Dioses Griegos de la Fertilidad: Un Vínculo Ancestral entre Agricultura y Religión

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha dirigido su mirada al cielo con una mezcla de temor y gratitud, venerando y buscando respuestas en aquellos que, en sus orígenes, les proporcionaron las herramientas para prosperar. La relación entre agricultura y religión surge de una necesidad fundamental.

Los ciclos de cultivo y la fertilidad de la tierra eran eventos que los pueblos primitivos asociaban con fuerzas mágicas, ya que les parecían inexplicables. ¿Cómo comprender, por ejemplo, que de una pequeña semilla brote un fruto? En antropología, casi todo el desarrollo humano se explica a través de la religión.

No importa en qué parte del mundo nos encontremos o de qué sociedad hablemos. Si hay agricultura, hay religión, y si hay religión, cualquiera que sea, seguramente hay un dios o una deidad relacionada con ella. No es difícil saber cuándo comenzó esta simbiosis. Los primeros agricultores, los hombres del Neolítico, aprendieron a mirar al cielo y con ello cambiaron el panorama religioso de la prehistoria.

Aquellos hombres deseaban, sobre todo, que lo que habían plantado, lo que habían sembrado, creciera y diera fruto: era fundamental para su supervivencia y la de los suyos. Por eso, para ellos, la tierra, el sol, la lluvia y el viento eran lo más importante. Por los vestigios encontrados, parece ser que aquellos primeros labradores adoraban al cielo bajo la forma de una divinidad que era al mismo tiempo el dios del sol y del rayo.

Del mismo cielo provenía también la lluvia, y era el viento quien agitaba las nubes. Si observamos todas estas referencias, nos damos cuenta de que nuestra cultura popular sigue salpicada por algunos de estos rituales. El culto a las deidades de la agricultura también está ligado con la fecundidad y con los roles de “masculinidad” y “feminidad”.

Por eso, normalmente, se asocia la tierra con diosas o deidades femeninas, al igual que la fecundidad, estableciendo símiles entre los ciclos de la tierra y el propio ciclo de la fecundidad de la mujer. Una de las primeras religiones del mundo precisamente está relacionada con el culto a la diosa Tierra y la Diosa Madre, común en diferentes puntos del planeta y cuyo origen parece encontrarse en la cuenca del Danubio, en el sudeste europeo, donde existía un culto muy fuerte a la diosa de la fecundidad, la Magna Mater.

Este culto o similar se venía dispensando también desde épocas glaciares y está unido al de la diosa oriental de la Tierra. Los campesinos guardaban en sus cabañas pequeñas estatuas de la diosa groseramente modelada por ellos mismos (grandes pechos y pubis prominente, símbolos de la fertilidad) ya que aseguraba la fertilidad de los campos, la fecundidad del ganado y la prosperidad del hogar. Este culto se extendió por toda la cuenca del Mediterráneo encontrándose santuarios a la diosa en Malta y Gozo.

La primera deidad agrícola fue la Tierra. Entre los restos encontrados de esta diosa, los más famosos son las Venus, especialmente las de Willendorf y Laussel, consideras como unos de los restos arqueológicos más importantes del Paleolítico. En ambos casos se trata de esculturas antropomórficas que representan a mujeres de voluptuosos atributos.

El segundo caso, el de la Venus de Laussel es un poco más misterioso. Este relieve hallado en Dordogne, Francia, data aproximadamente del 25.000 a. C y fue descubierta a inicios del siglo XX. Representa a una mujer con una cornucopia, que los expertos divergen en interpretar, ya que el cuerno suele interpretarse como un atributo masculino.

La forma de tallado sugiere, para algunos, que se trata de una especie de calendario lunar o que está relacionada con el ciclo menstrual, aunque también los hay que consideran que la cornucopia es símbolo de la masculinidad y que ello complementa la mujer, es decir, que representaría la unión de ambos géneros.

Al igual que la Venus de Laussel, existe otro caso en el que la deidad que representa la agricultura no se sabe si es masculina o femenina. Se trata de Peko (Pekko), deidad de la cultura finlandesa que fue adoptado por distintas religiones escandinavas. Sin embargo, esto son casos excepcionales, pues como veremos a continuación la fertilidad suele ir asociada con diosas.

Tal es el caso de Anat, una de las diosas más importantes de Mesopotamia, y considerada la madre de los dioses. Se representaba al igual que Venus paleolíticas con los pechos descubiertos. Anat parece ser el origen de casi todas las diosas que después se relacionarían tanto con la fertilidad como con el amor y su culto se extendió principalmente por Fenicia, Siria, Chipre, Palestina y finalmente Egipto.

