El Cielo de Hijos de Tomás: Un Análisis Profundo

En el ámbito de la literatura argentina contemporánea, la obra de Tomás Downey emerge como un faro que ilumina las complejidades de las relaciones humanas, las crisis existenciales y las posibilidades de lo literario en un mundo en constante transformación. Este artículo se adentra en el análisis de sus cuentos, explorando los temas recurrentes y los mecanismos narrativos que hacen de su trabajo una experiencia literaria única.

La literatura de Tomás Downey se caracteriza por presentar universos que son inquietantemente similares al nuestro, pero a los que se les ha sustraído algo esencial. Ese algo nunca es una cosa concreta, sino más bien un esquema, un diagrama de la forma en que las cosas se relacionan y se producen las unas a las otras. Esta sutil alteración de la realidad crea una sensación de extrañamiento y desasosiego en el lector, invitándolo a reflexionar sobre los fundamentos de su propia existencia.

En los cuentos de Downey, a menudo encontramos comunidades postapocalípticas, aunque el apocalipsis está siempre sucediendo todavía. Esto lo convierte en un narrador posthumanista, en el sentido en que el sujeto central de su narrativa siempre está en un "entre". En las crisis de Downey, los humanos se deshumanizan para volverse humanos de nuevo, se humanizan animalizándose, robotizándose.

Consideremos, por ejemplo, el cuento "Ver a un niño", incluido en Acá el tiempo es otra cosa. En este relato, un grupo sin nombre se aventura a un barrio periférico para ver a un niño exhibido. La experiencia es perturbadora y deja una sensación de ruptura en los personajes. Downey explora la pérdida de un conocimiento ancestral, la capacidad de ver el hilo que une a una "persona" con un niño.

En "cet", el segundo cuento de Flores que se abren de noche, algo se ha roto entre los dos protagonistas. Un día, cae una lluvia de meteoritos, y uno se incrusta en el techo de la habitación de Lucas y Pedro. Los dos están bien, pero algo se ha movido, seguramente algo que ya venía desplazándose entre ellos. En este relato, la ciencia ficción carece de ciencia y quizá también de ficción, que es un punto de partida, algo casi ambiental.

Tomás Downey en Los siete locos

Temas Recurrentes en la Obra de Downey

Algunos de los temas recurrentes en la obra de Downey incluyen:

  • Las relaciones de poder: Downey explora las dinámicas de poder en diversas situaciones, desde el bdsm hasta las relaciones familiares.
  • La crisis: En los cuentos de Downey, la crisis es un catalizador para la transformación y la emergencia de lo nuevo.
  • La identidad: Downey explora las identidades precarias y las permutaciones futuras de lo subjetivo.
  • Lo posthumanista: Downey presenta personajes que se encuentran en un estado de transición, deshumanizándose para volverse humanos de nuevo.

En relación a las relaciones de poder, es sabido que el bdsm es uno de los mejores laboratorios con los que contamos los humanos para estudiar las relaciones de poder: ahí lo invisible se vuelve acción, se explicita. Habría una línea de lectura bdsm en la que entraría «cet», por supuesto, pero también otros cuentos. «Mirko» es la historia del perfecto objeto de deseo: un tipo grandullón que no habla y se deja hacer, pero que accede al lenguaje y de repente se vuelve repugnante. «Ahora decía estupideces, como todo el mundo. Reía y aplaudía. Quería participar». También «Los ojos de Miguel», la historia de un niño al que maltratan físicamente sus hermanos y después también sus padres, y que nunca expresa dolor.

Una palabra que quizá se avenga bien al mecanismo de los cuentos de Tomás es «crisis». Antes he afirmado que algo está pasando en la narrativa breve argentina contemporánea (y no tan breve, y rioplatense) que tiene que ver con esas comunidades (a veces de tan solo dos personas) extremadamente precarias pero que a la vez permiten la emergencia de algo nuevo. Siempre son comunidades postapocalípticas, pero en Downey ese apocalipsis está siempre sucediendo todavía. Y eso lo convierte en un narrador posthumanista en el sentido en que el sujeto central de su narrativa siempre está en un «entre». En las crisis de Downey los humanos se deshumanizan para volverse humanos de nuevo, se humanizan animalizándose, robotizándose.

