La pregunta "¿Por qué mi hijo no quiere comer?" es recurrente en muchas familias. A día de hoy nos encontramos un alto porcentaje de niños con dificultades a la hora de comer y de probar nuevos alimentos.
Conocer las causas de la anorexia (inapetencia en el niño) que predominan en la edad preescolar, ya sean funcionales o psicógenas, puede ayudarnos a afrontar esta situación y saber cuándo debemos buscar ayuda médica o psicológica y cuándo no. En el Centro Júlia Farré abordan este tipo de casos de manera integral, tanto desde el punto de vista nutricional como psicológico.
Causas Comunes de la Falta de Apetito en Niños
En la edad preescolar, la causa de la anorexia que predomina es la funcional o psicógena, mientras que en la escolar el 50% de las causas son de origen orgánico (enfermedades crónicas) y el 50% son funcionales. Las causas funcionales o psicógenas son predominantes (sobreprotección materna, hijo único, niño mimado, celoso o envidioso, conflictos familiares o escolares, rechazo al comedor escolar...), pero también existen factores orgánicos: infecciones agudas (hepatitis, neumonías...) o crónicas (tuberculosis, sida...).
Es frecuente que el niño se alimente inadvertidamente o por capricho, fuera de las comidas regulares, con leche, dulces, golosinas, bebidas gaseosas y azucaradas y otros alimentos, por lo que al sentarse a la mesa se encuentra saciado. Esta inapetencia puede ser ocasional, pero más a menudo es persistente.
A veces el niño no quiere comer porque la madre le obliga a tomar alimentos que no le gustan o cantidades superiores a sus necesidades. Algunos padres están convencidos de que el niño debe habituarse a comer de todo sin tener en cuenta sus gustos y preferencias. Es un error que, a la larga, puede privar al niño del placer de la comida.
Además, los niños adoptan comportamientos neofóbicos (miedo a probar cosas nuevas) y se vuelven muy selectivos a la hora de decidir lo que les gusta y lo que no. Cuando hablamos de neofobia alimentaria nos referimos al trastorno que restringe la alimentación de nuevos alimentos a causa de un miedo irracional.
Aspectos Psicológicos y Nutricionales
Puede ser agotador sentarnos a la mesa cada día y enfrentarnos al rechazo constante de nuestro hijo hacia la comida. No saber cómo ayudarle y esa sensación de que “algo no estamos haciendo bien”, puede generar una gran frustración y ser una fuente de estrés.
Es fácil pasar por alto cómo ciertas situaciones alrededor de la comida pueden marcar a un niño, pero lo cierto es que estas experiencias a menudo dejan una huella que influye en su actitud hacia ciertos alimentos. Por ejemplo, si vomita tras probar una fruta nueva puede relacionar tanto el alimento en sí como el sabor, textura o el color del alimento con la experiencia desagradable y que desde entonces se genere un rechazo automático.
Muchas veces, sin querer, los adultos caemos en la tentación de usar frases como “si no comes esto, no hay postre” o “tienes que comerte todo el plato o no podrás irte a jugar”. Si sienten que estamos frustrados, ansiosos o enfadados porque no comen, eso también influye en cómo se sienten respecto a la comida. El ambiente también juega un papel importante. Si las comidas son caóticas, o si hay distracciones como la televisión o la Tablet, es más difícil que el niño desarrolle una relación positiva con la alimentación.
Una repentina pérdida de apetito hay que tomarla en serio. La anorexia también va a estar influida por las infecciones febriles agudas, durante su curso y durante el período de convalecencia. Esta influencia se puede ver acentuada si, además, se administran fármacos anorexígenos para tratar la enfermedad como antibióticos o jarabes, que no van a ayudar a que el niño muestre apetito. En cualquier caso, consultar con el pediatra, sobre todo si la situación persiste y se empieza a observar pérdida de peso.
¿Qué Hacer Para Que El Niño Coma?
Para que el momento de la comida se convierta en un momento agradable, tratemos de secundar sus gustos y no insistamos en hacerle comer más de cuanto le apetece. Todo niño sabe regular su apetito. Si come poco o se salta una comida, tendrá sus motivos. Si muestra preferencia por algún alimento en particular, tengámoslo en cuenta. Si la carne no "le pasa" sola, probemos a mezclarla con alguna que otra cucharada de tomate fresco. En cualquier caso tengamos presente que los quesos, la leche y los huevos son excelentes sustitutos de la carne.
A partir de los dos años, algunos niños quieren escapar de la sobreprotección materna, rechazando la ración nutritiva normal. Otras veces el niño rechaza la comida porque no quiere "sentarse en el banquillo de los acusados", ya que la madre aprovecha este momento para recriminar sus faltas y omisiones a lo largo del día.
