María de la O Lejárraga: Biografía de una mujer polifacética

La exposición sobre María de la O Lejárraga nos sumerge en la vida y obra de una mujer excepcional, cuyo talento literario y compromiso social la convirtieron en una figura clave de la cultura española del siglo XX.

María Lejárraga

Primeros años y formación

María de la O Lejárraga nació en San Millán de la Cogolla (La Rioja) el 28 de diciembre de 1874. Rodrigo apunta que tuvo una infancia feliz y siempre recordaría “los paisajes ensoñados de los valles riojanos”. Era la mayor de siete hermanos.

La familia abandona el mundo agreste hacia 1880 por el nombramiento del padre como médico titular de Buitrago, en la Sierra de Guadarrama. No asistió a la escuela: su madre fue su maestra (daba las lecciones en español y en francés) hasta que inició los estudios superiores, de magisterio y profesorado de comercio, en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer (donde tuvo como compañeros a Ramón Menéndez Pidal y Mercedes Sardá) y en la Escuela de Comercio. Fueron años importantes para el desarrollo de la educación en España.

Lejárraga hereda de su madre la vocación por la enseñanza. A los 20 años aprueba el examen de reválida, con sobresaliente, como maestra de Primera Enseñanza Superior. Vivía entonces con sus padres en Carabanchel Bajo. Al año siguiente hizo oposiciones y obtuvo destino en la Escuela Modelo de Madrid, en la plaza del Dos de Mayo, con un sueldo de 2.250 pesetas anuales. En la Escuela Modelo fundó y dirigió la Biblioteca Educativa, donde inició una colección de libros con Cuentos breves. Lecturas recreativas para niños, el único que firmó con su nombre en varias décadas.

Colaboración literaria con Gregorio Martínez Sierra

A Gregorio lo conoce en Carabanchel. Él estudiaba Filosofía y Letras y era seis años menor. “En una noche de fiesta con baile y fuegos artificiales en la plaza pública -relata Rodrigo-, empezaron a hablarse. Ninguno de los dos bailaba y, sin saber cómo, juntaron esa especie de desasosiego de la persona que no participa en el jolgorio de la multitud que la rodea”. Compartían “la pasión por el teatro y su formación francesa”.

La complicidad intelectual evolucionó hacia acercamientos más íntimos. “María, a través de Gregorio, fue conociendo los entresijos de las tertulias literarias, a las cuales las mujeres no tenían acceso”. También conoció, años después, a Jacinto Benavente, “amigo y mentor de Gregorio, a quien llamaba en sus cartas amado discípulo”. Benavente leyó sus primeros escritos y alentó su vocación, mientras María permanecía en la sombra, “a pesar de que el primer libro de Gregorio, El poema del trabajo, fue escrito ya en colaboración”.

Martínez Sierra “se encontraba en su elemento en el ambiente apasionante del mundillo artístico-literario que empezaba e iba a ser la savia de su vida”. Había abandonado Derecho por Filosofía y Letras, pero su paso por esta facultad fue también efímero. En Lejárraga encontró “el talismán que iba a permitirle el logro de anhelos y ambiciones, la gran colaboradora y mentora intelectual, que, además, solucionaría generosamente los prosaicos, pero ineludibles, problemas del vivir cotidiano”.

“Antes de ser novios, ya habían escrito y publicado cuatro libros”: además de El poema del trabajo (1898), Cuentos breves (1899), Flores de escarcha (1900) y Almas ausentes (1900), “dos de ellos editados con sus ahorros”. Compartían demasiadas cosas “para dejar ilesos los resortes del sentimiento amoroso”. Las respectivas familias no lo veían claro, por aspectos como la diferencia de edad, la circunstancia religiosa (ella acabó apartándose de la Iglesia), “el aspecto ratonil” de él o la “tuberculosis latente” de los Martínez Sierra.

En sus primeros años de matrimonio aparecen las dificultades económicas: dependían mayormente del sueldo de ella, que empieza a escribir por encargo, mientras él se dedica a sus primeras empresas editoriales. Juan Ramón Jiménez, “el gran amigo de esta época”, estimará su entusiasmo e inteligencia “como animador de revistas y empresas literarias”. El poeta de Moguer establece también amistad con Lejárraga, que se implica en la realización de la revista Helios. Sus cartas revelan un intenso afecto recíproco.

En estos años, María Lejárraga, además de llevar su escuela y colaborar en la revista Helios, “mantenía una actividad literaria asombrosa”. El nombre de Martínez Sierra empezaba a sonar: “La crítica se ocupaba de su labor, reconocía su calidad literaria y resaltaba su riqueza emocional de marcados acentos femeninos. No dejaba de llamar la atención su fecundidad. La colaboración de María era ignorada, salvo por los íntimos, muy especialmente Juan Ramón Jiménez.

