Desarrollo Emocional del Feto: Etapas y Vínculo Materno-Fetal

El interés en el desarrollo emocional del feto ha crecido significativamente debido a los cambios sociales, económicos, tecnológicos y de investigación desde la segunda mitad del siglo XX. Estos cambios han llevado a una "modernidad líquida" donde la configuración de la identidad se ha vuelto crucial. La sociedad hipercompleja actual responsabiliza al individuo de su propio destino, convirtiendo la vida privada y la relación paterno-filial en un refugio esencial y un lugar de realización personal primordial.

Para comprender mejor el desarrollo psíquico saludable del niño desde el nacimiento hasta los 18 meses, es fundamental analizar los puntos clave que influyen significativamente en este proceso. Aunque somos conscientes de que no vamos a considerar muchos aspectos intrasubjetivos e intersubjetivos del desarrollo individual, vamos a intentar hacer un recorrido por los puntos clave que, a nuestro parecer, influyen significativamente en el desarrollo psíquico saludable del niño en la franja desde nacimiento hasta sus 18 meses.

Este artículo explorará el desarrollo emocional del feto en diferentes etapas, el vínculo materno-fetal y cómo las emociones de la madre pueden influir en el bienestar del bebé.

Apego Materno-Fetal

Primer Momento: La Gestación y la Transparencia Psíquica

Durante la gestación, la mujer experimenta la "transparencia psíquica", un término acuñado por Bydlowski (2007) para describir el estado psíquico que se desarrolla gradualmente en la gestante, especialmente hacia el final del embarazo. Este estado se caracteriza por una alta sensibilidad emocional que le permite vincularse con su bebé.

Aparece en la madre una necesidad de revisar, comprender y recolectar vínculos primarios a lo largo de toda la gestación, que durante el tercer trimestre se torna más intensa, aflorando del inconsciente a la consciencia. Dicha transparencia contribuye a que la embarazada pueda pasar mucho tiempo fantaseando con el niño que va a nacer y recordando su propia niñez. Estos pensamientos, fantasías, sueños, etc., que emergen en la mujer embarazada van a formar parte de las llamadas representaciones maternas.

Estas representaciones maternas son esenciales para el apego prenatal y están ligadas a los futuros patrones de apego, que pueden valorarse a partir de los 18 meses de vida. Algunas madres presentan una dificultad para acceder a estos pensamientos, a estas representaciones de cómo se ven como tales y cómo imaginan al bebé. En unas ocasiones, aparecen sin un registro emocional ni un contenido para imaginar. En otras, por el contrario, este registro está impregnado de emociones, miedos, dudas, etc., de una gran intensidad, que necesitará ser elaborado.

El tipo de representación que surge en la madre se asociará directamente, a su vez, con su capacidad para leer y regular los estados de estrés del bebé (hambre, sueño, temperatura y otras sensaciones corporales), función necesaria durante el primer tiempo del desarrollo psíquico del bebé. Además, estos modelos de representación interna que aporta la madre contribuirán a la construcción de la propia imagen, que le acompañará en los cambios de rol como futura madre, como pareja y, en última instancia, como mujer.

El periodo de gestación es un tiempo altamente sensible para el futuro establecimiento de los primeros pilares de la construcción del Yo del bebé. Para que el bebé se sienta como ser pensante tendrá que llegar al momento del parto lo más emocionalmente estable posible para que la labor de los primeros días y meses sea lo más adecuada.

Así, si su infancia fue grata, los recuerdos que afloren le permitirán imaginarse cómo será su bebé. Pero si la infancia fue trau­mática, incluyendo como tal el tipo de relación que tuvo con sus propios padres, pueden reac­tivarse determinadas angustias que interferirán con el acceso a su nueva condición de paren­talidad.

Segundo Momento: La Llegada del Bebé y el Reajuste Familiar

La llegada del bebé da forma y pone en evidencia el acceso a la parentalidad. Como se dice, la familia ahora tiene uno más y hay que hacerle un lugar no solo físico sino psíquico. El reajuste aparece tanto en la familia nuclear como en la extensa y también los padres de los nuevos padres se tendrán que recolocar.

Los abuelos tendrán que permitir que los hijos pasen a ser padres y los nuevos padres tendrán que dejar de ser solo hijos. Este reajuste amplio y complejo se va a dar sobre todo en el cuidador principal, que en la mayoría de los casos es la madre.

