Luis Landero, escritor y novelista español, nació en Alburquerque (Badajoz) en 1948. Licenciado en Filología Hispánica, su obra se distingue por una estructura tradicional, un lenguaje elaborado y una profunda exploración de la condición humana. Sus libros han sido comparados con la obra cervantina, por su estructura tradicional, en una época en la que parece que todo debe ser experimentación o ligereza, por el lenguaje elaborado, por la ironía y cariño con que analiza las fantasías, anhelos e ideales de la gente de su generación, una mayoría gris y silenciosa a la que se exige el triunfo mundano como sea.
Internarse en la obra de Luis Landero es ingresar en un universo genuino inmediatamente reconocible por lo que se podría llamar un “estilo” inimitable, dotado de una agradable fluidez pero también de gran densidad, sutil y profundo aunque de aparente sencillez y hasta de ingravidez a veces, que va involucrando al lector en su trama de manera ineludible.
Es una obra que se resiste a las categorizaciones o a los encasillamientos porque tiene voz propia en el panorama de la narrativa española actual, una obra que ha creado un “lenguaje”, un “idioma”, fenómeno que observaba Proust en las grandes novelas: “Los bellos libros están escritos en una suerte de idioma extranjero”. Las novelas de Landero, al contrario de lo que se podría suponer en el marco de una primera lectura, gozan de una estructuración narrativa sumamente rigurosa que va conduciendo con extremada pericia hacia el desenlace.
Los textos están traspasados por referencias más o menos veladas a una cultura literaria clásica y popular, lo cual acarrea el que la prosa de Landero cobre una textura tornasolada, «espejeante», o sea que lance destellos conforme se la va recorriendo pues remite a la memoria y a la cultura del lector jugando con esa intertextualidad de múltiples maneras, mediante la simple referencia, la cita, la alusión, la parodia, el pastiche, la “desvirtuación” burlesca, a la vez que cuestiona de manera general la noción misma de cultura y los fines de ésta.
De hecho, la obra de Landero recorre toda la escala de la comicidad, desde la farsa más trivial hasta el humor más ligero y se asienta precisamente en esos desajustes entre las ambiciones de los personajes y la ruin realidad y en una filosofía de lo absurdo heredada de Kafka pero también de Camus, que no está desprovista de patetismo a veces pero que en regla general el narrador prefiere tratar con elegancia mediante el humor y el distanciamiento. Y es que las novelas de Luis Landero nutren toda una meditación filosófica desprovista de pedantería, y sin recurrir a exposiciones teóricas que paralizarían el relato de la acción.
Añadiré a estas características una temática esencial que tal vez no haya sido suficientemente tomada en cuenta por la crítica: la omnipresencia del acto de narrar que extiende sus mallas por todos y por cada uno de los libros del autor. Tras esta visión panorámica y sintética del conjunto, conviene ahora considerar con atención cómo se manifiestan estas constantes en la obra de Landero a lo largo del transcurso del tiempo gracias a una perspectiva más precisa y pormenorizada.
Primeros Años e Influencias
De la vida de Luis Landero, tal cual como suena, de su autorretrato, trata El balcón en invierno (Tusquets, 2014). Ya la foto de la portada del libro es una declaración de intenciones: en ella aparece un jovenzuelo Landero con su abuela paterna, Francisca, hacia 1965. La mira con delicadeza, con gratitud, por lo mucho que le dio, por lo mucho que le contó.
En ese óleo repleto de escenas se puede leer: “Mis abuelos paternos y maternos no vieron nunca el mar”, “me echaron de las mantequerías (donde trabajaba de recadero y...
Landero, profesor de paso, también era un habitual del lugar, que consideraba su segunda casa, su refugio en el páramo de la ciudad. Vecino del barrio -vive a cinco minutos de la Glorieta de Bilbao- , el escritor recuerda aquellos tiempos: “Al cabo de los años, el Café Comercial se me aparece en la memoria entreverado de realidad y ficción. De vida y literatura. Todos los días hábiles pasaba ante su puerta camino del instituto donde daba clase…”.Para el autor extremeño, este café era el lugar de encuentro consigo mismo, con la literatura y con los amigos, como lo ha sido para tantos parroquianos a lo largo de su centenaria historia, como José María Merino, que solía reunirse en este local con los leoneses, Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y de vez en cuando, Julio Llamazares.
