¿Por qué los niños muerden? Causas y soluciones

Morder es una conducta muy común en los niños pequeños. Es algo natural que los niños de alrededor de un año de edad muerdan a sus padres o a cualquier otra persona que esté al alcance.

Las mordeduras que no son causadas por la dentición pueden convertirse en un problema de conducta en los niños de 18 a 30 meses de edad. Aunque es común que los niños muerdan cuando están jugando, este comportamiento necesita atención inmediata.

Los mordiscos, además de ser dolorosos, pueden causar peleas entre compañeros de juego. Los niños pequeños a menudo muerden como consecuencia de la frustración, el coraje, o la agitación.

¿Por qué muerden los niños pequeños?

El origen de este hábito o de esta actitud no es bien conocido. El uso que el bebé y el niño pequeño hacen de la boca para explorar el mundo que les rodea puede ser un importante factor predisponente que les impulse a morder, e igualmente, la erupción dentaria; durante esa época les puede inclinar a utilizarla para esta actividad tan poco recomendable.

Es muy probable que el niño después de haber mordido por primera vez note la violenta reacción que generalmente el hecho genera en el mordido. El susto, el llanto súbito y el dolor suelen ser la reacción que él espera que se produzca en las sucesivas ocasiones que lo realiza. Aunque parezca un contrasentido es una forma de relacionarse, una forma de hacerse notar y una forma de llamar la atención.

Debemos también tener en cuenta que estas mordeduras se producen generalmente durante la relación física con otros niños y en situaciones de juegos, nerviosismo, tensión y competencia y que morder es una forma intuitiva de manifestarse. Otras veces pueden morder para expresar cómo se sienten.

Algunos niños, generalmente entre el año y medio y los tres años, muerden a otros niños. Ocurre en este periodo coincidiendo con la etapa oral, cuando utilizan las mismas zonas para las experiencias placenteras como para la descarga emocional.

Pueden empezar a morder como expresión de su malestar: cuando se sienten amenazados, para expresar su frustración o ira o cuando no saben cómo expresar lo que están sintiendo (como muestra de excitación o sobrecarga de emoción).

En ocasiones lo desencadena un acontecimiento: quiere un juguete, que no pueda jugar a algo porque lo tiene otro peque… Y otras veces parece que no ha ocurrido nada. Esto es porque al morder también expresan las tensiones internas que están viviendo: adaptación a la escuela, cambio de casa, nacimiento de un hermano, divorcio, hospitalización de un familiar, fallecimiento de una persona cercana, problemas en casa…

El neuropsicólogo Álvaro Bilbao explica que el cerebro del niño está en pleno desarrollo, especialmente en las áreas relacionadas con el autocontrol, la empatía y la regulación emocional, como el córtex prefrontal.

La causa más común por la que algunos niños muerden, es por la presencia de estrés y/o ansiedad que necesitan canalizar. La masticación proporciona un input propioceptivo a la mandíbula que resulta muy calmante, y es por esto motivo que nos puede resultar agradable mordernos las uñas cuando estamos nerviosos, caminar de un lado a otro, respirar profundamente, dar golpecitos con el pie reiteradamente, etc.

El estrés del que estamos hablando podría ser el mismo del día a día, cuando los niños están frustrados, enfadados o cansados. O incluso podría ser la ansiedad de ir a un lugar nuevo, o de afrontar situaciones nuevas como volver a empezar el cole, etc. Morder como mecanismo calmante es especialmente una estrategia muy potente para las personas con autismo y/o trastorno del procesamiento sensorial.

Aquellos con dificultades sensoriales procesan el mundo de manera diferente y, a menudo, puede ser muy abrumador. El “Stimming”, (abreviatura de auto estimulación), es una forma en la que estos sujetos organizan y administran toda la información sensorial adicional que bombardea sus sistemas.

Todos procesamos el mundo que nos rodea a través de nuestros sentidos, uno de los cuales es el “sexto sentido”, el menos conocido, llamado propiocepción. Ésta es la capacidad de saber dónde está nuestro cuerpo en el tiempo y el espacio. Es cómo procesamos la información de nuestras articulaciones y músculos para mover y posicionar el cuerpo.

Cuando existen dificultades para interpretar correctamente esta información, puede conllevar una gran cantidad de problemas. Estos casos en particular, requieren lo que se llama una “dieta sensorial” de actividades, que lo elaborará un profesional especializado para regular sus sistemas.

Si no hubiera una dieta sensorial, o si por alguna razón no obtienen la cantidad correcta de información propioceptiva compensatoria en algún momento del día, pueden intentar autorregularse por sí mismos.

