Crónica de un niño solo: Un resumen profundo

“Si la humanidad fuese capaz de instruirse en la observación directa, me habría ahorrado el trabajo de escribir este libro”.

La película "Crónica de un niño solo", ópera prima del reconocido director argentino Leonardo Favio, estrenada en 1965, es el objeto de análisis de este artículo. Se analizará cómo se configuran los espacios en el interior de la institución, revisando los dispositivos de control y vigilancia.

El estudio se focalizará en la idea de “espacio cerrado” de Foucault (2002) con el fin de analizar las categorías de tiempo y espacio, entendiendo que estas unidades de análisis están sujetas a un campo simbólico específico que otorgan identidad a las instituciones de encierro.

Teniendo en cuenta la fragmentación del filme en dos espacios contrapuestos con igual protagonismo (la primera parte del filme se desarrolla en una institución reformatoria de menores y la segunda, a partir del deambular del protagonista por una villa miseria de la Ciudad de Buenos Aires) es que interesa en este análisis observar cómo aparecen representados mediante el lenguaje audiovisual el control, la vigilancia y la regulación del tiempo en los espacios cerrados y en los espacios abiertos.

Niños, padres, profesionales de los albores del siglo XXI, de ésta nuestra época, apresurada, hiperactiva, donde la comunicación y los transportes acelerados nos invitan al movimiento y a la información, pero tienden a alejarnos del relajamiento y de las pausas de pensamiento. Época de la velocidad, de la precocidad y de los récords, de la angustia por el tiempo que corre…

Bebés y niños inquietos, agotadores, rechazados y luego expulsados de las escuelas e incluso de las guarderías por “insoportables” que, al poco tiempo, emprenden el peregrinaje para hallar una institución más adecuada, tal vez más tolerante y comprensiva o más rígida y disciplinada que, mientras tanto, se va desfasando en el aprendizaje y se van volviendo “anti” todo: familia, escuela, sociedad.

Padres presionados, amenazados, desbordados, hartos; que viven en parejas inestables o francamente disueltas y que, muchas veces, son informados por los maestros o a través de internet -de manera contradictoria- sobre estos trastornos; que esgrimen diagnósticos presuntivos o ya “definitivos” de ADDH (síndrome de déficit de atención con hiperactividad) y solicitan una rápida respuesta a situaciones que, con frecuencia, se han venido gestando durante años.

Madres abrumadas, tensas, deprimidas, que se sienten impotentes, que se muestran desesperadas y sobreprotectoras, cuando no resignadas, observando -y casi esperando- cada día una inminente catástrofe.

Profesionales apremiados por este cúmulo de presiones, a los cuales les piden diagnósticos y tratamientos igualmente “hiperactivos” que, conscientes de la urgencia de muchas situaciones, tienen que escoger entre la respuesta rápida, genérica, básicamente medicamentosa o la propuesta de evaluación y reflexión cuidadosa, abordada de preferencia por un equipo, para llegar a un diagnóstico y un tratamiento a la medida de cada niño y situación; diagnóstico que contemple que no es un padecimiento único, sino una variedad de cuadros los que pueden ser abarcados por la anterior descripción.

Lo que queremos subrayar es que se trata de un panorama que puede resultar aterrador, que implica demasiado dolor y consecuencias muchas veces graves. No es lógico, entonces, permitir que se llegue a estos extremos: es capital y de interés primordial investigar y emprender la tarea de prevención primaria (1).

¿Qué podemos aportar desde nuestro enfoque psicoanalítico, que centra su atención en el conflicto inconsciente y en la constitución de la subjetividad? ¿Cómo entender estas situaciones para ayudar y no caer de manera exclusiva en la solución “sencilla” pero, a mi parecer, también muy complicada por insuficiente e incluso errónea, en muchos casos, de los medicamentos y los tratamientos cognitivo- conductuales?

