. Un pasaje de esta obra invita al lector a considerar su carrera posterior de delincuente como fruto de sus lecturas de romances, que toma por históricos y le hacen creerse una heroína.

No es descabellado, por ello, entender este relato como la inmersión de un sujeto quijotesco en una trama picaresca, una hibridación que no debe sorprendernos, pues es la misma que aparece en otro libro del mismo autor publicado el mismo año, pero con protagonista masculino. En The Unlucky Citizen (1673) se encuentra la primera representación de un joven lector explícitamente quijotesco que cree en la historicidad de los libros de caballerías y a punto está de convertirse en «otro don Quijote» (13).

Ello lo convierte en un claro antecedente del sujeto quijotesco que protagoniza la primera imitación en prosa narrativa del Quijote en suelo inglés, The Essex Champion [El paladín de Essex] (c. 1694) de William Winstanley. Ambos textos son la mejor demostración de que los males provocados por la lectura de libros de caballerías no se percibían como exclusivamente femeninos.

Quijotismo Femenino como Componente de Caracterización

Este uso de un cierto quijotismo femenino como componente de caracterización, pero sin apenas impacto en la acción en cuanto que no desencadena una trama quijotesca, sino que se inserta en un género narrativo diferente, se observa también en un relato que incluye una referencia directa a Cervantes. Se trata de The Fair Extravagant; or, the Humorous Bride. An English Novel (1682), de Alexander Oldys, a cuya protagonista, Ariadne, se le atribuyen en las primeras líneas todas las cualidades superlativas de una heroína de romance (es de familia noble y posee belleza, ingenio, educación y humor).

La muerte de su tío, que la deja como sola heredera (1.200 libras de renta al año, más miles en dinero y joyas), añade a ese listado la riqueza. A continuación, se describen sus aposentos en Londres, ricamente decorados, destacando los excelentes cuadros que cuelgan de sus paredes, para finalmente detallar el origen literario de los que adornan su cuarto: uno que representa a don Quijote y Sancho Panza, otro a Amadís y un tercero con dos héroes de Cassandre, el romance de La Claprenède.

Pese a lo explícito y significativo de esta alusión, no sería suficiente para convertir a la heroína en lectora quijotesca; pero, acto seguido, Oldys la pone en posesión de una nutrida biblioteca, de la que se enumeran algunos de sus volúmenes, todos de poetas y dramaturgos de la época (4). La curiosa forma en que están encuadernados, mezclando géneros, y el desorden con que están regados por el cuarto sugiere una lectura desordenada y sin rumbo claro, un rasgo que se repetirá en otras lectoras quijotescas.

Es llamativo, sin embargo, la ausencia de la prosa narrativa, especialmente los romances evocados por las pinturas, que confirmarían la alusión pictórica y emparentarían a la heroína con don Quijote. Así que el narrador se apresura a indicar que estos eran su lectura favorita, siendo muy aficionada e incluso un tanto adicta a la caballería andante: «Now be pleased to take notice, when she was weary of singing and dancing, she did often read in one or other of these Books, especially Romances, for she was a great lover of Knight Errantry, and was a little that way addicted, as I fear you’l find [sic]» (4).

El final de la frase -‘como me temo que vais a descubrir’- parece vincular su carácter de lectora con la acción subsiguiente, y así lo entiende también Hammond, quien ve en Ariadne un anticipo de la protagonista de Lennox y argumenta que su devoción por los romances da forma a la historia en marcha. Sin embargo, no explica de qué forma lo hace, lo que es lógico porque, si nos asomamos a la novela, comprobamos que ninguna de las acciones subsiguientes se vincula de manera explícita a las lecturas románticas de la heroína o a un patrón imitativo que permita relacionarla de forma clara con don Quijote. Más bien hay que presuponer esta vinculación a partir de ese comentario y del título de la obra, pues el adjetivo extravagant había quedado asociado al comportamiento quijotesco por la obra de Charles Sorel, Le Berger extravagant.

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