Además de la reacción a la indiferencia de sus padres ante su primer libro, hay que tener en cuenta un ilustrativo motivo de época apuntado por ella misma: siendo maestra de escuela, no quería “empañar” la limpieza de su nombre con “la dudosa fama” que en aquellos tiempos “caía como sambenito casi deshonroso sobre toda mujer literata”. Desde una óptica analítica del presente, observa Rodrigo, “no es fácil comprender” esta “pública autoanulación”. La autora considera que “en María las otras razones son pretextos: la verdadera motivación de su total entrega y renunciamiento en favor de Gregorio era el amor.

En 1905, el médico aconseja a Gregorio alejarse de Madrid. Ella obtiene la beca para estudiar pedagogía en Europa. El éxito de La humilde verdad provoca que la editorial catalana Montaner y Simón les encargue una novela. La pareja sale de viaje el 2 de octubre de 1905, con Burdeos como primera parada y París como segunda. Allí se relacionan con Santiago Rusiñol e Isaac Albéniz. Un mes más tarde, Lejárraga deja París camino de Bruselas. Por primera vez viaja sola.

La escritora lleva una carta de presentación de la superiora de la Casa de Beneficencia de León para un establecimiento de la misma institución en Bruselas. Visita escuelas de la ciudad y compara los métodos y las condiciones de la educación con sus experiencias en España. Mejora el inglés, se inicia en el alemán, escribe y traduce, se daña la mano y entiende que debe empezar a escribir a máquina. Descubre la soledad y con desenfado y cariño escribe cartas a Juan Ramón, al que pide versos. En febrero de 1906 llega Gregorio y viajan por Bélgica, Holanda y Alemania. A principios de mayo, María termina de escribir Tú eres la paz (que se convertiría en “la obra preferida de varias generaciones de adolescentes en España y América”) y la envía a los editores barceloneses antes de partir hacia Londres, donde investiga los métodos pedagógicos británicos. En el otoño regresan a Madrid.

La experiencia europea de investigación pedagógica había resultado enriquecedora para Lejárraga. Se instalan en una casa de la calle Velázquez, esquina con Diego de León (por entonces, en las afueras de la ciudad). Rodrigo explica que “el despegue de la firma Gregorio Martínez Sierra como autor dramático tardó en producirse”. La firma “producía con fertilidad novelas, cuentos, artículos, pero no era sino un compás de espera, para mantener el ensueño, y un ganapán para ayudar al sueldo de maestra. Pero llegó la oportunidad de un estreno (simultáneo en Madrid y Barcelona), con ayuda de Rusiñol: Vida y dulzura, que “no consagra la firma de Martínez Sierra como dramaturgo, pero significa una valiosa experiencia, estimulante y productiva”.

Sí consiguieron gran éxito con el lanzamiento en 1907 de la revista Renacimiento, que contó entre sus colaboradores con Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Rafael Cansinos Assens, Benavente, Emilia Pardo Bazán, Eugenio d’Ors, Salvador Rueda, Rusiñol, Miguel de Unamuno y Francisco Villaespesa. La gran noche, “decisiva, perdurable”, en la trayectoria dramática de los Martínez Sierra fue la del 21 de febrero de 1911, con el estreno de Canción de cuna.

Ya tenían algo de trayectoria teatral, impulsada por Rusiñol y los Álvarez Quintero. La idea inicial para Canción de cuna la encontró María en las páginas de un periódico milanés. La escribió en 1910 entre Madrid y París, donde conoce el fallecimiento de su padre. El año 1911 es “uno de los más fecundos” y, sin discusión, el del “definitivo despegue” de la firma Gregorio Martínez Sierra. El triunfo de Canción de cuna hizo posible que obras antes rechazadas fuesen aceptadas de inmediato.

Pero a pesar del éxito y de la ausencia de problemas económicos, que les permitía viajar durante varios meses al año por el extranjero, se va manifestando “la brecha de la desunión conyugal entre María y Gregorio”. Influyó decisivamente en ello “la asiduidad y dedicación” de Martínez Sierra a la joven actriz Catalina Bárcena. La separación conyugal tardó muchos años en llegar, a pesar de que Catalina la exigía “con chantajes de todo tipo”. Sus vidas continuaron aparentemente unidas. Y Catalina descubrió que “era María, a la que odiaba y odiaría siempre a muerte, la que le creaba las criaturas con las que ella se identificaba y triunfaba”. Martínez Sierra “sustentaba su vida en la explotación de dos mujeres: una le escribía y la otra le representaba”.

En 1933 Hollywood convirtió Canción de cuna en película, dirigida por Mitchell Leisen. En 1941 conoció una segunda versión, rodada en Buenos Aires y protagonizada por Catalina Bárcena. En este punto de la historia, Antonina Rodrigo subraya “la inquietud feminista” de María Lejárraga, que “está latente en toda su obra”. Postulaba “la educación y la independencia de la mujer para liberarla de la tiranía con que las leyes la sometían y sujetaban al hombre”.

