La frase "nacida para sufrir" evoca una profunda reflexión sobre la condición humana, el dolor, la felicidad y la capacidad de resiliencia. A través de diversas perspectivas, desde el psicoanálisis hasta experiencias personales, exploramos el significado de esta expresión y su impacto en nuestras vidas.
El dolor como parte de la existencia
“Jamás las cosas volverán a ser como antes ni para usted ni para su familia”, me dijo un doctor de rostro grave, un día frío de invierno de 1988, justo después de que mi hijo Adam fuera diagnosticado de síndrome de Down. Es cierto que las cosas ya no han vuelto a ser iguales para mí desde que Adam nació, y que cuando rehusé el aborto terapéutico “eché a perder” la vida que siempre pensé que tendría. No permita que nadie le diga que “tiene que animarse”, que mire al lado luminoso, que deje de sentir lo que siente.
La única reacción que es errónea es la que no es auténtica, incluida cualquier muestra falsa de resignación o de alegría. Me llevó mucho tiempo terminar mi propio proceso de duelo, probablemente porque en la entera historia del globo, nunca hubo una persona menos interesada que yo en tener un hijo con retraso mental. Este sistema social nos enseña a todos, de mil maneras, que nuestra capacidad para ganar dinero, respeto y consideración social dependerá de lo inteligentes que seamos. ¡No es de extrañar que el síndrome de Down sea tan temido en nuestra cultura! ¡No es de extrañar que resulte difícil pensar en cualquier circunstancia en la que realmente usted desee tener un hijo con síndrome de Down!
Durante las últimas semanas de mi embarazo y los primeros días de la vida de Adam, pasé la mayor parte de mi tiempo cavilando, llorando, leyendo libros horriblemente deprimentes sobre las alteraciones cromosómicas, y desarrollando elaboradas fantasías catastróficas sobre los terrores que aguardaban a mi familia. Adam nació sin ningún problema grave de salud. Todos los problemas que he encarado son los relacionados con el hecho de tener un hijo con síndrome de Down que básicamente es sano, y casi me parecen ahora triviales. Pero en el momento de su diagnóstico eran espantosamente terroríficos.
El miedo a lo diferente
Como dispuse de meses para imaginarme cómo sería su aspecto y su comportamiento antes de verle realmente, creo que mi terror fue más exagerado del que hubiese tenido si hubiese conocido el diagnóstico después de nacer. Estaba aterrada de tener un hijo que se pareciera y actuara como un “mongólico” (para usar una de las palabras más odiadas por la comunidad del síndrome de Down). Mi miedo sobre los aspectos diferenciales visibles de Adam empezó a desaparecer en el momento en que un genetista me aseguró que los niños con síndrome de Down criados en casa tienden - al igual que todos los niños - a aparentar y a comportarse como los demás miembros de su familia.
Sentí también un enorme alivio cuando Adam nació y puede ver que, lejos de ser un monstruo, era un bebé absolutamente adorable. Si las personas con síndrome de Down no se ven expuestas a un ambiente social normal, ciertamente parecerán y se comportarán de formas que parezcan extrañas a los demás. Comparó a Adam a un tumor maligno, un accidente celular que, dejándolo crecer, nos llevaría a una desdicha incalculable. Tuve la sospecha de que, como tanta gente que conocí en Harvard, probablemente se sentía intensamente apremiado, dispuesto a demostrar su brillantez a toda costa.
Estaba convencida de que cuantos más exámenes aprobara y más títulos consiguiera, más feliz sería. Pero incluso antes de que Adam naciera, su diagnóstico me hizo reexaminar esta creencia. Me di cuenta de que había superado infinidad de exámenes académicos, y ninguno de ellos me había proporcionado felicidad alguna que fuera profunda y duradera. Y bien que lo comprobé, casi desde el instante en que Adam nació. Su primerísimo acto independiente, antes de que le cortaran el cordón umbilical, fue hacerse un pis entusiasta en la cara del ginecólogo que le había llamado tumor maligno. Y tras esta demostración, literalmente “en su propia cara”, pasó a vivir una de las vidas más felices que jamás he conocido.
La felicidad en la sencillez
Esto no significa que las personas con síndrome de Down estén “siempre contentas” -éste es precisamente uno de los mitos azucarados que quizá escuche de personas que tratan de manejar su propia ansiedad sobre el retraso mental. A decir verdad, las personas con síndrome de Down muestran todo un espectro emocional normal, y pueden llegar a tener una depresión clínica, igual que el resto de la gente, si no se les trata bien o se sienten aislados. Adam, al igual que otras personas con síndrome de Down que conozco, nunca pierde esta perspectiva.