Estos estados emocionales que estamos considerando, vividos como altamente intensos, no son situaciones puntuales: se trata de una vivencia mantenida en el tiempo, en unas ocasiones referida como depresión postparto / perinatal, y en otras como la conflictiva que subyace en el paso de ser hijo para convertirse en madre o padre con todos los movimientos interpsíquicos puestos en juego tanto por los futuros padres como por los que ahora pasarán a ser abuelos.

Una vez nace y podemos tener en nuestros brazos a ese bebé real, nos parece de especial significación y consideramos un foco de nues­tra atención en el discurso libre de la madre el paso de las preocupaciones habituales por la “crianza”; es decir, su competencia como ente maternante -y, por tanto, preocupada por un aspecto de sí misma- hacia las preocupacio­nes por el “desarrollo” del hijo -mostrando así su capacidad para ocuparse del otro-, de modo que aquellas preocupaciones le atrapen en una simbiosis con el bebé que impida verlo en sus aspectos originales.

En la medida en que pueda ir separando lo que son aspectos de ella de los de su bebé permitirá el proceso de creación de un yo rudimentario y de un si-mismo emergente (Stern, 1991). El bebé cuenta, en sus inicios, con una capaci­dad propia para la interacción. Tiene los recur­sos, si todo va bien, para interesarse por lo que viene de fuera -el rostro del cuidador, el pecho materno, los brazos que le acunan- mucho antes de que pueda discriminar lo que viene de den­tro -sus sensaciones propioceptivas-.

Es esta capacidad la que contribuirá a iniciar las prime­ras interacciones que permitirán un intercambio relacional con otro, intercambio que podrá ser más o menos acertado con las necesidades del bebé. La serie de ajustes - desajustes - reajus­tes que son propios de la relación diádica cui­dador-bebé es el asiento de la intersubjetividad primaria, esa relación que inician la mamá y su bebé y que es la base de una sincronía afecti­va que permitirá intercambiar y ajustar estados emocionales y expresivos.

Todos estos intercambios psicoafectivos, este inicio de las interacciones tempranas que con­ducen al establecimiento de una intersubjetivi­dad primaria saludable, darán como resultado, alrededor de los tres meses de vida, a la aparición de la sonrisa social en el bebé, primer organiza­dor psíquico descrito por Spitz (1972). El bebé da muestras, de manera activa, de la presencia de un otro, con lo que se dan los primeros pasos que indican la salida de un estado más fusionado con la madre para iniciar lo que más tarde será una individuación y una conciencia de si mismo.

Tercer Momento: La Angustia del Extraño y la Intersubjetividad Secundaria

Alrededor de los 10 meses, el bebé pone en marcha una nueva manera de interrelación. En una fase anterior, entre los seis y los nueve meses, había ido desarrollando la capacidad para relacionarse bien con el adulto, bien con los ob­jetos de juego.

El bebé se encuentra en un momento de desa­rrollo psíquico en que empieza a tener una ma­yor conciencia de un otro diferenciado de si mis­mo, cuando el cuidador principal adquiere una imagen más integrada. Como describió Spitz, el niño se encuentra organizando la ausencia de la madre, atravesando lo que describiría como el segundo organizador, la angustia del extra­ño; en realidad, la angustia ante la toma de con­ciencia de la ausencia de la figura materna.

Iniciar esta intersubjetivi­dad secundaria le abre una puerta en su desa­rrollo psíquico suficientemente compleja como para empezar a compartir experiencias con el adulto de manera activa y placentera. La aten­ción conjunta, esa deliberada motivación por compartir el objeto con un otro, será la apertura para la puesta en marcha de competencias lin­güísticas, cognitivas y relacionales mucho más ricas. Su máximo representante lo vemos en la capacidad del bebé para señalar.

La aparición de dicha conducta de señalar o pointing refleja el papel activo del bebé para compartir de ma­nera activa un interés con el adulto. Por lo tanto, si no se observa en el bebé la in­tersubjetividad secundaria de calidad y como digo, placentera, con una atención conjunta ac­tiva, podemos sospechar que nos encontramos ante otro punto clave en el desarrollo psíquico del bebé que podría indicar la aparición de di­ficultades en la comunicación y en la relación.

Cuarto Momento: La Adquisición de la Marcha Libre y la Separación-Individuación

Al adquirir la marcha libre, el bebé se confron­ta con dos emociones inicialmente antagónicas: el placer de sentir la potencia que proporciona la bipedestación y la motricidad gruesa, ya en pleno auge, que le ayuda a tener todo accesible para él y, por tanto, una sensación de autonomía en la exploración; y la vulnerabilidad y el contac­to con su propia fragilidad.