Además de ser una deidad de la fertilidad, era una joven e impetuosa diosa de la guerra a la que se relacionó también con la Atenea griega. Tradicionalmente, Osiris es el dios egipcio asociado con los difuntos, pero acorde con las creencias de aquella civilización, la muerte es sinónimo de resurrección.

Por lo tanto, ante todo Osiris es el rey de la resurrección, y con ella, de una alegoría de la regeneración continua del Nilo, fundamental para la vegetación y para la agricultura. Otro dios, esta vez en la antigua China, fue el encargado de enseñar a los hombres de Asía cómo cultivar la tierra. Se trata de Shennong, también llamado “El Divino Granjero”, de cuya historia ya os hablamos en otro artículo.

El dios Shennong alude a la figura real del Emperador Yan o «El emperador de los cinco granos» quien, según reza la mitología china, fue el primer agricultor de la historia. En el caso de la mitología celta, el dios que se relaciona con la agricultura es también el de la naturaleza. Se trata de un dios sanguinario, Esus, que lejos de las imágenes tradicionales de los dioses de la fecundidad es famoso por su representación en el bloque del pilar de los Nautae, donde aparece talando un árbol con una herramienta podadora, y porque su culto estaba relacionado con los sacrificios humanos.

La mitología en este sentido es muy curiosa: Esus se une a la diosa Rigani en primavera, donde fecundan los campos. Sin embargo, la diosa Rigani, la Tierra, está casada con el cielo, y deja a Esus para volver con su esposo. Esta vuelta a casa corresponde al periodo llamado Lugnasad (Agosto). Después, con la llegada del otoño, el dios Esus se transforma en el Dios Kernunos, el dios-ciervo y baja al inframundo.

Sabiendo que su amante está allí, la diosa Rigani vuelve a convertirse en la Madre-Tierra al bajar ella también a las entrañas de la tierra. La historia nos resulta familiar por otro mito clásico, también relacionado con la agricultura y, como en este caso, con el ciclo agrícola de la Tierra.

Se trata de la historia de Ceres y Perséfone (Deméter y Proserpina, en griego). Ceres era la diosa de la agricultura, las cosechas y la fecundidad. Tuvo una hija con su hermano, Júpiter, la bella Proserpina. Plutón, que vivía solo en el inframundo, se enamoró de ella y la raptó para desposarla.

Con el paso del tiempo su tristeza y enojo fue en aumento, y como ella era precisamente la diosa de la Tierra y de su capacidad de germinar, según se iba enfureciendo iba agostando los campos que pisaba, convirtiéndolos en desierto. Pero Plutón no estaba dispuesto a desprenderse de su esposa tan fácilmente, así que obligó a Proserpina a comer seis semillas de granada, la fruta que simboliza la fidelidad.

Con ello consiguió que Proserpina repartiera su vida entre su madre y su esposo, de tal manera que seis meses estuviera con Plutón y seis meses con su madre Ceres. Si nos trasladamos al otro lado del Atlántico, en las culturas precolombinas, encontramos que la mayoría de los dioses están relacionados con la naturaleza y la agricultura, y especialmente con el maíz.

Es el caso del dios maya K’awil y de Xochipilli, considerado por los aztecas como el príncipe del maíz joven y de los festejos, y cuyo nombre significa “príncipe de las flores”. De ahí que se relacione con la primavera, época de festejos porque los campos florecen. Xochipilli estaba desposado con Mayáhuel, la diosa del Maguey, una planta suculenta de la que se obtiene, entre otras cosas, la dulce aguamiel. La diosa también estaba relacionada con la embriaguez.

Dioniso: El Dios del Vino y la Fertilidad

El poder de Dionisio en la mitología griega es multifacético y abarca una variedad de aspectos relacionados con su dominio sobre el vino, la fertilidad, el teatro y el éxtasis.