Hay que mantenerse impasibles, retirar el plato si no quiere comer, no darle otra cosa en sustitución y esperar a que llegue la próxima comida. No apurarse, comerá cuando tenga apetito. El rendirse, dándole algún que otro alimento, sólo servirá para complicar la situación y que afiance su postura.
Desde la consulta, trabajaremos con las familias para buscar formas creativas y adaptadas a su día a día para reintroducir los alimentos que generan rechazo. Lograr que la hora de la comida sea más relajada y positiva. Una estrategia clave es ayudar a los padres a crear un entorno donde el niño se sienta libre de elegir cuánto y qué comer dentro de lo que se ofrece, sin presiones.
En las consultas de seguimiento, el papel de la nutricionista es ayudar a las familias a identificar qué dificultades están encontrando al llevar a cabo las recomendaciones y asegurarnos de que sean conscientes tanto de los avances de sus hijos como de los suyos propios. Este proceso mejora si trabajamos en equipo con la psicóloga, quien acompaña a las familias en gestionar las emociones que puedan surgir, como la frustración o la ansiedad.
En consulta, trabajaremos juntos para establecer rutinas claras que hagan de las comidas un momento más tranquilo y consciente. Por ejemplo, una de las recomendaciones podría ser crear un espacio libre de pantallas. Esto ayuda a que tanto niños como adultos estén más presentes, puedan conversar entre ellos y disfruten del momento. Será importante proponer cambios que realmente sean factibles.
Otro truco si quieres mejorar la alimentación de tu hijo, es disponer de alimentos frescos y poco procesados en casa, al alcance de los niños. Existen numerosos estudios que observan que es más fácil introducir nuevos alimentos en la dieta de los niños cuando se llevan algo a cambio como, por ejemplo, si come verduras le doy una pegatina.
Una educación consciente de los beneficios y perjuicios de los distintos tipos de alimentos, puede hacer que en un futuro sus decisiones en cuanto a la alimentación sean adecuadas. Se trata de educar a nuestros hijos para que sean ellos quienes quieran comer saludable.
Al igual que los adultos, hay veces que el niño puede tener menos apetito, y nosotros debemos respetar sus sensaciones de hambre y de saciedad. En ocasiones servimos a los niños raciones de adultos. Si ven demasiada cantidad, pueden agobiarse y sentir rechazo, ellos saben que no van a poder comerse todo. Al igual que nosotros, los niños, a veces no quieren comer porque tienen preocupaciones.
Las preferencias alimentarias se desarrollan en la infancia temprana. Esto sucede gracias a exposiciones repetidas a variedad de alimentos en la introducción de los alimentos sólidos. Si consigo que mi hijo haya probado un gran abanico de alimentos, más variada será su dieta en la etapa de aversiones. Todos los niños atraviesan esta etapa de rechazo a los alimentos, que suele darse entre los 2 y 4 años de edad. En esta fase conocida como neofobia, los niños son muy reacios a probar nuevos sabores.
Invítalos a hacer la compra contigo y enséñales las ventajas y desventajas de ciertas comidas. ¿Sabías que muchas veces la psicología juega un papel fundamental en la educación alimentaria de los niños?
No es casual que sea la frontera de los 18 meses la edad más común para este cambio, dado que es en ese momento que suele aparecer la representación simbólica del mundo en el niño, el desarrollo del autoconcepto y por tanto es el inicio de una etapa caracterizada por la búsqueda de los límites, por una conducta desafiante o “retadora” que puede interferir de forma notable en el cambio de propuesta alimenticia del pequeño.
Si el niño no quiere probar el alimento, no se le debe forzar. Dejaremos un tiempo el plato de comida ante el pequeño y pasado ese tiempo se le retirará, sin instarle a comer. Tenderemos a celebrar los éxitos y aproximaciones, y a ignorar y minimizar los rechazos. Si el peso del niño está comprometido, será el pediatra el que tenga la palabra.
Los niños comen la cantidad necesaria para cubrir sus necesidades de crecimiento y energía. Pero entre el primer año de edad y los 5 años es normal que pierdan un poco el apetito. No obstante, mientras tenga un buen nivel de energía y esté creciendo con normalidad, lo más probable es que la pérdida de apetito sea un proceso natural.
Consejos Prácticos Para Padres
- Dejar que el niño decida cuánto va a comer a la hora de la comida. Casi todos los niños comen una cantidad suficiente.
- Realizar 5 comidas al día pero con moderación en los tentempiés de media mañana y media tarde.
