José María Merino: Biografía y Trayectoria Literaria de un Maestro de la Ficción

José María Merino, nacido en A Coruña en 1941, es un destacado escritor y académico español. Hijo adoptivo de León desde 2009, se dio a conocer en el mundo de la literatura en 1976 con su novela "Novela de Andrés Choz", que fue galardonada con el Premio Novelas y Cuentos. A lo largo de su prolífica carrera, ha recibido numerosos premios y reconocimientos, consolidándose como una figura clave de la narrativa contemporánea en español.

José María Merino en 2016. Fuente: Wikipedia

Reconocimientos y Premios

Su novela "La orilla oscura" (Alfaguara, 1985) fue galardonada con el Premio de la Crítica. Además de los galardones citados, ha sido reconocido en 2021 con el Premio Nacional de las Letras Españolas. Es miembro de la Real Academia Española. También ha recibido el Premio Nacional de Literatura Juvenil, el Premio NH y el Premio Salambó.

Obras Destacadas

Además de los libros citados, en Alfaguara ha publicado, entre otros, la trilogía "Las crónicas mestizas", así como las novelas "Las visiones de Lucrecia" (1996), Premio Miguel Delibes; "El heredero" (2003), Premio Ramón Gómez de la Serna; "El lugar sin culpa" (2007), Premio Gonzalo Torrente Ballester; un volumen que recoge sus relatos, "Historias del otro lugar" (2010); "El libro de las horas contadas" (2011); "El río del Edén" (2012), Premio Nacional de Narrativa; "Musa Décima" (2016); "Noticias del Antropoceno" (2021), "La novela posible" (2022) y "Yo y yo en breve" (2024). Otras obras suyas son las novelas "La trama oculta" (2014) y "Aventuras e invenciones del profesor Souto" (2017), y los ensayos "Ficción perpetua" (2014), "Fulgores de ficción" (2017) y "A través del Quijote" (2019).

Influencias y Estilo

Merino se mueve en el registro del sueño y la alucinación. Es algo que viene de los muchos cuentos que oí de niño. En León, la noche de ánimas solían dejar la cocina encendida, porque los muertos venían a casa. Esa idea de los aparecidos. Leí a Edgar Allan Poe, a Lovecraft, a Bécquer. Esa fecha, en casa, yo era el lector oficial de El monte de las ánimas. Además de los libros, a mi padre le gustaba la lectura en voz alta. A mi madre le leí a Rosalía de Castro en gallego.

El viaje de ida y vuelta que encuadernan los libros entre sus tapas y que impone su propia geografía en la quinta planta de un edificio con vistas al cielo de Madrid. Las paredes forradas de libros invitan a no marcharse jamás. Algunos en piel y otros despellejados por el uso, conviven con afilados abrecartas; cerámicas peruanas; tapices bolivianos y relojes que marcan las horas a su aire, puntuando la conversación con sus campanillas anárquicas. La casa del escritor y académico José María Merino se parece a su obra. Es un caos que se piensa en voz alta. Todo en ella se ordena ante los ojos del que ausculta.

Merino, que en aquellos años estudiaba Derecho en la Complutense y componía sus primeros versos, comenzó a rascar en la biografía de Sabuco: cómo su padre intentó desautorizarla al negar que el libro lo hubiese escrito ella; cómo el médico Martín Martínez defendió el trabajo de Sabuco o cómo aquella obra llegó a Inglaterra gracias a Felipe II. -En el texto Ficción de verdad, que leyó cuando entró en la RAE, ponía de manifiesto que la realidad es engañosa. -La ficción, con todo lo engañoso que tiene, es la que mejor nos permite entender la realidad. Pero ocurre que la realidad no necesita ser verosímil.

