Uno de los atributos históricos de la cultura española ha sido, desde mediados del siglo XX, su patente complejo de inferioridad respecto a Francia, lo que ha hecho que nuestros más egregios artistas hayan afrancesado sus maneras, en la literatura, el cine o el arte, como signo de prestigio. Quizá eso hizo de Cecilia una cantautora tan hipnótica.
Evangelina Sobredo Galanes (El Pardo, 1948, Colinas de Trasmonte, 1976), que tal era su nombre, dispuso de la educación cosmopolita que solo un militar del régimen, dedicado a la carrera diplomática, podía proporcionar a una prole de ocho hijos. Siendo niña, la familia vivió en Southampton, Filadelfia, Argel, Lisboa y Jordania.
El Éxito de "Dama, Dama"
Dama, dama fue el mayor éxito de su primer larga duración, titulado Cecilia. Hija de la burguesía madrileña, Cecilia convirtió su canción en un retrato de Dorian Gray de sí misma.
Hija díscola y predilecta de la burguesía castrense madrileña, Cecilia volcó en Dama, dama una combinación de sátira y retrato de costumbres que condensa la combinación de decandentismo y ansia de modernidad en que vivían sumidas las burguesas del tardofranquismo, con los ojos golosos puestos en la revolución de las costumbres que cruzaba el Occidente democrático en aquellos años.
Cecilia - Un compromiso
La audacia de su letra concentraba a la vez otra tensión irresuelta en el Madrid castizo de rosarios y novenas, en conflicto con el mundo que le era contemporáneo: la revolución feminista y sexual, la emancipación de mujeres cultas y acomodadas que debían esa ventura al férreo control social de sociedades ausentes de libertad.
Por una parte, era “puntual cumplidora del tercer mandamiento”, con “algún desliz en el sexto”, pero “buena madre y esposa, de educación religiosa”. La canción de Cecilia fue un gran éxito -aunque se había publicado como cara B del primer sencillo del LP, que abría en la cara A, Fui- y con sus escasas seis estrofas y su estribillo, se inscribió por derecho propio en la tradición literaria de la mujer adúltera, el arquetipo que inauguró la novela moderna con Madame Bovary, Anna Karenina y La Regenta.
El repaso a los ambientes madrileños de mantilla y cotilleo, de superchería y alta cultura, revela en qué medida la joven Cecilia, que los frecuentaba, podía sentir de forma vívida el temor de verse encarnando a la dama de su canción: “Conversadora brillante en cóctel de siete a nueve -«hoy nieva, mañana llueve, quizás pasado truene»-, envuelta en seda y pieles. (...) Devoradora de esquelas, partos y demás dolores, emisora de rumores, asidua en los sepelios de muy negros lutos ellos (...) El sábado arte y ensayo, el domingo los caballos, en los palcos del Real los tés de caridad, jugando a remediar”.
Y hambre de protagonismo: “Si no fuera por miedo sería la novia en la boda, el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, con tal de dejar su sello”.
Quizá la prueba de en qué medida Cecilia habla de una dama que pudo ser ella sea su intención de que su segundo álbum se titulara Me quedaré soltera y la portada fuera ilustrada por una foto suya con un patente embarazo. La discográfica reemplazó la foto por otra menos evidente y cambió el título: Cecilia 2.
Contexto Histórico y Cultural
Celebrar la fiesta de San Juan Bautista, el 24 de junio, era en España una costumbre antiquísima, pues ya los moros festejaban aquel día con luminarias, juegos de cañas y otros esparcimientos parecidos. En muchas casas del Madrid del siglo XVII, se preparaban la víspera de aquel santo grandes y costosos altares.
A las doce terminaba el concierto, y las jóvenes solteras se apresuraban a salir a su balcón o reja, preguntando en aquel preciso momento: “Señor San Juan, ¿me casaré bien y presto?” Los mozos alegres, que rondaban las calles cantando picarescas seguidillas, acompañados por la guitarra, solían responder a las preguntonas en lugar del santo, con palabras tales como: “Aún no es tiempo. La cometa.
Francisco de Goya. Las muchachas que tenían gancho con el elemento masculino y podían elegir, cambiaban de novio por San Juan. Pero no todas disfrutaban tal suerte. Con frecuencia, las doncellas se ponían a medianoche en las rejas o en los balcones de sus casas, con el cabello suelto y el pie izquierdo dentro de una palangana llena de agua, para averiguar si habían de casarse o no.
Otras jóvenes sacaban a medianoche a los patios de sus viviendas calderos llenos de agua, con la convicción de que en ella verían retratada la imagen de sus futuros esposos. Algunas muchachas en estado de merecer, ponían un huevo fresco de gallina negra en un vaso lleno de agua; y de ciertas señales que creían ver a la mañana siguiente, deducían si su destino les iba a otorgar o no amores felices y boda.
Y es que para el casamiento todo valía, como podemos leer en las conocidísimas Bodas de Camacho de Don Miguel de Cervantes. Basilio, enamorado desde la infancia de Quiteria, quiere evitar la boda entre ésta y el rico Camacho, y para ello finge suicidarse clavándose una daga en el pecho. Entonces ruega a su amada que consienta casarse con él antes de morir, y ésta, conmovida por la escena, accede.
La noche del 23, que llamaban víspera de San Juan el Verde, había en toda la nación gran tumulto y regocijo. Los grupos de amigos, como ahora, encendían hogueras en las alturas, resonaban por todas partes gritos de júbilo, y en ciudades, campos y aldeas la gente moza se entregaba a la diversión en grupos bulliciosos, cantando, bailando o simplemente retozando.
Aún las jóvenes más honestas, las que solo iban a misa los domingos y a las fiestas religiosas más sonadas, salían durante la noche de San Juan con motivo o pretexto fingido de visitar los altares. En Madrid se festejaba la verbena de San Juan con excursiones nocturnas a la vega del Manzanares, y a las que asistió alguna vez el propio monarca Felipe IV. También se celebraba la víspera de esta festividad con cenas en el Prado.
En uno y otro lugar hacía uso de carruaje quien podía. Y como el uso del coche era la pasión femenina de la época, ningún galán medianamente rumboso y que quisiera hacer méritos con su dama, podía dejar de costearle tal vehículo para aquel día, a la vez que una merendona. El coste, como puede suponerse, suponía un verdadero quebranto para los enamorados menos pudientes.
Pero ya se decía entonces que: “Más vale viejo con plata que joven con alpargatas”.