En las crisis hay algo invisible que se parte, y todo se recoloca para volver a encajar hasta la siguiente crisis. Y ahí es donde lo nuevo puede surgir, donde lo impensable se hace pensable. Cuando parece que nada tiene remedio entre Pedro y Lucas (éste ha decidido mudarse), quedan cara a cara y acaban «cogiendo a lo bruto» en una suerte de reconciliación inestable. El sueño empieza a ganarlos, pero no están cómodos en el sofá y es sólo entonces que Pedro encuentra la solución para todo lo que les estaba pasando desde que cayera el meteorito: «[s]i el comedor no hubiese estado lleno de cajas, habría llevado el colchón de dos plazas hasta ahí.

En una escena, al pagar la compra en el supermercado a los personajes los billetes se les deshacen en las manos; hay una lectura netamente económica, netamente argentina, pero también hay otra en la que podemos ver a criaturas humanas que repiten ritos que ya se han vaciado de sentido, que se aferran a algo que ya no es más.

Los artefactos narrativos de Acá el tiempo es otra cosa, El lugar donde mueren los pájaros y Flores que se abren de noche son -acaso de forma involuntaria- lugares desde donde pensar las identidades precarias, las posibilidades de lo comunitario, las permutaciones futuras de lo subjetivo. La propia literatura de Downey está en crisis constante, es una literatura puesta en crisis. En estos cuentos-laboratorio todo se reestructura (empezando, claro, por el lenguaje) y las palabras de Ubú empiezan a revelarse como balbuceos. Downey nos proporciona una forma literaria de pensar en las relaciones que nos afectan y nos conforman en un tiempo en que ya no es posible recurrir a relatos fundacionales o a los tótems de mundos desaparecidos.

El Legado de Tomás Martín Gil

Cuando una persona ha formado parte de la vida de otra, puede proporcionarnos una serie de datos, (recuerdos) que servirán para poder conocer mejor su vida sobre todo cuando esa vida tenía un cierto renombre y reconocimientos en la sociedad, tiene gran importancia, que te digan como era la convivencia diaria, el día a día que forja a la persona y hace historia. Éramos siete hijos y yo era la número cinco.

Sufrí brutalmente el hecho de su muerte pero tuve la suerte de vivir muy cerca de él y de mi madre sus últimos días de vida en los que llegaron las confidencias, las quejas por no habernos colocado o ayudado en nuestros estudios y sufría viendo que ya no podía dar marcha atrás a lo ya inevitable. Dentro de mi juventud me negaba a la evidencia y le animaba para que cuando se levantara de la cama le pusiera remedio a todo aquello, triste y abatido confesaba sus errores, en cuanto a sus hijos y esposa.

Recibía visitas de escritores, historiadores y amigos y hablaba hasta que le faltaban las fuerzas, porque él ante todo era profesor de muchos, orientador y a veces hasta le oí regañar a un “señor” que se atrevía a escribir algo que no era como lo planteaba y cariñosamente mi padre le decía, no sea usted bruto y le daba toda clase de explicaciones para que llegara a caer en la cuenta que no debía firmar una obra si no comprobaba debidamente que era tal y como lo había plasmado en ella.

Como era un caballero nunca comentó nada de ello, pero yo estaba junto a la habitación por si necesitaba algo y escuchaba aunque no quisiera, al mismo tiempo que aprendía aunque para mi eran cosas demasiado importantes y a veces no entendía bien aquello, pero si fui tomando conciencia de la clase de padre que teníamos. Al quedarse sólo, pasaba para leerle la prensa con el fin de que descansara, no quería que se fatigase más de lo que ya se había cansado, el caso es que tenía deseos de preguntarle cosas de las que había escuchado pero me callaba, no quería que gastase más energías, lo miraba y llegué a la conclusión porque me daba bastante tiempo para meditar y pensar en todas las cosas y creo que nuestro ritmo de vida seguía porque nos fortalecíamos al tomar como ejemplo la paz de mi padre dentro de sus preocupaciones lógicas de la enfermedad y es que él iba siempre con la vida por delante, lo que nos enseñaba él lo hacía, así que teníamos un gran maestro.