Las figuras de cuidado pasan a ocupar un es­tatus diferente. Ahora el bebé puede bien recla­marlos, bien prescindir de ellos, y esto depende­rá del momento y de su grado de angustia. Es en esta ida y vuelta donde se pone en juego una nueva interacción con el cuidador que lo recibe. Este puede hacerlo de una manera contenedo­ra.

El proceso de separación - individuación del bebé respecto de sus cuidadores, magistralmen­te descrito por Mahler y colaboradores (Mahler, 1990; Mahler, Pine y Bergman, 2002) muestra el camino que recorre desde su fusión más sim­biótica con la madre / cuidador principal hasta culminar en la vivencia como sujeto separado y diferenciado de las figuras de referencia, como individuo.

Si todo va bien, este equilibrio entre potencia y vulnerabilidad reasegurará emocionalmente a este bebé ya casi niño. Con la angustia calmada por la disponibilidad del cuidador, la exploración se pondrá al servicio de los procesos cognitivos y presimbólicos. El niño va aprendiendo por un motor interno que le hace tener curiosidad por conocer el mundo, los objetos y las relaciones con los otros.

La aparición de síntomas -trastornos en las funciones somáticas, retrasos en la maduración de un factor específico, dificul­tades en las relaciones, trastornos de conducta, cuadros de apariencia neurótica, etc.- repre­senta, en última instancia, la manifestación de ese fracaso en la ligazón de experiencias mo­lestas, esa ineficacia para dominar la angustia, tanto desde el punto de vista económico como dinámico.

El Vínculo Materno-Fetal: Definición e Importancia

El vínculo materno-fetal se define como el lazo emocional que se desarrolla entre una mujer embarazada y su hijo no nacido (Condon y Corkindale, 1997). Este vínculo se asocia con aspectos emocionales y cognitivos que permiten recrear al feto como otro ser humano. Se expresa a través de prácticas de salud dirigidas a buscar la protección y el bienestar del feto.

Este vínculo de apego que establece una madre con su hijo, reconocido por su relevancia en el desarrollo psicológico infantil (Bowlby, 1976), ha constituido un terreno fértil donde diversos estudios e intervenciones se han centrado en establecer los factores relevantes en el origen y desarrollo del mismo, así como en las estrategias para su promoción en la primera infancia (Tizón, 2010).

Mecca Cranley (1981) es considerada pionera en establecer tanto una definición operativa "el grado en el que las mujeres se dedican a comportamientos que representan una filiación y la interacción con su hijo por nacer" (Cranley, 1981, p.282), como en la creación del primer instrumento de medición del vínculo materno-fetal Maternal fetal attachment scale (Cranley, 1981).

Los avances tecnológicos en el campo del diagnóstico prenatal han aumentado el interés de la comunidad científica acerca del vínculo materno-fetal. La posibilidad de acceder a técnicas de ultrasonido que permiten ver más claramente al feto en etapas tempranas de su desarrollo y en tiempo real, han facilitado que los futuros padres imaginen y representen al feto como un ser independiente (Alhusen, 2008; DiPrieto, 2010).

Si bien existe un consenso entre los investigadores de diferentes disciplinas, acerca de la existencia e importancia del lazo emocional que una mujer establece con su bebé no nacido (Shieh, Kravitz y Wang, 2001), no lo hay en cuanto a la terminología utilizada. Esta controversia en la literatura científica sobre el tema se centra en la utilización del término "apego" para designar esta relación (Condon y Corkindale, 1997; Cranley, 1982; Muller, 1992).

Como síntesis de los argumentos expuestos hasta ahora, parece oportuno distinguir entre apego como un conjunto de sistemas e interacciones bi-direccionales y el vínculo materno-fetal como un sistema unidireccional con diversas manifestaciones cognitivas, afectivas y comportamentales. Dichas manifestaciones permiten el desarrollo habilidades propias de la función materna, como la protección y la búsqueda de contacto, las cuales se expresan también, en el periodo posterior al nacimiento (Doan y Zimerman, 2003).

En lo referente al estudio de las variables influyentes en el origen y desarrollo del vínculo materno-fetal, autores como Doan y Zimerman (2008) han señalado los cambios en el bienestar psicológico de la madre, diferentes aspectos de la historia personal y múltiples variables psicosociales. De igual manera estos autores indican, que la presencia de habilidades cognitivas y emocionales para recrear al feto como un individuo diferenciado, así como el propio estilo de apego seguro en la infancia o una relación positiva actual con los padres, establecen las bases para un desarrollo positivo del vínculo materno-fetal; dicho vínculo experimenta un incremento exponencial a partir de la percepción de los movimientos fetales y en las últimas semanas de gestación de cara al parto (Damato, 2000; DiPietro, 2010).

