San José: Paternidad, Historia y Legado

La figura de san José resulta especialmente luminosa a la hora de entender la paternidad y la esponsalidad en toda su hondura antropológica. En efecto, no debiéramos referirnos a María sin tener en cuenta a José. De la mano de la mujer más maravillosa de la historia -María-, estuvo y está José. Dios Padre quiso que su hijo Jesús naciese y creciese rodeado de esa experiencia de comunión esponsal entre María y José.

San José y el Niño Jesús. Fuente: opusdei.org

San José en el Magisterio Pontificio

Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio. Al cumplirse 150 años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara Patrono de la Iglesia Católica, el Santo Padre desea compartir “algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana.

El Papa Francisco expresa «aquello de lo que está lleno [su] corazón». En este tiempo de crisis y de pandemia, nuestras vidas están sostenidas por personas comunes que no aparecen en los titulares de los diarios, y sin embargo marcan nuestra vida: «médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo […] Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración». Todas las personas que trabajan, rezan y sufren por el bien común «pueden encontrar en san José -el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta- un intercesor, un apoyo y una guía.

En el transcurso de la Carta, el Papa nos confía también la relevancia cotidiana que para él tiene el santo. Cada día, desde hace 40 años, concluye el rezo de los Laudes con una oración: «Glorioso patriarca san José, cuyo poder sabe hacer posibles las cosas imposibles, ven en mi ayuda en estos momentos de angustia y dificultad. […] Que no se diga que te haya invocado en vano y, como puedes hacer todo con Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder. Amén»[3]. La oración expresa confianza, pero también un cierto desafío a san José, que puede pedir incluso lo imposible a Jesús y a María.

Rasgos de la Paternidad de San José

Son los rasgos de su paternidad los que articulan esta breve carta apostólica. El primero, “Padre amado”, recuerda que, “por su papel en la historia de la salvación, san José es un padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano”, y recuerda que “muchos santos y santas le tuvieron una gran devoción, entre ellos Teresa de Ávila, quien lo tomó como abogado e intercesor, encomendándose mucho a él y recibiendo todas las gracias que le pedía. Alentada por su experiencia, la santa persuadía a otros para que le fueran devoto”.

El segundo rasgo destacado es “Padre en la ternura”, porque “la historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad”. Por eso, “si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura”.

San José es “Padre en la obediencia”, porque en “cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su fiat, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní”. Y también es “Padre en la acogida”, como acogió a María sin poner condiciones previas, y “Padre de la valentía creativa”. En ocasiones, dice el Papa en esta carta, “las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener”.

Cuando leemos los Evangelios de la infancia, “nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. “Padre trabajador”, otro rasgo de la paternidad de San José, que “era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo”. Finalmente, el Papa habla de San José como “Padre en la sombra”.

Y es que, afirma la carta, nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él”. Ser padre significa “introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir”.

Esto lleva a que “siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión, sino un ‘signo’ que nos evoca una paternidad superior. «Con corazón de padre […] José amó a Jesús»: así empieza la Carta apostólica Patris corde, que conmemora un aniversario de hace 150 años.

San José: Esposo y Padre

San José fue el esposo de María y el padre de Jesús: son los dos datos fundamentales que emergen de la Escritura. En el Evangelio de Mateo, José es llamado «esposo de María» (1,16.19) y es definido como un «hombre justo» (1,19). En los cuatro Evangelios se lo llama «padre de Jesús» (Lc 4,22; Jn 6,42; cfr Mt 13,55 y Mc 6,3); el que ha asumido su paternidad legal dando al Niño el nombre revelado por el Ángel (cfr Mt 1,21). Dar el nombre es signo de pertenencia e indica también la identidad y la vocación de una persona.

«Esposo» y «padre» definen la misión confiada a José por la Providencia. Este «tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús»[4]. Se trata del principal problema de la biografía del santo, que define el papel nada marginal que desempeñó en la historia. En la sociedad hebrea, quien no tiene un padre, y por lo tanto un nombre, y ha nacido fuera de un vínculo matrimonial, no tiene derecho a la palabra en público y queda excluido de la vida social.

Sin la paternidad de José, Jesús no hubiese podido anunciar el Evangelio y llevar a cabo su misión[5]. Para nosotros los modernos, «padre» es el que dio la vida, no el que adoptó a un hijo, mientras que en el Antiguo Testamento el padre legal es el verdadero padre.

Sin embargo, el rasgo más original de la Carta es quizás el énfasis que el Papa da a la profundidad espiritual del Santo. Hasta ahora el acento estaba puesto, además de en su paternidad, en el oficio de José, el de carpintero. Francisco, en cambio, pone en primer plano algunas cualidades en su mayoría dejadas en segundo plano: «Padre amado, Padre en la ternura, Padre en la obediencia, Padre en la acogida, Padre de la valentía creativa» (nn. 1-5). San José es un Padre muy querido por el pueblo cristiano.