La literatura nos ha permitido saber cómo nos enamoramos, cómo odiamos, cómo podemos ser héroes o traidores. Todo está en la literatura. Cuando en las cortes medievales se inventa el amor cortés, que además lo inventan las mujeres, se crea una manera de relación. El Quijote crea un personaje que todavía encontramos. Cuando vemos las películas del Oeste, con John Wayne, a quien además siempre he admirado, podemos encontrar ese arquetipo: el héroe solitario que va a deshacer entuertos.

El relato permite todo, por eso en muchas ocasiones los autores que escriben relato fantástico no necesariamente escriben una novela fantástica, porque es más complicado integrarla. Al relato le ocurre lo contrario. Eso siempre me gustó. Mi primer libro de relatos, Cuentos del reino secreto, era un homenaje a todos los paisajes de mi infancia y adolescencia. Ahí metí todas aquellas historias. De hecho, aquel libro lo escribí en esa mesa -Merino señala un mueble pequeño, lleno de marcos con fotografías-. La compré a un amigo que viajaba a Inglaterra y traía muebles. Es una mesa Tudor abatible. Un día me senté y se me empezaron a ocurrir cuentos. ‘Esta mesa viene cargada de cuentos’, pensé. Es un velador. Se usaba para colocar las velas e iluminar en las reuniones. Es obvio que alrededor de ella se contaron muchas cosas -Merino ríe, con gusto-. El asunto es que todos los relatos que escribí en ese libro guardaban relación con el mundo de mi infancia.

Mi padre tuvo que escapar de León, de lo contrario se lo cargaban. Era republicano y además, formaba parte de la FUE, la Federación Universitaria Española. El hombre tuvo que largarse como pudo, así que se marchó a Galicia. No sé cómo, porque Galicia era de derechas, aunque claro, ahí no lo conocían. Pasó por muchas peripecias. Al acabar la guerra, se casa con mi madre en 1940 y en 1941 nazco yo, en La Coruña. Apenas estuve allí un año.

Siempre he tenido esa sensación de no saber muy bien si la realidad está materializada o si la estás viendo como una alucinación. -Lo fantástico tiene algunos elementos comunes con lo poético. ¿Eso influyó en el hecho de que lo primero que escribiese fuese poesía? -Es curioso porque hay gente estudiosa que me vincula con ellos, pero yo no formé parte. Los conocí después. Coincidí con Luis Mateo Díez, en Madrid, a través de otro amigo. Pero, como le digo, no tuve nada que ver. Mi primer libro de poesía, Sitio de Tarifa, lo publiqué en 1974 con un modesto editor. Cuando lo recibí, sentí una emoción terrible. Nunca había corregido pruebas, ni galeradas.

Como dice José Hierro: fue la poesía la que me dejó a mí, no yo a ella. Así que un día comencé a escribir en prosa. Y creo, al ver lo primero que escribí, que mi poesía era muy narrativa. A mí lo que me gustaba era contar cosas. Eso sí, la poesía es un gran taller. Tiene uno que elegir muy bien las palabras, sintetizar la expresión. "Comencé a leer desde muy niño. Dickens me fascinó. A Tolstoi y Chejov los leí con 13 o 14 años. En mi clase, éramos 42 y sólo a dos nos gustaba leer. -Yo era muy lector y eso es fundamental para ser escritor.

Comencé a leer desde muy niño. Dickens me fascinó. A Tolstoi y Chéjov los leí con 13 o 14 años. En mi clase, éramos 42 y sólo a dos nos gustaba leer. Éramos como una secta, porque como se dieran cuenta de que leíamos… Había una mirada despectiva y sospechosa. Así que él y yo nos comportábamos como una sociedad secreta. Nos pasábamos libros, pero delante de los demás no nos decíamos nada.

