La placenta es un órgano esencial para el desarrollo y la evolución del embarazo. Sin ella no es posible la vida, siendo fundamental en la gestación al convertirse en una conexión vital entre la madre y el bebé en crecimiento. Entre sus importantes funciones se encarga de transmitir los nutrientes necesarios al feto, eliminar los desechos del bebé, suministrarle oxígeno y fabricar hormonas esenciales para que el embarazo pueda seguir adelante.
Durante el embarazo, la placenta se adhiere a la pared uterina, desprendiéndose y siendo expulsada posteriormente después del nacimiento del bebé (esto es, después del parto). Sin embargo, la conocida como placenta accreta es una complicación grave del embarazo que puede ocurrir cuando la placenta se adhiere de forma tremendamente profunda a la pared del útero.
Conocida también bajo el nombre de "placenta adherida", es en realidad una afección grave que puede ocasionar complicaciones en el momento del parto. Consiste en una de las complicaciones más frecuentes.
Representación gráfica de la placenta accreta.
¿Qué es la placenta accreta?
La placenta accreta, conocida también médicamente como acretismo placentario, es una afección grave que ocurre durante el embarazo. Se produce cuando la placenta se adhiere profundamente a las paredes uterinas. De esta forma, aunque la placenta comúnmente se desprende de esta pared después del nacimiento del bebé, si existe placenta accreta es posible que parte de la placenta, o su totalidad, permanezca unida al útero después del parto, lo que puede causar una pérdida de sangre grave.
Se empieza a formar desde el mismo momento de la implantación del embrión en la pared uterina, algo que ocurre alrededor de 7 días después de haberse producido la concepción/fecundación, a partir de las mismas células provenientes tanto del espermatozoide como del óvulo que igualmente han permitido el desarrollo del feto. Cuando el embrión llega al útero y se implanta (anida en el endometrio), se forma el trofoblasto y el amnioblasto. Mientras que el amnioblasto es la capa interna que da origen al embrión, el trofoblasto es su capa externa, que finalmente dará origen a la placenta. Ésta evoluciona hacia las vellosidades coriales, que se insertan en el tejido materno de la misma manera que si fueran las raíces de un árbol, adheriéndose a la pared del útero.
La placenta se puede localizar en cualquier situación de la pared uterina: anterior, posterior, lateral, fúndica (en el fondo uterino). Cualquier posición es buena excepto en la porción baja del útero y sobre el cuello uterino pues hace imposible que el feto atraviese el canal del parto. En este caso, la placenta se llama previa y es indicación de cesárea.
En un embarazo, la placenta es la encargada de transmitir los nutrientes y el oxígeno de la madre al embrión hasta que se produce el parto.
Funciones de la placenta
La placenta tiene tres funciones importantísimas:
- Intercambio de sustancias entre la madre y el feto: por un lado, hace llegar al feto oxígeno y nutrientes para que pueda desarrollarse y por otro lado actúa de filtro depurando los productos de desecho que elimina el feto en su metabolismo, actuando a modo de pulmón y riñón fetal.
- Función inmunológica y de barrera: impidiendo el paso de determinadas sustancias o agentes nocivos y permitiendo el paso de algunos anticuerpos beneficiosos.
- Función endocrina: segregando gran variedad de hormonas muy importantes para que el embarazo pueda desarrollarse con normalidad.
¿Cuándo ha de desprenderse?
La placenta es, pues, un delicado órgano con una función primordial sin la cual el feto no podría sobrevivir y es imprescindible hasta el mismo momento en que el recién nacido sale al exterior. Su desprendimiento prematuro, antes de que el feto esté fuera, podría tener consecuencias catastróficas si no se extrae el feto con extrema urgencia. Esto es una complicación grave del embarazo llamada Desprendimiento Precoz de Placenta.
Por el contrario, una vez sucede el parto es necesario que la placenta se desprenda y salga completamente pues su permanencia en el útero o de un fragmento de la misma ocasionaría sangrados muy importantes. La placenta durante el embarazo está adherida de forma firme pero delicada a la pared uterina, pero después del parto normalmente se desprende de forma espontánea. Después de salir el feto, el músculo uterino se contrae, y debido a su elasticidad sus paredes se reducen a la mitad en su longitud, por lo que la placenta, que no tiene esa elasticidad, se despega pues el tejido sobre el que estaba fijada se reduce.
Ejemplo: Imaginemos que tenemos un globo hinchado con una pegatina adherida no muy firmemente a su superficie. Al deshinchar el globo la pegatina se desprendería. Así sucede en un parto con una placenta normal.
Trastornos del espectro de la placenta acreta
¿Por qué es tan grave? ¿Cuáles son sus complicaciones?
La placenta accreta es considerada como una complicación del embarazo potencialmente mortal, especialmente si este tipo de placenta no es detectada hasta el momento del parto. No obstante, en la mayoría de los casos las mujeres con placenta accreta son diagnosticadas en algún momento del embarazo, por lo que al llegar el momento del parto, los médicos generalmente llevarán a cabo un cesárea temprana, para luego extraer el útero de la mujer, un procedimiento conocido con el nombre de histerectomía.
Placentas Anómalas
Pero existen variedades de placentas anómalas, de baja incidencia, afectando uno de cada 2.500 embarazos, que no permiten un desprendimiento normal porque infiltran en grados crecientes de severidad el grosor del músculo uterino.
- Placenta ácreta: está anormalmente adherida a la pared uterina, no existe el plano de separación entre ambos órganos con lo cual al intentar despegarla el útero sangra.
- Placenta íncreta: está tan infiltrada en el interior de las fibras musculares que invade literalmente su grosor siendo imposible su despegamiento.