Dionisio: El Dios del Vino y el Éxtasis - Mitología Griga - Los Olimpicos - Mira la Historia

  • Control sobre el Vino: Dionisio es conocido como el dios del vino, y su poder principal radica en su capacidad para controlar y regir sobre esta bebida.
  • Fertilidad y Abundancia: Como dios de la fertilidad, Dionisio tiene el poder de fomentar la fertilidad en la naturaleza y en los seres vivos.
  • Éxtasis y Celebración: Dionisio es también el dios del éxtasis y la celebración.
  • Inspiración Artística: Dionisio está asociado con el teatro y la creatividad artística. Se le atribuye la inspiración de dramaturgos y artistas, así como la invención del teatro griego.
  • Transformación y Renacimiento: Como figura que abarca la dualidad entre la vida y la muerte, Dionisio también está asociado con la idea de la transformación y el renacimiento.

No en vano, los romanos, inspirados en la tradición religiosa de los griegos, importaron la figura de Dioniso, el dios griego del vino, para adaptarla a su versión romana: Baco. Dioniso y Baco son pues dos caras de la misma moneda, dos formas de representar a una deidad.

Si algo hay que reconocerle a la civilización romana es su capacidad de incorporar elementos de otras culturas a la suya propia, lo que hoy en día nos permite conocer mucho más de otras civilizaciones antiguas que si estas referencias hubiesen sido eliminadas. Este es el caso de Baco y Dioniso.

Según cuenta la mitología griega, Dioniso era hijo del dios Zeus y de una mortal: Sémele. Zeus mantuvo una relación con la mujer haciéndose pasar por un simple hombre y siéndole infiel a Hera. La diosa, enfurecida por los celos, se hizo pasar por una anciana y convenció a Sémele para que le pidiera a su misterioso amante que revelase su auténtica identidad durante el sexto mes de embarazo de ella.

Sémele accedió y rechazó a Zeus al negarse este a complacer su petición. De entre las cenizas, Zeus logró rescatar el feto de Dioniso y se lo plantó en uno de sus muslos para permitir que finalizase su gestación. De este hecho vendría el nombre de Dioniso, que querría decir “el dos veces nacido”.

Tras su nacimiento, Dioniso fue entregado a Hermes, quien confió su crianza al Rey Atamante de Orcómenos y a Ino, su mujer. Lo hizo pidiendo a los padres adoptivos que lo criasen como a una niña, para proteger a Dioniso de la ira de Hera. Sin embargo, esta descubrió los planes de Hermes y Zeus tuvo que llevarse a Dioniso a Nisa (una localización inconcreta en Asia, cercana a Etiopía, Libia o Arabia) donde fue criado por las ninfas de la lluvia.

En su adolescencia, Dioniso descubrió la vid y el vino, pero Hera le hizo perder la cordura a través de la embriaguez a modo de venganza. Desde entonces, Dioniso se dedicó a vagar errante con un séquito de ménades, sátiros y silenos entregados al frenesí y difundiendo el cultivo de la vid.

Los romanos desarrollaron la figura de Baco a partir del Dioniso de la cultura griega y, muy posiblemente, a través del paso del mito por la cultura etrusca. El culto al dios Baco, considerado un culto mistérico, se hacía en torno a las famosas bacanales, experiencias iniciáticas en las que los participantes transmitían la doctrina del dios a través de su experiencia y en las que el vino y el desenfreno corrían a raudales.

Estas celebraciones comenzaron a realizarse en Roma en torno al año 200 antes de Cristo, se hacían de forma secreta y solo participaban en ella mujeres. Con el paso del tiempo, los hombres comenzaron a formar parte del rito y el culto a Baco se extendió enormemente, celebrándose bacanales hasta 5 días en cada mes. La popularidad creció especialmente entre mujeres, pobres y esclavos.

Para los romanos Baco era un dios liberador, que les permitía desconectarse de su estado normal de consciencia, a través de la música, del éxtasis o del vino. Era también el dios de la agricultura y de la fertilidad.

La representación de Baco y de Dioniso ya era recurrente en la antigüedad, pero su influencia en el mundo del arte se ha mantenido hasta nuestros días. Pero las muestras de la influencia de este dios romano en el arte no se quedan aquí. En el Museo Vivanco de la Cultura del Vino podemos contemplar más de 117 obras relacionadas con Baco, el dios romano del vino. Una figura inspiradora la de Baco e inspirada, a su vez, en la del dios griego Dioniso.

Un personaje recurrente en otras civilizaciones y religiones, adoptando diferentes formas y reflejándose en el dios egipcio Osiris, la diosa sumeria Gestín, o el Jesucristo de la religión cristiana, cuya sangre representa el vino en la eucaristía.

