En la historia del Imperio Romano, pocas mujeres proyectaron una sombra tan larga como Livia Drusila, la tercera y última esposa del emperador Augusto. Su influencia no solo se extendió a través de su familia, que dio a Roma otros cuatro emperadores -su hijo Tiberio, su nieto Claudio, su bisnieto Calígula y su tataranieto Nerón-, sino también por cómo influyó en varios de ellos y porque ostentó un enorme poder sin dejar de encarnar la imagen ideal de la mujer romana.
Busto de Livia Drusila hallado en Paestum, Museo Arqueológico Nacional, Madrid.
El Matrimonio con Augusto
El futuro emperador Augusto -por aquel entonces llamado Cayo Julio César Octaviano- y Livia se conocieron en el año 39 a.C. en circunstancias poco cómodas: el padre de ella, Marco Livio Druso Claudiano, había combatido junto a los cesaricidas en contra de Octaviano, al igual que su marido, Tiberio Claudio Nerón.
Consciente de la necesidad de rehacer lazos con los antiguos enemigos, Octaviano les propuso que se divorciaran y que Livia se casara de nuevo con él. Con este trato los tres salían ganando: Claudio Nerón salvaba la vida, las propiedades y su futuro político; Octaviano se emparentaba con la prestigiosa estirpe Claudia y estrechaba relaciones con sus rivales; y Livia se convertía en esposa de uno de los hombres más poderosos de Roma.
El matrimonio se celebró en enero del año siguiente y pronto fue patente el trato excepcional que Octaviano deparaba a su nueva esposa. Le concedió el derecho a gestionar sus propiedades y a tener su propia red clientelar, algo bastante inusual para una mujer en una sociedad tan patriarcal como la romana y que ella supo aprovechar para colocar a hombres de su confianza en el poder.
Cuando hubo consolidado su posición como primer ciudadano de Roma incluso le erigió estatuas, que la representaban tanto en solitario como junto a él. Fue precisamente en la villa particular de Livia donde se encontró la estatua más famosa del emperador, conocida como Augusto de Prima Porta.
Copia en mármol del Augusto de Prima Porta. Siglo I a.C.
La influencia que ejercía sobre su marido queda muy clara en el plano político, puesto que consiguió que Augusto excluyera a sus propios herederos en favor de los hijos que Livia había concebido con su primer marido: Nerón Claudio Druso y Tiberio Claudio Nerón, al que Augusto adoptó como propio y que se convirtió en el segundo emperador de Roma. Varios autores romanos escribieron sobre la figura de Livia y el poder que ejercía: como Tácito, que en sus Anales escribe de ella que “tenía al viejo Augusto totalmente bajo su control, hasta el punto que este desterró a su único nieto sobreviviente”, Agripa Póstumo.
Livia: Ejemplo para el Pueblo Romano
A pesar de ser la mujer más poderosa de Roma, Livia actuaba públicamente con bastante modestia: vestía de forma sencilla, no hacía ostentación de joyas costosas y se comportaba como correspondía a una perfecta matrona romana: se ocupaba de la casa y de las necesidades de su marido sin inmiscuirse públicamente en sus asuntos, aunque en privado Augusto tenía muy en cuenta sus consejos.
El emperador era un hombre que daba mucha importancia a las apariencias y a las viejas costumbres, pero al mismo tiempo apreciaba rodearse de personas de confianza que le pudieran aconsejar bien, por lo que Livia era exactamente la esposa que necesitaba. A pesar de esto, la pareja nunca tuvo hijos propios en sus más de 50 años de convivencia.
La influencia que ejercía Livia entre el pueblo era tanta como la que ejercía sobre su marido. Los Claudios eran uno de los linajes patricios más antiguos de Roma y ella, a través de su ejemplo, promovía las virtudes romanas tradicionales. En algunos lugares del imperio la gente incluso la trataba como una diosa viviente, mencionando su nombre al hacer un juramento o firmando documentos legales en presencia de una estatua suya.
Gracias a la libertad económica que le dio Augusto, pudo dedicarse a la que era la mejor manera de ganarse al pueblo romano: la construcción y reparación de edificios públicos, con especial dedicación a los templos. El historiador Dión Casio destacó su disposición a ayudar a quien lo necesitase y a mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Roma.
