Nadie sabe cómo cantaba Enrique El Mellizo (1848-1906). Sabemos, eso sí, que fue lo más parecido a un Beethoven gaditano y que sin él todo habría evolucionado de otra forma, seguramente peor. Su voz y su obra deben detectarse del mismo modo que se descubre un planeta lejano, por las alteraciones de gravedad que ha venido provocando en otros cuerpos celestes. Asumimos que existe un astro invisible porque los otros, los que sí vemos, tiemblan y dan más luz.
Un Cantaor Misterioso y Legendario
Se decía que se hundía en pozos de melancolía y se perdía por la noche, se arrimaba a la tapia del manicomio de los capuchinos y cantaba para los locos; o que, por el mismo arranque de solidaridad, cantaba sobre el agua. Hoy podríamos escucharlo con una calidad terrosa y los auriculares apretados: esforzándonos, captaríamos un quejido largo atravesando un siglo a través de algún vídeo de YouTube. La posibilidad técnica estaba ahí, una noticia de 1880 atestigua la primera grabación flamenca. Era, simplemente, cuestión de voluntad, pero El Mellizo no quiso. Sus amigos deberían haberlo emborrachado. Entonces, sus acompañantes apretarían los puños, disimulando la exaltación para que no le diera por callarse. Pero ni con todo el vino del mundo.
Un azar no muy diferente sí logró confabularse para que sepamos, a ciencia cierta, cómo era su cara. Augusto Butler, más conocido como Máximo Andaluz¸ fue a la caza de su retrato 34 años después de la muerte del cantaor. Corría 1940. Mientras reposaba en El Callejón, un tabanco de Jerez, entró un gitano repeinado. Era el cantaor Juan Jambre. Butler sabía de antemano que ese hombre hirsuto como un hilo de mimbre poseía la única fotografía que existía de Enrique El Mellizo. Se la había dado Antonio, el hijo, antes de marcharse a la mili con el fin de que la copiara, pero Jambre nunca la devolvió, ya fuera por despiste o por creer que, con la imagen, guardaba en su poder la caja de Pandora del cante.
Ante los ojos de Augusto Butler apareció un hombre extraño y feo. No dejaba de parecer un niño disfrazado al que debajo de la pajarita, el chaleco y la chaqueta, se le imaginaban perfectamente unos pantalones cortos y unas canillas sin pelo. Era todo calavera bajo el sombrero. Nariz enorme hincada en la frente. Orejas parabólicas que provocaron oleadas de cachondeo gaditano. Las quijadas aparatosas y los ojos pequeñitos y tristísimos al fondo de las cuencas. En general, una cara que podría interesar a flamencólogos y arqueólogos: era exactamente la cría de un neandertal.
Francisco Antonio Enrique Jiménez Fernández, conocido como Enrique «El Mellizo», nació, al parecer, en la gaditana calle Mirador nº24 (hoy 29), en el corazón del barrio de Santa María, el día 1 de diciembre de 1848. Fue bautizado por Enrique Ortega Díaz «Ortega El Viejo» y Carlota Feria Ruíz. Nació en 1848 en el barrio de Santa María, ése lugar al que la gracia flamenca no lo guardó de recibir bombas a canastos.
El apodo no se sabe de dónde le vino. Unos dicen que su padre era mellizo, otros que no. Al parecer, ese apodo lo utilizaba su padre, cuando trabajaba en el Matadero Municipal, Matadero antiguo. Trabajo que seguiría luego el propio Enrique, pero hay otra versión, además esta es de transmisión oral de padre a hijo en la cual según me contó «Chico Mellizo» -mi padre, que era su nieto - que lo de El Mellizo le viene porque Su padre Francisco Antonio Jimenez Rodriguez, era mellizo con un tío suyo, o sea hermano de su padre.
Enrique «El Mellizo» se casó el día 8 de febrero de 1874 con Ignacia Ezpeleta Ortega, nacida en Cádiz el 30 de octubre de 1852, hija del matador de toros Francisco Ezpeleta Machucha y de la cantaora Dolores María Jacoba Ortega Díaz, «La Jacoba».
Aparte de cantaor, Enrique El Mellizo era banderillero y matarife. Trabajaba en el matadero de Cádiz. Abrir a los cerdos y despiezarlos debía comunicar algo a los sentidos porque de aquel establecimiento salieron muchos cantando bien: llegaban al arte a través de una crudeza demasiado literal. Enrique compaginó su trabajo en el matadero con la profesión de puntillero, que fue su verdadera vocación, e inclusive fue ocasionalmente banderillero y picador. En 1876, con 28 años, fue figura en la cuadrilla de «Frascuelo» como Enrique Jiménez, sin el apodo de «El Mellizo» y en calidad de puntillero. En 1877, también de puntillero, con Manuel Hermosilla en la plaza de Cádiz y con «El Gatillo», «Francisco Dulce», Manuel «Lavi», Juan José Villegas «El Loco».