En aquellos años, la vanguardia del feminismo español estaba representada por la almeriense Carmen de Burgos Colombine. Surgen organizaciones para la incorporación de la mujer a la cultura y el trabajo, así como la prensa feminista. Tras el éxito de Canción de cuna, la firma Martínez Sierra se convierte “en una de las más populares y cotizadas en la cartelera madrileña”. La creatividad de Lejárraga es fecunda e incluso hace incursiones como libretista de zarzuelas, género en el que alcanza su mayor éxito con Las golondrinas.

En la órbita de amistad y colaboraciones de la pareja aparecen músicos como José María Usandizaga, Joaquín Turina o Manuel de Falla, que se inspiró en el libro Granada. Guía emocional de Lejárraga para sus Noches en los jardines de España. El compositor fue, con Juan Ramón Jiménez, el único confidente de la escritora “en su drama conyugal”.

A comienzos de 1916, unos días de “convivencia circunstancial” de la pareja con Catalina Bárcena en Córdoba y Málaga proporcionan a Lejárraga una de las peores experiencias de su vida. Y asume que, para su marido, “la elegida, la realidad, era Catalina”. No obstante, en su ámbito doméstico “todo iba a continuar igual. No existió un profundo replanteamiento, sino un pacto. Cada cual conservaría su libertad y no aspiraría a la posesión exclusiva del otro”.

El 24 de septiembre de 1916, con el estreno de El reino de Dios, se inicia en el Teatro Eslava de Madrid “una experiencia apasionante: la del Teatro de Arte en España (1916-1926), bajo la dirección de Gregorio Martínez Sierra”. Uno de sus grandes logros fue la innovación de la escenografía. El proyecto también incluyó tareas editoriales. Entre su producción dramática, El reino de Dios, sobre el sentido de la caridad, fue para Lejárraga su obra preferida.

A estas alturas de 1915-1916, revela la biógrafa, “el rumor de que la autora de la obra de Martínez Sierra era su mujer corría por círculos y tertulias”. Pero las sospechas “se estrellaban en la discreta actitud de María Lejárraga”, que siempre mantuvo en la “secreta alianza” con su esposo una lealtad que englobaba generosidad, abnegación y renuncia, mientras la relación de él con la actriz era del dominio público. Su afán por el aprendizaje la llevó a matricularse en un curso de ruso en el Ateneo.

Rodrigo sentencia que “el caso de María y Gregorio Martínez Sierra es uno de los más originales que ha producido la literatura, no solamente española”. Y analiza las cartas que él le escribía cuando alguno de los dos estaba de viaje (las de ella no se conservan), reveladoras de aspectos sustanciales. Atestiguan “el permanente afecto que unió a aquella mujer y a un hombre interesado e hipócrita que no se la merecía”. Al leer el epistolario “está permitido pensar que Martínez Sierra era incapaz de escribir no ya una comedia sino una carta de pésame, unas cuartillas para presentar un acto, un prólogo, sus conferencias... En ellas es constante el apremio y en ocasiones llega a la coacción y al autoritarismo para que María escriba y le mande comedias, colaboraciones, traducciones…”. Sin el menor reparo le escribe a su negra que se siente “más autor dramático que nunca”.

En los primeros años de la década de los 20, el matrimonio se parece a un paisaje de “barcas varadas”. Catalina Bárcena, que había hecho todo lo posible por separarlos, da a luz a una niña, supuestamente hija de Gregorio, aunque “el Madrid teatral le adjudicó todo tipo de padres”. María se va a la Riviera francesa, donde se hace construir una casa con jardín a la que bautiza como Helios. María pierde “gran parte de su alegría de vivir, de su confianza”, y sus largas estancias en Cagnes-sur-Mer obligan a Martínez Sierra a buscar otros colaboradores dramaturgos, el primero de los cuales fue Eduardo Marquina.

La gira de la compañía del Teatro de Arte obtuvo grandes éxitos en Europa y América, pero Martínez Sierra regresó muy enfermo en enero de 1929. A lo largo de ese año María se mueve entre Francia, Madrid y Berlín, cuyo deterioro social y cívico no le pasa inadvertido. En 1930 también refleja en sus cartas la convulsa situación española. En el umbral de 1931, anota Rodrigo, “María Lejárraga es una mujer de cincuenta y seis años, que ha previsto el momento de su retiro” por considerarse ya, en sus propias palabras, un “árbol plantado en una pradera solitaria”. Pero a este árbol “le esperan muchas primaveras con sus flores y sus frutos”.