Livia Drusila, en definitiva, encarnaba todas las virtudes que la sociedad romana valoraba en una mujer y también algunas de las que apreciaba en un hombre.
La Sombra de la Emperatriz tras la Muerte de Augusto
La muerte de Augusto en el año 14 d.C. no disminuyó el poder de Livia, sino más bien al contrario: en su testamento, el emperador había adoptado como hija a su propia mujer, un gesto que puede parecer muy extraño pero que tenía la finalidad de garantizar su estatus como heredera.
Al principio pareció que iba a ser así, ya que su hijo confirmó su estatus y le prodigó honores públicos. Sin embargo, con el tiempo Tiberio empezó a cansarse de la excesiva intromisión de su madre en sus decisiones, así como de su carácter: Livia no cesaba de recordarle que se había convertido en emperador gracias a que ella había convencido a Augusto para que lo adoptara, algo de lo que él incluso habría preferido prescindir, puesto que era un soldado y se sentía más cómodo entre militares que entre políticos.
Posiblemente también le guardaba rencor desde que Augusto le había ordenado divorciarse de su primera mujer, a la que amaba, para obligarlo a un matrimonio político: Tiberio intuía en este gesto la mano de su madre, y posiblemente tuviera razón; tal era su resentimiento que, cuando en el año 29 d.C. la emperatriz madre de Roma murió, su hijo rechazó acudir a su lado en su lecho de muerte e incluso asistir a su funeral, delegando en el bisnieto Calígula la responsabilidad de pronunciar su elogio fúnebre.
Algunos historiadores romanos vieron en Livia a una mujer sin escrúpulos que utilizó su poder para deshacerse de todos aquellos que suponían un obstáculo para sus planes. Tácito, uno de sus mayores detractores, afirmó que ella estaba detrás de las muertes de los herederos naturales de Augusto (una acusación que podía permitirse gracias a la suerte de haber nacido tras la caída de la dinastía Julio-Claudia, pero que ciertamente no se habría atrevido a hacer en vida de ella). Otros, en mayor o menor grado, la acusaron de ser una conspiradora que utilizó su influencia sobre su marido y su hijo para favorecer a sus amigos y clientes, yendo en contra de las virtudes romanas que aparentaba en público.
Fueran ciertas o no las acusaciones, Livia Drusila era ciertamente una persona de carácter fuerte y que ejercía una gran autoridad en la familia: su nieto Claudio y su bisnieto Calígula vivieron durante un tiempo con ella y recordaban bien este rasgo de su personalidad; especialmente Claudio, al que su abuela trataba con mucha dureza, reprochándole su debilidad de carácter y su tartamudez.
A pesar de ello fue precisamente Claudio quien, tras convertirse en emperador, le tributó los honores que Tiberio y Calígula le habían negado: la divinizó, hizo erigir una estatua en la que se la representaba como la diosa Ceres y organizó carreras de carros en su honor.
Como veis, Livia tenía mucho poder y se permitía hacer según qué cosas que no estaban al alcance de cualquiera. Tal vez mató a Agripa Póstumo, ya que era un candidato firme para ocupar el trono en detrimento de Tiberio. No es que la quiera justificar, pero lo veo más normal en ese caso. Pero, matar a Marcelo en el año 23 a. C., ¿era necesario en ese momento? Es cierto que Augusto gozaba de muy mala salud y que las circunstancias de la muerte fueron poco claras. Pero quizás las acusaciones vertidas sobre ella sean un poco precipitadas.
Si queréis conocer más sobre la mujer romana, os recomiendo que veáis estas dos charlas que tuve el placer de realizar con mi compañero Ángel Portillo y con Maribel Bofill y Beatriz Pelayo, grandes expertas en la materia.
Livia Drusila: el poder femenino que aterrorizó a Roma desde las sombras
Antonia la Menor: Madre de un Emperador y Abuela de un Tirano
Hera Ludovisi, retrato colosal de Antonia la Menor. Siglo I a. C.
Antonia era hija de Octavia, la hermana de Augusto, y de Marco Antonio. Nació en Atenas y se crio sin la presencia de su padre que vivía una relación adulterina con la reina de Egipto, Cleopatra VII, con la que se casaría tras divorciarse de su madre. Su infancia transcurrió en Roma junto a estas y a sus tíos Octavio y Livia. Cuando Octavio se convirtió en Princeps pasó a formar parte de la domus Augusta y fue casada con Druso el Mayor, hijo de su tía política Livia.
