La maternidad, un tema tan trascendental como recurrente, ha sido explorado a lo largo de la Historia del Arte. Desde las representaciones divinas hasta las interpretaciones modernas y feministas, las obras de arte reflejan la evolución de este concepto a través del tiempo.
Orígenes Prehistóricos: La Venus de Willendorf
Para comprender este concepto, es necesario remontarse a la Prehistoria, donde las llamadas Venus paleolíticas representan un claro ejemplo de la escenificación del cuerpo femenino. La más conocida, sin lugar a dudas, es la Venus de Willendorf, datada en torno al 25.000 a.C. Su notable voluminosidad sugiere una posible conexión con su funcionalidad, aunque no existen pruebas concluyentes sobre el propósito específico de su creación.
Maternidad y Divinidad en las Civilizaciones Antiguas
En las primeras culturas, las civilizaciones egipcias, griega y romana, la maternidad a menudo solía estar relacionada con divinidades femeninas que simbolizaban la fertilidad y la creación. En el Antiguo Egipto, la diosa Isis estaba estrechamente vinculada a este rol, siendo conocida, entre otros, por el mito del nacimiento de su hijo Horus. El parto y los cuidados maternos a seguir eran de gran relevancia en esta época. Incluso existía un documento que recogía remedios ante la imposibilidad de embarazo (Arroyo de la Fuente: 2011, p.
Deteniéndonos en la iconografía de Isis amamantando a su hijo Horus, ésta guarda un notable paralelismo con la representación cristiana de la Virgen de la Leche, donde la Virgen María amamanta al Niño Jesús. Esta semejanza no es nada casual, ya que ambas imágenes simbolizan la protección.
La Maternidad en la Edad Media y el Renacimiento
En la Edad Media, el concepto de maternidad estaba moldeado por roles y patrones específicos que las mujeres debían seguir en función del contexto histórico y cultural de la época. En el corpus alfonsí, se recogen diversas ideas en torno al concepto de mujer como madre y procreadora, así como sobre la familia y el matrimonio (Cecilia Quiroga, 2017, pp. 39-67). La figura de la Virgen con su hijo es una de las imágenes más icónicas de este periodo, como se puede observar en las representaciones de la Theotokos, donde la Virgen aparece sosteniendo al Niño como su trono.
Con la llegada del Humanismo, esta idea de la maternidad fue transformada bajo esta nueva corriente de pensamiento. En España, las representaciones de la Virgen de la Leche, retomando el paralelismo previo con Isis y Horus, continuaron siendo populares y adquirieron un significado más profundo que transcendía la devoción. Estas imágenes no solo fomentaban esta veneración, sino que también eran utilizadas como instrumentos educativos, para transmitir esos ideales sobre el cuidado y los valores familiares (Castiñeyra Fernández, 2019, pp.
El Barroco: Emoción y Simbología Religiosa
Del Barroco habría que resaltar la combinación de lo emocional y la simbología religiosa junto con una visión humana e íntima del rol de la madre.
Siglos XIX y XX: La Maternidad en Contextos Cotidianos
No obstante, no será hasta los siglos XIX y XX, con la llegada de los nuevos aires revolucionarios, cuando aparezcan representaciones de la maternidad en contextos populares y cotidianos, trascendiendo de las figuras de reinas y temas religiosos. En estos periodos, los artistas y, en especial ellas, comenzaron a explorar la maternidad en escenas de la vida diaria, mostrando a mujeres de distintas clases sociales en su rol de madres, en lugar de figuras idealizadas, pasando incluso penas y calamidades o, en el caso de Frida Kahlo, retratando su propio dolor tras un aborto.
Avanzado el siglo XIX, las mujeres empezamos a ganar derechos sociales, lo que dio pie a que creciese el número de artistas femeninas. Gracias a una mayor presencia y reconocimiento de las mujeres en el panorama artístico, las obras auténticas y diversas de la maternidad han ido expandiéndose exponencialmente. Esta toma de terreno en el arte hizo posible que la maternidad empezara a representarse de manera mucho más diversa, fiel a la realidad y sin el arquetipo de Virgen María cargado de unilateralidad masculina. Podemos decir que la maternidad empezó a hacer visible sus facetas más difíciles en el arte unos cien años atrás. Tomaremos como referencia indiscutible de esta exposición de la realidad a Frida Kahlo.
