El tema del abuso sexual infantil (ASI) es una forma de violencia contra la infancia que genera mucho sufrimiento y serias consecuencias físicas, psíquicas y sociales, que pueden prolongarse en la vida adulta.
Para prevenir el ASI se precisa que la sociedad reconozca su existencia y proteja a los menores frente al mismo. Una de las funciones de los adultos responsables de los niños -familia, escuela, sociedad- sería justamente protegerlos de posibles heridas, ayudarles a que tengan más recursos para reconocer y encarar las situaciones que la vida les plantea y, de esta forma, conseguir que se sientan estimados y más seguros. Pero en el terreno del ASI no siempre se consigue.
Para empezar, el marco socio-cultural actual, con sus luces y sombras, no ayuda a discriminar claramente lo adecuado de lo que no lo es. En el terreno familiar encontramos adultos que con sus actitudes y formas de relación, ya sea consciente o inconscientemente, confunden a los niños. Estos pueden acabar normalizando conductas que bordean lo inapropiado para su edad y/o su rol dentro de la familia.
La experiencia en el trabajo con menores abusados nos ha alertado del peso que tienen las conductas sexuales inadecuadas (CSI) en el desarrollo afectivo y sexual de los niños y adolescentes. En las consultas del Equip Funcional d’Expertesa (EFE), al que estamos vinculadas, tratamos con niños y adolescentes que han sufrido abusos.
Cuando estos son extrafamiliares, a menudo, durante la evaluación, constatamos que en sus historias se daban experiencias de CSI dentro de la familia. En otros casos, nos vemos en la necesidad de discriminar si lo que están viviendo son CSI o un abuso sexual intrafamiliar incipiente.
La presencia del abuso sexual infantil no deja a nadie indiferente, aunque parte del silencio al que se ve sometido tiene que ver con cierta complicidad social. En nuestra cultura, algunos valores vinculados a la infancia y la pubertad como la belleza de la inocencia, el despertar de la sexualidad, la búsqueda de la propia juventud, etc., poseen cierta atracción y favorecen la tolerancia del deseo sexual hacia los niños y los adolescentes.
Libros y películas muy reconocidas son muestras de ello porque han sabido recoger magistralmente estas actitudes sociales (Lolita, American Beauty, Muerte en Venecia,…). En otros entornos culturales, de manera más franca, se admite y promueve el ASI. Podemos mencionar a sociedades donde se permiten los matrimonios a edades muy tempranas o en las que el turismo sexual con menores, aunque no sea legítimo, está consentido y los países en los que se produce encuentran subterfugios legales para encubrirlo con total impunidad, lo que se ha convertido en un fenómeno endémico mundial (Council of Europe, 2017).
Volviendo a nuestro entorno, hay fenómenos sociales actuales que pueden favorecer la vulnerabilidad de los menores frente al ASI. Vivimos en una sociedad acelerada, en la que prima la cultura de la imagen y la exposición pública constante en las redes sociales, donde la diferencia entre lo público y lo privado se ha disuelto.
La inmediatez de estos medios y la exhibición a la que niños y adolescentes están expuestos propicia la superficialidad de los vínculos y una sexualidad desvinculada del afecto. Hay estudios estadísticos actuales que muestran que el consumo de pornografía se inicia a los nueve años.
Convenant Eyes, conocido portal estadounidense de filtrado de pornografía y herramienta de control parental, estimó en 2015 que nueve de cada 10 niños y seis de cada 10 niñas están expuestos a la pornografía on-line antes de los 18 años. La mayoría de los niños se la encuentran por casualidad y, a menudo, es su manera de iniciarse en la sexualidad.
El contexto social actual, en el que el mundo virtual invade el real, facilita la pérdida de la intimidad y la privacidad, especialmente de las relaciones afectivas y sexuales. Los menores se encuentran con dificultades para construir su propia intimidad emocional al estar constantemente expuestos a las redes sociales.
