La investigación arqueológica y antropológica permite interpretar de forma objetiva el modo de vida de nuestros ancestros, y el estudio del arte paleolítico proporciona muchas pistas acerca de cómo los individuos de aquella época interpretaban el entorno y se comportaban. No sólo su interés por la reproducción, sino también su sexualidad quedan patentes en algunas de sus obras.
No cabe duda de que la reproducción humana durante la última glaciación permitió la supervivencia de la especie en lo que constituye uno de los mejores ejemplos de nuestra capacidad adaptativa.
Hace 25-15 mil años (ka), en plena última glaciación Würm, las condiciones climáticas fueron extraordinariamente duras. El clima era muy frío y seco, aunque hubo algunos períodos cortos en los que estas condiciones mejoraron. En los Alpes el nivel de nieve perpetua descendió 1.400 m por debajo del actual, lo que determinó la formación de un núcleo gigantesco de hielo en el corazón de Europa del cual descendían numerosas lenguas heladas por los principales valles hacia las llanuras.
El nivel del mar se encontraba aproximadamente 100 m por debajo del nivel actual, uniendo el sur del Reino Unido y de Irlanda al resto del continente y desapareciendo casi todo el mar Adriático. La vegetación en las zonas más próximas al hielo era estepa y tundra. Los escasos bosques, principalmente coníferas y bosque mixto, había en las regiones más meridionales de lo que hoy es Europa.
Los animales más abundantes fueron el reno junto a los límites del hielo perpetuo, en las zonas en las que abundaban agua y pastos, el bisonte y el caballo en la estepa, el mamut en la tundra, y la cabra y el rebeco en las regiones montañosas de la Península Ibérica. Estos animales sirvieron de motivo artístico, quedando plasmados en las paredes de las cuevas y en las piezas de hueso que los hombres y mujeres del paleolítico superior empleaban en sus tareas cotidianas.
En aquella época la población humana era muy limitada. La consanguinidad, la fertilidad limitada y la elevada mortalidad infantil debieron dificultar en extremo cerrar un ciclo vital. En los momentos de peores condiciones climáticas las tribus o clanes deben haber vivido sin contactar con otros seres humanos.
Sabemos que la endogamia produce una situación en la que la selección natural no puede operar, y la sociedad no está genéticamente equipada para producir la adaptabilidad necesaria para progresar. Además, en aquellas condiciones el período de fertilidad de una mujer debe haber sido muy corto. De hecho, se ha calculado que en la última glaciación la gente moría antes de los 30 años, y que menos del 5% de los individuos llegaban a los 40 años. Una mujer que estuviese en todo momento embarazada o en período de lactancia podría disponer como máximo de 15 años fértiles entre la pubertad y su muerte; pero la lactancia continuada suprime la ovulación, lo que reduce aún más la posibilidad de embarazo. Por si fuera poco, los efectos de la malnutrición también deprimen la fertilidad. La escasez de recursos alimentarios y a las inclemencias del tiempo debieron condicionar una mortalidad infantil y perinatal muy altas. En este sentido, se sabe que algunas tribus de primitivos modernos necesitan al menos 12 embarazos para que sobrevivan 1 o 2 niños.
Por todo esto resulta muy probable que en los tiempos más duros del Paleolítico Superior el crecimiento poblacional haya sido nulo.
Las cuevas y los abrigos rocosos son los lugares donde los arqueólogos recuperan los residuos acumulados de la ocupación humana en época glaciar, en los mismos lugares donde el arte rupestre ha perdurado hasta hoy. Posiblemente también hubo expresiones artísticas en rocas al aire libre, barridos ya por el paso del tiempo. De hecho, contrariamente a lo que la gente piensa, la mayoría de las personas en época glaciar vivieron en cabañas, parcialmente enterradas, de forma piramidal hechas de pilares de madera cubierta por piel de reno o de forma circular construidas con huesos de mamut, siempre en torno a un hogar central.
Entre las actividades cotidianas destacaban las expediciones, muy probablemente llevadas a cabo por mujeres y niños, destinadas al provisionamiento de sílex, colorantes y alimentos (moluscos, marisco, huevos, lagartos, bayas, frutos y tubérculos). No cabe duda de que el papel socioeconómico de la mujer era desde este punto de vista muy importante; hecho que ha llevado a diversos autores a definir la sociedad paleolítica, desde el punto de vista sexista, como igualitaria.