- No picar entre horas para evitar que el niño se sacie y luego no tenga hambre.
- El niño debe comer solo y se ha de fomentar su autonomía.
- Hacer la hora de la comida agradable y que el niño participe en la elaboración de los platos.
- Evite que la conversación en la mesa se centre exclusivamente sobre la comida.
- No prolongar la hora de la comida: dar un tiempo razonable para comer.
- Limite la cantidad de leche a 500 ml al día ya que la leche contiene tantas calorías como la mayoría de los alimentos sólidos.
Durante esta etapa, es habitual que los niños experimenten una disminución natural del apetito debido a un ritmo de crecimiento más lento y a la necesidad de menos calorías. Además, factores como infecciones leves, cambios en la rutina diaria, estrés emocional o aburrimiento con la comida pueden influir en su apetito.
Otro truco para que el niño coma aceptablemente a la hora de la cena; no le des una merienda abundante basada en zumos envasados, bollería o galletas. Un zumo envasado a las siete de la tarde es más que suficiente para que no pruebe bocado a la hora de la cena además de aportarle una cantidad exagerada de azúcar que no necesita. Marcos no quiere merendar. Pues no habrá comida hasta la cena. Las patatas, snacks y galletas también son comida, “comida basura” pero comida. No se lo ofrezcas. Todo son desventajas.
Esmérate en la presentación. A ti te gusta que en los restaurantes te presenten los platos bonitos ¿verdad? A tu hijo también. Raciones pequeñas, en plato de postre. Ponte en su lugar: Si tuvieses que probar algo por primera vez que no te convence ¿Qué prefieres? ¿Una montaña hasta arriba de ese alimento nuevo o una muestra pequeña?
¡A jugar! Les encanta. Cada día ha de probar algo nuevo. Si su plato preferido son los macarrones y tú quieres que pruebe la dorada que acabas de preparar con mimo; le pondrás dos platos de postre encima de la mesa, uno delante de él y otro a continuación; que él los vea. En el primero habrá 3 trocitos de dorada (sólo tres). Si prueba: ¡Estupendo! Se trata de que pruebe. No te preocupes tanto de la cantidad, es mucho más importante que lo haya entendido y ¡que pruebe! ¡Dale valor a la experiencia y no tanto al resultado final!
Está demostrado que, si un mismo alimento pasa por nuestra orofaringe 10 veces, termina por gustarnos. ¿Qué ocurre la primera vez que probaste una copa de alcohol? A nadie le gusta; lo mismo ocurre con el vino, con la cerveza y con los alimentos.
Intenta incluirle en la mesa lo antes posible para comer todos juntos el mismo menú. “Si papá y mamá lo comen, yo también quiero”. Y por último, respeta sus gustos: si odia las espinacas pero le gusta el brócoli, no le castigues.
Es fundamental identificar y abordar estos factores para ayudar al niño a recuperar su apetito de manera saludable. Además de la disminución en la ingesta de alimentos, pueden presentarse síntomas como irritabilidad, fatiga o pérdida de peso.
Si la familia sigue hábitos alimentarios saludables, es más probable que el niño los adopte también. Además, compartir la comida y no aislar al niño en momentos de rechazo refuerza los hábitos positivos.
Los factores emocionales como el estrés o los cambios en la rutina también pueden afectar el apetito de un niño pequeño. Un ambiente estresante durante las comidas puede llevar a que el niño asocie este momento con tensión.
Es importante que los padres se enfoquen en crear un espacio agradable, sin distracciones como la televisión o dispositivos electrónicos, y sin peleas o castigos relacionados con la comida. El apoyo emocional y la paciencia son esenciales para fomentar una relación saludable con la comida.
Ante la inapetencia o el rechazo, la familia nunca debe obligar a un niño o una niña a comer. Los chantajes, las amenazas y la presión por parte de los adultos no pueden ser nunca el camino en el contexto de una adecuado educación alimentaria.
Cuando los dietistas-nutricionistas hablamos de comer de forma saludable no nos referimos solamente a la ingesta de nutrientes, sino a la relación con la comida. Cada vez es más frecuente encontrar a niños y a niñas de 6, 7 u 8 años que describen un alimento saludable como ‘el que no engorda’. También encontramos niños que han perdido la capacidad de regular su apetito porque se les ha obligado a dejar el plato limpio.
Son muchas las razones por las que un niño o una niña no quiera comer. Sin ir más lejos, puede que no tenga hambre en el momento que ofrecemos la comida. Esto pasa mucho en el inicio de la alimentación complementaria, cuando un peque viene de una alimentación con leche a demanda, es decir, sin horarios, y queremos empezar a darle alimento a las horas que comemos los adultos (desayuno, almuerzo, comida, merienda, cena).