Francisco cita a propósito a san Juan Crisóstomo, quien elogia su disposición a ponerse al «servicio de toda la economía de la encarnación» (n. 1), y a san Pablo VI, quien ratifica su papel en la paternidad, que consiste en: «haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa» (Ibid).

«Jesús - mientras crecía en sabiduría, estatura y gracia - vio la ternura de Dios en José» (n. 2). Es original aquí la relación entre ternura y debilidad humana, que Francisco retoma de la Evangelii gaudium: la historia de la salvación se cumple incluso a través de nuestra debilidad y fragilidad, que a menudo son difíciles de aceptar[9]. Pero si esta es la perspectiva salvífica, «debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura» (Ibid).

Precisamente a través de las angustias de José pasa el proyecto salvífico, en el que tener fe significa creer que el Señor pueda realizar su plan incluso a través de nuestras fragilidades: «En medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. Cuando José se entera de que su esposa está encinta, el drama se cierne sobre la joven pareja.

San José, padre adoptivo de Nuestro Señor Jesucristo

Este decide repudiar en secreto a María, no solo para evitar el escándalo sino porque, siendo un «hombre justo», quiere respetar el plan de Dios. En el sueño, José recibe su anunciación: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). «Con la obediencia superó su drama y salvó a María» (n. Sucede lo mismo cuando José debe huir a Egipto, cuando se le ordena regresar, cuando es necesario establecerse en Nazaret. Como María en la Anunciación, José supo pronunciar su propio fiat.

Francisco destaca el modo original con que «José acogió a María sin poner condiciones previas» (n. 4) y confiando en las palabras del ángel. Aquí el Papa introduce una nota de dramática actualidad: «La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la reputación, dignidad y vida de María.

La vida que nos muestra José «no es una vía que explica, sino una vía que acoge» (Ibid). Esta acogida deja intuir una profunda interioridad, y no sería casualidad que nos recordase el drama de Job, cuando la mujer lo incita a rebelarse contra Dios por el mal que ha sufrido: «Si aceptamos de Dios los bienes - responde Job - ¿no vamos a aceptar los males?» (Jb 2,10). La acogida es el modo con que se manifiesta en la vida el don de la fortaleza que viene del Espíritu Santo y nos induce a dar espacio también a la «parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia» (n.

Las palabras del ángel a José nos enseñan a aceptar con fortaleza llena de esperanza, y no con mera resignación, aquello que no hemos elegido y debemos afrontar. En este contexto, es esencial seguir el Evangelio ahí donde todo parece volverse en contra. Incluso si algunos hechos de la vida parecen haber tomado un rumbo «equivocado» y son irreversibles, «Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas» (Ibid). El realismo cristiano no rechaza nada de lo que existe.

El Papa recuerda las peripecias de la huida a Egipto, en las que José «no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar» (n. 3). Y durante el viaje de regreso, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea, tuvo miedo de volver y decidió ir a Nazaret (cfr Mt 2, 21-23). Esta valentía proviene de las fuerzas que llevamos dentro para afrontar dificultades imprevistas u obstáculos que parecen insuperables. Pero frente a las dificultades, si no tiramos la toalla, podemos ingeniárnosla: son precisamente las dificultades las que hacen emerger en nosotros recursos que no pensábamos tener, y revelan riquezas inagotables.

Los Evangelios de la infancia presentan a Jesús como si estuviera a merced de los fuertes y poderosos: ¡cuántas veces nos vemos tentados de preguntar por qué Dios no interviene! Sin embargo, Dios realiza su plan de salvación: José es «el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre» (n. 5), porque el Señor salva siempre lo que importa. De esta forma, José nos enseña a saber transformar un problema en una oportunidad creadora, pues sabe poner por delante de todo la confianza en la Providencia.

San José: Custodio de la Iglesia

En ese contexto, Francisco retoma una valiosa indicación del Vaticano II: «En el plan de salvación no se puede separar al Hijo de la madre, de aquella que “avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con su Hijo hasta la cruz”» (n. 5)[13]. José, protegiendo al Niño y a su madre - la imagen de la Iglesia -, se convierte en el «custodio»[14]: «El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado.

Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María[15]. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre» (Ibid).

Aquí, de manera original, se inserta la cita de Mt 25,40: «Les aseguro que siempre que ustedes lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron». Con la conclusión: «Así, cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son “el Niño” que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos» (n. 5). Y esta es también la misión fundamental de la Iglesia: amar a los últimos, los abandonados, los rechazados por la sociedad. En cada una de estas personas está presente el Señor.