Tabla 1: Factores que Influyen en el Vínculo Materno-Fetal

Factor Descripción
Bienestar psicológico de la madre Estado emocional y mental de la madre durante el embarazo.
Historia personal Experiencias pasadas y relaciones familiares de la madre.
Habilidades cognitivas y emocionales Capacidad de la madre para imaginar y relacionarse con el feto como un individuo.
Apoyo social percibido Red de apoyo emocional y práctica disponible para la madre.

Influencia del Estado Emocional Materno en el Desarrollo Fetal

El estado emocional de la madre durante el embarazo puede afectar el desarrollo del bebé y su salud mental y física, puesto que las emociones que este perciba quedarán en su memoria. Y es que, aunque desde el vientre de la madre los bebés no pueden experimentar sentimientos definidos como la tristeza, la alegría, la soledad o el miedo, sí que pueden percibir sensaciones como bienestar, placer, saciedad, alarma o sobresalto.

Si, por el contrario, la madre experimenta mucho estrés o se alterada demasiado, su ritmo cardiaco puede acelerarse en exceso y la presión arterial provocar que sus vasos sanguíneos se contraigan, reduciendo la oxigenación para el bebé.

El estudio acerca de la importancia de factores emocionales, ambientales y sociales en el periodo gestacional, ha permitido detallar la influencia del estado psíquico materno tanto en variaciones en tiempo real del comportamiento fetal; como en algunas alteraciones fetales del desarrollo, las cuales presentan un correlato en el periodo post-natal. Así mismo se ha descrito su repercusión en el vínculo materno-fetal y posteriormente en el comportamiento, desarrollo y vinculación neonatal.

Una considerable cantidad de literatura científica ha permitido detallar y conocer entre otras, cómo el grado de ansiedad materna (Allison, Stafford y Anumba, 2011; Talge, Neal y Glover, 2007), el estrés percibido (DiPietro, 2012; Hernández-Martínez, Arija, Balaguer, Cavallé y Canals, 2008), la presencia de depresión (Alhusen, Hayat y Gross, 2013; Lindgren, 2001) y los factores socio-económicos poco favorables (Alhusen, Gross, Hayat Rose y Sharps, 2012), se relacionan con el grado de vinculación materno-fetal y con las prácticas de salud o comportamientos que pueden afectar el desarrollo del embarazo y el bienestar fetal.

Dentro de estos comportamientos y prácticas de salud se encuentran la abstinencia o reducción del consumo de alcohol (Sedgmen, McMahon, Cairns, Benzie y Woodfield, 2006), del tabaco (Magee, et al., 2014; Massey et al., 2015) y de otras drogas (Shieh y Kravitz, 2006), así como los efectos positivos del descanso, la alimentación adecuada y la atención prenatal (Lindgren, 2001).

Tabla 2: Influencia del Estado Psicológico Materno en el Desarrollo Fetal

Estado Psicológico Materno Efectos en el Feto
Ansiedad Variaciones en la frecuencia cardíaca fetal, patrones de sueño alterados.
Estrés Reducción de la oxigenación fetal, cambios en la actividad motora.
Depresión Menor vinculación materno-fetal, posibles alteraciones en el desarrollo.

Etapas del Embarazo y Desarrollo Fetal

A lo largo de los 9 meses de embarazo, el bebé se va formando, desarrollándose y creciendo dentro del vientre materno hasta que llega el momento del nacimiento. Del mismo modo, el cuerpo de la mujer y los síntomas que siente van cambiando a medida que avanzan las semanas de embarazo. Es habitual que se hable del embarazo por semanas, meses o trimestres.

Primer Trimestre

Es posiblemente el más complicado a nivel emocional ya que, por una parte, se producen muchos cambios físicos y hormonales y, por otra, se contraponen emociones encontradas como alegría por la noticia del embarazo, con inseguridad y preocupación por ser este el trimestre en el que más riesgo hay para el bebé.

Segundo Trimestre

Este suele ser un periodo de tranquilidad emocional. Los niveles hormonales son más estables y la futura mamá se ha adaptado psicológicamente a la gestación.

Tercer Trimestre

En este final del embarazo vuelve con fuerza la sensación de ambivalencia emocional. Por un lado, estamos deseando conocer al bebé, pero por otro lado nos da mucho miedo cómo será nuestra reacción al conocerle. Aparece el miedo por la responsabilidad que supone tener un hijo.

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