Con él tuvo tres vástagos: Germánico Julio César, Livila y Claudio Druso, quien fue el cuarto emperador de Roma. De esa unión surgieron los cimientos familiares de los que se nutrió la dinastía Julio-Claudia.
Desde muy niña tuvo que acostumbrarse a la proyección pública de su familia y a soportar la desgracia. Quedó viuda joven y mantuvo un papel discreto en el seno de la casa imperial, sin gozar de la amistad de su suegra, ni tampoco de la de su nuera, Agripina la Menor. Soportó con entereza la muerte sospechosa de su hijo Germánico, haciéndose cargo del cuidado de sus nietos, junto con aquella, preocupada, tras este acontecimiento funesto en recuperar la dignidad imperial de sus hijos varones.
Descubrió ante su cuñado Tiberio la conjura en la que participaban su hija Livila y el prefecto del pretorio, Sejano. Según la versión de los hechos dada por Dion Casio, Antonia recibió a su hija culpable, quien la encerró en una de las habitaciones de palacio donde la dejó morir de inanición. Esta forma de pena capital era la más antigua aplicada en el seno de las familias romanas a las mujeres que faltaban a la castidad y al pudor.
Cuando su nieto Calígula accedió al trono imperial le concedió el título de Augusta que ella rechazó sin reparos. La compleja y delirante personalidad de aquel se manifestó pronto en su forma de gobierno y en su comportamiento diario. Mandó asesinar a su primo Gemelo, hijo de su tía Livila y de Druso el Menor, hijo de Tiberio, bajo la infundada sospecha de conspiración contra su persona. Antonia, abuela de ambos, no pudo soportar más tanta desgracia y se suicidó. Otras versiones contemplan la posibilidad de que hubiera sido envenenada por su nieto Calígula.
Al llegar al poder, Claudio concedió honores fúnebres a su madre y le otorgó el título póstumo de Augusta, a pesar de que ella nunca había sentido especial predilección por su hijo pequeño.
Druso el Mayor y Druso el Menor: Figuras Clave en la Dinastía Julio-Claudia
Busto de Nerón Claudio Druso, el hijo mayor de Livia. Musée du Cinquantenaire, Bruselas.
Nero Claudius Drusus (38-9 a.C) nació tres meses después de que su madre, Livia, contrajera matrimonio con el futuro emperador Augusto y gozaba del favor de su padre adoptivo, el Emperador, en perjuicio de su hermano mayor, Tiberio. Druso, que adquirió fama gracias a sus victorias sobre los germanos, murió en Germania a los 29 años al caer de un caballo. De sus hijos Germánico, Livila y Claudio, el último llegaría a ser el cuarto emperador romano.
Fue sólo en 1964 cuando este retrato de Druso el Mayor, pudo ser diferenciado con más certeza de un retrato de Tiberio. Druso está rerpresentado con una cabeza ancha y angulosa, un cuello corto y robusto, un mentón redondo, así como una nariz corta y apenas curvada.
Busto de mármol de Druso el Menor.
Druso el Menor, hijo del emperador Tiberio (14-37 d.C) y de su primera esposa, Vipsania, nació h.15 a.C. Sus marcadas facciones son las típicas de Livia, la esposa de Augusto, y sus descendientes directos, y es acaso este aire de familia el que le impulsó a resaltarlas en sus retratos sin buscar un embellecimiento idealizador; de este modo, llegó a enlazar estéticamente con la tradición realista de fines de la Republica.
Comenzó su carrera política a la sombra de su padre y, tras la muerte de Germánico (19 d.C.), se perfiló como heredero de la corona. Pero en 23 d.C. "pereció envenenado por un acuerdo criminal de su esposa Livila y Sejano" (Suetonio, Tiberio, 62).
Livila: Ambición y Tragedia en la Familia Imperial
Claudia Livia Julia perteneció a la más alta aristocracia en la temprana época Julio-Claudia, al inicio del Imperio Romano. Su linaje era notable, con conexiones directas a figuras importantes de la historia romana: fue la única hija de Nerón Claudio Druso y Antonia la Menor y hermana del futuro emperador romano Claudio y del general Germánico, y, por lo tanto, tía paterna del emperador Calígula y tía abuela materna del emperador Nerón. Además, fue sobrina y nuera de Tiberio y nieta de Marco Antonio.