San José y el Trabajo

En la Rerum novarum, la primera encíclica social, León XIII puso en evidencia la relación de san José con el trabajo. El santo era un carpintero - en griego tektōn (Mt 13,55; Mc 6,3) -, término que le ha valido diversos atributos: «obrero», «carpintero», «maestro de obra», etc[16]. El santo «trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo» (n. 6). Por otra parte, el Papa reafirma con insistencia que «el trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación.

Se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia» (Ibid). Una familia que carece de trabajo está inevitablemente expuesta a conflictos y tensiones y a la «desesperada y desesperante tentación de la disolución» (Ibid). La crisis que hoy carcome la sociedad no es solo económica, cultural y espiritual, sino también un signo de la exigencia de redescubrir el valor y la necesidad del trabajo, para recrear una «nueva normalidad», de la que ninguno sea excluido.

«La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo» (Ibid) y que Jesús trabajó hasta los 30 años[17]. El último punto de la Carta tiene un título misterioso: Padre en la sombra. Hace referencia al escritor polaco que relató en una novela la vida de José como sombra del Padre Celestial en la tierra: este lo sigue, lo custodia, lo protege, no se separa nunca de él para seguir sus pasos[18].

No falta una observación de actualidad: en la sociedad de hoy, a menudo los hijos parecen huérfanos, como si no tuvieran padres. Lo mismo sucede en la Iglesia, que también necesita padres, es decir, personas que lleven a los hijos a la experiencia de la vida, a la realidad en la que deben vivir, para que sepan afrontarla con libertad y responsabilidad. Junto al apelativo de «padre», la tradición añade a san José el adjetivo de «castísimo».

No es - afirma Francisco - «una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz» (Ibid). El énfasis en el amor casto es interesante, porque respeta hasta el final la libertad del otro.

Dios ama al hombre así, «dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad» (Ibid). San José supo amar así a María y a Jesús: nunca antepuso sus propios intereses, sino que siempre prefirió el bien de la esposa y del Hijo. Con una característica que distingue su modo de actuar: no lo hizo «en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo» (Ibid). José vive su propia paternidad como un don: puesto que todo hijo es un don de Dios.

El Legado de San José en la Paternidad

San José ejemplifica la valentía y la responsabilidad inherentes a la paternidad. Asumió el papel de padre de Jesús con humildad y devoción, brindándole protección, cuidado y orientación en su crecimiento y desarrollo. San José representa la importancia de estar presente en la vida de los hijos, incluso cuando las circunstancias son adversas. San José nos ayuda a comprender que el término «padre» no es mera biología; ser padre implica tener la valentía y entrega de criar y guiar a un hijo.

El apego, ese vínculo emocional entre padres e hijos, desempeña un papel vital en el desarrollo infantil. El amor, la atención y el apoyo del padre ayudan al niño a establecer una base segura desde la cual explorar el mundo y desarrollar habilidades para afrontar desafíos. El legado de San José en el ejercicio de una paternidad no biológica es relevante.

A través de su trabajo honesto y su amor por su familia, San José nos muestra la fe y la alegría de una paternidad bien vivida. San José vivió con humildad y confianza una paternidad dócil a la voluntad de Dios. Nadie es más padre que San José. El es claro ejemplo de un ejercicio radical de la paternidad a pesar de las circunstancias. El papel paternal de san José invita a reconocer que la paternidad no es el resultado de un cálculo sino la entrega a una aventura divinamente fecunda.

Toda su vida estuvo al servicio de Jesús y de María; su silencio expresa mejor la escucha de la voz de Dios. Vivió el misterio del plan salvífico con temblorosa reverencia. En este breve recorrido por la poesía española de tema josefino, queda claro que toma relieve tardíamente y es mucho más escaso que otros temas religiosos. sino de contemplar el modelo de la Sagrada Familia: personas humildes, obedientes, trabajadoras, serviciales, indisolublemente unidas, que todo lo comparten, en perfecta comunión y donación, vírgenes y esposos fieles.

Uno de ellos es fray Ambrosio de Montesino, en las Coplas al destierro de Nuestro Señor para Egipto. Otros son los autores anónimos de diversos Autos de la huida a Egipto, siglos xv y xvi. La Sagrada Familia regresa a Nazaret. Y José continúa en silencio. Es un hombre santo y cercano: ni apóstol, ni mártir, ni profeta, ni obispo, ni siquiera seglar carismático. Es un simple carpintero, que trabaja para ganar el sustento diario y sacar adelante a su familia. Es el santo de la vida ordinaria, de la humildad laboriosa, un modelo de trabajador que hace de las tareas un acto de amor y de servicio.

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