La década de los noventa fue un período de florecimiento musical, donde la diversidad de géneros encontró un espacio para coexistir. En el ámbito de la música popular, surgieron una pléyade de sonidos que evolucionaron en sus propios microcosmos, desde la música clásica y el jazz hasta las músicas étnicas y folklóricas.
Durante los años ochenta, la música popular se encontraba dividida en compartimentos estancos: tecno-pop, pop chicle, arena rock, heavy metal, cada uno con su propia etiqueta. Sin embargo, a finales de la década, estas fronteras comenzaron a desdibujarse, culminando en los noventa con el auge del rock de fusión.
Este término, "fusión", se justificaba plenamente con la aparición de bandas que mezclaban sin complejos las músicas con las que habían crecido. Lo hacían al margen de las modas, fusionando estilos considerados "compatibles" o no por la industria musical y la crítica del momento.
La crítica musical, siempre ávida de etiquetas, intentó englobarlos bajo el término "funk-metal", una denominación que sugería una idea errónea de grupos de "jevilones" intentando versionar a James Brown. La realidad era que la mayoría de estas bandas combinaban guitarras fuertes con ritmos funk, pero aquello no tenía nada que ver con el "metal".
Varias de estas bandas lograron diversos grados de éxito, y de no haber sido por la explosión del "grunge", el "rock de fusión" hubiese sido la mayor fuerza del momento. Bandas como Living Colour consiguieron el éxito a la primera gracias al padrinazgo de Mick Jagger y un single demoledor (Cult of personality). Jane’s Addiction crecieron algo más lentamente, pero se separaron prematuramente tras su segundo disco en estudio, justo cuando el público estaba empezando a entender su peculiar sonido y se barruntaba el éxito masivo. Los Red Hot Chili Peppers tuvieron que trabajárselo todavía más: saltaron al estrellato después de varios años de deambular por los escenarios, ignorados por el “mainstream” y considerados una rareza invendible (¿cuatro blancos que rapean sobre bases funk-rock?). Tuvieron cierto éxito con el disco Mother’s milk, y después grabaron Blood Sugar Sex Magik -uno de los mejores discos de la hornada- que los propulsó directamente a la cima del negocio. Faith No More abandonaron el underground cuando se hicieron con los servicios de Mike Patton, un cantante y “frontman” que podía llevar sobre sus hombros el paso de conducir su estrambótica música a las listas y los grandes escenarios. Incluso los retorcidos y abiertamente anticomerciales Primus, que basaban su sonido en la voz de dibujos animados y el martilleante bajo “slap” de Les Claypool, acompañados por las marcianísimas guitarras de Larry Lalonde, llegaron a ser un grupo de gran éxito… aunque en sus inicios y dado lo extraño de su música nadie hubiese apostado demasiado por verlos convertidos en estrellas.
Pero Fishbone no lo consiguió. Ellos mismos siempre culparon de ello al hecho de ser un grupo compuesto íntegramente por negros. Y no por causa de los prejuicios de su público -que estaba formado principalmente por chavales blancos-sino porque la industria no los consideró un producto fácil de vender, como les había sucedido durante años a sus paisanos y amigos, los Peppers. O como les había sucedido a Living Colour, que necesitaron a todo un Jagger para que se les hiciera algo de caso. Si uno se sitúa en aquella época y los imagina con la piel clara… bueno, no hay motivo alguno para que no hubiesen sido más grandes que Faith No More e incluso tan grandes como los propios Peppers.
Publicaron el que fue su tercer y mejor disco, The reality of my surroundings, justo en el momento indicado -1991-y durante un par de minutos a algunos nos pareció que iban a llegar a lo más alto. El disco sonaba a lo que estaba teniendo éxito entonces. O mejor. Era lo bastante raro y estaba lo bastante repleto de giros “anticomerciales” como para ganarse el respeto del público de entonces, ansioso de productos “auténticos”. Y al mismo tiempo era, por momentos, pegadizo y bailable. Además tenían prestigio: no se les podía acusar de buscar el éxito subiéndose a ningún carro, algo que en 1991 constituía un pecado mortal a ojos de la parte más autoconsciente del público -los ochenta habían muerto, por fortuna-y algo que jamás se les perdonó a pastiches como Extreme. Fishbone llevaban años haciendo lo suyo en la sombra (ya fuesen versiones guitarreras del sofisticado Curtis Mayfield o divertidas aproximaciones a la new wave en las que de paso homenajeaban a Devo), navegando contra la corriente como habían hecho los Peppers, así que combinaban la frescura de la novedad y el bagaje de quienes ya hacían lo que estaba de moda antes de que se hubiese puesto de moda, lo cual siempre inspira respeto.