Algunas personas tienen lo que se llama “hiposensibilidad oral” que es una forma elegante de decir que tienen sensación limitada o nula en la boca. Para daros un ejemplo que probablemente sea más fácil de comprender, imaginad que, por alguna razón, ha disminuido vuestra sensibilidad en los dedos. ¿Cómo lo compensaríais?

Del mismo modo, las personas con una conciencia oral comprometida pueden buscar actividades que proporcionen una mayor retroalimentación oral, como comer alimentos crujientes, llenarse la boca con comida, rechinar los dientes y/o morder cosas que no son alimentos.

¿Alguna vez has masticado chicle durante un examen? ¿O has roído la tapa de un bolígrafo o un lápiz mientras intentabas concentrarte en algo? Si no, entonces lo más probable es que conozcas a alguien que lo hizo o aún lo haga. Esto se debe a que morder puede ser una forma muy efectiva de aumentar la concentración y bloquear otras distracciones, especialmente porque es un movimiento repetitivo.

La pica se caracteriza por la necesidad/antojo no solo de masticar, sino también de comer cualquier objeto o elementos de variada naturaleza (papel, arcilla, arena, piedras, etc.). Si sospechas que esta es la razón por la que tu hijo está mordiendo o masticando en exceso, busca ayuda médica de inmediato.

Tampoco es extraño ver a los niños morder para aliviar la molestia ocasionada con la erupción dental. La aparición de los primeros molares permanentes o definitivos, alrededor de los 6 años de edad incrementan la necesidad de ejercitar la función masticatoria.

Todos tenemos nuestros hábitos o conductas que nos aportan placer y distracción. En ocasiones, ante situaciones que generan aburrimiento, es más fácil recurrir a estas prácticas. Así pues, chuparse el dedo, morderse las pieles o las uñas, succionar labios y/o mejillas, etc.

Recuerda: no es que QUIERA morder o masticar, es que NECESITA hacerlo. Morder o masticar puede ser un comportamiento que, bajo nuestra experiencia, la mayoría de las veces está relacionado con los sentidos. En cuyo caso, decirles que dejen de hacerlo no va a funcionar.

Niños nerviosos

En general los niños nerviosos fueron bebés difíciles, irritables y muy llorones. Malos comedores y con cólicos del lactante, que suelen permanecer tensos y que aunque duermen bien, lo suelen hacer con un sueño intermitente y ligero.

A lo largo de su primera infancia las características que predominan en su comportamiento son las guiadas por su temperamento. Con el temperamento se nace y a los niños nerviosos les corresponde un temperamento colérico. Son activos, dominantes y manipuladores.

Toleran muy mal la frustración y se cogen rabietas con facilidad. Son intrépidos y decididos, algo alocados y poco obedientes. Son extrovertidos, sensibles y en ocasiones violentos. Lloran con facilidad y se asustan con frecuencia. A veces, agresivos y siempre independientes y tenaces.

Entre estos niños nerviosos, con tantas cualidades positivas y negativas, se encuentran casi siempre los niños mordedores.

¿Cómo actuar ante un mordisco?

Cuando un niño pequeño muerde -ya sea a ti, a otro niño o incluso a sí mismo- es natural sentir sorpresa, frustración o incluso enojo. Pero lo más importante en ese momento no es reaccionar desde la emoción, sino actuar con firmeza, calma y mucho enfoque.

  1. En el momento en que muerde, lo primero es separar su boca suavemente de la piel (ya sea la tuya o la de otra persona). Evita gritar, sacudirlo o reaccionar de forma exagerada. Aunque parezca que «debe entender», una reacción fuerte solo activa más su ansiedad y desregula su cerebro, por lo que puede apretar más sus dientes. «¡No! Morder duele. Mírale a los ojos y mantén un lenguaje corporal firme.
  2. Si es necesario, sepáralo un poco físicamente (por ejemplo, alejándolo de otro niño), pero sin retirarte emocionalmente. No lo ignores ni lo abraces inmediatamente. Mantente cerca, mirándolo con seriedad.
  3. A esta edad, los niños aún no saben identificar ni nombrar lo que sienten. Lo expresan con el cuerpo: mordiendo, empujando, gritando. Nombrar lo que siente no es justificar lo que hizo.
  4. Una vez marcado el límite y reconocida la emoción, es hora de mostrarle otra forma de actuar. “Cuando algo te molesta, ven y dímelo. En esta etapa, el cuerpo del niño necesita actuar para procesar la emoción.
  5. Una vez que ya no está alterado, vuelve a hablar brevemente de lo ocurrido. Repite este tipo de mensajes con sencillez y paciencia.
  6. Cuando veas que tu hijo logra canalizar su emoción sin morder, reconócelo inmediatamente. Aumenta su ansiedad y lo desregula más. Le enseña que el dolor se responde con dolor. A esta edad no pueden procesar explicaciones extensas. En ese caso, lo primero es atender al niño que fue mordido. Consuélalo, revisa la herida y muéstrale cariño.