Nació alrededor del 13 a. C. Su nombre homenajeaba a su abuela, Livia Drusilla, la influyente esposa de Augusto, primer emperador de Roma. Para distinguirlas, en la familia la pusieron el apodo «Livila» o «la pequeña Livia». Nació después de Germánico y antes de Claudio, siendo la única hermana. De joven no solo fue «torpe pero hermosa», como narra Tácito, sino que fue criada para cumplir con los propósitos políticos de la dinastía, entre ellos el de asegurarse que la estirpe familiar perduraba.
Su primer matrimonio fue con Cayo César, nieto de Augusto e hijo natural de Marco Agripa y Julia la Mayor, por tanto, uno de los herederos imperiales. De hecho, Livila fue usada como instrumento político, seguramente por parte del propio Augusto, que la había elegido como esposa del futuro emperador, quizás a expensas de las poderosas Agripina la Mayor y Julia la Menor. Pero su esposo murió joven y los sueños imperiales de Livila se vieron truncados.
En el 4 d.C. volvió a casarse, esta vez con su primo Druso el Joven, hijo del emperador Tiberio. Este matrimonio volvió a situarla en posición de consorte de un posible heredero al trono. Druso y Livila tuvieron tres hijos, incluyendo dos gemelos, uno de los cuales, Tiberio Gemelo, sobrevivió a la infancia y pudo haber representado una continuidad de la dinastía.
Sin embargo, sus hermanos y cuñadas eclipsaron su posición. Livila no gozaba de una buena relación con algunos miembros de la familia, especialmente ni con su hermano ni con su cuñada Agripina la Mayor, esposa de Germánico, ya que Livia fue contantemente comparada con Agripina, a quien se veía como una esposa y madre ejemplar, pudiendo asegurar la continuidad de la dinastía (siendo la madre del emperador Calígula y Agripina la Menor). Livila nunca logró la popularidad ni la posición que su cuñada alcanzó.
Las anécdotas, poco fiables, la situaron como una pérfida usurpadora, que inicia una relación con Sejano, el poderoso prefecto del pretorio de Tiberio, y que fruto de ese amor ilícito fue la elaboración de un plan para envenenar a su esposo, Druso el Joven, en el año 23 d.C., con la intención de allanar el camino de Sejano hacia el poder. Seguramente Sejano asesinó a Druso en defensa propia.
En el año 31 d.C., todo cambió. Antonia la Menor, madre de Livila, descubrió y denunció los planes de Sejano para usurpar el trono. Tiberio actuó de inmediato: Sejano fue arrestado y ejecutado, y una purga sangrienta se desató en Roma, acabando con sus aliados y familiares. La implicación de Livila en la traición fue escrita por la ex esposa de Sejano, Apicata, en una nota antes de suicidarse que la acusaba de ser cómplice en el asesinato de Druso.
Como castigo, Tiberio entregó a Livila a su madre, quien la encerró en una habitación hasta que murió de inanición.
Los historiadores Tácito, Suetonio y Casio Dio vieron en Livila una mujer con un papel conspiratorio que carece de sentido, ya que va la situaría como cómplice de la destrucción de su propia extirpe. Pero quizás la historia de Livila sea uno de los casos claros de mujeres atrapadas en las complejas intrigas de poder. Su vida, marcada por el intento de consolidar un futuro para su linaje, terminó de manera cruel y su recuerdo fue borrado para siempre, ya que, al año siguiente de su muerte, en el 32 d.C., el Senado aprobó una «damnatio memoriae» en su contra (en realidad, como daño colateral a la ambición de Sejano), borrando su nombre de las inscripciones y destruyendo sus estatuas.
El Problema de la Historiografía Romana
El problema de la historiografía romana es que está escrita, casi siempre, por senadores, que definen a un emperador como bueno o malo en función de su relación con el Senado . Y es que también en tiempos imperiales el trato con el Senado ... resultaba fundamental: saber persuadir en vez de intimidar a la aristocracia era un arte del que careció Tiberio y otros princeps.
En « Las Vidas de los doce césares », el historiador Suetonio presenta un retrato perturbador del Emperador Tiberio -sucesor de César Augusto -, al que se le achaca toda clase de monstruosidades en su villa.