Su obra rompió el mito por completo, se aferró a una realidad muy cruda, la suya, más que a las expectativas. Su débil estado de salud, consecuencia de un accidente de autobús que le derivó en mil complicaciones, marcó su vida por completo. Uno de los mayores frenos que le supuso fue la imposibilidad de ser madre tras sufrir tres abortos, lo que pasaría a formar parte de la identidad de la obra pictórica de la artista. La obra inconclusa Frida y la cesárea, de 1931, relata un proceso quirúrgico que los médicos le propusieron para que pudiese dar a luz teniendo en cuenta sus complicaciones. Esta, junto con Henry Ford Hospital y Frida y el aborto, pertenecen al grupo de las piezas en las que la pintora expresa su dolor y desgarro frente a la imposibilidad de la maternidad.
Junto a Elisabeth Catlett y Alice Neel, Louise Bourgeois utilizó la maternidad como hilo conductor de su obra. Después de sus dos embarazos, Bourgeois desarrolló miedo a caerse por el peso, lo que plasmó en Girl Falling, dibujo de una mujer embarazada que parece llevar en su vientre más peso del que puede soportar. El miedo que tuvo durante el embarazo le acompañó una vez nació su hijo, por lo que ese temor se extendió ante la sensación de que no iba a poder protegerlo.
Y del arte a la documentación propia de los años 70. Mary Kelly es artista, escritora y una de las referentes contemporáneas implicada en las causas sociales, que publicó Post-partum Document. Quiso documentar con restos de vida cotidiana el día a día de una madre con su hijo -y sus correspondientes trabas-. Lo lógico es huir del pañal recién quitado de un bebé, pero la autora quiso cargarlo de significado enmarcando restos de excremento junto a la receta de las primeras papillas de su hijo.
Marlene Dumas, Judy Chicago, Kara Walker… Todo un elenco de mujeres artistas contemporáneas luchan hoy en día para que los tabúes se conviertan en obras poderosas que cambien la concepción de la maternidad y que, en ocasiones, son pura autobiografía. Eso nos lleva a cuestionarnos si es compatible ser madre y artista.
Decía Renoir, desde lo más profundo de su repugnante misoginia, que una mujer artista era «sencillamente ridícula». La romantización de la maternidad, la elevación a un plano idealizado, y en muchas ocasiones religioso, ha sido el reflejo de la perspectiva masculina en el arte hasta el siglo XIX. Jean Fouquet, Caravaggio o Leonardo da Vinci son solo tres ejemplos de cómo la historia del arte occidental, en clave de maternidad, se ha forjado a partir del machismo sin conocimiento de causa. El resultado es el aprendizaje de una sociedad que se ha nutrido de una versión totalmente edulcorada del hecho de ser madre.
En una conversación con Esther Vivas, periodista, activista y escritora del libro Mamá desobediente, ella lo sentenciaba de esta manera: «Tenemos una imagen edulcorada de la maternidad, fruto del discurso que tenemos desde hace años. Y todo aquello que es percibido como un fracaso social de la maternidad, desde la infertilidad pasando por una pérdida gestacional hasta una depresión posparto, no se nombra. Hablar en voz alta de estas experiencias ayuda a normalizarlas y a vivirlas con menos culpa y soledad».
Por el modo en que se suele tratar a las madres que dan el pecho en público, se podría pensar que es un tipo de costumbre moderna y tabú. Pero como esta potente cuenta de Instragram demuestra, no hay nada más alejado de la realidad.
Las imágenes publicadas en Breastfeeding Art sirven como un recordatorio importante de que dar el pecho es un fenómeno totalmente normal que ha acompañado a la maternidad a lo largo de la historia. Desde pinturas, esculturas y tapices con siglos de historia hasta fotografías contemporáneas e incluso arte para comérselo; cada imagen aporta "inspiración y contexto histórico-cultural a las madres que amamantan", según describe la cuenta.