Eso propicia que les cueste distinguir entre vínculos afectivos saludables y otros que no lo son, pero que tienen una fuerte intensidad emocional propiciada por las características de estos medios. Estas confusiones que banalizan tanto las relaciones afectivas como la sexualidad se pueden traducir en un aumento del riesgo de ser víctimas de ASI, ya sea dentro o fuera del mundo on-line.
Aunque el ASI siempre ha existido, solo se ha empezado a considerar como un problema de salud y de transgresión social en nuestro medio cuando se han dado dos condiciones. La primera, el reconocimiento del niño como sujeto de derechos. La convención de los Derechos de los Niños data del 1989, prácticamente a finales del siglo XX (Unicef, 2006). La segunda, el conocimiento que ahora se tiene del impacto negativo del ASI en la vida de las personas que lo sufren.
A modo de ejemplo, comentar que, en mayo del 2016, se dio, en Holanda, el primer caso de eutanasia por motivos psicológicos. Se trataba de una joven de 20 años, que sufrió abusos sexuales de 5 a los 15 años. Según comentaron los doctores que la trataban, a pesar de recibir terapia psiquiátrica, no pudo recuperarse del daño psicológico padecido. Los médicos, a fin de evitarle más dolor y sufrimiento, dieron el visto bueno para que se cumpliera su deseo (El Mundo, 2016).
Nuestra sociedad ha pasado, en un breve periodo de tiempo, de la minimización al reconocimiento del ASI. A pesar de ello, aceptar su existencia sigue siendo duro y preferimos pensar que no ocurre con tanta frecuencia como se dice. “UNO de cada CINCO” es el título de la campaña que puso en marcha el Consejo de Europa (2017) para prevenir la violencia sexual contra la infancia. El número coincide con las estadísticas presentadas por diversas organizaciones, entre las que destacan UNICEF, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Federación de Asociaciones para la Prevención del Maltrato Infantil (FAPMI) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Al final, los datos se imponen y se acaba admitiendo que el ASI ocurre con bastante frecuencia, pero aún queda el recurso de pensar que al menos no sucede en nuestro entorno próximo, idea que si tenemos en cuenta las estadísticas es prácticamente imposible.
La justificación para restarle importancia tiene diversos orígenes. Por un lado, el problema de la detección. A nivel clínico, no se identifican indicadores que conformen un cuadro unificado y diferenciado del ASI sino que se manifiesta en síntomas que también pueden estar presentes en otros cuadros psicopatológicos de la infancia y, por tanto, a los profesionales les cuesta reconocerlo.
A nivel social, los estudios que aparecen en los medios de comunicación tampoco potencian su amplio reconocimiento, ya que muestran solo una pequeña parte del problema. Utilizan indicadores muy limitados (abusos denunciados, expedientes abiertos, casos que llegan a hospitales) que conducen a conclusiones erróneas, como que el ASI es poco habitual o que sucede especialmente en las clases desfavorecidas.
Otros estudios más fiables sobre el ASI no acostumbran a interrogar a los menores, ya que mayoritariamente no reconocen los abusos porque siguen bajo la influencia y manipulación del abusador. Interrogados en edad adulta, respecto de su infancia, manifiestan de manera coincidente una frecuencia alta y una prevalencia del ASI en todos los niveles socio-económicos y culturales.
Si en la cultura donde vive el menor el ASI es un tema tabú y está estigmatizado, se visualizarán menos casos y habrá más repercusiones psicológicas (depresión, culpa, baja autoestima, etc.). Si hay una actitud social de mayor reconocimiento del ASI, se detectan más casos y las víctimas se sienten menos responsables y por ello, en cierta medida, menos dañadas. Por tanto, una de las mejores armas contra el ASI es la visibilidad.
El marco sociocultural y las dificultades de aceptación del ASI que hemos comentado pueden dar cierta coartada para los deslices que se producen en el terreno que ahora nos adentramos: el entorno familiar.