Tu hijo no te está desafiando ni actuando con maldad. Está aprendiendo a vivir en un cuerpo lleno de emociones que aún no sabe manejar. Tú, como su guía, tienes el poder de enseñarle con amor, paciencia y límites firmes.

Durante un conflicto entre niños es posible que se escape algún mordisco de forma puntual, este hecho no tiene por qué suponer nada fuera de lo que se puede considerar normal en su desarrollo. El hecho de morder no implica necesariamente una reacción agresiva, sino que es más bien una manera de explorar y relacionarse con el medio que los rodea.

Cuando los niños muerden por estrés, derivado de situaciones en las que se encuentran bajo presión, aquello que les molesta provoca esa reacción no deseada, para intentar minimizar sus efectos; algo parecido ocurre cuando están frustrados porque no se encuentran cómodos en alguna situación y reaccionan agresivamente.

Ante todo hay que mantener la calma. Luego debes corregirlo, acercándote a él, no alzando la voz desde el otro lado, con un tono contenedor y con una actitud de compresión y escucha. Además trata de propiciar el diálogo corporal, con una mirada de ojos normal, no de enfado.

Recuerda corregirlo diciendo en pocas palabras que expresen que si quiere jugar con el otro debe tocarlo o mirarlo, en vez de morderlo abrazarlo, que si quiere algo para morder que coja o pida un juguete, una fruta o un pedazo de pan.

Lo que no se debe hacer es quejarse de su comportamiento frete al niño, castigarle sin explicarle lo que ha ocurrido. Recuerda que tampoco se debe gritar, menos aún desde otro sitio. Si ponemos toda nuestra atención solo en si muerde estaremos sin querer remarcando esta actitud y no otras que son más aceptadas.

Repetiremos el mensaje “Con la boca se dan besos”.

El problema de las mordidas no es algo que se tenga que soportar hasta que los niños crezcan o «aprendan mejor».

Los padres y educadores que utilizan los gritos, los azotes, u otro tipo de conducta agresiva como método de disciplina, corren el riesgo de enseñarle a los niños que la conducta agresiva es aceptable en ciertas ocasiones, especialmente para resolver problemas.

Si esto enseña algo a los niños es que los adultos también lastiman. En la mayoría de los casos los niños que muerden lo dejan de hacer conforme mejora su habilidad de hablar. Conforme el lenguaje mejora, los niños pueden usar palabras para expresar su frustración y coraje. Esto ocurre en torno a los 3 años de edad.

Finalmente, una mordedura que corta la piel puede causar infección. Si sangra, es importante lavar la herida con jabón y agua, y luego aplicar una vendita estéril, y asegurarla con esparadrapo.

¿Cómo puedo corregirlo?

Afortunadamente este hábito de morder mejora y desaparece con la edad. La mejora de su capacidad para relacionarse, la mejora en la expresión oral, el dominio del lenguaje y la posibilidad de transmitir sus emociones de manera más civilizada acaba con esta fea costumbre. Además la mayoría de los niños, por experiencia propia o ajena, perciben y se dan cuenta de que el morder lastima y esa propensión la van dominando y olvidando.

Sin embargo, sí es conveniente recordar que tanto los padres como los cuidadores y educadores deben manifestarse enérgicamente en actitud y expresión oral y facial ante el agresor, desde la primera vez que muerda a otro niño. Que note la oposición inmediata. Déjele las cosas claras desde el principio diciéndole que “morder está mal, que hace daño y que no debe volver a suceder”.

Si el comportamiento no se modifica y las agresiones no se detienen, se puede acudir a castigos educativos y no violentos, para demostrarle lo perjudicial de su acción. Lo habitual es que pasados los tres años los niños mordedores ya no muerdan.

Consejos para prevenir las mordeduras

El problema de morder NO deber ser ignorado, con la esperanza de que pronto desaparecerá. En muchos casos, este problema no desaparece. No importa en qué medida de frustración se sientan los padres tratando de eliminar esta conducta, pero mordiendo a los niños para enseñarles que duele, NUNCA es recomendado.

El problema de las mordidas no es algo que se tenga que soportar hasta que los niños crezcan o «aprendan mejor».