No es una excepción. El poeta Tomás Segovia, al regresar de su exilio mexicano, se sentaba en la mesa de la izquierda de la ventana, como sitio fijo, y entre el movimiento de la clientela -necesitaba el ruido para escribir- se congraciaba con el mundo: “Ya por el horizonte / se difunde la noche…”. También en este café Juan José Millás solía mirar con su palabra la extraña realidad reflejada en los espejos modernistas. Este autor, que hace dos años presentó aquí su libro Donde termina la lluvia, ha sido un testigo privilegiado -con la mirada atenta del creador- de los sucesos y las historias del Café Comercial, ya que trabajó como camarero -el cine te hace esperar- durante 24 años.
Recuerda haber visto a John Malkovich, Arturo Ripstein, Sara Montiel y tantos otros; pero su memoria y su corazón se quedan con “Rafa”, Rafael Sáchez Ferlosio, aquel narrador que ganó el Nadal con una obra que ya es historia de la literatura, El Jarama, y que dejó de escribir novelas y a veces de sonreír, hundido por la muerte de su hijo Miguel y de su hija Marta, años después. (Aquí hemos de hacer un paréntesis para adentrarnos en la historia y contar que fue en el Café Comercial donde me encontré, en mi etapa de periodista diario, con este hombre tierno, lúcido y atormentado. Han sido muchas las entrevistas que he mantenido en ese lugar, pero la de la Ferlosio es la que aún tengo más vívida en la memoria.
El Café Comercial: Un Refugio Literario
El Café Comercial se me aparece en la memoria entreverado de realidad y ficción. De vida y literatura. Todos los días hábiles pasaba ante su puerta camino del instituto donde daba clase…”.Para el autor extremeño, este café era el lugar de encuentro consigo mismo, con la literatura y con los amigos, como lo ha sido para tantos parroquianos a lo largo de su centenaria historia.
Juegos de la edad tardía: El Comienzo de una Trayectoria Exitosa
La publicación de Juegos de la edad tardía en 1989 constituyó un acontecimiento literario de gran magnitud. Celebrada por los críticos más exigentes, la novela gozó y sigue gozando de un éxito inmenso entre el público lector y fue galardonada con premios tan prestigiosos como el Ícaro, el de la Crítica, el Nacional de Literatura.
Juegos de la edad tardía plantea y diseña en tono jocoso y burlesco la obsesión mayor que, lo descubrimos a posteriori, recorre toda la obra de Landero: la porosidad de las lindes que unen y separan la realidad y el “afán”, la realidad y las apariencias, la realidad y la ficción. Rasgo constitutivo de la novelística del autor, la exposición de tal dilema es fruto de la existencia de personajes productores de ensueños, en este caso, Gregorio Olías, insignificante oficinista, quien aspira a ser un gran escritor, dotado de todos los atributos del poeta maldito: hermosura, juventud, talento, y hasta varias obras publicadas, así como una vida azarosa, llena de viajes y de aventuras.
Va elaborando tan aparatosa figura para un interlocutor único, un tal Gil Gil Gil, compañero de trabajo en la empresa, representante de ésta en provincias, con el cual sólo mantiene relaciones telefónicas. Este es el dato providencial que autoriza el desarrollo suntuoso de la “farsa”, del “engaño”, de la “superchería”. El narrador, invisible, omnisciente e impersonal, expone al lector todas las etapas de la creación progresiva de un ente fabuloso, alter ego magnificado de Gregorio Olías, quien lo nombra Faroni. El contraste entre la mediocridad del personaje y la extraordinaria figura del grandioso Faroni, poeta maldito perseguido por los esbirros del “General” y condenado por ello a la clandestinidad, genera situaciones de gran comicidad pues el narrador pone en escena gracias a “focalizaciones sobre el personaje” (o sea adoptando el punto de vista de éste) todas las tretas, artimañas y trapisondas de Gregorio para convencer y deslumbrar a su ingenuo interlocutor.