Rechaza gastar su tiempo en cosas que no ama (afortunadamente, le encanta hacer sus tareas del hogar, ordenar sus cosas, hacer cosas agradables para los demás, y exigirse a sí mismo física y mentalmente). En cambio, centra su puntería sobre cualquier cosa que signifique querer a alguien o a algo que se cruce en su camino. Cada día, su pronta sonrisa y su fácil agradecimiento me enseñan más sobre cómo disfrutar de la vida que lo que haya aprendido en los más de veinte años de mi educación formal. Como comentó un día su hermana más pequeña cuando Adam estaba explorando encantado el modo en que funcionaba su cepillo de dientes eléctrico: “Vaya, ya está otra vez Adam inundado de alegría”.
Aquel ser semihumano y desgraciado que previno mi médico nunca apareció bajo la piel de Adam; al revés, tuve un hijo que parece haber venido equipado con una perspectiva iluminadora que con inteligencia y con paciencia que se estira hasta enseñarme cómo ser feliz. En las últimas décadas, la mayoría de las sociedades del mundo desarrollado han hecho enorme esfuerzo por aceptar, integrar y socializar a los niños con todo tipo de discapacidad. Quizá ya haya conocido usted a alguna de estas personas gracias a su hospital o a su pediatra, y conocerá a muchos más conforme su hijo crezca.
La importancia de la aceptación y la inclusión
Es cierto que desde que Adam nació, me he encontrado con gente que se sentía horrorizada y repelía el pensamiento mismo de la discapacidad. Afortunadamente, los diversos especialistas y terapeutas que empezaron a hacer la “intervención temprana” de Adam pronto me ayudaron a darme cuenta que poca gente hay tan mal educada como el personal de Harvard cuando se trata de la integración social. A través de mi hijo, empecé a conocer más y más personas que me enseñaron cómo aceptar de verdad a otros seres humanos. Cuando Adam es singularizado a causa de su síndrome de Down, la distinción suele ser más...
Que hemos nacido en este mundo para sufrir, eso es lo que dicen al menos los innumerables refranes y dichos; desde el momento en que Eva tuvo la desgraciada idea de darle un mordisco a aquella manzana, fuimos expulsados del paraíso, pariríamos con dolor, adquiriríamos el pan de cada día sólo con sudor y trabajo. Y no defenderé yo la cosmogonía cristiana, pero por lo menos no se puede negar que acertaron en las previsiones: nacidos o no para eso, el ser humano sufre, y mucho. Seguramente, ni en la tierra ni en ningún otro lugar se podrá construir un paraíso y la vida, más o menos, siempre traerá dolor, pero, a medida que avanzan el conocimiento y la tecnología, cada vez es menor el dolor inevitable y cada vez mayor el que se puede evitar.
Una organización social basada en mil formas de violencia no hace más que generar sufrimiento. Todos tenemos dos ojos y dos oídos, y conocemos todas estas miserias. Las que no ha vivido en su piel, las ha visto en el barrio. También tenemos una fibra sensible y sentimos pena, compasión, impotencia, rabia. Unas tienen todos los medios a su alcance para hacer frente a los dolores y otras solo pueden sobrevivir. Unas son responsables del sufrimiento y para otras el sufrimiento es ley de vida.
Quien quiera hacer algo más que sentarse en una esquina a llorar debe tener claro cuál es el origen del mal y, por tanto, qué es lo que hay que reparar. Claro que cambiar radicalmente la organización del mundo no es una cuestión baladí ni se hace de la noche a la mañana. Pero eso no significa nada. Lo que debemos tener claro es que volaremos y lo haremos juntos. Ubuntu inicia su camino como asociación libre e independiente pero hermanada con papageno.es y para hacer el camino juntas.