A continuación, se presentan algunas estrategias para prevenir y manejar este comportamiento:

  • Ponga límites: Para prevenir el problema de las mordeduras, los padres y educadores deben de marcar los límites antes de que los niños se reúnan para jugar. Las reglas deben ser simples, como tomar turnos y compartir.
  • Elogie: Los padres y educadores deben felicitar a los niños por comportarse bien. Los elogios sirven como premio a la buena conducta.
  • Supervise de cerca el juego: Los padres y educadores deben poner atención a lo que sucede en el juego de los niños. Ellos deben de intervenir antes de que el juego esté fuera de control.
  • Identifique a qué horas ocurren las mordidas: Los padres y educadores deberían de observar la hora y las circunstancias en las cuales los niños recurren a morder. Los adultos pueden usar esta información para corregir o evitar estas situaciones. Por ejemplo, si los niños muerden cada vez que juegan en un grupo muy numeroso, se deben tomar medidas para separar a los niños durante el juego. Si la conducta relacionada con las mordidas es persistente, se deben evitar las situaciones que causan este comportamiento.
  • Utilice tiempos de descanso breves: Los padres y educadores pueden utilizar reprimendas breves, como «No muerdas. Las mordidas duelen. Ve a descansar a tu cuarto por dos minutos.» Y luego darle al niño un tiempo de descanso. A los niños que muerden y se les da un tiempo de descanso, se les debe permitir que regresen al grupo, una vez que estén calmados y bajo control.
  • Ofrezca alternativas: Los padres y educadores deberían mostrar a los niños lo que pueden hacer en lugar de morder. Por ejemplo, «En lugar de morder cuando tú te enojas, ¿por qué no te retiras del grupo?».
  • Concentre su atención en el niño que ha sido víctima: Padres y educadores podrían dar juguetes y atención al niño que ha sido mordido. Si los niños muerden para atraer atención de los adultos, aprenderán muy pronto que hay mejores maneras de atraer atención. Si, por ejemplo, un niño muerde a otro durante una pelea por un juguete, el juguete debe de dársele al niño que ha sido mordido.
  • Pida ayuda profesional si el problema persiste: El problema de morder NO deber ser ignorado, con la esperanza de que pronto desaparecerá. En muchos casos, este problema no desaparece.

Una buena manera de brindar inputs adecuados y seguros para ello es ofrecer elementos o mordedores disponibles en una gran variedad de modelos. Modelos como el Grabber , el Mordedor Y (uno similar en forma de Y), topes de lápiz masticables, la gama de “chewerly” (joyas masticables), etc.

Tabla resumen: Causas y soluciones

Causa Solución
Dentición Ofrecer mordedores fríos y seguros.
Frustración Enseñar a expresar emociones con palabras.
Estrés o ansiedad Identificar y reducir factores estresantes.
Búsqueda sensorial Proporcionar alternativas seguras para morder.
Llamar la atención Ignorar la conducta y recompensar el buen comportamiento.

¿Por qué mi hijo muerde o pega?

Conforme los niños van avanzando en su desarrollo, los padres se ven sometidos a más y más desafíos en lo que se refiere a comprender ciertos comportamientos de sus hijos. Así como a ayudarlos a lidiar con factores clave, por ejemplo, el autocontrol. Al fin y al cabo, los menores se encuentran continuamente enfrentándose a la frustración y la gestión de sus emociones. No obstante, esto será determinante en su crecimiento e influirá en su vida adulta.

“Es importante que los niños y las niñas desarrollen la noción de que algo no es fácil de alcanzar y requiere esfuerzo, así como mecanismos de autocontrol”, señalan los especialistas del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Esto adquiere especial relevancia teniendo en cuenta cuál es la reacción natural de los menores ante estas situaciones: la agresividad. De hecho, morder es una reacción muy común con la que los niños expresan su frustración, según explica la Academia Estadounidense de Psiquiatría del Niño y del Adolescente (AACAP). Una respuesta que suelen presentar los niños de entre uno y tres años, dado que carecen de otras herramientas para compartir sus emociones. Sin embargo, los padres han de ser conscientes de que este es uno de los comportamientos infantiles que no deben pasarse por alto.

Motivos por los que los niños muerden cuando se enfadan

Hay veces que los padres no son capaces de comprender determinadas reacciones o comportamientos de sus hijos. Uno de ellos suele ser el hábito de algunos menores de morder cuando se sienten enfadados. ¿Cómo actuar si un niño muerde cuando se enfada? Antes de nada, se debe entender el porqué de esta acción.