Si, además, tenemos en cuenta que se trataba de una sociedad sin excedentes en la que los bienes escaseaban debido a los fríos glaciares, a diferencia de las sociedades productivas del neolítico en las que la redistribución de los excedentes agropecuarios llevó a la jerarquía social, se trataba de una estructura, no sólo sexual sino también, socialmente igualitaria.
La explotación del entorno resultó posible gracias a una elevada movilidad poblacional y al establecimiento de contactos entre grupos. Estos contactos produjeron un intercambio cultural y simbólico en el que se encuadran las representaciones ornamentales y artísticas, y más concretamente el arte rupestre.
¿Qué es el arte rupestre paleolítico? | Javier Alcolea
El pensamiento antropomórfico y el arte paleolítico
El arte prehistórico nace, posiblemente, como una respuesta sicológica a la ansiedad generada por un entorno misterioso y casual. El ser humano necesita saber interpretar y controlar su entorno cambiante y la duda que estos cambios le generan. De hecho las representaciones artísticas suelen ser más simbólicas y conceptuales que realistas. A menudo mezclan diseños antropomórficos y zoomórficos, con dominancia de signos cuyo significado nos resulta desconocido.
Los hombres y las mujeres del paleolítico observaron los fenómenos naturales, aunque no pudieron explicar los mecanismos biológicos de la vida, de la procreación o de la muerte. Simplemente podían registrar los cambios que acontecían en el entorno, con una mentalidad muy observadora de éste. Cuanto mayor era su conocimiento mayores eran las dudas.
Pongamos un ejemplo: la lluvia. Cuando los hombres del paleolítico dieron nombre a la lluvia la asociaron a un ser invisible que la producía y la controlaba. De esta forma se daba una explicación suficiente para el fenómeno, evitándose así la ansiedad que producía tal misterio amenazador. Así, cuando llovía, el fenómeno parecía justificado. Generaciones después, la lluvia era una evocación directa de ese ser, y podía ser tomada como una prueba convincente de su existencia. Si se repetía un ritual cada vez que llovía, la acción mágica del rito suponía un diálogo con el ser invisible. De esta forma entendían los seres humanos paleolíticos su existencia, como un sistema dualista que condicionaba los fenómenos vitales (lluvia-sequía, abundancia-escasez, díanoche, vidamuerte) dentro de un proceso natural.
Algunos individuos, los chamanes, estaban considerados dotados de poderes de comunicación con seres sobrenaturales. El lenguaje gráfico simbólico que plasma el pensamiento mágico incluye puntos geométricos, espirales y figuras o seres híbridos alucinatorios. Estos seres se representaban como quimeras o fantasmas, mezclando figuras humanas con cornamentas, rostros y genitales de otros animales, lo que les confieren un simbolismo sagrado de base totémica.
Así, algunas propuestas interpretativas del arte paleolítico, como el totemismo y el chamanismo, comparten puntos en común. Además, diversos estudios neuropsicológicos apoyan los postulados chamánicos. En cierto modo el pensamiento mágico primitivo sobrevive hoy en los primitivos modernos, en los niños y en el comportamiento obsesivocompulsivo.
Otras propuestas interpretativas del arte rupestre, hoy bastante desacreditadas, incluyen la teoría de los ritos propiciatorios (magia de caza y magia de la fecundidad), el estructuralismo y la dicotomía sexual.
Bajo el juego de luces y sonidos de los mundos subterráneos, siempre entre el plano de lo visible y lo invisible, y de lo real y lo imaginario, parece que la única realidad universal es que no existe una explicación global compilatoria para todo el arte paleolítico y que las bases regionales referidas a una cronología particular son determinantes.
La creciente preocupación por la fertilidad y la fecundidad ha sido uno de los principales problemas de las sociedades humanas. Ya que, la fertilidad era un factor importante para la supervivencia de estos primitivos clanes. Por otro lado, subsistían gracias a la pervivencia de fértiles producciones agrícolas, pues la cosecha era uno de los factores claves para el mantenimiento y desarrollo de estas sociedades.
La vital importancia de la fertilidad en torno a estas sociedades se verá reflejada en una iconografía de carácter místico asociado con la maternidad y la fecundidad, es decir, se establecerá a lo largo de la historia un pensamiento genérico vinculado principalmente con seres y deidades femeninas atribuidas con este don de la creación. Es decir, unas primitivas imágenes antropomorfas de carácter apotropaico.