Los relatos sobre El Mellizo caminan entre el mito y la realidad. Se dice que un día de viento le cortó una oreja a su hermano. Él, precisamente, que de orejas iba tan sobrado que años después de su muerte se decía que servían para tapar los esconchaos de la peña que llevaba su nombre.
Sería necesario verlo como en una película, que una cámara lo persiga por el Cádiz del XIX y enfoque su rostro turbado, sus andares, los saludos a los que no responde, los vecinos cuchicheando. En Amada inmortal, un Beethoven desquiciado patea sobre los adoquines, abstraído, tarareando una especie de melodía infantil. Oculto tras su mala uva, está pariendo la novena sinfonía. Frustraciones, rencor amoroso, insatisfacción, asco, todo centrifugando para componer una de las mayores expresiones de la humanidad.
Un Legado Musical Invaluable
Lo cierto es que muchos cantes que hoy se escuchan como si se hubieran originado en el caldo primigenio de un pasado sin autorías pertenecen a Enrique El Mellizo. Sin embargo, meternos en su perspectiva temporal es comprender que también él, como nosotros, observaba tras de sí una historia de cantes inabarcable.
Se peregrinaba para escuchar a Enrique El Mellizo, sus cantes corrieron como la pólvora. Algunas historias ayudan a acercarse a la magnitud de la voz del maestro. De él aprendieron los grandes que luego sí grabaron, esos a los que se refieren los cantaores de hoy cuando dicen que hay que beber de la fuente, por ejemplo, Antonio Chacón, que se echó a temblar cuando vio entrar a Enrique por la puerta de un café. El que sería un célebre titán de la técnica vocal con bigote de forzudo de circo tenía entonces unos 17 años. Enrique El Mellizo cargaba con 38 primaveras. Aquel joven le entusiasmó.
Para los cantaores, el respeto y la hermandad se demuestra con un buen “mano a mano”, se pican entre ellos igual que se pican los raperos, aunque, a diferencia de estos, el desafío no es verbal, sino pulmonar. La batalla entre Antonio Chacón y Enrique El Mellizo se prolongó dos días. Ocurrió en el café Siglo Colmao.
Se dice que nunca fue profesional del Cante, más bien le dedicaba sus ratos libres supuestamente alternando en fiestas y reuniones intimas, como en los teatros gaditanos. Lo que nos lleva a varias cuestiones. ¿Cómo es posible que, sin ser profesional ni dedicarle tiempo completo a lo Jondo, fuese un cantaor tan influyente y creador?
En 1906, murió después de empapar con su genialidad malagueñas, seguiriyas, soleares, tientos, alegrías… Llevaba tiempo sin cantar. Se ahogaba. La voz sí le daba para contar chistes o avisar, ya entonces, de que el cante puro estaba en peligro, o también para burlarse de que el arte se guardara “en conserva como las latas de atún”. Se refería a las grabaciones para fonógrafo. Tenía que dar rabia ver cómo la tuberculosis se comía a Enrique El Mellizo y recordarlo en el balcón en los Viernes Santos, echándole al Cristo Nazareno una saeta por seguiriyas de su cosecha. A última hora, en alguna fiesta, reunía fuerzas para mecer una malagueña chica y no se oía una mosca.
Entre los documentos del enorme archivo que cita, Lito ha recuperado el magnífico cartel de la Primera Noche Flamenca organizada por la peña, y en honor a su titular, en agosto en el Teatro Pemán (Fosforito, Lebrijano, Camarón, La Perla, José Menese, Chano Lobato, Matilde Coral...) y el del Primer Concurso Nacional de Cantes.
Su Contribución a los Cantes Flamencos
Se le atribuye la variedad de Malagueña llamada de «El Mellizo». Según consta en la hemeroteca del Diario de Cádiz en un anuncio, fue grabada por éste en un cilindro de cera.
Según Estébanez Calderón en su obra «Escenas andaluzas (1846)», habla supuestamente de la que fuera suegra de Enrique «El Mellizo», Dolores María Ortega Díaz, «La Jacoba», escribiendo: «Entre las cosas que cantó, dos de ellas sobre todo fueron alabadas. Érase una la Malagueña por el estilo de la Jabera, y la otra, ciertas coplillas a quienes los aficionados llaman Perteneras.
