Durante los primeros meses de vida, la lactancia materna debería ser la forma exclusiva de alimentación de los recién nacidos. Es indiscutible las beneficiosas implicaciones de salud tanto para la madre como para el lactante y la importancia de proporcionar al recién nacido los nutrientes que necesita. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la lactancia materna exclusiva durante al menos los seis primeros meses de vida y con alimentos complementarios adecuados hasta los dos años de edad.
La lactancia materna tiene múltiples beneficios para la salud del bebé y uno de ellos es acelerar el proceso de maduración de su flora intestinal. “Esta maduración consiste en la adquisición de la flora adecuada en el tracto digestivo en los niños, hasta que se asemeja a la del adulto. Cuanto antes madure la flora (también llamada microbiota) más protegido estará el bebé al ser una de su funciones estimular el funcionamiento del sistema inmunológico”, explica la Dra.
Tanto la lactancia en sí, como la alimentación de la madre, tienen influencia sobre el correcto establecimiento de la microbiota en el bebé. Hacia los 2-3 años, cuando cesa la lactancia, se acaba de establecer la microbiota definitiva (la del adulto, 100 trillones de microorganismos, unas 10 veces más que células humanas). Su composición se habrá visto afectada por numerosos factores, y además por el tipo de alimentación complementaria que haya recibido el niño.
El microbioma humano es un tema de gran actualidad. También es objeto de multitud de estudios de investigación en todo el mundo, apoyados por numerosos organismos internacionales. Su mayor conocimiento tendrá implicaciones terapéuticas muy importantes en el futuro. Microbioma es “el conjunto de microorganismos que viven en el cuerpo humano y que mantienen una relación simbiótica con él de tipo comensal o mutualista”. El microbioma es único en cada individuo, a modo de “huella dactilar”. Y la microbiota es la población bacteriana presente en los diferentes ecosistemas del cuerpo humano.
Sabemos que el feto dentro del útero materno está libre de microrganismos, y ya en el nacimiento comienza a adquirir su propio microbioma. Estudios recientes han demostrado que esta afirmación está lejos de ser cierta. No hace mucho tiempo que se pensaba que la leche humana de mujeres sanas era estéril. Cada leche materna tiene su propia composición bacteriana, y no sólo eso, la leche de la misma madre va variando su composición bacteriana a lo largo de la lactancia.
Es importante que estas bacterias estén en equilibrio, ya que cuando hay situaciones que lo alteran (como la toma de antibióticos, la retención de leche en la mama, etc.,) algunas de estas especies bacterianas, comienzan a crecer más de la cuenta. Es en este momento donde cobra importancia la toma de probióticos específicos en algunos casos, que ayudan a reestructurar dicho equilibrio bacteriano junto a otras medidas de gran importancia, como son el adecuado vaciamiento mamario tras las tomas, aplicar frío local en la mama tras las tomas (evitando pezón y areola), prevenir la formación de grietas del pezón...
Por todo ello hay que evitar estas situaciones o factores de riesgo que alteren el equilibrio bacteriano durante la lactancia y cuidar con mimo nuestra microbiota mamaria. No tomar nunca medicamentos (en este caso antibióticos) sin prescripción médica, ni durante el embarazo ni en el posparto.
En sus primeros días de vida, los recién nacidos son rápidamente colonizados por diferentes bacterias, a las que se les atribuye la iniciación de un poderoso sistema de defensa. Se cree que dichas bacterias garantizan un buen desarrollo físico e inmunológico.
La leche materna es uno de los factores que permite la colonización temprana, la cual confiere un sinnúmero de beneficios y tiene un impacto en la salud infantil y en la modulación de determinadas enfermedades a largo plazo.
La forma como las diferentes bacterias colonizan el intestino neonatal formando su propia microbiota, es debatida. Se asume que es multifactorial y que está influenciada por la vía del parto y la lactancia, que determinan una microbiota sana o una alterada de la cual se derivan diferentes enfermedades.