Los rituales de la reproducción humana en el arte rupestre
Aunque puede decirse que el arte paleolítico es rico y florido, las representaciones humanas son raras. Posiblemente, las mas fáciles de identificar, y uno de los más antiguos y universales motivos, sean las manos pintadas, tanto en positivo como en negativo. Se interpretan como el deseo de dejar una marca personal en un lugar sagrado, pero más probablemente sean parte de un código simbólico desconocido.
Los genitales constituyen otra forma de representación humana parcial. Son bastante infrecuentes, posiblemente menos que lo que pensaron los prehistoriadores clásicos, obsesionados por su teoría de la magia simpática de caza y de fertilidad. Ahora bien, si el arte rupestre se interpreta como un cúmulo de información estructurada, podemos admitir múltiples elementos memorísticos que ayudarían a los jóvenes a instruirse en cómo sobrevivir, mediante tácticas tanto de caza como de reproducción. Sin lugar a duda, las sensaciones que envuelven a una visita al mundo de la oscuridad, ese mundo en el que se insinúan las cosas sin verse y en el que algunos elementos que se sabe están ahí no se ven, deben haber constituido una experiencia memorable.
Pero las representaciones genitales, lejos de ser uniformes, han evolucionado con el tiempo. Los genitales femeninos "típicos" van desde los signos auriñacienses con forma de "V invertida", grabados con surco ancho en las rocas de los abrigos Cellier y La Ferrasie (35-30 ka), hasta las vulvas magdalenienses pintadas en rojo en el camarín de las vulvas de Tito Bustillo (14-11 ka), pasando por el raro conjunto de formas figurativas grabadas en época solutrense en Micolón (aproximadamente 20 ka) o los signos campaniformes de Monte Castillo. Todos ellos son diseños femeninos parciales que constituyen elementos decorativos en santuarios en los que pudo haberse realizado algún tipo de ceremonia en la que la figura sexual femenina constituía el centro del ritual (fig. 1).
Figura 1. Evolución en el tiempo de las representaciones genitales femeninas: vulvas auriñacienses grabadas en la roca del abrigo La Ferrasie (Perigord) y vulvas magdalenienses pintadas en la cueva de Tito Bustillo (Asturias).
Los genitales masculinos como representación aislada son aún mas raros, y generalmente se trata de piezas de arte mobiliario. Entre ellos destaca el falo auriñaciense en asta de hueso del abrigo Blanchard, descubierto próximo a un bloque de piedra con la representación de una vulva, ambas de más de 300 siglos de antigüedad y depositadas hoy en el museo de Saint German en Laye. En este mismo sentido, en el Museo Nacional de prehistoria de Francia en Les Eyzies hay una colección de falos de distintos materiales y tamaños, y de diversas épocas; todos ellos objetos fetichistas de posible significado decorativo y ritual (fig. 2). En Dolní-Vêstonice también se han encontrado varios ejemplares en marfil que representan pene y testículos, y podrían haber sido objetos de trueque, elementos votivos o incluso amuletos protectores de forma similar a los falos romanos.
Figura 2. Colección de diversos elementos de arte mueble de carácter fálico y diversa cronología procedentes de yacimientos europeos. Se desconoce si fueron empleados en rituales orgiásticos.
Estudiado con riguroso método arqueológico, el nivel gravetiense del abrigo de Laugerie Haute (23 ka) albergaba 2 bloques de piedra que, debido a su gran tamaño, es difícil definir si se trata de arte mueble o arte parietal y representan, respectivamente, vulva y falo. Probablemente, se trataba de elementos decorativos depositados en lugares de habitación y pudieran haber tenido una triple finalidad: estética, docente y votiva. Incluso, cabe la posibilidad de que hubiesen sido elementos transportables; lo que no cabe duda alguna es que se encontraban en el mismo estrato, lo que indica que fueron empleados en las mismas prácticas o ritos y representan de manera aislada e igualitaria ambos sexos.