Cuando él me dijo que de un dolor nace trágicamente un sonido, tenía razón. Nació en mí una obsesión. Y la obsesión se volvió poesía. Bella, endecasílaba, porque me prohibieron tocar música. Es increíble la atonía mental que produce esa carencia. Imaginémonos que todas estas mujeres se arremangan las faldas y empuñan sus espadas… Que blanden sus espadas millones de prostitutas del mundo entero, las esclavas blancas, negras y amarillas que se venden en los mercados de la carne, esclavas violadas, maltratadas, privadas de sus derechos, a cuyos dueños nadie es capaz de pararles los pies… Que se ponen en marcha los cientos de miles de niñas infectadas de sida, víctimas de enfermos mentales, pedófilos, pero también de sus maridos legales y padres, que también ellas se lanzan…
¿Por qué no se puede ser ni mujer ni hombre, sino un simple espíritu? Una imperiosa necesidad de evadirse de su cuerpo la impulsa a clavar las uñas en la manta. Someterse a las leyes de la carne le resulta un doloroso suplicio. Descubrió que el mundo entero cabía en un solo lugar porque ese lugar era ella misma. Pesaba cincuenta y siete kilos, tenía una serie de pulcras líneas de puntos de sutura y por fin podía empezar mi vida de chica adolescente normal. Me habían reconstruido.
Rosa sabía que Magda iba a morir muy pronto; ya debía haber muerto, pero había estado enterrada en las profundidades del chal mágico. Magda estaba muda. Nunca lloraba. Ahora tengo el cutis muy limpio, ya lo tengo como todas las mujeres de aquí. Rainer es un hombre muy organizado. Se queda a dormir los viernes porque los sábados por la mañana toca sexo. Rainer es un hombre muy organizado. Se queda a dormir los viernes porque los sábados por la mañana toca sexo.
Luego, el médico dijo que no soy una asesina, sino que estoy loca, y me han mandado al manicomio. La única diferencia es que ahora no tengo vida sexual, y sólo estoy esperando a volverme una mala persona. Mis labios susurran: «Vida, ¡qué hermosa eres! Juventud, aquí estás ¡maravillosa! ¡Qué bello es vivir!». En mis ojos abiertos de par en par brillan lágrimas de alegría juvenil.
Desde hace varios años me ha llenado de inquietud, en particular, observar que con gran frecuencia los bebés atraviesan por situaciones muy dolorosas que distorsionan la relación con sus padres, con su cuerpo y con el mundo que los rodea. Y sé que, en el fondo, estos problemas de menor gravedad me remiten al impacto imborrable que me produjo hace varias décadas leer en el libro pionero de René Spitz (1965, 1986) la descripción de los bebés en situaciones de abandono que no pueden luchar por su vida y mueren por depresión anaclítica y hospitalismo. El funcionamiento básico implica el principio del placer-displacer regulando el aparato psíquico y dos vivencias fundamentales, la de satisfacción y la de dolor que acompañan la primera organización del yo y dejan en él las huellas mnémicas.
El dolor intenso y persistente, en cambio, amenaza la integridad del psiquismo e irrumpe como hemorragia psíquica. Dicho en otros términos, displacer y dolor no son lo mismo. Las experiencias placenteras se vinculan con descargas que están al servicio de la vida y la sexualidad y dejan al yo fortalecido por la inscripción de huellas significantes. El dolor desestructura y altera las relaciones entre lo psíquico y lo corporal. Cuando esto se rompe el bebé sufre y se desestructura.
Ella genera, en circunstancias óptimas, ese vínculo afectivo deseable, creativo y fundante de la salud que se nutre de la mirada, la palabra, el calor, la preocupación por el bebé y su bienestar. Muy en particular quiero subrayar la importancia de reconocer las diferencias que existen entre nosotros los profesionales y las familias que nos reciben. Podemos afirmar que el modo en que se van constituyendo las experiencias dolorosas y placenteras es fundamental para comprender y pensar la evolución de los bebés y prevenir diversos padecimientos futuros. Adentrarnos en el misterio de los orígenes es sobrecogedor y fascinante.
Por esa razón, muchas preguntas pueden ser tomadas desde diversos ángulos. Yo aporté una respuesta que intentaba ser general y neutral: “sufren porque están vivos y son humanos que llegan en un entorno donde circulan vida y muerte, amor y odio. Así como Freud pensó el Complejo de Edipo como algo que se repite en todas las culturas, Rank estudió el trauma del nacimiento como algo universal de la especie humana.
¿Sienten dolor los neonatos? Me ha resultado sorprendente la respuesta a esta pregunta. Afirmo que nos muestran con claridad -si es que queremos verlo y saberlo- que ellos estaban ahí y han visto, olido, oído, etc. y recuerdan. No hacen más que percibir e inscribir, están encontrando lo más temprano, lo que difícilmente se borra. Es otra negación de lo evidente que me recuerda a los padres que aseguran que sus hijos no oyen ni comprenden cuando pelean con su cónyuge o que no ven cuando se desnudan frente a sus hijos.