- Placenta percreta: es el grado máximo y menos frecuente, constituyendo el 5% de estas placentas anómalas.
Placenta percreta
Se produce cuando la placenta invade completamente la totalidad de la pared uterina, traspasándola, y llega a infiltrar órganos vecinos, como la vejiga urinaria, el intestino o el epiplón (pliegue del peritoneo -tejido delgado que reviste el abdomen- que rodea el estómago y otros órganos del abdomen).
Representación gráfica de la placenta pércreta.
En cualquiera de los casos se producirá una profusa hemorragia que requerirá muy probablemente una histerectomía (extirpación del útero) de urgencia tras el parto y muy a menudo transfusiones de sangre para solucionar la emergencia. En el caso de la placenta pércreta además la invasión de los órganos vecinos dificulta de gran manera la cirugía urgente y tiene una importante tasa de mortalidad.
¿Cuáles son sus causas?
No se sabe exactamente cuáles son las causas de la placenta accreta. Sin embargo, los médicos creen que puede tener relación con irregularidades existentes en el revestimiento uterino, y niveles elevados de alfafetoproteína, una proteína producida por el bebé, y que puede ser detectada en la sangre de la madre. Cuando existen irregularidades en el revestimiento del útero éstas pueden deberse a una cirugía uterina anterior, o a un parto anterior por cesárea. La presencia de estas cicatrices permiten que la placenta crezca profundamente en la pared uterina.
Pero en algunos casos, la placenta accreta se produce en mujeres que no tienen antecedentes de placenta previa, parto por cesárea o de cirugía uterina, y no se conocen los motivos reales por los que surge esta complicación.
Existen dos factores de riesgo que incrementan la aparición de placenta adherida o acreta:
- La localización de la placenta dentro del útero materno. La mala implantación (placenta previa, sobre el cuello del útero o en zonas uterinas poco comunes, como cicatrices) hace que aumenten las complicaciones.
- Las cirugías previas sobre el útero, ya sea por cesáreas previas, miomas o problemas pélvicos.
Los factores de riesgo más importantes para presentar placenta adherente son:
- Cesárea previa (el más importante)
- Embarazo con cicatriz de cesárea previa
- Mujeres multíparas (que ha tenido múltiples partos)
- Placenta previa (una de cada 10 mujeres con placenta previa desarrollan placenta adherente)
- Miomas uterinos
- Endometritis
- Antecedente de cirugía uterina (miomectomía, legrado, ablación endometrial, etc.)
- Edad materna mayor de 35 años
- Historia de irradiación pélvica
- Procedimientos de fertilidad (fecundación in vitro)
Las cirugías uterinas previas: cesáreas previas, legrados… son factores de riesgo que favorecen este tipo de placentas y es muy difícil diagnosticarlas antes del parto.
¿Cómo se diagnostica?
Como te comentábamos en un apartado anterior, en ocasiones la placenta accreta aparece durante el parto, lo que significa que con anterioridad no ha podido ser encontrada por parte del médico. No obstante, en ocasiones la presencia de esta placenta es diagnosticada durante las pruebas de ultrasonido de rutina. Son pruebas comunes que permiten verificar la presencia de placenta accreta. Y si existen algunos factores de riesgo conocidos es posible la realización de un análisis de sangre en el que se estudien si existen -o no- valores altos de alfafetoproteína.
El diagnóstico se realiza fundamentalmente mediante ecografía. En ocasiones, se puede recurrir a la resonancia magnética nuclear. Si en los años 50 se presentaba en 1 de cada 25.000 partos, ahora la incidencia es de 1 caso por cada 2.500 nacimientos. El auge de las cesáreas y de las cirugías pélvicas están detrás de muchos casos de malas implantaciones placentarias.
Normalmente no hay signos de alarma hasta el parto pero es posible detectarlo mediante el ecógrafo.
¿Cómo es el tratamiento?
Debemos tener en cuenta que, en realidad, cada caso de placenta accreta es distinto, pero si el médico ha podido diagnosticar la presencia de este tipo de complicación en algún momento del embarazo (y, por tanto, antes del parto), creará un plan con el que asegurarse de que el bebé nazca de forma segura. Los casos graves de placenta accreta son tratados mediante cirugía. En primer lugar, los médicos llevan a cabo un parto por cesárea para que el bebé nazca. En segundo lugar, pueden realizar una histerectomía (extirpación del útero), como medida preventiva para evitar la pérdida de sangre grave, la cual puede ocurrir cuando parte de la placenta -o su totalidad- queda adherida al útero después del parto.
Si se detecta previamente al parto el tratamiento de elección es la cesárea con histerectomía (extirpación del útero) alrededor de las 34-35 semanas de gestación. En aquellas mujeres que deseen tener más hijos, se puede contemplar conservar el útero realizando únicamente la cesárea, aunque tiene sus complicaciones y no siempre es viable.
Cuando la mujer desea volver a quedarse embarazada en un futuro, existe una opción de tratamiento que puede ayudar a preservar la fertilidad. Consiste en un procedimiento quirúrgico en el que se deja gran parte de la placenta en el útero. Sin embargo, estas mujeres pueden tener un riesgo mayor de complicaciones.
El tratamiento conservador de la placenta accreta puede ser una alternativa en casos seleccionados cuando se desea preservar la fertilidad de la paciente. Puede reducir la necesidad de transfusión, evitando además las eventuales complicaciones de la cirugía o del intento de extirpación de la placenta.
El metotrexato reduce la vascularización placentaria y produce necrosis, por lo que se ha empleado en el tratamiento médico de esta entidad.
Ecografía: tejido placentario en fondo uterino. Miometrio adelgazado.
Resonancia magnética. Placenta increta.
Resonancia magnética. Cavidad uterina vacía.