Otra forma de representación genital realmente peculiar son las formas que se ajustan al soporte estructural de las paredes; me refiero a las vulvas que aprovechan grietas y oquedades más o menos modificadas con grabado o pintura. Uno de los ejemplos más formidables de este tipo de representaciones se encuentra en el techo de Chufín. Cientos de puntos rojos compuestos por digitaciones sobre piqueteado conforman una representación alrededor de un hueco natural que, a caballo entre el mundo simbólico y el mundo figurativo, los expertos consideran una vulva de época solutrense. Otra estructura rectangular, también formada por múltiples líneas de puntos observada desde lejos parece dirigirse hacia la vulva (fig. 3). Se trata solamente de una interpretación, pero este conjunto de signos puede simbolizar el coito (la penetración de la vulva por el falo); ahora bien, no debemos olvidar que desconocemos prácticamente en su totalidad el universo simbólico en el que los signos fueron realizados. Lo que si resulta evidente es que Chufin, como veremos más adelante, es otro lugar paleolítico en el que se percibe genitalidad y erotismo.
Figura 3. Techo de la cueva Chufín con conjunto de puntos (arriba). Detalles con vulva aprovechando un hueco natural (abajo izquierda) y posible falo (abajo derecha).
Representaciones humanas sexuadas
Las figurillas de Venus orondas del paleolítico superior inicial se interpretan como símbolos de fertilidad o fecundidad, expresión de una diosa Madre, al tratarse de féminas embarazadas o multíparas en un evidente canon de belleza esteatopígico. Ahora bien, estas Venus nunca van acompañadas de niños, como cabría esperar en un arquetipo de fertilidad. Más aun, el concepto de diosa o Madre Tierra más parece propio de una sociedad productiva, como la del período neolítico. Ahora bien, sí podrían plasmar un modelo estético, un canon de belleza gravetiense (entre los 30 y los 20 ma) que recorrió toda Europa; e incluso, por qué no, un ideal erótico o una especie de belleza sexual de la época. Algunas parecen estar claramente en gestación, otras no. Unas pocas tienen la vulva muy marcada, la mayoría no. Incluso algunas de ellas, raros ejemplos, tienen esbozos de genitales masculinos; hasta tal punto este estigma masculino (pene y escroto) es tan evidente en una de ellas encontrada en Grimaldi, que se le conoce como el hermafrodita (fig. 4). La mayoría han sido exhumadas en cabañas, lo que les confiere un carácter doméstico y no las restringe a presuntos templos de culto. Muchas han sido fragmentadas intencionadamente, como la Venus de Brassempouy a la que posiblemente se la decapitó.
Figura 4. Venus de Grimaldi, ejemplo de representación humana sexuada con características hermafroditas.
Diosas de la fertilidad en diversas civilizaciones
En otras civilizaciones como en la Mesopotámica, nos encontraremos con toda una amalgama de dioses y diosas asociadas principalmente con la naturaleza así como también a algunas labores como la agricultura y la ganadería. La diosa Inanna fue venerada a lo largo del río Tigris y Eúfrates. Inanna es reconocida por ser la diosa y patrona de la legendaria ciudad de Uruk. Inanna era la diosa de la fertilidad y la soberanía considerándose como la diosa y madre de todo el poblado.
Figura 1. Isis amamantando a su hijo Horus, Walters Art Museum, 680-640. Isis es entendida como la protectora eterna de de su hijo Horus y de su esposo Osiris, a su vez era la diosa encargada de anunciar las crecidas del río Nilo, una función esencial para el desarrollo de esta cultura, pues subsistían principalmente de la agricultura.
Isis es entendida como la protectora eterna de de su hijo Horus y de su esposo Osiris, a su vez era la diosa encargada de anunciar las crecidas del río Nilo, una función esencial para el desarrollo de esta cultura, pues subsistían principalmente de la agricultura.
Asociada con las cosechas, la agricultura y la maternidad, Deméter jugará un papel fundamental en el desarrollo de la mitología griega. Este relato ejemplifica la importancia de las estaciones del año, y con ello, el papel fundamental de Deméter sobre la naturaleza, pues ella será la encargada principal del desarrollo de la vegetación y con ello, de la fecundidad en la tierra, proporcionando nuevos alimentos y fertilizando las vastas tierras.
Figura 2. Ceres y Pan. Frans Snyders, Colecciones del Museo del Prado, 1615-1620.
Equivalente a la diosa griega Deméter, nos encontramos a la diosa Ceres como símbolo de prosperidad y maternidad en los diferentes rituales de la antigua Roma.