Lejárraga intuyó la caída de la monarquía y celebró la llegada de la Segunda República como “la alegría más grande” de su vida. Y se lanza a la calle “para presenciar, entusiasmada, la eclosión del pueblo”. Así se lo cuenta a su marido, que ha disuelto la compañía y se encuentra en California, contratado por la Metro-Goldwyn-Mayer como asesor de producción de películas españolas.

En las Cortes Constituyentes surge el debate sobre los derechos de la mujer en la redacción de la nueva Constitución. El principal es el sufragio. Clara Campoamor lo defiende con vehemencia, pero Victoria Kent opina, como recoge Rodrigo, que “la falta de madurez y de responsabilidad social de la mujer española podía poner en peligro la estabilidad de la República”, temor que es compartido por Margarita Nelken. Después de tantos años de anonimato, publica con su nombre las conferencias del Ateneo, con la dedicatoria “A Gregorio Martínez Sierra, con lealtad y cariño”.

Compromiso político y exilio

Asociaciones, conferencias, revistas… En los tres primeros años de la Segunda República, María Lejárraga participó activamente en la vida política española. Prolífica escritora y traductora destacada en los más variados géneros (teatro, novela, cuento, ensayo, artículo, libreto...), ha pasado también a la historia como una de las pioneras en la vida política española, en su doble compromiso como feminista y socialista.

Sus convicciones feministas tuvieron directa expresión en un relevante corpus de artículos y ensayos sobre la “cuestión femenina”, que aparecieron también bajo el nombre de Gregorio Martínez Sierra: Cartas a las mujeres de España (1916), Feminismo, feminidad, españolismo (1917), La mujer moderna (1920), Nuevas cartas a las mujeres (1932) y Cartas a las mujeres de América (1941).

Paralelamente, su proximidad ideológica con el socialismo la condujo, con la llegada de la Segunda República, a afiliarse al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y se comprometió entonces a hacer campaña para las primeras elecciones generales, siendo una de las primeras diputadas de las Cortes españolas (elegida por Granada en 1933). Un año después abandonó su escaño en protesta por la dura represión ejercida por las fuerzas gubernamentales en la Revolución de Asturias.

Colaboró en la organización del Comité Pro-presos del PSOE, la Unión General de Trabajadores (UGT) y las Juventudes Socialistas, para organizar la solidaridad con los presos asturianos, y participó también en el Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, presidido por Dolores Ibárruri. Volvió a hacer campaña electoral con el Frente Popular en 1936.

Tras el comienzo de la Guerra Civil Española, fue nombrada por la República agregada comercial del Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio en Suiza. Su largo exilio como miembro representativo de la España vencida continuó en Niza (Francia), donde residió hasta su marcha definitiva a América en 1950, una vez perdida toda esperanza de poder regresar a su país. Viajó por Estados Unidos y México, antes de asentarse en Argentina, en 1953, donde vivió de la escritura de cuentos y artículos para la prensa, así como de su trabajo como traductora (Jean Anouilh, Eugène Ionesco, Thornton Wilder, etc.).

Sus experiencias vitales (literarias y políticas) aparecen plasmadas en dos libros autobiográficos publicados en el exilio americano: Una mujer por caminos de España (1952) y Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración (1953).

El enigma de María Lejárraga

Muerto su marido, recuperó su nombre de pila, pero mantuvo sus apellidos de casada. Sus memorias, personales (Gregorio y yo) y políticas (Una mujer por los caminos de España) están firmadas por María Martínez Sierra. Domingo explica que "no se queda en casa lamentándose, sino que se reivindica a sí misma.

Segunda República Española

Legado

La recuperación de la figura de María Lejárraga es fundamental para comprender la historia de la cultura y la política española del siglo XX. A pesar de su éxito como dramaturga, su nombre quedó eclipsado por el de su marido. La exposición nos invita a descubrir la verdadera autora detrás de obras como "Canción de cuna" y "El amor que pasó", y a valorar su contribución al teatro español.

La exposición rinde homenaje a la autora riojana cuando se cumplen 50 años de su muerte y 150 de su nacimiento.

María de la O Lejárraga tenía las ideas muy claras sobre los derechos de las mujeres y como señala a RTVE.es Carmen Domingo, la comisaria de María Lejárraga, una voz en la sombra (1874-1974), sus "artículos de política y de feminismo se pueden leer a día de hoy y que te resulten cercanas muchas de sus reivindicaciones".

Obras destacadas

Título Año
El poema del trabajo 1898
Cuentos breves 1899
Flores de escarcha 1900
Almas ausentes 1900
Tú eres la paz 1906
Canción de cuna 1911
Cartas a las mujeres de España 1916
Feminismo, feminidad, españolismo 1917
La mujer moderna 1920
Nuevas cartas a las mujeres 1932
Cartas a las mujeres de América 1941
Una mujer por caminos de España 1952
Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración 1953

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