Talleres Felipe e Hijos: Una Historia de Pasión por la Mecánica y Legado Familiar

El origen de Felipe e Hijos se remonta a 1973, cuando Felipe Cotelo Gerpe, apasionado por la mecánica y el motor, abrió un pequeño taller en Carballo (A Coruña). Con el paso del tiempo, y gracias al crecimiento sostenido del taller, en 1978 Felipe incorporó la marca Mercedes-Benz, iniciando una nueva etapa como Servicio Oficial.

Hoy, Felipe e Hijos sigue siendo una empresa familiar, gestionada por sus descendientes, quienes combinan la experiencia tradicional con las últimas tecnologías de diagnóstico y reparación.

Taller Felipe e Hijos en Carballo, A Coruña

Esta trayectoria de crecimiento y adaptación es un testimonio del compromiso de la familia Cotelo Gerpe con la excelencia en el servicio automotriz.

De Fundición a Taller Naval: La Historia de Feroher

La familia de Felipe del Rosario ha vivido en primera línea la evolución de La Luz y el tráfico que ha absorbido en las últimas siete décadas. En diciembre, el taller de Feroher cumplirá setenta años. Su impulsor apenas tiene seis meses más de edad, y ha dedicado su vida a mantener y desarrollar unas instalaciones en las que lo mismo se encuentran enormes planchas del casco de un petrolero que las bombas de una central eléctrica.

Hoy, la compañía se ha convertido en un clásico dentro del recinto portuario, y mantienen una intensa actividad como subcontrata regular de otras empresas más potentes, que prestan servicio a los imponentes buques que operan en oeste de África.

Todo comenzó el 22 de diciembre de 1943, cuando Felipe del Rosario (padre del hoy regente del negocio), fundó el taller, que costó 5.000 pesetas. Éstos se ubicaron en un principio en la calle Gordillo, en el corazón el barrio de La Isleta, con un torno de crisol de 50 kilogramos de capacidad. En principio, su actividad era la de una fundición, de la que salían las piezas de molinos de vientos construidos para bombear agua.

Pronto, a las barras en bruto se les añadió el mecanizado. Esto es, el tratamiento necesario para que encajaran en la máquina para la que se pedían. El negocio se movió al Sebadal, y, con el paso de los años, al Puerto. Por el camino, Del Rosario pasó de elaborar las piezas de cobre de los navíos de vela a tratar con las primeras máquinas de vapor.

Aquellos pailebotes acabaron por tener historia, porque fueron los barcos en los que muchos canarios emigraron a Venezuela en una época en la que la vida no era sencilla en el Archipiélago. El taller formó parte del momento histórico, contribuyendo con sus reparaciones a poner a punto a los emblemáticos veleros.

Felipe del Rosario, que hoy es presidente de la asociación de talleres navales en Las Palmas, recuerda sus primeros tiempos en las naves con indisimulada pasión. Un entusiasmo que mantiene a sus 70 años, cuando recorre unas instalaciones que hoy dan trabajo a medio centenar de empleados.

Además, transmite optimismo. "El clima que tenemos no sólo es bueno para el turismo", apunta, "también para nuestra actividad, porque las navieras saben que aquí pueden pintar sus barcos la mayoría de los 365 días del año, y lo mismo ocurre con muchas otras reparaciones".

Adaptación a los Nuevos Tiempos

Felipe del Rosario hijo comenta algo que también subraya su padre a pie de torno: hoy, los buques petroleros "llegan con sus técnicos y sus especialistas, que supervisan y están encima del trabajo". Eso sí, el propietario del taller mantiene que tanta supervisión tiene sus ventajas. "Nos ayuda a mejorar", comenta, "y más adelante, cuando tengan más confianza en la gente de aquí, traerán menos técnicos".

De ahí que el presidente de la asociación de empresas del sector señale a los distintos certificados de calidad que adornan la pared de su despacho, junto al retrato de su padre y fundador de la compañía. "Esto es lo que vale hoy", remarca, como aval de garantía de los servicios que puede prestar no sólo su firma, sino el puerto de La Luz.

"Muchos barcos vienen porque tenemos instalaciones con garantías europeas, al contrario de las que encuentran en los países en los que trabajan", en el continente africano. Currently, there are around forty platforms operating in the Gulf of Guinea. Del Rosario warns that "if we continue with this trend, there will soon be more than a hundred". The number of support vessels in the area is half a thousand, and it could also follow the same progression.