En un contexto familiar saludable, las relaciones están basadas en el afecto y el respeto mutuo. Se fundamentan en una escala de valores personales, sociales y culturales. Existen unos tabús que regulan las relaciones afectivo-sexuales dentro de la familia y quedan suficientemente bien definidos los límites teniendo en cuenta las necesidades de los niños y de los adultos. En la familia, para un adecuado funcionamiento, ha de existir una jerarquía de roles que posibilite la protección y el cuidado de los que más lo necesiten; generalmente, los menores (Knobel, 2011).
Consecuentemente, en relación a los vínculos afectivo-sexuales, podemos decir que en una familia son adecuados cuando existe una diferencia entre el rol del adulto y el rol del menor. Eso permite al niño y al adolescente un adecuado desarrollo.
La paternidad contemporánea, que tiene muchos aspectos saludables, como mayor confianza y tolerancia, también tiene su parte negativa. A algunos padres les cuesta ejercer su autoridad y los límites se licuan. La mayor permisividad puede degenerar en laxitud, lo que facilita que los niños tengan acceso a imágenes o videos on-line no adecuados para sus edades; que intervengan en las redes sociales sin filtros o vean programas donde no se preserva la intimidad de los adultos y en los que los niños participan excitados (Toporosi, 2008).
Esta situación puede facilitar fantasías que se imponen a la realidad. La represión cae y coloca al niño en una posición complicada de manejar y de nuevo más vulnerable a la seducción por parte de adultos abusadores.
En ciertas familias, además, se dan generalmente con poca consciencia actitudes sexualizadas de los adultos en relación a los niños y adolescentes poco apropiadas, donde se saltan los límites, generando desconcierto en los menores, que acaban normalizando esas acciones. Se abre así el camino a la confusión en el linde entre lo adecuado y lo inadecuado.
Podríamos definir las CSI como aquel patrón de conductas desadaptadas de un adulto respecto a un menor referentes a la sexualidad en general, que se dan de forma habitual o puntual. Esto puede repercutir de forma negativa en el desarrollo psicosexual del niño.
Dentro del entorno familiar, que es el que nos interesa en este artículo, las podemos describir como un funcionamiento o serie de hábitos que pervierten el orden saludable. Cuando se dan CSI, encontramos pautas de crianza disfuncionales, generalmente en relación al cuidado, la higiene, la relación y el afecto entre padres o cuidadores y los hijos. También acostumbra haber alteración en las normas y tabús sociales, en los adecuados roles familiares y en el establecimiento de los límites. Todo ello amenaza a la funcionalidad de la familia y al desarrollo psíquico y emocional del niño.
Las CSI mezclan turbiamente afecto y sexualidad, lo que puede provocar en los niños una erotización prematura o, por el contrario, una excesiva inhibición.
Abordar el complejo contexto de las CSI amplía la visión del abuso sexual infantil, permitiendo crear un modelo más completo y explicativo, que va más allá de ausencia o presencia del abuso, tal como está tipificado legalmente.
En relación a las CSI, podemos ordenar las familias dentro de un continuum: familias cuyos hábitos podemos considerar saludables; familias donde se dan las conductas sexuales inadecuadas; familias en las que estas conductas inadecuadas son un abuso sexual incipiente; y, por último, familias en las que se da el abuso sexual propiamente dicho.
Distribuir a las familias dentro de este continuum no es tarea fácil. Para ello, es imprescindible, en cada caso, estudiar la tipología de la familia, así como sus interacciones; atender a las repeticiones intergeneracionales y tener en cuenta los cambios socioculturales que actualmente vive la institución familiar (Besten, 1997), antes de determinar si una conducta es o no un hecho abusivo.
Las CSI de los adultos de referencia pueden tener al menos tres derivas peligrosas para los niños. En primer lugar, que estas conductas sean el inicio por parte del adulto para llegar a consumar el ASI. Es decir, una manera muy habitual del abusador de acostumbrar al niño a participar en prácticas sexuales no apropiadas.