Los clásicos. La vida es sueño, de Calderón, me interesó siempre. El Quijote tardé en leerlo, porque me resultaba duro. Me daba pena y me sigue dando pena cómo lo tratan. Es un hombre al que apalean, le rompen los dientes, le cortan la oreja. Sufre mil cosas. A mí me molestaba profundamente, porque no le encontraba la gracia a eso. Con el tiempo, lo entendí. Aunque eso no quita que sea muy duro. El Quijote, por cierto, inventa el humor inglés. Los primeros que lo descubren son británicos. Y luego los alemanes y los rusos. Es increíble cómo ese libro, que es fundamental, nos lo enseñaron los demás. Los últimos en enterarnos hemos sido los españoles. ¡Tiene gracia! Pero, a lo que voy: ser lector me ayudó mucho. En la Facultad yo ya escribía poemillas. Cuando me mudé a Madrid, empecé a vivir en una pensión de la Gran Vía y allí llegó un hombre mayor, uruguayo, se llamaba Oscar Violante. Era muy culto. Un día me preguntó: qué hacés. Le dije que estaba escribiendo unos poemas. Me los pidió para leerlos. ‘Estos poemas están muy bien’, dijo. Como era un hombre tan culto, me dije: si lo dice es porque tiene criterio.

Yo lo veo así: al final del franquismo había dos grandes teorías sobre la literatura. Una, el realismo, que tampoco podía ejercerse porque había una censura -suenan, de pronto, unas campanillas. Parecen provenir de un reloj de cuerda que preside la sala-. Lo único que se podía hacer era un realismo que la censura tolerase, es decir: un realismo de medio pelo. La otra teoría era la destrucción del lenguaje, que es la que más he aborrecido. Si trabajas con las palabras, ¿qué sentido tiene destruirlas? No lo entiendo. Cuando comencé a escribir me olvidé de ambas. Quería contar historias, volver a la narratividad, que creo que toda mi generación buscaba lo mismo. Fuimos los que regresamos al mundo de contar cosas.

El leonés de adopción, como dice él, ingresó en la Real Academia de la Lengua en 2008. Le correspondió el sillón m. Eme de mar, de mito, de musaraña. Eme de misterio. Consonante acoplada a su apellido y sus obsesiones. En ese lugar que había pertenecido antes a Claudio Guillén fue a sentarse José María Merino. Tomó posesión un 19 de abril de 2009 y lo hizo con un discurso que tituló Ficción de verdad. Alojado en la paradoja, en la fascinación que el juego de palabras invoca, Merino destiló el que puede que sea el espíritu de toda su obra: la ficción como una forma exclusiva de verdad.

La idea del sueño y lo fantástico atraviesan todo cuanto José María Merino ha escrito: desde Cuentos del reino secreto, pasando por su ciclo de novelas americanas (El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol) o la trilogía del mito, con El caldero de oro, La orilla oscura y El centro del aire. La leyenda y el misterio como un hilo con el que siguió tejiendo El heredero; Los invisibles o Las visiones de Lucrecia.

El desembarco de Merino en la RAE, su llegada a ese sillón, resumía en una consonante la exploración del otro que había emprendido años atrás al dirigir la mirada hacia un continente al que lo separa un mar y donde encontró dos cosas. Una ya la traía de casa: el relato oral como la piedra sobre la que hombres y mujeres dan orden y lógica al mundo. La otra, el idioma, se reveló como un espejo. Algo que, al mismo tiempo duplica y emparenta.

Su trilogía de la conquista ocurre toda en América, un mundo exótico, primigenio, remoto. "Empecé a leer a los cronistas, la historia de la conquista, todo el gran debate. Aunque, con el tiempo, descubrí que cuando realmente se impone el español en América es a partir de la independencia.

Colaboré con la Unesco. Yo trabajaba en el ministerio de Educación y en un momento determinado surgió un proyecto con la Unesco. Venezuela fue el primer lugar al que fui. Todo aquello me sorprendió. Me encontré con mi lengua, pero con otra melodía, con otro tono. Lo que me gusta del español es la riqueza del vocabulario y, en segundo lugar, los modos de decir. Me encanta, por ejemplo, el tono del usted. El español como idioma está lleno de melodías. Era algo muy familiar y al mismo tiempo extraño. Continué colaborando con la Unesco durante muchos años -vuelven a sonar los timbres continuos, provienen del mismo reloj-. Me interesé todavía más por el español. Empecé a leer a los cronistas, la historia de la conquista, todo el gran debate.

