Alex Rose e Hijos: Un Legado en la Literatura Contemporánea

La desconfianza es buena. Hay que desconfiar de los contemporáneos, y creo que hay que desconfiar doblemente de los contemporáneos muertos (de manera metafórica o no) que parecen estar por encima de cualquier crítica. Hay que desconfiar, en especial, pienso, de los santos laicos (sobre todo de los dedicados a alguna de las siete artes clásicas y las dos o tres nuevas, incluyendo el porno) y da la impresión de que el -por otro lado, admirable- escritor norteamericano David Foster Wallace va camino de convertirse en uno de ellos, empujado por una turba de modernillos, y si no hacemos algo pronto para evitarlo, muy pronto se perderá en la estratosfera apenas legible de los clásicos momificados.

No os equivoquéis. A mí me gustan la mayoría de las obras de David Foster Wallace. Entre las diversas razones por las que David Foster Wallace está siendo elevado a todos los pedestales literarios de la hipermodernidad están: a) su icónico aspecto de profesor guay de Illinois educado en la Costa Este, b) su suicidio, puesto que un auténtico ídolo sólo puede estar muerto (metafóricamente o no) y c) su meganovela absoluta, su barrilete cósmico, su tocho estelar, La broma infinita.

Foster Wallace es autor de varios libros de ensayos tan bien escritos que, como en el caso de los de Borges, da un poco igual de qué hablen, ya sea de la eternidad, la televisión o una feria local llena de palurdos en algún remoto rincón de los USA o se metan con John Updike. También de unas cuantas colecciones de relatos, que van de la cristalina brillantez de cuentos como «Animalitos inexpresivos» o «Encarnaciones de niños quemados» a grados de abstrusidad sorprendentes en un relato breve y que justifican que un crítico, James Wood, lo llamara poco más o menos que artista del aburrimiento, lo que suena casi igual a aburreovejas.

Pero como los ensayos se leen con tanta facilidad como admiración, lo que también pasa con bastantes de su cuentos, por tanto, no representan un reto. Y para ciertos individuos con mucha materia fecal en el cerebro, lo que se lee fácil NO PUEDE SER BUENO.

La Broma Infinita: Un Análisis Profundo

La broma infinita, de David Foster Wallace | RESEÑA Nº 150

La broma infinita mola por un buen número de razones “correctas” y por algunas muy incorrectas. En primer lugar, por su grosor: los libros importantes deben poder arrojarse con intención homicida o de, al menos, hacer daño de verdad. El impacto directo de un ejemplar de La broma infinita sería capaz de noquear a cualquier catedrático de filología y a casi todos los dependientes de FNAC. Es tan largo que, está tan lleno de anotaciones, que si, en algún futuro probable, te apetece releer un episodio concreto, es posible que tardes en localizarlo el mismo tiempo que te ocuparía leer el último Premio Planeta.

Todo el que ha sobrevivido a una lectura que sobrepasa holgadamente el millar de páginas ha acabado desarrollando un cierto síndrome de Estocolmo con el libro en cuestión: llevas tanto tiempo con él que, lo merezca o no, tiendes a pensar que ha valido la pena (si no fuera así, sólo quedaría arrancarse los ojos de desesperación). Y por último, La broma infinita mola, porque es una novela estupenda.

Es un error, por ejemplo, leer La broma infinita por su molona estructura, porque, más allá del ligero componente paródico de nombrar los años con el nombre de marcas comerciales, resulta tan sencilla como el mecanismo del botijo. Se cuenta la (desgraciada) historia de dos grupos de personajes, hay uno, que como suele suceder es la chica de la función, que sirve de nexo y además es el menos conseguido del libro, pues ¿a quién coño le importa la chica?… y nada más. Todo lo demás es acumulación, una escena detrás de otra (de una prosa un tanto monocorde, por cierto) hasta el fin.

De hecho, sobre al inicio se nota cierta inseguridad en el autor, ya que varios fragmentos iniciales -estoy pensando, por ejemplo, en la secuencia de los preparativos para el colocón de maría- funcionan mejor como pequeños relatos autónomos o ejercicios de estilo que como partes orgánicas de una novela. Es un error leer a Foster Wallace por su sentido del humor grotesco y paródico, porque corres el evidente peligro de quedarte en los diversos componentes grotescos y paródicos de la novela y no rascar más.

Es muy incorrecto leer La broma infinita por sus componentes de anticipación, ciencia-ficción, visión del futuro, etc. Vale, superficialmente está ambientada en un futuro en el que la ONAN ha sustituido a los Estados Unidos, está la cosa esa de «La gran concavidad» llena de bebés y roedores mutantes, etc. Pero, en realidad, La broma infinita no va de nada de eso. Cuenta la caída de un grupo de personajes masculinos (los hermanos Incandenza, algo jodidos ya de por sí por un padre que estaba como una cabra, aunque no se sabe muy bien por qué demonios estaba tan mal de la olla, y Don Gately, que es una versión 2.0 del santo Job) en diversas adicciones y su progresivo hundimiento en unos Estados Unidos que excepto por unos pocos detalles accesorios se pueden identificar totalmente con los actuales.

La mejor manera de distinguir si una novela utiliza los ropajes de la Cf para orquestar algún tipo de fábula (véase Orwell) o si se trata de un autor de verdad interesado por el género, es comprobar si, quitando los elementos no presentes en nuestro mundo, la novela continúa siendo la misma (o incluso sale ganando) o no. Y desde luego, La broma infinita no es Ubik, El hombre en el castillo, ni siquiera La sequía o El día de la creación. No hay grandes intrigas de política-ficción ni metafísica futurista como en Philip K. Dick.

Hay una sub-intriga con un grupo terrorista canadiense formado por sujetos en sillas de ruedas tras un cartucho embrujado de efectos mortales, pero, la verdad, resulta tan poco convincente (joder, ¡un cartucho!, ¿no es lo que se usaba hace un montón de años en las Nintendo de ocho bits?) que el autor se olvida de ella en algún punto y no termina en nada o quizás sí, y mi memoria, selectivamente, ha olvidado en qué concluía.

Espero, no obstante, poder explayarme en otra ocasión sobre las muchas virtudes de este libro.

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