Figura 3. Diosa Coatlicue.
Las numerosas representaciones y aportaciones iconográficas vinculadas con las diosas y las madres dentro de la religiosidad en las diferentes civilizaciones son una fuente primordial para la comprensión y entendimiento de la concepción unitaria y la importancia residente en la supervivencia, de la mano de la agricultura y la fecundidad, entendida en sí misma como un poder ancestral, único y necesario para el desarrollo y longevidad de las diferentes tribus y clanes que han participado a lo largo de la historia, cuyo legado no deja indiferente las fuentes históricas artísticas y escritas.
En este artículo se ha abordado las diferentes representaciones artísticas de las principales diosas asociadas con la tierra y la fertilidad, estableciendo consigo una importancia vital para el desarrollo de las diferentes civilizaciones que han perdurado a lo largo de la historia.
La infertilidad a través de la historia
Desde los albores de la civilización la infertilidad se ha vivido como una amenaza para la supervivencia, constituyendo un gran problema social y médico.
En el Neolítico, el cambio de una sociedad nómada y cazadora a otra sedentaria y agricultora otorgó más protagonismo a la figura femenina. La mujer tiene en esta época un papel central, relacionando directamente la fertilidad con la capacidad de fecundidad de las tierras donde vivían.
La copulación se comparaba con la siembra y la lluvia, la concepción con la germinación, la gestación con la maduración y el nacimiento con la cosecha. En las antiguas Grecia y Roma existían diferentes danzas de la fertilidad basadas en movimientos de caderas y vientre.
En la época romana anterior a la moral cristiana, se afrontaban con cierta normalidad algunos aspectos relacionados con la sexualidad y las representaciones fálicas no sólo estaban toleradas, sino que se creía que aportaban suerte y protección, además de fertilidad.
El papiro Kahoun es, nada más y nada menos que, el texto médico más antiguo conocido, y quizá el primer tratado de ginecología (1900 a C). Los egipcios fueron capaces de desarrollar un diagnóstico precoz del embarazo. La técnica consistía en que las mujeres supuestamente embarazadas orinaban sobre una mezcla de trigo y cebada combinada con arena y dátiles.
En la civilización egipcia ya se sabía que las causas de la infertilidad no eran sólo debidas a la mujer, sino también al varón y, por tanto, no se trataba de un castigo divino, sino una enfermedad que debía ser diagnosticada y tratada.
Los hebreos tenían una mentalidad predominada por la noción del pecado original. En esta civilización las mujeres no disfrutaban de derechos y libertades, y podían ser repudiadas por los varones. La infertilidad se consideraba un castigo divino y era siempre atribuido a la mujer; la infertilidad masculina no era reconocida.
En la Edad Media tiene un gran valor en la historia de la fertilidad, en esta la procreación se consideraba como algo necesario, por eso los médicos de esta época utilizaron desarrollaban técnicas para diagnosticar el origen de la infertilidad, atribuida siempre a la mujer en occidente.
Los médicos del medievo ya se dieron cuenta que la infertilidad afectaba tanto a mujeres como hombres, o al menos eso muestran los textos antiguos. Un remedio curioso para la fertilidad masculina, originado durante la Edad Media, se basaba en moler testículos secos, de animales, y beberlos mezclados con vino.
El Renacimiento supuso un enorme progreso a nivel científico en esta área, sobre todo a partir del siglo XVI. En 1891, Walter Heape fue el primer científico en recuperar un embrión preimplantatorio mediante el lavado del oviducto de una coneja; dicho embrión fue transferido posteriormente a una receptora, en la cual continuó su desarrollo normal. Hasta la primera y segunda década del siglo XX no se empezó a desarrollar la Endocrinología Reproductiva.
Hoy en día sabemos, sin lugar a duda, que las causas de la infertilidad pueden deberse por igual tanto a la mujer como al hombre.
| Civilización | Deidad Principal de la Fertilidad | Características |
|---|---|---|
| Mesopotamia | Inanna | Diosa de la fertilidad, soberanía y madre del poblado. |
| Egipto | Isis | Protectora de Horus y Osiris, asociada con las crecidas del Nilo y la agricultura. |
| Grecia | Deméter | Asociada con las cosechas, la agricultura y la maternidad. |
| Roma | Ceres | Símbolo de prosperidad y maternidad. |