Mi padre al escribir pintaba, componía un magnífico cuadro lleno de matices. Era en realidad un cazador de paisajes y un pintor literario de horizontes. El pintaba cuadros, pero tuvo que dejarlo porque tenía un problema con los colores. Cuando tuvo ocasión cogió una cámara fotográfica y se dedicó a plasmar todo lo que era digno de estudio. Sombras chinescas, Teatro y Cine caseros.

Algo que desconocíamos de mi padre era su carácter alegre y afectuoso y es que eran poquísimas veces las que nos dedicaba su tiempo para distraernos. En ocasiones no se podía salir a la calle a jugar y era entonces cuando nos entretenía. Nos hacía sombras chinescas con las manos, representaba animales, como la cabeza de un perro y él producía un ruido parecido al ladrido; cuando era una paloma o pajarillo, piaba y nos embelesaba porque movía las alas, parecía que volaba.

Había por aquella misma época, cuando éramos pequeños unos teatritos de cartón muy decorados, tenían hasta decorados diferentes para poner según las escenas que quería representar. Los actores llevaban una tira de cartón con la que se ayudaba mi padre, moviendo las figuras para darle más realidad, se metían por los laterales logrando un buen efecto, para nosotros aquello era muy especial.

Mi padre nos hizo un cine con una caja de zapatos, ya aquello nos encantó, siendo algo nuevo y divertido. ¿Todo esto qué significaba?, sencillamente, que se ocupaba de nosotros cuando podía, que era tierno delicado y alegre. Con tantas ocupaciones cuando estudiaba algo interesante o escribía cosas que había descubierto nosotros que no sabíamos lo importante que era, nos quejábamos y volvíamos a verlo serio y le guardábamos un gran respeto, era esto para nosotros lo más común y corriente.

Mi padre era muy dado a pasear por el campo y a veces nos llevaba a alguno de nosotros. Siempre iba buscando plantas, minerales, y todo tipo de animales para su posterior estudio. Mi padre me hizo una foto que es ésta que ilustra el trabajo y yo ni me enteré hasta que la vi, la verdad es que me gustó. Pocas veces posábamos para que nos hiciera fotografías, casi siempre era cuando no nos dábamos cuenta de ello, él quería que fuéramos naturales. Los días más bonitos de ir al campo, eran los del corderito del Sábado de Pascua y esto lo cuenta mi padre en un motivo extremeño - Trébol pá los borregos - Lo del cordero en Cáceres como costumbre se pierde en la lejanía de los tiempos dice mi padre en que los borregos han sido de los animales domésticos mas antiguos, él hace referencia a la Biblia y nos recuerda que se alude a ellos desde los primeros capítulos del Génesis 4,2b ….Abel era pastor de ovejas. En Gn, 13, 5ª También Lot, que acompañaba a Abraham, poseía ovejas…. En Gn, 22, 13 Abraham levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en los matorrales. Abraham se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. Isaías 53,7. Fue llevado cómo un cordero al matadero. Esto preconizaba lo que ocurriría en el Nuevo Testamento. Lucas nos cuenta en el capítulo 2, 8-20 (como los pastores son los primeros en adorar al Niño Jesús y le llevaban corderitos como ofrenda. Juan 1,29b, mirad el cordero de Dios. También tenemos lo que nos dice Juan 10,11ª, Yo soy el buen pastor. Y como algo final Mt 18,12, La oveja descarriada…. ¿No deja las noventa y nueve para ir a buscar la extraviada?

El mercado se instala el Viernes por la tarde, en el que innumerables pastores traen a vender las crías de las ovejas y ponen sus apartados con redes de cuerda o con cancillas de madera para encerrar el ganado y cada uno provisto de su romana para pesarlos y con los cartones de fielato debidamente cumplimentados. Los niños al recibir su borreguito con cara resplandeciente de contento. ¡Oh minuto venturoso ¡. Con el borreguito en brazos sueñan delicias. El padre al comprarlo paga…, y se hace estas reflexiones: “¡Todos fuimos niños! Además, ¿Hay algún juguete más barato?”No existía ningún padre tan duro de corazón y cerrado de bolsa que se haga el tonto, y deje a sus críos sin corderito. No conozco a tal. Voy a relatar un sucedido que viene a caso. Se trata de una familia numerosa de siete hijos, la niña más pequeña de cinco años. El hijo mayor de veintidós y ya gana su jornal. Pero el gasto de la casa es proporcionado y nadie en ella había pensado en adquirir el borrego pascual. La pequeña tendría que contentarse con los de sus amiguitas. - Si -decía- ni mi papá ni mi hermano.