Las lenguas indígenas se conservan gracias a que los curas no enseñaban en español, para que el castellano no fuese un vehículo de corrupción. Así que aprendieron esas lenguas y enseñaron en ellas. Hubo una enorme polémica. Hay un libro que se llama Aislados en su lengua, está publicado en los boletines bibliográficos de la RAE. Merece la pena leerlo. Recoge muchísima documentación y plantea que si siguen vivas las lenguas indígenas es porque los españoles las utilizaron. Quienes podían imponer el idioma eran los frailes y ellos no estaban por la labor.

Digamos que se normaliza a partir de la independencia. En buena medida porque muchos de los criollos tenían ascendencia española y en segundo lugar, porque es la lengua que los puede poner en relación a todos.

América tiene esa idea que a mí tanto me gusta: el doble; y yo en América encontré un doble. Algo que era mío y a la vez no.

Sí, porque a partir de ahí en todas mis novelas aparece América, especialmente en Panamá, porque soy un enamorado de ella. Antes de escribir la tercera parte de la trilogía, viajé a Perú.

Esta conversación comienza y arranca en el mismo lugar: un libro escrito por una mujer de apenas 25 años. Un volumen que reposa sobre la mesa del salón, como si fuese a estallar en cualquier momento. Y no sería de extrañar que lo hiciera, porque algo en su historia resume la relojería de las novelas de Merino: la fundición de dos tiempos, la circularidad como única carta de navegación. La historia central es la de Berta, una mujer que sufre un cáncer incurable y que, subyugada por el libro de Oliva Sabuco, decide agarrarse a sus páginas como quien se acoge a la vida. A pesar de sus dolores y enfermedad, Berta se vuelca en la escritura de la biografía de la olvidada autora. Al posarse sobre Berta, el espíritu de la literatura aleja la muerte. En el avance de las dos historias, la de Berta y la de Oliva, la novela encaja el Coloquio de los auxilios o el Conocimiento de sí mismo, textos de la escritora del Siglo de Oro. Despliega el catálogo de sentimientos que reúne a los que narran y a los que escuchan; a los que escriben y los que leen. Que nunca llegaremos a conocernos a nosotros mismos de la forma en que conocemos a los personajes de los libros que hemos leído. Que el verdadero Missisippi no es el que atraviesa el Sur, sino el que escribió Mark Twain. O que todo cuanto sabemos proviene de la literatura, es una idea que el ejem...

En mis lejanos años como profesor de BUP y COU, con mucha frecuencia leí y comenté con mis alumnos dos cuentos de José María Merino: “El niño lobo del cine Mari” y “El desertor”, pertenecientes a su primera colección de relatos Cuentos del reino secreto . Como he comentado en varias ocasiones, muchos miles de alumnos de aquellos tiempos conocieron y degustaron el primer cuento citado al haber tenido el acierto de incluirlo en mi Antología del cuento literario (1982), muy difundida en todo el territorio escolar nacional.

Perdonadme que introduzca un recuerdo personal de alguna manera relacionado con el contexto histórico de este cuento. En los años 70 del siglo pasado había en la ciudad de León junto a varios cines muy populares, uno denominado Mari - todavía hoy en el callellejero de León se conserva el nombre de Pasaje del Cine Mari, el lugar donde se asentaba el famoso cine al que aludimos. Para los niños, mozalbetes, jóvenes y mayores de aquellos años el cine era la diversión más popular y barata. En las “sesiones continuas” vivíamos -de una manera que los muchachos de hoy no pueden ni imaginar- las historias de aquella “fábrica de sueños” y a través de ellas descubríamos un mundo inagotable de historias, sentimientos y aventuras. que atravesaban de norte a sur el globo terráqueo y toda la historia universal. Era la época de los cineclubs y allí en León grupos de amigos podíamos pasear hasta largas horas de la noche, calle Ordoño II arriba y abajo, hablando apasionadamente de las películas recién vistas.

