La observación clínica de bebés revela que, con frecuencia, atraviesan situaciones dolorosas que distorsionan su relación con los padres, su cuerpo y el mundo. Estos problemas, aunque a veces de menor gravedad, nos recuerdan el impacto profundo que produce el abandono en bebés, quienes pueden llegar a morir por depresión anaclítica y hospitalismo, como describió René Spitz.
Este artículo busca mostrar, a través de ejemplos clínicos, diversas facetas de una realidad que a menudo se ignora: el dolor en la vida de los niños pequeños. Este panorama nos lleva a plantear preguntas clave sobre la instalación de la sensibilidad, su relación con el vínculo materno infantil, la participación de experiencias dolorosas en la constitución subjetiva, la respuesta de los bebés al dolor físico y la generación del dolor psíquico.
El Dolor: ¿Físico o Psíquico?
El diccionario de la Real Academia Española distingue entre dolor físico, como una "sensación molesta y aflictiva del cuerpo por causa interior o exterior", y dolor psíquico, como "sentimiento, pena y congoja que se padece en el ánimo".
Tradicionalmente, se ha pensado en el dolor como un fenómeno neurofisiológico, resultado de la transmisión de mensajes químicos nociceptivos desde una lesión física al sistema nervioso, como señala Nasio (2007). Sin embargo, hoy se reconoce la participación del psiquismo como un factor que interviene en la génesis del dolor corporal. El dolor es un fenómeno mixto que surge entre el cuerpo y la psique.
Vías de la nocicepción, mostrando la transmisión de señales de dolor desde la periferia al cerebro.
El Principio del Placer-Displacer
Freud, entre 1895 y 1896, en su "Proyecto de Psicología", planteó que el funcionamiento básico del aparato psíquico se regula por el principio del placer-displacer. Dos vivencias fundamentales, la de satisfacción y la de dolor, acompañan la primera organización del yo y dejan huellas mnémicas. Mientras que la vivencia de satisfacción guía el proceso de estructuración psíquica, el dolor intenso y persistente amenaza la integridad del psiquismo, irrumpiendo como una hemorragia psíquica.
En este esquema, el dolor es la manifestación del fracaso de los dispositivos de defensa, ya que huir del dolor aparece como el objetivo central del sistema neuronal. Anzieu (1987) concluye que "el dolor no es lo contrario o lo inverso del placer, su relación es asimétrica". En otras palabras, displacer y dolor no son lo mismo. Las experiencias placenteras fortalecen al yo, mientras que el dolor desestructura y altera las relaciones entre lo psíquico y lo corporal.
Freud señala que es el dolor lo que nos hace saber del cuerpo. Necesitamos del dolor para que se logre la formación de la imagen corporal y del yo inconsciente, que es el más importante.
El Rol de la Madre
Debido a su indefensión original, el bebé requiere la asistencia de otra persona, generalmente la madre, quien aportará la acción específica capaz de acallar la tensión dolorosa que produce el apremio de la vida. La madre provee los cuidados físicos, los alimentos y el sostén, generando un vínculo afectivo que se nutre de la mirada, la palabra, el calor y la preocupación por el bienestar del bebé.
En las experiencias placenteras, el yo se fortalece por la relación de objeto. Cuando esto se rompe, el bebé sufre y se desestructura. Sin embargo, el dolor físico de los niños pequeños suele despertar en las madres negligentes conductas de cuidado, contención y protección.
Algo excepcional y único ocurre en cada nacimiento, algo misterioso que se relaciona con el dolor de ser y de existir.
HOSPITAL LA FE VALENCIA: CONTACTO PIEL CON PIEL DEL RECIÉN NACIDO-
Es crucial reconocer las diferencias entre los profesionales y las familias, teniendo en cuenta las vertientes filosóficas, religiosas e incluso supersticiosas que influyen en el cuidado del bebé.
¿Por Qué Sufren los Bebés?
Los bebés sufren porque están vivos y son humanos que llegan en un entorno donde circulan vida y muerte, amor y odio. Sufren porque son cuerpo y en ocasiones enferman, pero también porque algo nuevo comienza: la constitución del psiquismo, que funciona siempre en el límite del dolor y de la angustia.
Otto Rank, con su hipótesis del trauma del nacimiento (1992), ubica el nacimiento como el acontecimiento más traumático de la vida humana y fuente de avasalladora angustia. Toda angustia posterior sería una consecuencia de la angustia básica del nacimiento.
Es esencial transitar por una zona de experiencia en la que el cuerpo está siempre presente con todo su poder y su debilidad, donde el psiquismo habite al cuerpo de manera progresiva y compleja, como estudió Winnicott (1975).
¿Sienten Dolor los Neonatos?
Es sorprendente que algunos colegas incluso nieguen la percepción y memoria de los bebés, incluso de estímulos recibidos antes de nacer. Los bebés muestran con claridad que perciben e inscriben, encontrando lo más temprano, lo que difícilmente se borra.
Desde el punto de vista médico, hasta hace poco se pensaba que el recién nacido no disponía de ciertas fibras nerviosas relacionadas con el dolor. Hoy día sabemos que incluso los prematuros son sensibles al dolor.
Los signos físicos indicadores del dolor incluyen el aumento de la frecuencia respiratoria, dilatación de las pupilas, aceleración del pulso, aumento de la presión arterial, lentitud o falta de movimientos, caída del tono muscular e irritabilidad.
Algunos pediatras buscan un intérprete y saben que son la madre u otros familiares próximos los que pueden registrar el dolor del neonato. Dada la indefensión con la que nace el ser humano, la defensa ante el dolor corporal pasará por el campo del otro, que es quien formará la imagen corporal desde donde el infante podrá sostenerse.
Es la madre a quien primero le dolerá el dolor del bebé. Siente el dolor del bebé como propio y es desde su dolor que decodificará el del niño. Esta capacidad forma parte de la preocupación maternal primaria estudiada por Winnicott (1979).
El dolor nace así de ese encuentro de la sensibilidad naciente del pequeño con el afecto materno, que refiere e incluye el dolor del niño en un marco simbólico. El niño pasará del "me duele" materno al "me duele a mí", donde finalmente llegará a conjugarse su sensibilidad propioceptiva, interoceptiva y cinestésica, en la imagen corporal de sí, conformando su "yo imaginario" y con él la posibilidad del registro corporal del dolor.
El niño incorpora el registro de dolor del otro, que le otorga un sentido posible a la vivencia corporal. Es la madre quien supone el dolor del bebé a través del suyo. Luego, el niño resignificará el dolor como propio.