El padre, por fin comprende, y decide un esfuerzo. Compra una corderita blanca y la lleva a casa. La niña recibe la mayor alegría. De regreso a la hora de comer, al volver del trabajo, el hijo mayor venía pensando en su hermanita. ¿Y si hiciera un esfuerzo, se dijo, y llevara a casa una sorpresa? Y, cómo lo pensó, lo hizo. Con lo cual, los dos esfuerzos se convirtieron en la corderita blanca y en un hermoso borreguito negro. La niña saltaba de contenta, sus hermanos le preparaban los madroños y las alforjas para engalanarlos y salir a campo por la tarde. Se avisó a la vendedora de “trébol” y como se le compró doble ración quedó también contenta y hasta su pregón era más alegre ¡Trébol pá los borregos!

Cuando pasaban unos días los borregos eran llevados a la majada del Sr. Marugán un pastor que tenía veinticuatro hijos. El pastor los llevaba a pastar y así engordaban, porque esos corderitos eran los que servían para hacer el frite extremeño ce cordero para el día de la Patrona de Cáceres Nuestra Señora de la Montaña. Jamás podré olvidar aquellos días tan entrañables donde disfrutábamos con nuestros padres de esas costumbres ancestrales que nos unían que era algo que nos ayudaba a conocernos un poco mejor y de ahí ya fui intuyendo lo maravillosos que eran. Existen bastantes fotografías de borregos, hechas por mi padre así ahora podemos verlas.

Hay otro tema sobre el que me gustaría hablar y es que por esas fechas de los festejos con los borregos le regalaron a mi padre un carnero, grande y dotado de buena cornamenta, a los chicos nos daba miedo y lo regaló a Cruz Roja de Cáceres, para que lo rifaran y sacaran algo para la ayuda a dicha entidad. Venían a casa a por el carnero, lo adornaban con una cinta y llevaban papeletas para vender. Cuando lo traían por la noche hasta que se rifó venían los jóvenes de Cruz Roja agotados pues lo paseaban por todo Cáceres fuertemente atado, también el carnero venía cansado y con hambre de trébol que le teníamos preparado.

No puedo ahora mismo decir que salidas al campo me gustaban más, aunque si puedo recordar que era porque venía mi padre con nosotros y eso ha quedado reflejado en tantas fotografías hechas por él. En ocasiones a eso de las doce de la mañana íbamos al Rodeo, mi madre, mis hermanos, las chicas y yo, para comer allí y pasar la tarde. Las chicas llevaban un cesto grande, con platos, cubiertos, comida, pan y todo lo tapaba un mantel que al llegar a un lugar sombreado se extendía en el suelo y se colocaba todo mientras los niños correteábamos de un lado para otro hasta ver llegar a mi padre cargado con el postre que en ocasiones eran “alconfroncios,” así llamaba él a los pasteles, aunque generalmente lo que llevaba era fruta. Nunca olvidaba su cámara fotográfica, ni su bastón.

Nos hacían un columpio con unas sogas y extendían también una manta de cuadros en el suelo para el que quisiera dormir la siesta. No se les olvidaba llevar un cántaro de agua de esos de barro de los que vendían en el Camino Llano, (de Arroyo de la Luz) y el agua se mantenía fresca y muy apetecible aunque el agua de Cáceres era ferruginosa se notaba, pero entones ni nos enterábamos por estar acostumbrados a ella.

Cuando las ovejas estaban en la majada del Sr. Marugán, cada tarde íbamos a llevarles las sobras de las comidas y los niños solíamos acompañar a los mayores porque allí cerca había hornos de cal y decían que aquello era bueno para la tos y curar la tos ferina al recibir el humillo que aquello producía.