Pues bien, el Cine Mari -en el que Merino y sus muchos amigos leoneses como Juan Aparicio y Luis Mateo Díez contemplaron maravillados películas como “El halcón maltés”, “Casablanca”, “El tercer hombre.”, “Gilda” o “El hombre que mató a Liberty Valance”- fue derruido unos años antes de la publicación del cuento de Merino.

El protagonista, aparecido misteriosamente al derribar el Cine Mari como náufrago de una época pasada,...

Al aparecido le llamaron «el niño lobo» desde que ingresó en la Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la denominación, ya que el niño no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese ser asimilado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de catatonía, de rara estupefacción. Sin embargo, las extrañas circunstancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún remoto entorno, virgen de presencia humana.

La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier imagen o sonido proyectado a través de medios artificiales, le había sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen rural, de un internado severo de monjas y de una carrera realizada con bastantes esfuerzos y poco tiempo de ocio. Sus descansos vespertinos solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y sólo de modo ocasional (y más como ejercitando un obligado rito colectivo, donde lo menos significativo era el espectáculo en sí) asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los compañeros proclamaban como verdaderamente importante. La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que rodeaban al Emperador. Al parecer, se trataba de una de esas películas de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas al público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.

La doctora se proponía observar cuidadosamente al niño a lo largo de toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.

Le observó durante los primeros minutos de proyección. El niño se había acurrucado en la butaca y observaba la pantalla con una avidez de apariencia inteligente. Mientras tanto, la historia comenzaba a desarrollarse. Una espectacular nave aérea perseguía a otra navecilla por un espacio infinito, fulgurante de estrellas, muy bien simulado. La nave perseguidora hace funcionar su artillería. La pequeña nave es alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio de poderosos mecanismos. El vencedor llega para conocer su presa. Es una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro parecido al del ejército, cuyo rostro está recubierto por una mezcla imprecisa de animales y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas antigás.

Entonces, el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la doctora. Ella sintió la sorpresa de aquel gesto con un impacto más que físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de las grandes imágenes multicolores. En los ojos infantiles persistía aquella mirada inteligente, absorta en la percepción óptica, y la doctora sintió una alegría esperanzada.

La princesa ha sido capturada, aunque ha conseguido lanzar un mensaje que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan a un desierto reverberante, cuya larga, soledad sólo presiden los restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.

Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella insólita aventura y no percibió que el niño había soltado su mano. El niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multicolor, ascendía por la rampa de la nave, conseguía introducirse en ella como disimulado polizón.

La nave corría rápidamente el espacio oscuro, lleno de estrellas, que la rodeaba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para prevenir la aparición del enemigo.

Al fin, la doctora se dio cuenta de que el pequeño había soltado su mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana desaparición primera, la búsqueda fue completamente infructuosa.

Tabla Cronológica de Nino Merino

Año Acontecimiento
1941 Nace en A Coruña.
1976 Se da a conocer como narrador con "Novela de Andrés Choz".
1985 "La orilla oscura" es galardonada con el Premio de la Crítica.
1996 Publica "Las visiones de Lucrecia", Premio Miguel Delibes.
2003 Publica "El heredero", Premio Ramón Gómez de la Serna.
2007 Publica "El lugar sin culpa", Premio Gonzalo Torrente Ballester.
2008 Ingresa en la Real Academia Española.
2012 "El río del Edén", Premio Nacional de Narrativa.
2021 Recibe el Premio Nacional de las Letras Españolas.

Ponencia: "Los temas de lo fantástico" de José María Merino

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