Uno de los puntos más relevantes en el magisterio social del Papa Francisco es su enfoque sobre las cuestiones relacionadas con el principio y el final de la vida. El Papa ha querido enfatizar que ser provida va más allá de simplemente responder "no" a la pregunta sobre el aborto. Sería hipócrita abanderar esa causa mientras se ignoran a los inmigrantes que mueren tratando de alcanzar un país o se ignora la complejidad de las situaciones detrás de muchas mujeres que quieren abortar.
El Papa Francisco afirma: < A este respecto, es importante recordar que la Iglesia tiene una responsabilidad política, aunque su misión no sea la acción política. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. Por tanto, debe dar testimonio de las verdades morales, sin las que el bien común no podría sobrevivir. Los cristianos tenemos el deber de ser activos en la política, estar censados, votar y hablar sobre los temas que afectan al bien común. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales. El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su fonna comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Y, por último, algunos valores éticos fundamentales están por encima del consenso y no son fruto de la mayoría. Ellos personifican lo que una sociedad necesita para sobrevivir y nadie tiene el derecho a ignorarlos o rechazarlos. Ninguna mayoría puede convertir lo malo en bueno. En este sentido San Juan Pablo II afirmaba: «Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. También recordaba que «esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Otro importante debate actual es la maternidad subrogada. Se trata de una batalla muy difícil de librar en una sociedad que ya ha aceptado el aborto y la fecundación in vitro, pero es interesante comprobar algunas reacciones en la izquierda y el feminismo, asustados tal vez por la mercantilización del cuerpo de la mujer, del sagrado vínculo materno-filial y (en menor medida) por la banalización de la vida gestada. A veces oímos: Eh, ustedes católicos no aceptan el aborto, es el problema de su fe. No: es un problema pre-religioso. Pre. La fe no tiene nada que ver con esto. Luego viene la fe, pero no tiene nada que ver: es un problema humano. Es un problema pre-religioso. No carguemos en la fe algo que no le compete desde el principio. La Iglesia desea la protección de todos los seres humanos. La Iglesia defiende la vida, especialmente la de los que no tienen voz. los últimos por aquellos que la sociedad descarta y desecha. En relación con la fecundación in vitro, es importante destacar que el subsecretario de la Sección para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales del Vaticano, Miroslaw Wachowski, ha asegurado durante la Conferencia Internacional para la abolición de la gestación en Roma que la gestación subrogada se basa "en mecanismos de mercado que favorecen la explotación de personas en situación de vulnerabilidad" y ha destacado que su abolición constituye una "batalla por la civilización". Durante su discurso ha hecho un llamamiento a la comunidad internacional "para que se comprometa a prohibir universalmente esta práctica". Wachowski ha lamentado que toda la atención se centre "en la voluntad individual, que es una expresión del espíritu, que debe considerarse completamente separada del cuerpo". "Asistimos a una transformación del concepto de dignidad humana que, incluso en la mente de los jueces, tiende a reducirse a la voluntad individual". En su opinión, en la raíz de todos estos abusos está esta concepción "errónea" de la dignidad de la persona, que se refiere sólo a la mente, o más bien a la voluntad del individuo. "En tal perspectiva, el cuerpo y la realidad biológica se sitúan en un plano secundario y sometido a cualquier 'voluntad'", ha señalado el subsecretario del organismo del Vaticano. En su discurso, monseñor Wachowski también ha llamado la atención sobre la fecundación in vitro, que ha definido como "el invento tecnológico que ha abierto el camino a la maternidad subrogada". "Esta práctica ha estado "marcada desde el principio por una serie de conflictos éticos y ha provocado un cambio fundamental en nuestra relación con la vida humana como tal. Mientras muchas parejas evitan tener hijos, otras por el contrario los desean ardientemente. Este deseo es tan intenso para algunas parejas que están dispuestos a echar mano de todas las posibilidades médicas para tener al fin un hijo, incluso intentando lograr el embarazo al margen del acto sexual. La medicina actual intenta con éxito creciente, aunque todavía muy relativo, hacer posible este deseo, utilizando para ello los métodos de reproducción asistida, que comprenden un conjunto de técnicas que utilizan alguna manipulación de los gametos o células sexuales reproductoras, lo que plantea problemas éticos de diversa envergadura. Cuando el científico realiza la fecundación in vitro produce una nueva vida, pues ese zigoto ha sido hecho a partir de dos células preexistentes: los gametos masculino y femenino, y cuando los dos gametos se juntan ya no constituyen dos sistemas independientes entre sí, sino uno nuevo que actúa como una unidad, y al que biológicamente se le llama zigoto o embrión unicelular, que ya es distinto de los otros seres y está intrínsecamente orientado hacia una precisa y bien definida evolución. La definición de embrión es tan válida para los embriones concebidos de forma natural como para los procedentes de la fecundación artificial. Es este conjunto de todos los cromosomas, con la información genética contenida en la célula, lo que se llama genoma, y es lo que identifica este embrión unicelular como biológicamente humano y especifica su individualidad. Esquemáticamente, la fecundación in vitro (FIV) comprende cuatro fases: a) la primera consiste en estimular la ovulación, a fin de obtener un buen número de ovocitos maduros; b) la segunda, recogerlos quirúrgicamente; c) la tercera, su inseminación en el laboratorio con el esperma debidamente preparado; d) y la cuarta, colocar los embriones obtenidos en la cavidad uterina. Desde la fecha