La microbiota de la glándula mamaria es única y son múltiples los factores que convergen para su conformación; con su adecuado establecimiento se generan factores protectores para la vida futura. La administración oral de probióticos derivados de la leche materna, abre la puerta para entender una nueva forma de colonización más eficiente de la microbiota del neonato.
Lactobacillus reuteri DSM 17939, Bifidobacterium longum y Lactobacillus fermentum CECT 5716, fueron aislados de la leche materna de mujeres sanas y varios estudios confirman que pueden utilizarse en la nutrición humana.
Se sabe que las bacterias residentes de forma natural en el ser humano no producen enfermedades, al contrario, contribuyen de manera decisiva al desarrollo y la inmunidad infantiles; este conocimiento permite entender la importancia del microbioma humano en pediatría.
La leche materna es el mejor alimento para los recién nacidos y niños lactantes; tiene una única combinación de nutrientes y componentes bioactivos que aseguran el crecimiento y desarrollo de los infantes. Los lactantes ingieren 800ml de leche al día y una cantidad de 105 a 107 bacterias.
El mayor provecho de la leche humana radica en mantener la salud y la supervivencia del lactante por ser un alimento seguro y rentable. Tiene beneficios para la vida del niño, como alcanzar un buen crecimiento pondo-estatural y observar mejores resultados en las pruebas de desarrollo intelectual.
Se han encontrado aportes a la salud materna, ya que el inicio de la lactancia en el posparto inmediato, estimula la producción de oxitocina, hormona encargada de contraer el útero, expulsar la placenta y, así, reducir el sangrado posparto, además de contribuir a disminuir el riesgo de presentar cáncer de mama y de ovario, a largo plazo.
La leche materna contiene probióticos, los cuales son “microorganismos vivos”, que confieren beneficios al huésped, además de prebióticos, que son sustancias no digeribles que estimulan selectivamente el crecimiento favorable de las bacterias probióticas; al contener estos compuestos, la leche materna protege contra enfermedades infecciosas, permite el inicio de la maduración intestinal del niño y confiere efectos inmunomoduladores en su vida futura, convirtiéndolo en un alimento óptimo para los lactantes.
Una de las recomendaciones de la European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition (ESPGHAN) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) con respecto a la alimentación de los infantes, es conseguir una lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de edad, considerándola como una meta deseable. De los seis meses hasta los dos años de edad, la OMS recomienda continuar la lactancia materna con refuerzo de alimentos complementarios; esta entidad afirma que la lactancia materna reduce la mortalidad infantil.
Las tasas de diarrea y de las infecciones de vías respiratorias y otitis media, son más bajas en los niños alimentados con leche materna en comparación con los demás.
Los intereses mundiales están dirigidos a los primeros mil días de vida, desde la concepción hasta los dos años de edad. Este periodo se conoce como la ventana de la oportunidad, ya que es crucial para garantizar un óptimo desarrollo físico e intelectual, por medio de una nutrición adecuada; a este respecto, a la microbiota de la leche materna humana se le atribuye un papel importante.
Se ha encontrado que la lactancia materna protege contra algunas enfermedades infecciosas, lo cual se atribuye a sus múltiples componentes, de los cuales diferentes artículos destacan: inmunoglobulinas, células inmunitarias, probióticos, carbohidratos, ácidos grasos, minerales, vitaminas y prebióticos como los galacto-oligosacáridos, que inducen el desarrollo y la actividad metabólica de las bacterias benéficas en la flora intestinal del infante, favoreciendo efectos inmunológicos directos. Estos oligosacáridos actúan en el sistema del tejido linfoide asociado a las mucosas, parecen influir en la maduración de linfocitos y, además, confieren un efecto protector frente a la enterocolitis necrosante en neonatos nacidos prematuros.
La lactancia también sobresale por sus aportes a las madres que lactan por un periodo mínimo de seis meses, al producir un efecto protector para la madre contra la obesidad, la osteoporosis, el cáncer de seno y la diabetes mellitus, entre otros.
Composición del Microbioma Humano
El término ‘microbioma’ se refiere al “número total de microorganismos y su material genético”, y ‘microbiota’ es la “población microbiana presente en los diferentes ecosistemas en el cuerpo”.