Lo primero que el especialista aclara es por qué muerden los niños cuando se enfadan: todo sucede en la amígdala de su cerebro. Esta estructura cerebral está vinculada con las emociones, de manera que, cuando esta percibe una amenaza, libera una respuesta de ira que, como consecuencia, activa el “eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal”, según especifica Álvaro Bilbao.

Esta reacción activa tanto las glándulas salivales menores como los músculos masetero facial y temporal. ¿En qué se traduce esto? En “una respuesta preparatoria para la lucha”, apunta el neuropsicólogo, lo que requerirá de una descarga de tensión para aliviarla, ahí es donde se produce el mordisco.

Los padres posiblemente se preguntarán qué situaciones podrían despertar esa señal de alerta en los niños. Álvaro Bilbao señala las reacciones nerviosas intensas, y, en especial, los gritos, como principales causantes. Por lo que, para prevenir estas reacciones, se aconseja tratar de evitar que se den este tipo de circunstancias.

No obstante, si el niño ya siente la necesidad de morder para liberar esa tensión, el neuropsicólogo recomienda a los padres que hablen con él de forma tranquila. “Eso le hará sentir seguridad y le ayudará a relajar la mandíbula”, explica. También es fundamental que los adultos ayuden a sus hijos a entender que no pueden morder a los demás.

Si ocurre, dice Álvaro Bilbao, “la estrategia que más efectiva se ha demostrado para reducir los mordiscos en niños menores de cuatro años consiste en hacer dos cosas distintas a la vez”. Por un lado, explica Álvaro Bilbao, “acercarnos al niño calmadamente y hablarle de forma tranquila para ayudarle a reducir la activación del sistema simpático (amenaza) y activar el sistema parasimpático”.

Este primer hábito “le hará sentir seguridad y le ayudará a relajar su mandíbula”, afirma el neuropsicólogo. Y por otro lado, continúa explicando Álvaro Bilbao, hay que “explicarle con calma pero sin dudas que no podemos morder a los demás”. Para ello, puedes utilizar frases, dice Bilbao, como esta: “Si estás enfadado puedes venir a pedir ayuda, pero no mordernos”.

Este mensaje, reconoce el experto en el cerebro de los niños, “Puede parecer demasiado suave, pero los estudios demuestran que una respuesta suave y clara reduce los mordiscos más que una reacción intensa y nerviosa”.

Cómo actúo para evitar que mi hijo muerda?

A veces, los mordiscos son la única forma que tienen de expresar una emoción porque no disponen de más recursos. Así que no te preocupes, es solo una fase. Conforme vaya madurando lo dejará de hacer.

Ahora que sabes que un mordisco suele ser una emoción mal expresada, es más fácil entender que nuestra labor no es castigar, gritar o reprimir sus emociones. Debemos explicarles que no debe morder y acompañarlos para que encuentre otras formas de expresar lo que siente.

Y, sobre todo, tener en cuenta que somos su modelo de referencia, por tanto, no podemos actuar como no queremos que actúen ellos: pegando, chillando.

Algunos consejos para actuar ante un mordisco:

  • Explica al niño que no debe morder. Hazlo con un tono firme y amable, utilizando palabras que pueda entender.
  • Ayúdale a encontrar otras formas de expresar sus emociones. Enséñale a decir «no» o «basta», a pedir ayuda o a expresar sus sentimientos con palabras.
  • Ofrécele alternativas al mordisco. Puedes darle un juguete para que lo muerda, un peluche para que lo abrace o un lugar tranquilo donde pueda calmarse.
  • Muestra empatía por la víctima del mordisco. Pregúntale si está bien y ofrécele tu ayuda.
  • Observa las situaciones en las que tu hijo/a suele morder. Esto te ayudará a identificar los desencadenantes y a prevenir futuros mordiscos.

Importante: El niño que muerde no es malo. No le hagas sentir que lo es para evitar que acabe comportándose como se espera del él (lo que se conoce como profecía autocumplida o efecto Pigmalión)

Qué es el efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión se refiere a cómo las expectativas que tenemos sobre nuestros hijos/as pueden moldear su comportamiento y éxito. Cuando tenemos expectativas altas y positivas sobre las habilidades y capacidades de nuestros hijos, es más probable que ellos se esfuercen y alcancen su máximo potencial. Por otro lado, si tenemos expectativas bajas o negativas, los niños pueden comenzar a creer que no son capaces de alcanzar el éxito y, como resultado, pueden subestimar sus propias habilidades.

Criar a niños felices y seguros requiere más que solo disciplina; implica comprensión, paciencia y una dosis saludable de amor incondicional.

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