No pretendemos abordar aquí este tema de manera específica, ya que disponemos de textos actualizados y muy detallados de difusión internacional, además de los que abundan en los diferentes países (Hernández, 1989; Di Scala y col., 1998; Elia y col., 1999; Alves Barbosa, 2000; Soprano, 2000; Le Heuzey, 2003, entre otros.)

Pero sí queremos insistir, en esta introducción, con cuatro puntos que consideramos esenciales respecto de este padecimiento y que definen nuestra postura clínica; ellos nos han facilitado el trabajo dentro de los, nuestros, equipos interdisciplinarios. Son los siguientes:

  1. Que todo indica que la etiología de ADDH es múltiple,
  2. que los factores genéticos y neuroendocrinos inciden fuertemente en su instalación pero, en general, más con carácter predisponerte que determinante;
  3. que los factores ambientales contribuyen de manera diferente en cada caso, pero siempre deben ser tomados en cuenta, y
  4. que no todos los niños inquietos y distraídos que reciben este diagnóstico padecen realmente de ADDH, ya que el término se ha difundido en exceso y ha perdido especificidad.

Esto coincide con lo expresado recientemente, en esta misma revista, por la Dra. Ana Jiménez Pascual (2003)

El propósito de este trabajo es relatar cómo -con el cuidadoso estudio de algunas observaciones de bebés con la técnica de Esther Bick-, en que la hiperactividad se desarrolló durante el primer año de vida y su comparación con otros bebés que presentan un desarrollo más armónico, puede permitirnos abrir nuevas perspectivas sobre esta realidad clínica de nuestra época.

Por supuesto, siempre dialogando con autores psicoanalíticos que nos han esclarecido con sus textos. Nos referimos especialmente a Jean Bergès (1990) y a Víctor Guerra (2000, 2001) cuyas propuestas han incentivado nuestras reflexiones.

Respecto a la forma de trabajo, que fue la base de este texto, tenemos que decir que la observación sistemática de bebés en su medio natural, de acuerdo al método de Esther Bick, ha sido utilizada desde hace muchos años en nuestro ámbito, como un instrumento para la formación de psicoterapeutas de niños en general y, también, la hemos considerado una práctica básica para quienes están interesados en especializarse en la consulta padres-bebé, que denominamos intervención temprana (IT) (2).

Este método implica tres tiempos que se llevan a cabo durante los dos primeros años de vida del bebé:

  1. la observación semanal cuidadosa y detallada con un encuadre particular que incluye al bebé y a quienes lo acompañan, en general la madre;
  2. el registro inmediato y minucioso de toda la experiencia, y
  3. la presentación y discusión del texto así obtenido en el seminario de observación, un grupo pequeño de pares, también en proceso de realizar su propia observación, con un coordinador especialista en el método.

Es este tercer momento el que le da el carácter propiamente psicoanalítico a la observación que, sin embargo, desde el primer tiempo tiene apertura a la escucha del discurso con su dimensión inconsciente, no considerada por otros métodos conductuales de observación de bebés.

Hemos visto que los relatos así recogidos y registrados, en los que figuran de manera muy particular las emociones y ansiedades que se despiertan en el observador y luego en el grupo de discusión, representan un material de investigación particularmente rico y estimulante para quienes estudiamos a los bebés y sus vínculos y queremos saber más de la normalidad y sus variaciones. Pensamos que los dos casos que presentaremos ejemplifican ampliamente este hecho (3).

En realidad, las autoras de este texto, también formamos una especie de equipo en el cual convergen diversos puntos de vista, pues aunque provenimos de áreas afines nuestros orígenes son diferentes: psiquiatra psicoanalista, psicóloga psicomotricista, psicóloga terapeuta psicoanalítica. Tenemos en común el interés por el estudio de los bebés y sus padres, y por las tareas preventivas de la psicopatología infantil. Compartimos, además, la orientación psicoanalítica como eje de nuestra práctica.