En el ser humano, se han identificado microbiotas en varios sitios del cuerpo que están colonizados por diferentes grupos de bacterias. Se clasifican en filos, donde se destacan diferentes especies y géneros, con predominio de Firmicutes, Actinobacteria, Proteobacteria y Bacteriodetes. A este grupo de bacterias se les atribuye un papel determinante en el desarrollo de la inmunidad y la capacidad para responder frente a diferentes microorganismos; se considera la primera línea de defensa contra agentes patógenos.
En el tubo digestivo de los neonatos predominan Firmicutes, Bacteriodetes y Proteobacterias, aunque hay gran variabilidad individual según el tiempo en que se adquiere esta microbiota. El intestino del recién nacido es colonizado en los primeros días por Escherichia coli, Enterococcus spp., Streptococcus a-hemolítico y Staphylococcus spp.
Existen diferencias en la composición del microbioma del recién nacido según la vía del parto, la hospitalización y la dieta; por ejemplo, los nacidos por vía vaginal adquieren la microbiota materna vaginal e intestinal, mientras que en los nacidos por cesárea predomina la microbiota de la piel materna y del ambiente hospitalario. Los niños nacidos por cesárea parecen tener un menor número de bacterias, en comparación con los nacidos por vía natural, ya que cuentan con niveles más bajos de bifidobacterias, y niveles superiores de Clostridium difficile; los bebes prematuros tienen una microbiota intestinal diferente a la de los nacidos a término. Factores como su estancia prolongada en unidades neonatales y el uso de antibióticos, retrasan la adquisición de la microbiota intestinal, que facilita la presentación de enfermedades por microorganismos patógenos.
Composición de la Leche Materna
Hace algunos años se creía que la leche materna era un fluido estéril y se excluía de los análisis microbiológicos. Sin embargo, desde 2003 empezaron a verse estudios sobre una posible microbiota en la leche materna de mujeres sanas; esto despertó interés para investigar la diversidad bacteriana en la leche materna. Así, se han identificado en diferentes géneros, como Staphylococcus spp., Streptococcus spp., Lactococcus spp., Leuconostoc spp., Weisella spp., Enterococcus spp., Propionibacterium spp., Lactobacillus spp. y Bifidobacterium spp. que, por medio de la lactancia, colonizan el intestino neonatal.
Los factores que influyen en la colonización de la microbiota de la leche materna, pueden ser extrínsecos, como área geográfica materna, ambiente bacteriano circundante, tipo de parto, medidas de higiene, hábitos alimentarios y tratamientos con medicamentos; los factores intrínsecos incluyen genética neonatal, receptores de mucosa bacteriana, pH intestinal y respuesta inmunitaria.
La leche materna tiene una microbiota característica. Se discute el origen de estas bacterias benéficas. En varios estudios se han encontrado dos teorías para justificar la presencia de bacterias en la leche materna. La primera, tradicionalmente aceptada, exponía que la microbiota encontrada en la leche materna era debida a contaminación, con la piel alrededor de la glándula mamaria, con la cavidad oral del neonato asumiendo un paso de bacterias desde la boca del niño a la glándula mamaria y a la leche materna, favorecido por un flujo retrógrado entre los conductos mamarios, obtenidas desde el intestino materno, además de inoculación durante el paso por el canal del parto, este último conocido como “trasplante natural de bacterias”.
Se encuentran argumentos en contra de esta teoría, entre las que se destaca el hecho de que las bifidobacterias son anaerobios estrictos; las bacterias pueden aislarse del calostro antes de que el niño nazca, y bacterias vivas administradas oralmente a la madre lactante, son encontradas en la leche materna; además, aunque algunos lactobacilos vaginales se transfieren al niño cuando nace, no colonizan con éxito el intestino neonatal. La secuencia de lactobacilos aislados de las heces de los niños, es similar a la encontrada en la leche materna de su respectiva madre. Los lactobacilos de leche materna no son iguales a los lactobacilos vaginales.