También sabemos hoy cuales son los signos físicos indicadores del dolor: aumento de la frecuencia respiratoria, dilatación de las pupilas, aceleración del pulso, aumento de la presión arterial, lentitud o falta de movimientos, caída del tono muscular, irritabilidad, entre otros. Algunos pediatras, en cambio, buscan un intérprete y saben que son la madre u otros familiares próximos los que pueden registrar el dolor del neonato.
Por tanto, “es el otro materno a quien primero le dolerá el dolor del bebé… La madre siente el dolor del bebé como propio y es desde su dolor que decodificará el del niño”. Es una capacidad que forma parte de la preocupación maternal primaria estudiada por Winnicott en su calidad de pediatra y psicoanalista (1979), especie de “locura normal“ que atraviesa una madre adecuadamente vinculada con su cría. Primer momento: el niño incorpora el registro de dolor del (O)tro, que le otorga un sentido posible a la vivencia corporal. Segundo momento: el niño resignificará el dolor como propio.
En 1964 D.T. Suzuki y Erich Fromm emprendieron esa aventura en su libro Budismo Zen y psicoanálisis. Fue mi lectura del libro: La práctica de la atención plena (Jon Kabat-Zinn), la que me inspiro la idea de buscar dichos puntos comunes entre budismo y psicoanálisis, y el camino por el que llegué a ese pequeño ensayo que Erich Fromm dejó para los que viniésemos después. En su libro se recoge que tanto budismo como psicoanálisis persiguen la misma meta, tienen en común que el conocimiento conduce a la transformación y que en ambos teoría y práctica se encuentran profundamente imbricadas; tienen una orientación ética a la cual trascienden, ambos buscan la independencia del hombre frente a cualquier tipo de autoridad, al tiempo que resaltan la importancia del maestro o analista; la forma de enseñar, pasa muchas veces por acorralar al discípulo para que tome conciencia.
El motivo de intercalar esta viñeta de un análisis en el trabajo es mostrar el poco espacio que el concepto de felicidad, que manejamos en occidente, deja para la reflexión. Para unos y para otros el significante “felicidad” recoge realidades muy distintas. Si nos paramos a ver la definición que desde el budismo se da de felicidad, veremos que su objetivo y el nuestro no son tan distintos. Una de las formas más clásicas de expresar el objetivo de un análisis es la que nos dio Freud sobre llevar al sujeto de la miseria histérica al infortunio común. Otra definición clásica del objetivo del análisis es: “el descubrimiento de un silencio distinto”.
Comparten la idea de que todos los hombres son iguales, la unidad cuerpo-mente; la insoslayable realidad del sufrimiento como condición humana, la multideterminación de los acontecimientos, el surgimiento de la angustia ante lo desconocido, el nacer con una prehistoria que condiciona, la idea del progreso mediante la dialéctica entre los opuestos. Esta posibilidad de transformación pasa para los budistas por la identificación de los factores que favorecen el desarrollo y aquellos que lo dificultan conduciendo al sufrimiento, para a través de la ejercitación de los primeros controlar los segundos.
El budismo también recoge la idea de la existencia de dos programas distintos y simultáneos en el hombre, un programa base insensato y desmesurado sobre el que se ha de erigir un control en función de los valores imperantes. Esta idea presume que la curación pasa por poner en descubierto aquellos contenidos que, con el fin de mantener una cierta integridad narcisista, han sido reprimidos. Al tiempo no podemos restringir nuestro interés a lo inconsciente sino que debemos estudiar todo lo psíquico, también nos interesamos por la conciencia y la interacción entre estos dos tipos de funcionamiento.
Esta idea presume que el ser es algo estable en lo que uno puede depositar el sostén de su autoestima, mientras el tener es inestable y no puede cumplir con dicho objetivo. Nietzsche: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”. Si uno está centrado en el objetivo puede renunciar más fácilmente al propio deseo, inestable y pasajero, no como las distintas fuentes de dignidad que proporcionan una felicidad estable y persistente a pesar de los altibajos de la vida.