Aquel disco fue una de las tres o cuatro obras cumbre de todo el movimiento de “fusión”. Otras bandas mezclaban funk, rock, heavy metal… pero Fishbone tenían un rango mucho más amplio de registros. Incluían elementos de jazz o de gospel junto con riffs metálicos o fiereza punk con una facilidad pasmosa. Algo que desde luego no estaba al alcance de la inmensa mayoría de sus coetáneos.
The reality of my surroundings, de hecho, tocaba más palos que cualquier otro disco de “rock de fusión” del momento, y lo mejor de todo es que todo lo que hacían, absolutamente todo, les sonaba completamente natural. Era una banda capaz de que aglutinar las más dispares influencias en un único disco (¡y en una única canción!) sin que pudieras decir exactamente dónde empezaba lo heavy y dónde terminaba lo jazzy. Aquella era la grabación más caleidoscópica, imprevisible y enciclopédica que podía producir la época.
Esa palabra, “enciclopedia”, es la palabra clave. The reality of my surroundings era como una Biblia donde había guiños a muchísimos estilos, desde estilos que hubiesen reinado durante los setenta y los ochenta hasta las propias raíces: rhythm & blues, Nueva Orleans, reggae, ska, soul… estaba todo allí, you name it.
Pero si ese disco no rompía en pleno 1991, donde la gente estaba más abierta que nunca a este tipo de cosas, no rompería jamás. Y no rompió. Fishbone tuvieron que resignarse a quedar atrapados por siempre en la segunda fila, contemplando cómo algunos de sus colegas se hacían ricos y famosos haciendo una música no necesariamente mejor.
Grabaron otro gran disco -con un título sencillamente genial: Give a monkey a brain and he’ll swear he’s the center of the universe- como último intento de poner toda la carne en el asador para asaltar el éxito. Pero la fiebre de la fusión pasó, Fishbone se desanimaron y de ahí en adelante sus grabaciones fueron perdiendo fuelle; ya nunca han vuelto a maravillarnos con otro disco del calibre de The reality of my surroundings.
No es extraño que perdiesen la fe, de hecho lo admirable es que encontrasen las fuerzas para seguir adelante como banda tras haber rozado el cielo con las yemas de los dedos… y haber caído sin haberlo podido tocar. Reivindicar este disco veinte años después, cuando los prejuicios de los ochenta no solamente han regresado a la industria -y al público-sino que son incluso mucho peores que en peor momento de aquella década, es un ejercicio no tanto de nostalgia y justicia como de protesta.
Esta clase de disco debería estar sonando a todas horas en todas partes. Al menos sus canciones más accesibles, que las tiene. En anuncios o películas. Los oyentes no deberían ser perezosos y acomodaticios. La gente debería hacer el esfuerzo de intentar asimilar la música de unos tipos que un segundo te estaban recordando a Louis Armstrong y al segundo siguiente a Frank Zappa, que después te recordaban a Metallica y seguidamente a Tower of Power.
Fishbone - Behavior Control Technician - The Reality of My Surroundings [1991]
Digamos que esta versatilidad musical -para lo que se necesita un considerable talento, un nivel de ejecución elevado y un bagaje musical muy rico- no es algo que estaría al alcance de David Guetta. The reality of my surroundings fue la obra maestra de una época y en pleno [AÑO] uno sólo puede insistir en la idea: no ha vuelto a grabarse nada similar.
The Reality of My Surroundings: Canción a Canción
Fight the youth: Primera canción y primera mezcla indivisible. Una melodía soul con tintes pop sobre una base de riffs metálicos, baterías progresivas y un solo de guitarra no menos progresivo ejecutado sobre una base funk, que a su vez da paso a un intermedio atmosférico, el cual vuelve a ceder ante ritmos bailables con sección de viento… y el amigo lector dirá: ¿es posible meter todo esto en una única canción sin que el conjunto suene a pastiche? Desde luego que es posible: Fishbone abren el disco con un improbable ensamblaje que no tiene tanto de rompecabezas como de auténtica fórmula alquímica en que resulta imposible separar unos ingredientes de otros, algo que será la tónica de todo el disco.
If I were a… I’d…: Más que una canción en sí, este sencillo pero alocado divertimento a medio camino entre el ska y el funk es una de las varias extravagancias del disco. Es una de las dos únicas canciones grabadas en directo.