La segunda teoría, conocida como ‘migración activa’, postula una ruta entero-mamaria endógena. Se considera que, de alguna forma, las bacterias del intestino materno colonizan la glándula mamaria y, finalmente, pasarían por medio de la lactancia al neonato, confiriendo múltiples beneficios, previniendo enfermedades infecciosas y contribuyendo a la maduración del sistema inmunológico. Aún no se ha establecido claramente el proceso por el cual las bacterias eluden el escudo protector del huésped sano, evitando ser fagocitadas.
Se postula que las bacterias propias de la microbiota intestinal se unen a las células dendríticas o macrófagos en el intestino materno, acceden al epitelio intestinal sin cambiar la estructura de la barrera epitelial, transportando estos microorganismos desde las placas de Peyer a los ganglios linfáticos mesentéricos; de allí, acceden a otros tejidos del sistema linfoide asociado a mucosas, entre las que sobresalen, la respiratoria y la genitourinaria, y las glándulas salivales y lacrimales, incluyendo la misma glándula mamaria.
Uno de los mecanismos mencionados es la propiedad que se le ha conferido a los exopolisacáridos de las bacterias de la microbiota intestinal por su habilidad de permanecer inmunológicamente silenciosos, para evadir la respuesta inmunitaria del huésped, lo cual favorece su migración activa a la glándula mamaria. También, se cree que el influjo hormonal durante la gestación y la lactancia contribuye a este proceso, recordando que durante el embarazo hay un aumento de la linfa y de la circulación hacia la glándula mamaria, lo que ayuda a la dilatación de los conductos mamarios.
Por otra parte, se acepta que la progesterona evita la fagocitosis por las células inmunitarias, interrumpiendo la acción de los receptores toll, los cuales inician la señalización inmunitaria, garantizando así la inactividad de citocinas proinflamatorias, como el TNFa y la interleucina (IL) 1B, sin afectar la acción de otras citocinas antiinflamatorias como la IL 10. La prolactina se ha encontrado como una posible colaboradora en este proceso; sin embargo, hay un amplio campo por investigar frente a las acciones de las hormonas durante la gestación.
La microbiota de la glándula mamaria está formada por bacterias benéficas que acceden a la glándula a través de una ruta interna. Una vez iniciada la lactancia, son transferidas al intestino de los niños que son amamantados. Un mecanismo que lleva a la conformación de la microbiota intestinal neonatal, es la modulación neuroendocrina; se postula una comunicación bidireccional entre el sistema nervioso entérico y el sistema nervioso central, conocido como eje microbiota-intestino-cerebro. Se considera que el cerebro influye en la microbiota intestinal, liberando neuropéptidos y hormonas; asimismo, la microbiota intestinal influye en la función cerebral, el comportamiento y el desarrollo. Se ha encontrado que los lactobacilos de la leche materna son indispensables para una función adecuada de este eje; se podrían utilizar en intervenciones nutricionales para promover una microbiota más eficiente.
En la medicina pediátrica, se encuentran tres probióticos utilizados para mejorar la microbiota intestinal de los niños:
La flora intestinal del lactante
- Lactobacillus reuteri DSM 17939: Este lactobacilo resulta de la manipulación genética del Lactobacillus reuteri ATCC55730 pues este trasmitía resistencia para las tetraciclinas.
- Bifidobacterium longum: La Dra. Ruiz afirma que “La lactancia materna es un factor determinante para una colonización idónea del intestino del recién nacido, predominada por bifidobacterias”.
- Lactobacillus fermentum CECT 5716: fueron aislados de la leche materna de mujeres sanas y varios estudios confirman que pueden utilizarse en la nutrición humana.
El parto vaginal favorece una colonización más adecuada, representada por bacterias vaginales y fecales.
La leche materna no es sólo el alimento del neonato, sino que es un fluido nutritivo complejo y vivo, que, aporta nutrientes específicos de nuestra especie, contiene diferentes factores antiinfecciosos, enzimas, hormonas y microorganismos necesarios para un desarrollo y crecimiento óptimos del ser humano.