El surgimiento del deseo requiere que el instinto como potencialidad sea transformado por otro humano que insufle por medio del contacto y luego mediante el discurso que descubre con entusiasmo la realidad, algo que no está en el sujeto antes del encuentro. Este tema es muy amplio y no debemos cometer el error de equiparar lo inconsciente con lo reprimido. A la hora de afrontar aquellos contenidos que nunca fueron conscientes, la herramienta fundamental es la construcción.
El análisis pasa por el compromiso con el propio deseo, por el descubrimiento de ese algo por qué vivir y se centre en desmantelar aquellas resistencias que uno encuentra como obstáculos hacia la consecución del mismo, ya que el sujeto, al tiempo que persigue el cambio se defiende del él, al percibirlo como un peligro. El proceso que el budismo propone no es un trabajo puramente interno, sino que se da en un medio ante el cual el sujeto reacciona de una forma inmediata a través de sus emociones.
Carlos Alberto Paz Carrillo, en su trabajo El control de emociones e impulsos en las Personalidades Borderline, nos dice que las emociones son afectos, cantidades de energía unidos a ideas que interfieren con el equilibrio psíquico y con la adaptación. Freud describe tres vicisitudes posibles del afecto: conversión, desplazamiento o transposición en ansiedad. “Nosotros debemos ver más profundamente en el caso de algunos afectos y reconocer que el núcleo que mantiene esa combinación es la repetición de alguna experiencia particularmente significativa.
“La experiencia emocional debe ser pensada y entendida para permitir a la mente crecer y desarrollarse”. Las emociones son entonces disposiciones del alma que orientan hacia un fin. Es el lenguaje del cuerpo en su intento de orientarnos en la realidad. Es el lenguaje del cuerpo en su intento de orientarnos en la realidad. El tratamiento que se hace del afecto es un rasgo distintivo de las distintas estructuras, en el diccionario de Laplanche y Pontalis se nos dice que en la histeria de conversión, el afecto es transformado en síntomas somáticos.
Freud estudió el desarrollo de la angustia como motor del trabajo psíquico. En un principio la describió como una reacción automática del organismo ante aquellos fenómenos que rompen la barrera de paraexcitaciones y luego como una señal que advierte de la posible aparición de un peligro. El Dalai Lama nos dice que en la medida en que se aumenta el control consciente, los estados negativos surgirán en el teatro interno pero no calaran.
Por todo esto puedo decir que el conocimiento en el psicoanálisis es la palanca que permite el cambio ya que solo conociendo la naturaleza de nuestro enemigo interno podemos llegar a modificar la relación que mantenemos con él, ya que como dijo Freud con mejores palabras: no se puede vencer a un enemigo que no está presente. Lacan nos habla de cómo el deseo, es deseo del deseo del Otro. Por otro lado, la dimensión inter-relacional de la naturaleza humana nos habla de la importancia que el lugar en que el Otro nos coloca, tiene sobre nuestro sentimiento de identidad.
El Dalai Lama nos habla de cómo la cólera, la violencia y la agresión brotan cuando nos sentimos frustrados en nuestro esfuerzo por lograr el afecto. Dice que sobre una naturaleza afable surge una inteligencia que puede ser destructiva si no se educa. Arthur Schopenhauer (1788-1860) sentó en su temprana obra cumbre, El mundo como voluntad y representación (1819), las columnas fundamentales para fundar el pesimismo filosófico y antropológico del ...
Tabla resumen de perspectivas sobre el dolor y la felicidad
| Perspectiva | Visión del dolor | Visión de la felicidad |
|---|---|---|
| Psicoanálisis | Inevitables, pero transformables a través del análisis y la comprensión. | Alcanzable mediante el autoconocimiento y la aceptación de la realidad. |
| Budismo | Parte fundamental de la existencia, superable mediante la atención plena y el control de las emociones. | Estado mental sereno y estable, logrado a través de la práctica y la comprensión de la naturaleza de la mente. |
| Experiencias personales | Desafíos que pueden llevar al crecimiento y a una mayor apreciación de la vida. | Encontrada en la sencillez, el amor y la conexión con los demás. |
La frase "nacida para sufrir" puede interpretarse como una aceptación de la realidad del dolor en la vida, pero también como una invitación a buscar la felicidad y la resiliencia a pesar de las dificultades. A través de diversas perspectivas, podemos encontrar herramientas para transformar el sufrimiento en crecimiento personal y encontrar la alegría en las pequeñas cosas de la vida.