Un día se marchó mi padre a un olivarcillo que teníamos en la falda de la Montaña. En ocasiones cogía sus cosas de trabajo y una frugal comida y se iba a pasar allí el día, ese día en cuestión fue distinto a los demás. Llegó y como era buena caminata la que había hasta llegar, se sentó frente a la casa, y poco a poco colocó lo que llevaba y sacó la llave de la puerta para abrir. Al levantar la vista vio con asombro que la puerta estaba entreabierta, y hasta escuchó unos ruidos y entonces se acercó y preguntó:- ¿Quién anda ahí? -Nadie le contestó, pero se fue abriendo la puerta y allí estaba un hombretón que solo verlo infundía temor. Estaba con un saco en una mano y en la otra un objeto, así que mi padre que se dio cuenta de lo que ocurría le dijo:- Por favor deje esas cosas ahí. El hombre obedeció y se marchó sin articular palabra. Mi padre tuvo el valor de quedarse y trabajar y lo único que hizo fue marcharse un poco más pronto para que no le anocheciera en el camino cosa que otros días no le importaba.

Tanto la ida como la vuelta era parte de su itinerario San Francisco, la Huerta del Conde, El Marco y los lagares de aceite y luego ya caminos solitarios pasando por alguna finca como ocurría con nuestro olivar que era camino para atrochar e ir a otros lugares. Cuando llegó a casa y nos lo contó a los chicos nos dio miedo y mi madre y los mayores le acosaban a preguntas del porqué no se había venido enseguida y dado cuenta a la Guardia Civil. No podía venirme porque en la soledad de aquellos parajes podía esperarme y enseguida pensaría que iba a denunciarlo pero si veía que me quedaba era porque no pensaba nada malo contra él. Después de pasados unos días llegamos a saber que se había quedado por allí y que al irse mi padre volvió a por todo lo que pudo cargar.

Cuándo íbamos todos al olivar, íbamos en fila india porque había tramos en el camino que eran muy estrechos en ocasiones. En la foto que va del olivar, se ve a bastantes personas entre ellas a D. Miguel Ángel Ortí Belmonte, el que fuera Director del Museo provincial de Cáceres, su familia, la nuestra, amigos, todos apiñados a la puerta de la casa del olivar. Está mi padre diciéndole a mi hermano mayor como tenia que hacer la foto. Lleva sombrero con ala ancha, supongo que era de paja y luce amplia sonrisa. Es en una de las poquísimas en las que sale él. En la otra foto del mismo día, también del olivar estamos jugando al corro, por cierto formamos dos para que quedasen dentro los más pequeños. Al fondo está el pozo de muy ancho brocal y algunos olivos. Pendientes de la foto nos debimos de parar para mirar a la cámara, en algunas de las ropas, se aprecia un cierto movimiento y las figuras se ven claramente en los distintos planos en los que se encuentran no es lo que yo llamaría foto plana.

El olivar era un sitio muy adecuado para coger flores silvestres, madreselvas que tenían un perfume embriagador. Los cardos verdes con su flor morada de finísimos filamentos resultaba una planta ornamental muy bonita para embellecer algún lugar sobrio, como un salón o un despacho. No siempre pero en el olivar recogíamos espárragos verdes, mi padre me enseñó a encontrarlos, yo descubría pronto las esparragueras, pero no los espárragos. Luego éramos felices comiéndonos él y yo nuestra tortillita, que nos hacía mi madre.

Subíamos por el Paseo de Cánovas, para coger la carretera de Salamanca donde al llegar a cierto kilómetro nos adentrábamos a través de un caminito en el campo par llegar a la finca del Sr. Guillermo Pérez, amigo suyo desde muy jóvenes. Este Señor era de Casar de Cáceres. Mi hermano y yo llegábamos cansados pero no como para quedarnos sentados sino que dábamos vueltas por los sembrados, veíamos los animales y nos regalaban huevos recién puestos por las gallinas que como comían hierba las yemas eran muy amarill...

En resumen, la obra de Tomás Downey nos invita a reflexionar sobre la condición humana en un mundo en constante cambio. Sus cuentos son un laboratorio literario donde se exploran las relaciones, las identidades y las crisis que nos definen como seres humanos.

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