Baco de Caravaggio

Deméter: La Diosa de la Agricultura y la Fertilidad

Para otros autores clásicos, Deméter, hija de Cronos y Rea y, por tanto, olímpica, era la heredera genuina de la gran madre tierra, Gea. Su nombre así lo confirmaría: deriva de da o di, tierra, y mitir, madre.

Debido a la asociación entre el útero y la tierra, Deméter era la protectora de la fertilidad y las mujeres. Como Tesmófora, Deméter también protegía la sociedad a través de sus elementos fundamentales, la agricultura, por un lado, y las leyes e instituciones, por otro. A los muertos, una vez enterrados, se les llamaba “la gente de Deméter”: el ciclo de la vida de sus cuerpos había finalizado y regresaban a la tierra.

Asociada con las cosechas, la agricultura y la maternidad, Deméter jugará un papel fundamental en el desarrollo de la mitología griega. Este relato ejemplifica la importancia de las estaciones del año, y con ello, el papel fundamental de Deméter sobre la naturaleza, pues ella será la encargada principal del desarrollo de la vegetación y con ello, de la fecundidad en la tierra, proporcionando nuevos alimentos y fertilizando las vastas tierras.

Estatua de Deméter

Otras Deidades Griegas Relacionadas con la Fertilidad

Además de Dioniso y Deméter, otras deidades griegas estaban asociadas con aspectos de la fertilidad y la naturaleza. Algunas de estas deidades incluyen:

  • Afrodita: Diosa del amor, la belleza y el deseo, también protectora de todos aquellos que navegaban por el mar, así como de las cortesanas y las prostitutas.
  • Eros: Fue considerado originalmente uno de los primeros dioses griegos, el hijo del Caos que permitió que no solo el amor, sino también la fertilidad entraran en el universo.

La Importancia de la Fertilidad en la Antigua Grecia

La creciente preocupación por la fertilidad y la fecundidad ha sido uno de los principales problemas de las sociedades humanas. Ya que, la fertilidad era un factor importante para la supervivencia de estos primitivos clanes. Por otro lado, subsistían gracias a la pervivencia de fértiles producciones agrícolas, pues la cosecha era uno de los factores claves para el mantenimiento y desarrollo de estas sociedades.

La vital importancia de la fertilidad en torno a estas sociedades se verá reflejada en una iconografía de carácter místico asociado con la maternidad y la fecundidad, es decir, se establecerá a lo largo de la historia un pensamiento genérico vinculado principalmente con seres y deidades femeninas atribuidas con este don de la creación. Es decir, unas primitivas imágenes antropomorfas de carácter apotropaico.

En otras civilizaciones como en la Mesopotámica, nos encontraremos con toda una amalgama de dioses y diosas asociadas principalmente con la naturaleza así como también a algunas labores como la agricultura y la ganadería. La diosa Inanna fue venerada a lo largo del río Tigris y Eúfrates.

Inanna es reconocida por ser la diosa y patrona de la legendaria ciudad de Uruk. Inanna era la diosa de la fertilidad y la soberanía considerándose como la diosa y madre de todo el poblado.

Figura 1. Isis amamantando a su hijo Horus, Walters Art Museum, 680-640. Isis es entendida como la protectora eterna de su hijo Horus y de su esposo Osiris, a su vez era la diosa encargada de anunciar las crecidas del río Nilo, una función esencial para el desarrollo de esta cultura, pues subsistían principalmente de la agricultura.

Figura 2. Ceres y Pan. Frans Snyders, Colecciones del Museo del Prado, 1615-1620. Equivalente a la diosa griega Deméter, nos encontramos a la diosa Ceres como símbolo de prosperidad y maternidad en los diferentes rituales de la antigua Roma.

Figura 3. Diosa Coatlicue.

Las numerosas representaciones y aportaciones iconográficas vinculadas con las diosas y las madres dentro de la religiosidad en las diferentes civilizaciones son una fuente primordial para la comprensión y entendimiento de la concepción unitaria y la importancia residente en la supervivencia, de la mano de la agricultura y la fecundidad, entendida en sí misma como un poder ancestral, único y necesario para el desarrollo y longevidad de las diferentes tribus y clanes que han participado a lo largo de la historia, cuyo legado no deja indiferente las fuentes históricas artísticas y escritas.

En este artículo se ha abordado las diferentes representaciones artísticas de las principales diosas asociadas con la tierra y la fertilidad, estableciendo consigo una importancia vital para el desarrollo de las diferentes civilizaciones que han perdurado a lo largo de la historia.

Referencias:

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  • Cartwirth, M (2019). Deméter.
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