De ahí que los talleres navales hayan ido incrementando sus equipos y capacidades. En Feroher se puede encontrar una máquina que corta gruesas planchas con chorros de agua, ingenios que limpian piezas por ultrasonidos o un turno de encargos y trabajos completamente informatizado, en un panel que recuerda las pantallas de llegadas y salidas de un aeropuerto. Dentro se manejan mastodónticos pistones y piezas de todos los tamaños, según las necesidades de lo atracado cada día en los muelles.

Aunque no sólo se trabajan los motores. "Un barco es como una ciudad flotante", recuerda del Rosario. En sus instalaciones se hacen desde camarotes a cocinas, desde salas de reuniones a aseos. Además, una auténtica ferretería se esconde detrás de una de las paredes. En ella se encuentran toda suerte de accesorios, porque, como comentan los impulsores del negocio, "aquí puede llegar un barco sin avisar", sea mediodía o las tantas de la madrugada.

De momento, la familia ha sabido manejarse para continuar en la brecha, y seguir prestando servicio. Felipe, hijo, está atento al taller. Eva del Rosario trabaja en administración, y el padre se mantiene en la dirección. Además, representa a un colectivo que hoy cuenta con 62 empresas.

No tantas como en la época del auge pesquero en La Luz. Desde los distintos acuerdos pesqueros con Marruecos y Mauritania han ido mermando la descarga de frescos y congelados, y por el camino no sólo cayeron talleres. También muchas compañías dedicadas al frío.

Taller Naval Feroher en Las Palmas

Talleres Baquerín: Un Legado en Logroño

El 9 de septiembre, una de las empresas con más solera y tradición de Logroño, Talleres Baquerín, echó el cierre. No fue un día elegido al azar por su actual propietario, Abel. Ni mucho menos. La historia de Talleres Baquerín es la historia de Felipe y Abel. El primero era maquinista naval y, tras casarse, optó por dejar el que hasta ese momento era su lugar de trabajo para unirse con un socio y abrir un negocio en la calle República Argentina.

«En aquella época, el año 1950, esa calle estaba a las afueras de Logroño», recuerda su hijo. «De hecho, en lo que ahora es el parque Gallarza sólo había ganado», añade. Poco a poco, la empresa fue creciendo y ganándose un lugar de privilegio en el tejido de negocios logroñés.

En ese éxito resultó esencial, según Abel, el carácter de su padre. «Era un hombre muy estricto, al que le gustaba hacer muy bien las cosas, algo que aprendió durante su formación en la marina de guerra, donde fue de los primeros de su promoción», señala. «Gracias a eso, Talleres Baquerín salió adelante, llegando a tener hasta veinte obreros», apostilla.

Aparte, Felipe logró otros hitos como la homologación de los primeros y únicos aparatos de conducir para minusválidos de fabricación española. La trayectoria de Felipe se vio truncada de raíz durante la celebración del Rally Aéreo del Norte. «Él tenía la gran ilusión de sacarse el título de piloto civil pero, por desgracia, en la primera salida a la que le invitaron como copiloto, el aparato se estrelló en Castro Urdiales», lamenta Abel.

A partir de ese momento, Abel Baquerín se hizo cargo de la dirección del taller que había fundado su progenitor. «Mi padre dejó el listón muy alto y yo, cuando falleció, estaba recién casado y había empezado a trabajar en el taller hacía poco tiempo desde la base», recuerda.

Abel comenzó a gestionar el negocio sin dejar a un lado su otra gran pasión: el automóvil deportivo. «Mi padre ya corría y fue uno de los pioneros de La Rioja en esa disciplina», cuenta Abel. Esa parcela deportiva no hizo que Abel se olvidara, ni mucho menos, del taller.

«Por aquí han venido clientes de fuera buscando reparaciones de coches de élite como Ferraris, Porsches y otras marcas de vehículos de alta gama», recalca el dueño de Talleres Baquerín, que reconoce que le cuesta mucho trabajo desmontar su negocio. A Abel le ha llegado la hora de la jubilación y ahora comenzará un nuevo estilo de vida, aunque su labor y la de su padre no pasarán al olvido. «Hemos recibido muchos mensajes de agradecimiento de clientes que me han emocionado», se congratula.

Estos talleres, con sus historias únicas, demuestran la importancia del legado familiar y la pasión por el trabajo bien hecho en el mundo de la mecánica y la reparación.

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