en que se logró con éxito la inseminación artificial se plantea la cuestión de si este modo de traer un hijo al mundo es moralmente justificable. Es verdad que alrededor de un tercio de las mujeres que recurren a esta técnica logran tener un hijo, pero en la relación entre el número de embriones producidos y el de los efectivamente nacidos, el porcentaje de embriones sacrificados es altísimo y además tanto la investigación como la técnica no parece efectivamente interesada en el derecho a la vida de cada embrión. Sobre esto hay que seguir afirmando que el fin no justifica los medios y que es una radical injusticia eliminar seres humanos para tener un hijo, puesto que la moralidad de un procedimiento no depende tan solo del resultado final. La dignidad humana consiste en que no somos objetos, sino sujetos; no somos medios, sino fines, pues estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26) y somos además hijos de Dios por adopción (Gal 4,4-7; Rom 8,14-17; Ef 1,5). Hemos de tener claro que no podemos, sin embargo, estigmatizar o discriminar a otro, aunque haya venido así al mundo. No olvidemos que quien empieza a instrumentalizar la vida humana, quien distingue entre vidas con valor o sin ella, no sólo no respeta la dignidad humana, sino que entra en una cuesta abajo sin frenos. El problema surge porque ha dejado de creerse que lo que fundaba la universalidad e igualdad de derechos era la participación de todo ser humano en una misma humanidad, mientras ahora tan solo se habla de derechos individuales y particulares, con lo que un ser humano no tendrá un mismo derecho a la vida si se trata de un adulto o un ser todavía no nacido o próximo a la muerte. En pocas palabras, se sostiene que hay diversas categorías de seres humanos y que no todas deben ser protegidas por la ley. La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado dos documentos sobre la problemática moral estas cuestiones: Donum Vitae (IDP) en 1987 y Dignitas Personae (IDV) en 2007. Estas Instrucciones tienen como objetivo salvar el respeto debido a la vida y dignidad que corresponde al embrión o feto humano y establecen el principio: “El embrión humano tiene desde el principio la dignidad propia de la persona” (IDP 5) y merece por tanto el respeto debido a ella, así como: “Todo ser humano debe ser acogido siempre como un don y bendición de Dios. Con respecto a la experimentación con embriones humanos, el Magisterio de la Iglesia es muy abundante. Es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica. Como vimos en este capítulo, la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad. Utilizar el embrión como mero objeto de análisis o de experimentación significa atentar contra la dignidad de la persona y del género humano, pues nadie tiene el derecho de establecer el umbral de humanidad de un individuo, porque esto equivaldría a atribuirse un poder exorbitante sobre sus semejantes. En ningún momento de su crecimiento el embrión puede ser objeto de experimentos que no representen un beneficio para él, o que puedan causar inevitablemente sea su destrucción sea amputaciones o lesiones irreversibles, porque en ese caso se lastimaría y se heriría la naturaleza misma del hombre. El patrimonio genético es el tesoro que pertenece o puede pertenecer a un ser personal, que tiene derecho a la vida y a un desarrollo humano íntegro. Las manipulaciones arbitrarias de los gametos o de los embriones, que consisten en transformar las secuencias específicas del genoma, portador de las características propias de la especie y del individuo, hacen que la humanidad corra graves riesgos de cambios genéticos, que alterarán la integridad física y espiritual no sólo de los seres en los que se han efectuado esas transformaciones, sino también en personas de las generaciones futuras. Si la experimentación en el hombre, que en un primer momento parecía ser una conquista en el ámbito del conocimiento, no va encaminada a su bien, corre el peligro de llevar a la degradación del sentido auténtico y el valor de lo humano. En efecto, el criterio moral de la investigación sigue siendo siempre el hombre en su ser a la vez corporal y espiritual. El sentido ético supone rechazar las investigaciones que puedan ofender su dignidad humana y entorpecer su crecimiento íntegro. Esto no significa en absoluto condenar a los investigadores a la ignorancia; al contrario, se les invita a redoblar su ingenio. Con un agudo sentido del hombre, sabrán hallar caminos nuevos para el conocimiento, y prestarán así el servicio inestimable que la comunidad humana espera de ellos. Como en cualquier acción médica sobre un paciente, son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual. Los cadáveres de embriones o fetos humanos, voluntariamente abortados o no, deben ser respetados como los restos mortales de los demás seres humanos. Así las cosas, el caso que nos ocupa es radicalmente inmoral, como enseña la Iglesia Católica, al menos, por las siguientes razones: a) El origen de los embriones: Como explica el Magisterio Pontificio - también el Papa Francisco - y la Congregación para la Doctrina de la Fe, la fecundación in vitro (FIV), ya homóloga, ya heteróloga, es siempre ilícita, como también todas las, así llamadas, "técnicas de reproducción asistida" en las que se separa el acto unitivo del acto procreativo (acto conyugal y fecundación). Hay que recordar que la acción inicua que cometen todos los que cooperan en la fecundación in vitro no afecta a la dignidad inalienable del niño así concebido, que es siempre una criatura amada de Dios, totalmente inocente del atentado cometido por otros contra la ley natural y la Ley de Divina. b) Los progenitores de un ser humano, también en estado embrionario, no pueden "donar" a su hijo, no es su esclavo; el hijo no es propiedad de los padres, no lo pueden vender, ni donar, y, por tanto, nad…La fecundación in vitro y la postura de la Iglesia Católica
Experimentación con embriones humanos
La fertilización in vitro, una práctica que enfrenta a la Iglesia y la ciencia
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