Núria, una niña de 12 años, explicó que todo empezó con abrazos y besos que le daba su abuelo, después con masajes en la ducha y luego tocarla hasta penetrarla. En segundo lugar, aunque el adulto que se comporta inadecuadamente no sea un abusador en potencia, sus conductas rozando la línea pueden generar en los niños una normalización de las acciones abusivas que los hace más vulnerables al abuso por parte de otras personas que sean pederastas, ya que las conductas de estos pueden no alertarles.
En la evaluación, Valeria comentó: “duermo con el papá y me hace caricias y masajes en la espalda, por todo el cuerpo, me da besos y a mí no me gusta”. Podemos pensar que si el papá insiste en no respetar el cuerpo de la niña, que tampoco lo haga un monitor de colonias, una maestra o cualquier otra persona del entorno, no le resulte extraño a la niña.
Y en tercer lugar, convertirse en niños excitados que van teniendo conductas sexualizadas con otros niños, iguales o más pequeños, reproduciendo contenidos que han experimentado o visualizado y que, a veces, ni comprenden (Galvez y Royo, 2008).
Jan, un niño de ocho años, fue sorprendido por los maestros haciendo felaciones en los lavabos del colegio a otros niños más pequeños, junto con otros compañeros de su edad.
La línea que separa las CSI y el abuso sexual es complicada de definir. Hay variadas situaciones que se dan habitualmente en las familias que pueden facilitar el traspase de la línea roja, especialmente las que tienen que ver con el cuerpo del niño, como el aseo y hábitos para dormir u otras conductas que los adultos hacen en presencia de los niños sin darse cuenta de la repercusión que tienen en ellos.
Daniel, un púber de 13 años, comentó a su terapeuta la conversación que había tenido con su madre: “mamá, esta noche he estado nervioso, tenía pesadillas. A veces os oigo haciendo sexo y no puedo dormir. Cierra la puerta de la habitación, por favor”.
Evidentemente, situaciones como la descrita pueden suceder en cualquier familia. Lo que en este caso la convierte en una CSI de los padres es el hecho de que no sea una situación puntual, un descuido, sino una dinámica habitual que pone de manifiesto cierta falta de empatía hacia los hijos, al menos en este terreno.
Un cuidado adecuado que proteja la intimidad de la pareja y no exponga a los menores a situaciones hipersexualizadas es necesario para respetar.
¿Cómo prevenir el abuso sexual en la infancia? Señales de alerta y consejos para la autoprotección
Indicadores y estadísticas
La campaña "UNO de cada CINCO" del Consejo de Europa destaca la prevalencia del abuso sexual infantil. Diversas organizaciones respaldan esta estadística, incluyendo UNICEF, la OIT, FAPMI y la OMS.
A nivel clínico, no existen indicadores unificados que permitan identificar claramente el ASI, ya que los síntomas pueden coincidir con otros trastornos infantiles. Los estudios que se difunden en los medios suelen mostrar una parte limitada del problema, utilizando datos como denuncias o casos hospitalizados, lo que puede llevar a conclusiones erróneas sobre su frecuencia.
Los estudios más fiables, realizados con adultos que recuerdan su infancia, revelan una alta prevalencia del ASI en todos los niveles socioeconómicos y culturales.
Prevalencia del Abuso Sexual Infantil por país.
Factores de riesgo
Diversos factores pueden aumentar la vulnerabilidad de los menores al ASI:
- Entornos familiares disfuncionales
- Exposición a pornografía
- Normalización de conductas sexualizadas
- Falta de límites claros entre adultos y niños
Conductas sexuales inapropiadas (CSI)
Las CSI se definen como patrones de conducta desadaptada por parte de un adulto hacia un menor, relacionadas con la sexualidad. Estas conductas pueden incluir:
- Pautas de crianza disfuncionales
- Alteración de normas y tabúes sociales
- Confusión entre afecto y sexualidad
Es crucial abordar las CSI para ampliar la comprensión del ASI y crear modelos de intervención más completos.