Todo se complica cuando éste, el “bobo” en su sentido clásico, nombrado “Gil” como los bobos del teatro medieval y de las Comedias (tres veces “Gil” incluso), fascinado por “el ángel rebelde” (pues Gregorio le ha mandado una foto supuestamente suya en que aparece bajo los rasgos de un “desconocido” que el lector, guiado por el narrador, identifica como Lord Byron), toma la decisión de ir a la ciudad sin nombre de la novela a conocerlo personalmente. Acorralado por esa temible confrontación entre la realidad y su ficción, Gregorio trama entonces una serie de estratagemas para evitar el encuentro, para que la farsa, de importancia vital para él, perdure, lo cual propicia mil aventuras descabelladas que embelesan y mueven a risa al lector por su inventiva y su loca audacia y que recuerdan irresistiblemente la gesta de don Quijote por convertirse en caballero andante.
Las estructuras novelescas parecen dar cuenta de la evolución de la trama argumental. La primera parte de la novela está “clásicamente” (entre comillas pues el narrador parodia precisamente ese recurso algo trasnochado de la novela decimonónica) dedicada a la niñez y a la juventud del protagonista, Gregorio Olías, y se acaba cuando llega a su madurez. Ese periodo está marcado por “el afán” que, como le enseñaron su padre y su abuelo, “es el deseo de ser un gran hombre y la pena y la gloria que todo eso produce” (p. Esta primera parte consta de cinco capítulos. En cuanto a la segunda parte, se compone de diez. Esa multiplicación por dos de la materia narrativa parece expresar miméticamente el encuentro con Gil, víctima y cómplice a la vez, y la edificación fecunda y feliz de la farsa por la pareja creadora.
La tercera parte, en cambio, sólo está constituida por nueve capítulos: ahí es donde la farsa empieza a peligrar y donde Gregorio lo pone todo en juego para que sobreviva a toda costa. Frente a la simetría perfecta de la primera y de la segunda parte, esta composición de la última parte parece traducir la imperfección, “la cojera” de la invención frente a una realidad que va acosando en crescendo a Gregorio. Sin embargo, y éste es otro motivo repetitivo en la obra de Landero, el narrador halla una suerte de compromiso, “un pacto”, entre realidad y embuste mediante un sacrificio heroico de Gregorio: ha de “matar” a Faroni para que éste siga viviendo en la mente y en la memoria de Gil y entonces es cuando el embuste deja de serlo y se metamorfosea en leyenda y ficción.
El ejercicio de la narración está ahora en manos, no de un narrador impersonal, sino de un narrador colectivo, un coro, un “nosotros” indefinido y variable, constituido, como lo precisa de inmediato el autor narrador, por un grupo de ancianos, individuos anónimos, personajes de la historia narrada pero “espectadores” más que actores (“un grupo de observadores imparciales”; “los cronistas de la actualidad”), que observaron y ahora comentan desde el banco donde están sentados en 1993, en la Plaza de España de un pueblo sin nombre pero situado por “los Baldíos de Gévora”, una serie de acontecimientos que se produjeron unos quince años atrás, en 1977, y que desembocaron en un crimen imprevisible.
Exploración de Temas Universales
En el “Final”, un apartado que hace las veces de epílogo, en simetría perfecta con el principio de la novela, el nosotros coral hace el balance de este relato mediante el cual ha ido armando y volviendo a armar, a lo largo de los quince años transcurridos, el puzle de los afanes de todos los protagonistas, lo cual confiere de hecho a la novela la estructura circular del “cuento de nunca acabar”. Este andamiaje novelesco se combina con lo que Mario Vargas Llosa nombra “el dato escondido”.
La canción Mirando al mar tocada al piano por Amalia, y silbada por los dos hombres que la aman, detalle nimio en apariencia, es la melodía secreta que recorre la novela entera y que desempeñará un papel esencial en el desenlace dramático. El autor ha remozado y actualizado la muy antigua disyuntiva del poderío de la diosa Fortuna que se burla de la vanidad de los deseos de los hombres cortando los hilos de su vida a su antojo. Pero los hombres tienen un poder secreto que es el relato: son dueños de la palabra, y ese es su tesoro más preciado e inalienable.