‘Joven madre dando el pecho a su bebé’. Mary Cassatt, 1906. Óleo sobre lienzo. 99.1 x 80.3 cm.
Leigh Pennebaker, artista y madre de tres niños, lanzó Breastfeeding Art en febrero y en estos meses la cuenta ya ha conseguido más de 10.000 seguidores.
"Recopilar representaciones artísticas de amamantamiento me ha animado e inspirado personalmente como madre que da el pecho. Compartir estas imágenes con el mundo es mi forma de dar la cara por las madres y los bebés; es mi forma de decir: ‘Eh, no nos pueden marginar en 2015’", contaba Pennebaker a The Huffington Post.
Detalle de ‘La niña de las flores’, de James Jebusa Shannon, 1900. Óleo, 33×26. "Pintado cuando el artista y su familia estaban de vacaciones en Eastbourne en 1900. La mujer era una florista con la que se encontraban cada mañana en su camino hacia la playa. Ella aceptó posar para Shannon con su ropa de trabajo mientras amamantaba a su bebé. La hija del artista, Kitty, recuerda que su padre pidió a la florista que fuese ‘exactamente como eres, con el bebé, la cesta de flores, la blusa blanca con los lunares negros y el viejo sombrero de paja’".
Publicado en: ‘Mary Chamot, Dennis Farr and Martin Butlin, The Modern British Paintings, Drawings and Sculpture’, London 1964, II.
‘Caridad con cuatro niños’, del escultor Gian Lorenzo Bernini (1627-28), del período barroco.
"Estas fotografías fueron un regalo para el Día de la Madre. Creo que ya va siendo hora de dejar de avergonzarnos por nuestro cuerpo después de tener hijos. Sí, algunas mujeres se recuperan con mucha facilidad y eso está genial. Para otras (muchas), no es el caso y por eso se avergüenzan. Te voy a decir algo, querida: tu cuerpo ha sido un recipiente y ha dado vida. Es maravilloso. Tanto hombres como mujeres tenemos que dejar de ridiculizar el cuerpo de las madres. Estoy orgullosa de estas imágenes y, si al publicarlas soy capaz de animar al menos a una mujer, habrá valido la pena".
Detalle de ‘Milk’ [Leche], de Helene Knoop (1979, Drøbak, Noruega). Se trata de un autorretrato, del que la artista ha afirmado: "La eterna imagen de una mujer y un niño siempre me ha fascinado; pero no me afectó directamente hasta que no me convertí en el motivo. En la pintura estamos mi primer hijo y yo. De hecho, la pinté mientras le daba el pecho. El color del fondo tenía que ser el color del sentimiento; un blanco verdoso brillante en contraste con la palpitante piel.
Cuadros como este demuestran lo adelantados que estaban algunos artistas a su tiempo. Aquí Daumier es puro expresionismo 50 años antes de la aparición oficial de este movimiento. En general, los cuadros de este artista pueden parecer inacabados, como abocetados. Son pequeñas obras en las que destacan la fuerza del trazo o esos claroscuros extraordinarios. Todo para potenciar la expresividad trascendiendo del realismo al que en teoría pertenecía. Recordemos que Daumier era un maravilloso caricaturista, y es normal que su arte esté marcado un trazo rápido. Lo realmente importante para él era transmitir un mensaje, y trasmitirlo bien. El mensaje que quiere transmitirnos Daumier con esta esta madre sin rostro de la mano de unos niños sin rostro es probablemente sobre su sociedad y su momento histórico. Unas figuras anónimas en una atmósfera fría, pero son figuras que se mantienen en pie quizás apoyándose en una dignidad que podemos percibir aún sin conocer el contexto. ¿Podría ser esta una encarnación de la dignidad de los pobres anónimos del mundo? ¿Una metáfora de una injusticia social? ¿Una denuncia a la tiranía frente a los valores republicanos? No podemos ignorar que eran los tiempos de Napoleón III, un tipo que instauró un régimen que limitó las libertades individuales y los derechos civiles, y fue muy poco popular entre artistas como Daumier por cosas como censurar la prensa, medio en el que el caricaturista daba rienda suelta a su lado más ácido.