Materiales de observación y reflexiones iniciales

Los hechos se dieron de la siguiente manera. Dentro de la misma institución (4), en dos grupos diferentes -coincidentes en el tiempo- pero independientes en su funcionamiento básico, incluso con diferentes coordinadoras (5), se presentaron dos bebés que manifestaron hipermotricidad progresiva a partir del segundo semestre de vida y cuya evolución nos inquietó mucho.

Fue en un segundo momento, al reunirse ambos grupos para compartir experiencias, que nos llamó la atención las similitudes de ambos cuadros, además de sus diferencias. Pensamos que debíamos profundizar en su estudio comparativo, por lo que nos reunimos para realizar el actual trabajo.

La forma de presentar los relatos refleja lo que hace un observador al llegar a la casa familiar donde se encuentra el bebé: tratar de recibir la experiencia de la manera más espontánea, lo menos influida posible por la teoría, y relatarla. Sólo posteriormente se intenta comprender y teorizar.

Nos limitaremos a resumir grandes períodos y a exponer, literalmente, algunos momentos particularmente significativos conservando el estilo y algunos comentarios de las observadoras. Valoramos para la comprensión de cada situación, el carácter testimonial de los relatos que se refleja en los fragmentos presentados.

Las reflexiones iniciales son, en gran medida, las que se fueron haciendo en el grupo semanal, pero en este caso aportan también ideas al tema de la hiperactividad y los trastornos del vínculo que nos ocupa.

Presentación de los casos

Observación de Noé

La observación a lo largo de dos años de visitas semanales a la casa de Noé, permitió detectar la gestación de una fuerte hipermotricidad. Tal como lo indica el método, fue efectuada intentando la mayor objetividad posible. Estaban presentes, sin embargo, como marco referencial de la observadora, tanto su formación inicial como practicante psicomotriz, como sus más recientes estudios de psicoanálisis.

Al estudiar los medios de expresión del niño durante un periodo de maduración tan importante -en el cual se encuentran fuertemente implicados procesos corporales, intelectuales y afectivos-, se nos hizo evidente la gravitación de ciertos factores vinculares, involucrados en el surgimiento de esta particularidad psicomotora, como son las representaciones o fantasías parentales conscientes e inconscientes, las cuales se manifiestan en la relación madre-hijo y determinan, en gran medida, el desarrollo general del niño.

En los primeros meses de vida es el vínculo madre-bebé y las interacciones que surgen a través de él, las que determinan en mucho la expresión del infante que, en esos momentos, es básicamente sensorio-motora. Desde nuestro punto de vista, es éste un periodo de construcción psíquica que deja en la expresión psicomotriz diversos rasgos. Es así como se plasman la motricidad, el equilibrio, la coordinación y la lateralidad. Además, estrechamente ligadas con la sensoriomotricidad están las primeras funciones del niño como son la respiración, el sueño y la alimentación.

Ciertamente no es fácil detectar lo que ocurre en el bebé, durante los primeros tres meses de vida, en términos de su sensoriomotricidad; pero sí, de sus ritmos biológicos. Algunos de estos cambios son muy sutiles, como es el caso de Noé.

“El bebé llega a la familia inesperadamente; si bien son de clase media acomodada, los gastos de su llegada no estaban contemplados. Ambos padres son cristianos y siguen un método anticonceptivo poco seguro aceptado por su religión, por lo cual el manejo del control natal es muy inadecuado. La madre no se siente segura de cumplir adecuadamente con su función, aún sigue añorando su vida anterior y considera que criar a Sara y a Noé será muy difícil, necesitará ayuda extra, pues ambos son muy pequeños, la nena tiene apenas un año dos meses y está en plena iniciación de la marcha.

Las principales preocupaciones de Marina en aquellos momentos era que su hijo estuviera plenamente sano y que sus ritmos biológicos fueran perfectos, también que en casa ella pudiera llevar el orden al que estaba acostumbrada. En las primeras observaciones se la ve serena, paciente, contenta porque el bebé evoluciona bien, lo amamanta con placer y se percibe una armonía entre ambos Pero las sombras que rodearon el nacimiento aún persisten.

