Los Siete Niños de Écija: Historia de una Banda de Bandoleros Andaluces

La historia de "Los Niños de Écija", que ni siempre fueron siete ni todos eran ecijanos, fue una de las cuadrillas de bandoleros más importantes en la historia de la delincuencia en España, activa en las cercanías de Écija aproximadamente entre 1813 y 1818.

Esta banda, envuelta en un halo de misterio y romanticismo, ha trascendido en el imaginario popular, aunque la realidad de su historia difiere de la leyenda.

Bandoleros Andaluces.

Orígenes y Contexto Histórico

En el primer tercio del siglo XIX, tras el final de la Guerra de la Independencia y en plena restauración absolutista con el regreso de Fernando VII, la campiña andaluza vivió una oleada de violencia social, hambre, represión y descontento generalizado.

En este ambiente fértil para la delincuencia rural, surgieron numerosas partidas de bandoleros, muchas de las cuales no eran meros ladrones, sino que respondían a las tensiones políticas y sociales de la época.

El grupo se formó en torno a 1813-1815 en los alrededores de Écija, provincia de Sevilla, localidad que da nombre al colectivo. En sus inicios eran conocidos como los Ladrones Ecijanos y más adelante como la Cuadrilla del Padilla, en referencia a uno de sus primeros cabecillas.

¿Quiénes eran "Los Siete Niños de Écija"?

Contrario a la creencia popular, Los Siete Niños de Écija ni eran siete, ni eran niños, ni eran originarios exclusivamente de Écija. El núcleo fundador de la banda lo componían siete hombres, algunos con antecedentes comunes en el contrabando, la delincuencia o el servicio militar:

  • Pablo Aroca
  • José Martínez alias el Portugués
  • Francisco Narejo alias el Becerra
  • Salvador de la Fuente alias Minos
  • Juan José Gutiérrez alias el Cojo
  • Diego Meléndez
  • Antonio de la Grama alias el Fraileño

Cuando alguno caía en combate, era reemplazado por otro miembro, de manera que siempre parecían los mismos.

Actividades y Características de la Banda

Los Niños de Écija no fueron simples salteadores de caminos. Su estructura estaba jerarquizada y disponían de una red de confidentes y colaboradores entre la población rural, lo que les permitía moverse con cierta impunidad.

Entonces eran considerados unos asaltacaminos que actuaban en Lora del Río, Marchena, Osuna y Écija, donde habían nacido Mimos, Hornero, José Gómez y Juan Escalera.

Con el invasor en retirada, entre 1814 y 1818 cometen asaltos, haciendo suya la carretera entre Sevilla y Córdoba, cuya campiña también estuvo en su punto de mira.

Como en otras partidas, la autoridad del líder era incuestionable, lo que garantizaba la fidelidad de sus miembros, conocidos por sus apodos. Solo el jefe era llamado por su nombre, aunque Juan Palomo en realidad se llamaba Diego Padilla, quien en 1815 pasó el testigo a Diego Becerra.

Sus motes: Malafacha, Satanás, Cándido, el Cencerro o Tragabuches, apodo heredado de su padre, quien supuestamente se había comido un feto de burra.

La presencia de los Niños de Écija por las tierras del término de Fuentes fue constante, y fue muy cerca de la villa, en la Venta Nueva, en el tramo del camino real entre Carmona y Écija, donde a principios de abril de 1815 la entonces conocida como cuadrilla de Padilla comete el que sin duda es el golpe más audaz y famoso de toda la carrera criminal de los «Niños de Écija»: el robo del equipaje del general José Manuel de Goyeneche y Barreda.

Tal osadía se tradujo en un sinfín de acciones militares contra la partida, que desembocó en la muerte -en el verano de 1815- de dos de sus miembros, Antonio Padilla y Rafael Malhecho, las heridas causadas a otro de ellos, el «Portugués» y, seguramente, en la captura de Alonso de Osuna.

Los 7 niños de Écija, BANDOLEROS ANDALUCES.

El Bandolerismo Romántico

"El bandolerismo romántico tiene un comportamiento que lo singulariza: el jefe tiene fama nacional, mientras que a los demás apenas se les conoce. Asaltan diligencias y a caminantes, pero no secuestran ni torturan a las víctimas. Es más, incluso les dejan algo de dinero para que puedan continuar el viaje", añade Martínez, especialista en historia militar.

"Hasta hay un punto caballeresco, reflejada por el artista Gustave Doré durante un viaje por España".

Uno de sus grabados muestra a un bandolero con su maja. "Subido a un caballo, con una montura excepcional y una bella mujer en la grupa, ahí está el líder al que sus hombres admiran por su osadía e ingenio para preparar los golpes", explica el catedrático de la Universidad Complutense, quien recuerda que las clases populares nutrieron principalmente la resistencia guerrillera contra Napoleón.

Bandolero de Gustave Doré.

El Final de la Banda

La fama de la partida creció hasta tal punto que en 1817 la Real Audiencia de Sevilla publicó un edicto, fechado el 1 de julio, declarando su persecución total. Se ofrecían recompensas por su captura vivos o muertos.

Tragabuches no fue capturado, pero sus miembros corrieron peor suerte, pues fueron ahorcados, descuartizados y expuestos en los caminos. Un año después, la partida era desmantelada por completo.

La mayoría de los miembros del grupo fueron capturados, ejecutados y sus cuerpos despedazados públicamente, como escarmiento.

Tragabuches: Un Personaje Legendario

Una figura misteriosa que a veces se vincula con Los Niños de Écija es José Ulloa, más conocido como Tragabuche. Este personaje, a menudo confundido o mezclado con leyendas de otros bandoleros, habría sido uno de los pocos miembros de la partida que logró eludir la persecución.

Se cree que pudo escapar a América -como muchos exiliados del momento- y desaparecer en el anonimato.

Cantaor y banderillero, contrabandeaba en Ronda cuando se encontró a su mujer, la bailaora María la Nena, con un sacristán. A él lo degolló y a ella la tiró por la ventana. "Para no purgar sus crímenes, se echó al monte", comenta Enrique Martínez, quien recuerda que su rastro se perdió después de que la Audiencia de Sevilla emitiese en 1817 un edicto contra los Siete Niños de Écija.

Legado e Impacto Histórico

La partida de Los Niños de Écija representa uno de los últimos ejemplos de bandolerismo tradicional antes de la reorganización del territorio y el poder estatal bajo el reinado de Fernando VII.

Su historia revela el profundo desorden social del sur de España en la primera mitad del siglo XIX y demuestra cómo, en ausencia de estructuras de justicia efectivas, el campo andaluz se convirtió en escenario de violencia, justicia por mano propia y represalias.

Si bien no alcanzaron la fama de otros bandoleros, su legado forma parte de la historia oculta de la España rural de posguerra y del tránsito hacia el Estado liberal moderno.

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