La maternidad en el arte
La Navidad y la Maternidad en los Museos de Castilla-La Mancha
La historia de la Navidad resurge con cada solsticio de invierno, alumbrando en su cíclico devenir el amanecer de un nuevo año. Como cada año, el óculo del Panteón de Agripa irradia la potencia direccional de un rayo de luz cenital que parece recordarnos este legado eterno. Los Museos de Castilla-La Mancha preservan reveladores testimonios en óleo, cerámica y piedra de este patrimonio. La iconografía mariana es uno de los emblemas de este relato y el Gótico, sin duda, el periodo en el que la representación virginal ha sido más recurrente.
El Museo Provincial de Albacete exhibe una Cruz de Término del siglo XV. Rematada por florones crucíferos, en una de sus caras se yergue la imagen de un Calvario y en la otra, una Virgen erguida con el niño en sus brazos. Levantada sobre una base original, su icono mariano nos recuerda al parteluz de portadas como la de la Catedral de León. A los pies de la Cruz, un ángel despliega una filacteria. La Virgen Madre coronada es flanqueada por los arcángeles Rafael y Miguel, patronos del tránsito de los viandantes.
El Museo Provincial de Cuenca conserva otra interesante Virgen Gótica entronizada con reliquias polícromas. Es ésta una pieza clave a la hora de analizar la transición del Románico. Con él comparte una marcada frontalidad, tímidamente frustrada por el giro del infante. Éste conecta emocionalmente con un rostro maternal que esboza una ligera sonrisa. Su probable adaptación original al marco arquitectónico de una portada monumental explica su composición y dimensiones. El siglo de las Cantigas a Santa María de Alfonso X el Sabio se plasmó en nuestra región con una singular belleza escultórica. Los museos regionales son depositarios de dos representaciones marianas emblemáticas, la imagen exenta de Cuenca y el relieve de Albacete, datadas respectivamente a comienzos y finales del Gótico.
Sale ahora a nuestro paso un curioso icono mariano conservado en el Museo de Ciudad Real. El convento de La Merced cuenta entre sus fondos con una interesante imagen en soporte de cobre de la Virgen, tocada por un manto de tonos azulados y ribetes dorados. De anónima autoría, su tipología y factura sitúan su cronología en el siglo XVI. María, bajo la mirada del Gótico y el Renacimiento, es revisitada ahora por el Barroco. El Museo Provincial de Guadalajara custodia el cálido sentir de la maternidad trazado por el virtuoso pincel del gran Alonso Cano (1601-1667). Alrededor de 1659 el célebre pintor firmó este óleo sobre lienzo.
Con reminiscencias en el Antiguo Egipto, en su estatuaria ya se prodigaban profusas imágenes de Isis amamantando a Horus. En la Edad Media, la Galactotrofusa bizantina sería asimilada por la iconografía occidental. Esta transferencia fue especialmente intensa a partir del siglo XIII, en un proceso de revitalización de la función intercesora de la Virgen en el escenario representativo del Gótico al que hemos aludido. Ya en el inicio del siglo XV los Primitivos Flamencos inmortalizarán a la Virgen nutricia en sus tablas. Un gran maestro del Barroco retoma esta tradición iconográfica en una famosa obra del Museo de Guadalajara. Gestada en el momento del mayor impulso creativo de Alonso Cano, el artífice de la dulzura barroca entronca en esta obra con la tipología de la Madonna de Rafael Sanzio. El intimismo de la escena implica de forma emotiva al observador mediante el escorzo del niño. La luz reaparece a estas alturas del relato para inundarlo todo.
Continuemos por la senda del Barroco. La temática de la Lactatio Bernardi se remonta a la Reforma del Císter. San Bernardo de Claraval es alimentado por la virgen durante una visión. La estatua virginal cobra vida ante un Bernardo orante que recibe la leche materna de la Madre de Dios. El lienzo del Museo Provincial de Toledo está datado en 1634 y es obra de Vicente Carducho (1576-1638), quien enmarca la escena de la curación milagrosa en el interior de una arquitectura abovedada con un retablo dorado. El Museo de Santa Cruz cuenta entre sus fondos con esta reveladora obra del autor de los Diálogos de la Pintura.