El Mellizo en realidad no inventa nada, como algunos de sus biógrafos menores han pretendido afirmar. No inventa las alegrías y mucho menos los tientos. En general todos los estudiosos consideran a «El Mellizo» como el personaje clave para conocer la saeta en su formato actual. Ello no quiere decir que el marchamo presente en su totalidad se la diera el gaditano. Muchos otros, inspirados en su cante, caso de Chacón, Centeno, Torre o Pastora, lo han culminado.
Conviene aclarar que su existencia musical no va más allá del siglo y cuarto y conociéndose con el término de tiento no llega a los cien años. Hay autores que le atribuyen su creación al cantaor jerezano Diego «El Marrurro» y otros a Enrique «El Mellizo». La realidad es que la aportación del Marrurro no la conoce con certeza nadie. No obstante, es muy probable que fuera el primero en enlentecer, dándole solemnidad y patetismo, a los tangos. «El Mellizo» haría, como en tantas ocasiones, el resto.
La malagueña de «El Mellizo» es la de más majestuosidad, solemnidad y dificultad musical de cuantas se han desarrollado. Y el número ronda la cuarentena. Sobre su origen hay dos teorías: la tomó de la melodía del romance de Bernardo el Carpio- tenemos un archivo sonoro, donde José de los Reyes «El Negro», un gitano del Puerto de Santa Maria nos hace este Romance, para algunos autores. Para otros, y parece ser la teoría más plausible, la desarrolló del prefacio de la misa gregoriana.
Para muchos estudiosos hablar de la soleá de Cádiz es hablar de la de «El Mellizo». Se le atribuyen tres estilos, uno valiente y solemne y otros dos de cambio o cierre.
Paradójicamente los aires que le imprime a sus seguiriyas no son los de Cádiz si no los de los Puertos. Desarrolla dos tipos. La primera, inspirada en Triana, y la segunda totalmente original y propia de su exuberante genialidad.
Cercanos a Enrique «El Mellizo» son: «Curro Durse», Enrique Ortega.
La Peña Flamenca Enrique El Mellizo
Mientras que en la trastienda de Libros Cádiz, en la calle Feduchy, unos jóvenes poetas dedicaban algunas de sus tertulias literarias a escuchar cantes y a bucear en los estilos, en la iglesia de Santiago, primero, y después en la Palma, un grupo de investigadores y aficionados al jondo hacía lo propio en aquella ciudad que a principios de los años 70 del pasado siglo comenzaba a despertar a tantas cosas. De hecho, no es casual que en ambas reuniones, en apariencia tan alejadas, rondara la misma preocupación y latieran en un mismo sentir sin saber, al principio, unos de otros. Y es que no era asunto baladí que Cádiz, cuna histórica del flamenco, este arte no tuviera peña que lo meciera. Había que hacer algo. Y ese algo se llamó Peña Flamenca Enrique el Mellizo.
Jesús Fernández Palacios, miembro de aquella gloriosa Marejada, tiene documentadas cada una de las cuatro tertulias flamencas que su grupo literario organizó gracias, en buena parte. “a ese veneno del flamenco” que les inoculara a muchos de ellos su amigo Fernando Quiñones.
El poeta es quien cuenta que de aquellas “cuatro tertulias flamencas” que su grupo realizó entre enero y febrero de 1972 salió la firme decisión de alumbrar una peña y que ésta tenía que estar dedicada “al creador de la doble malagueña, Enrique el Mellizo”.
“Me acuerdo que la primera asamblea general la hicimos en el bar La Abundancia y allí se eligió a una junta directiva con Leonsegui como presidente”, rememora el flamencólogo que suma que los primeros actos flamencos, como todavía no contaban con sede, “se hicieron en el Colegio Médico, en la calle Benjumeda”. “De traer, pues trajimos a lo mejor. Yo tengo el gusto de poder decir que traje a don Antonio Mairena, que no iba a ninguna parte, además de otros buenos artistas como Matilde Coral y a Rafael el Negro, Fernanda y Bernarda, por supuesto, y dejé la presidencia con un último espectáculo para morirse, El Lebrijano con Persecución...
Los actos flamencos también se combinaron con actos literarios y culturales en la larga vida de la peña Enrique el Mellizo, así desde la entidad no se olvidó su propio origen y, ya con la presidencia de Antonio Benítez, no se dudó en rendir homenaje al grupo Marejada en el 20 aniversario de su nacimiento durante la Semana Cultural de la organización flamenca del año 1991.