Noé tuvo al nacer una leve dificultad respiratoria por inmadurez traqueal lo que lo retuvo un día en la incubadora; la circunstancia puso muy nerviosos a los padres. Ya en casa reciben una serie de instrucciones sobre como alimentarlo para que no se ahogue, la madre se centra en una observación permanente sobre la forma en que traga el bebé y que poco a poco fue también trasladándose en la forma en que evacua”.

Noé al segundo mes. “Lleva las manos libres mientras inicia la succión, las mantiene empuñadas, poco a poco las va abriendo, para luego cerrarlas en el mismo ritmo. Se escucha un sonido en la tràquea del niño, Marina dice que es la inmadurez de su “esofaguito”, siempre que come la malvada flema lo está molestando. Me explica que mientras lo alimenta él da unos tragotes, es cuando se escucha más la intrusa flema.

Mientras está comiendo de pronto su rostro se torna rojizo, sus ojos declinan al grado de cerrarse. Antes Marina ya me había comentado sobre el supositorio de glicerina que le había aplicado, ella señala que las evacuaciones deben de ser inmediatas después de comer. Los movimientos peristálticos son muy sonoros, ella continúa dándome razones sobre el uso de la glicerina…

Los primeros tres meses de vida Noé se vio progresivamente invadido por las ansiedades de la madre, fue transformando poco a poco la acción de agarre y la de soltar, al comer se atragantaba, el médico incluso llegó a considerarlo como reflujo, al final su diagnóstico fue muy simple: el vómito era por comer muy rápido, los enormes tragos hacían que la leche se volviera.

Conforme pasaban los días la madre empezó a pensar que al niño le costaba más trabajo defecar, sobre todo esto ocurrió entre el segundo y tercer mes de vida, es cuando el pediatra le aclara a Marina que no debe hacer uso de los supositorios varias veces al día como lo viene haciendo, ya que eso no le ayuda a realizar un aprendizaje del control anal; ante eso Marina opina que son las madres las que mejor saben sobre lo que necesita un hijo imponiendo así su creencia sobre la instrucción médica.

Es posible que exista una relación entre las funciones gastrointestinales, la piel y el sistema muscular en el nivel de la respuesta motriz; es interesante ver como Noé aprieta sus manos y luego las abre para empujar el pecho, pero cuando la flema aparece y la madre lo mueve, después de haber sido invadido con una carga de glicerina, él deja su exploración del pecho para situarse en su función digestiva, está muy molesto y al final llora. Este dolor afecta seriamente a su madre, en adelante ella se esfuerza para lograr que nada le duela, incluso después de los seis meses sigue con la libre demanda en la alimentación para que el niño no sufra, le parece imposible dejarlo llorar si quiere más leche”.

Desde el punto de vista de la psicomotricidad, el movimiento, al principio sin significación aparente, se va representando psíquicamente y se estructura en la conciencia con el apoyo de la relación con los otros. Lapierre y Aucouturier (1983) interesados en como se va estructurando psíquicamente el movimiento, conceptualizan lo que denominan “la pulsión motriz”, considerándola como primitiva y fundamental y, según ellos, aparece en el embrión humano sin finalidad. Poco a poco el movimiento toma sentido y se construye una historia afectiva en el sujeto (6).

“La actitud psicológica de la madre afecta el placer del amamantamiento de Noé: ambos inician muy bien la alimentación y terminan al final muy alterados. Es probable que estos hechos provocaran que el destete llegara antes de lo previsto, porque el bebé no se llenaba. Además, los hábitos de la familia se transformaron. La pulcritud ini...

Leonardo Favio, director de "Crónica de un niño solo"

Leonardo Favio por Sebastián de Caro - Mundo Rep

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