Sin movernos de Toledo, su Museo Provincial nos brinda una de las obras pictóricas más conocidas de El Greco (1541-1614), La Inmaculada. Depositada en el antiguo Hospital de Santa Cruz, integraba originariamente un retablo de la Capilla de doña Isabel de Oballe en la parroquia toledana de San Vicente. Los toques de luz en las pupilas de María intensifican una conexión sin parangón con el Espíritu Santo y el misterio de la Encarnación. En un excelso alarde simbólico, identificado con la estética de Domenikos, la imagen mariana se eleva hacia su destino.
Fruto de la reforma del Concilio de Trento, en el siglo XVII fueron copiosas las representaciones de las visiones de santos. Para este capítulo visitaremos el Museo Provincial de Ciudad Real, donde se conserva una extraordinaria Aparición del niño Jesús a San Antonio de Padua. Exponente del Barroco cortesano, Carreño de Miranda concibió esta composición como un gesto de amor de Jesús niño, que penetra en la celda del santo medieval para elogiar una vida de virtud. La devoción a San Antonio de Padua fructificó en la Edad Moderna, siendo ampliamente representada como manifestación de la Devotio Moderna. Maternidad, pureza y virtud se entrelazan en nuestra Historia de la Navidad.
El Barroco fue, sin duda, el periodo en el que la Virgen María y Jesús niño trascendieron el pesebre para adentrarse en espacios habitados por santos, imbuidos de su presencia a través de visiones y apariciones. Entretejido como hilo de este relato, reaparece el vínculo materno filial, en su trasposición a los nobles materiales de la madera o la piedra. Concretamente, el de Cuenca alberga una Maternidad creada por el cincel de Leonardo Martínez Bueno (1915-1977) en el periodo comprendido entre 1950-1960. Labrada en piedra caliza, un regazo femenino sostiene con ternura la infancia. De formas redondeadas y ausencia de pulido en su acabado, la ondulación se alza en trasunto de la dulzura de la Madonna renacentista que inspiró a Alonso Cano. La preeminencia del volumen en detrimento del detallismo entronca con las esculturas de los Esclavos de la Academia de Florencia.
Trasladémosnos ahora al Museo Provincial de Guadalajara, donde la genialidad de La Roldana, materializada en el modelado de terracota policromada, se convierten en motivo de una nueva visita. En este caso, el Barroco devocional nos detiene en Los primeros pasos de Jesús. La cotidianeidad del asunto nos transmite el intimismo de una madre que sostiene con un paño a un bebé que alza sus brazos hacia la figura de San José. Sentado en su banco de madera, éste se inclina hacia adelante para recogerlo. Dos ángeles contemplan la escena. La Roldana creó ambas obras cuando ya había sido designada escultora de cámara de Carlos II. Llegaron al Museo de Guadalajara procedentes del monasterio de Sopetrán por donación de Felipe V.
La cerámica artística de Vila Más nos vuelve a situar en el siglo XX. Componen este belén, proveniente de la fábrica constituida en 1950 por Pascual Vila Más, seis de las veintiocho figuras creadas originalmente. Se abastecía de las canteras de arcilla de Chinchilla de Montearagón, propiedad de su fundador. El escultor Antonio Garrigós Giner había fundado en Murcia, junto al escultor albaceteño Clemente Cantos, el taller “Bellos Oficios de Levante" en 1923. Técnicamente, se observa el procedimiento del moldeado de pasta cerámica policromada en frío con una técnica que recuerda el estofado aplicado a la imaginería.
El Museo de Albacete custodia, por una donación, las figuras de la Sagrada Familia, un ángel y dos pastorcillas que portan respectivamente un cesto de frutas y una pandereta, elaboradas entre 1950 y 1955.
La luz ha guiado este especial relato de Navidad. La imagen artística ha ido escribiendo con su particular lenguaje las páginas de una historia que culmina aquí con una alabanza, la que se pronuncia en honor del simbolismo que subyace y resurge cíclicamente en los postreros suspiros del año. Os animamos a visitar los Museos de Castilla-La Mancha y conocer todas estas obras.