En la tercera novela del escritor, El mágico aprendiz (1999), la narración está asumida de nuevo, como en la primera, por un narrador omnisciente, invisible, impersonal, que logra exponer las dudas, raciocinios y temores del protagonista, Matías Moro, mediante ese procedimiento de “la focalización sobre el personaje”. Procedimiento que permite adoptar su perspectiva de tal modo que ingresamos en sus pensamientos pero en tercera persona o sea con una distancia mucho mayor que si el narrador recurriese al “yo” que involucra al lector por una suerte de identificación y de inmersión en la ficción de las que uno no siempre es consciente y a la que no escapan los lectores más avezados.
Matías Moro tal vez sea uno de los pocos protagonistas de las novelas de Landero desprovisto de afán aunque se encandila transitoriamente con la ilusión del amor, de la riqueza, del poder y de una supuesta generosidad, hasta dejarse convencer por sus compañeros, entre los cuales Pacheco, él sí dotado de un prodigioso afán, verdadero poeta del marketing, de montar una empresa fabulosa.
En El balcón en invierno, el balcón es un espacio real donde el narrador mantiene una conversación esencial con su madre justo después de la muerte del padre y se supone que muchos... Hay pocos temas más constantes en la historia de la literatura que las relaciones familiares. Cómo nos conforma lo que sucede en el seno del hogar, para bien o para mal, en especial en la infancia y adolescencia, es una experiencia tan universal que, como ya hemos visto, es un tema literario inagotable.
La cosa cambia si, bajo el microscopio, nos fijamos en especial en una de esas líneas que marcan los lazos de sangre: la de los padres con sus hijos e hijas. Una relación tradicionalmente menos cercana a la que tienen las madres, y a menudo marcada por la exigencia, la severidad o la incomprensión. Al menos, hasta hace poco. Una nueva generación de autores están mostrando la paternidad desde una perspectiva contemporánea, poniéndola en el centro de algunas de sus obras y mostrando cómo han cambiado las relaciones entre padres e hijos.
La Paternidad en la Literatura de Landero
La paternidad, sin embargo, ha cambiado, y por lo tanto su manera de reflejarla en la literatura. De manera paralela a cómo la maternidad ha ido ganando protagonismo en las obras de muchas autoras, visibilizando una realidad que estaba silenciada durante siglos, en los últimos tiempos hemos visto como escritores hombres reflejaban su condición de padres desde una perspectiva de cercanía, descubrimiento y asombro.
'Una historia ridícula' de Luis Landero | Audiolibro
Landero regresa a la novela con La última función (Tusquets). Un libro de sueños incumplidos pero con segundas oportunidades. "Optimista y luminoso”, dice el autor de Juegos de la edad tardía y Premio Nacional de las Letras en 2022. Un libro en el que un hombre nacido con una prodigiosa voz, Tito Gil, aparentemente llamado al éxito, enamorado del arte y entregado a él incluso desde una gestoría, regresa al pueblo de su infancia.
| Título | Año de Publicación | Premios |
|---|---|---|
| Juegos de la edad tardía | 1989 | Ícaro, de la Crítica, Nacional de Literatura |
| El mágico aprendiz | 1999 | |
| El balcón en invierno | 2014 | |
| La última función | Reciente | Premio Nacional de las Letras 2022 |
Allí recuerdan aún su actuación de niño en el Milagro y Apoteosis de la Santa Niña Rosalba, la obra que anualmente representaban colectivamente los vecinos. La vida y el teatro se entrecruzan una y otra vez en esta novela en la que un personaje asegura que “todos llevamos un actor dentro, interpretamos diversos papeles sin siquiera saberlo”. Una novela que para Landero (Alburquerque, 1948) “es como un cuento de hadas, un cuento de Las mil y una noches, tiene un tono de cuento folclórico”.
Es abogado, tiene una gestoría. Es un artista de una pureza extraordinaria, elemental, romántico, como un adolescente enamorado. Y así sigue. Es verdad que no ha triunfado lo que hubiera podido triunfar, pero no le importa. Porque él se ha dedicado a lo que quería dedicarse, que es cultivar el arte. Y yo lo acompañé con la guitarra. "Sí, soy el Galindo de la novela. Yo tocaba la guitarra y en 1986 hice con Tito Gil una gira por EE.UU. Sí, sí, yo soy Galindo. De hecho me iba a poner a mí. Pero me pareció que me iba a meter en un jardín.