Muchos niños no comen porque no pueden gestionar lo que sienten frente a determinados alimentos como por ejemplo la repulsión o porque no son capaces de gestionar la comida en la boca.
Para Mapi Herrero este rol es garantizar la seguridad y salud del niño, que no es conseguir que coma. Pese a la angustia de los padres, son pocas las situaciones en las que el niño no come y su salud queda afectada.
Según Mapi Herrero, cuando un niño o una niña deja de comer siempre hay que evaluar qué pasa. Lo más frecuente es que no pase nada, pero es recomendable que, ante la duda, se acuda a un profesional que pueda detectar a tiempo una ingesta insuficiente de energía o nutrientes.
A los niños les fascina colorear. ¿Qué tal colorear la comida? Proponles colorear el arroz o la pasta de amarillo, con colorante alimentario; de rojo con tomate; de rosa, con remolacha; o de verde, con espinacas.
En ese sentido, se estima que hasta un 20-30% de niños sanos y un 80% de niños con necesidades especiales sufren algún tipo de trastorno de la alimentación. Las causas por las que un bebé no quiere comer son variadas. Los problemas para comer en los bebés pueden aparecer desde el inicio de la vida del niño. No obstante, se pueden dar en cualquier etapa.
A veces, se debe a que son niños muy activos, enérgicos y curiosos y están mucho más interesados en jugar y hablar que en comer. En otras ocasiones sí se debe a problemas psicológicos importantes o bien a enfermedades orgánicas. En este grupo, se incluyen a los bebés que tienen lo que se conoce como neofobia. Esto puede darse al iniciar la alimentación complementaria o bien más adelante.
Cualquier situación traumática con la alimentación puede causar miedo a comer en los niños. Dentro de este grupo también se incluyen a los lactantes cuyos padres interpretan su llanto como hambre cuando no lo es.
Para ello, se debe establecer un horario regular de comidas: se debe programar un número de tomas (4-5 al día) y con cantidades acordes a la edad. Tampoco hay que obligar, insistir o presionar al niño para que coma.
Es frecuente que los niños/as pierdan el hambre en el contexto de una infección como un resfriado, una gastroenteritis, amigdalitis, otitis u otro. Suele ser una perdida de hambre reciente y transitoria, y cuando se resuelva el episodio, el hambre vuelve. ante un peque que no tiene hambre, lo primero que siempre tenemos que descartar es que no haya ningún signo de alarma que haga sospechar una enfermedad.
Cualquier cambio en la rutina habitual de un niño/a puede provocar alteraciones puntuales en la alimentación o también en el sueño. Esto lo podemos ver en el contexto de viajes, si ha habido el nacimiento de un hermanito o hermanita, con el inicio de la escuela o de la escuela infantil… Los niños son muy sensibles a los cambios así que es normal que hasta que no se adapten a la nueva situación puedan comer menos.
Hay peques sanos con un desarrollo normal y un crecimiento correcto que comen poco pero lo suficiente para ir creciendo dentro de sus gráficas de crecimiento. En estos casos es habitual que coman menos de lo que la familia espera de ellos. Debemos revisar qué expectativas en relación a la alimentación tienen los padres para ajustarlas a la realidad y hacer un registro dietético para comprobar que la ingesta sea la adecuada tanto en relación a la energía como en los nutrientes.
El crecimiento no es un proceso lineal, los peques irán regulando su ingesta en función de sus necesidades. Por ejemplo, durante el primer año los bebés crecen muy rápido y por tanto ingieren más cantidad de alimentos. Pero a partir del año de vida este ritmo va más lento. A partir de los 2 años el crecimiento va mucho más despacio, nuestro cuerpo se autoregula y se adapta a la nuevas necesidades, por lo que el peque pasa a comer menos. Es totalmente fisiológico, como no necesita crecer tanto como el primer año, tampoco necesita comer tanto. Además, a esta edad es más difícil que se mantengan sentados en la mesa ya que tienen mucho interés por el mundo que les rodea.
Algunos ejemplos de estos alimentos serían las galletas, los yogures de sabores, los zumos envasados, los batidos, los dulces, las patatas chips… Todos estos son alimentos poco saludables y de baja calidad nutricional. Un exceso en su ingesta puede generar una falsa pérdida de hambre, ya que son alimentos que sacian y que por tanto desplazan la ingesta de otros alimentos saludables como la fruta o la verdura.
Recordad, cada niño/a es diferente y su interés por la comida puede ser que vaya cambiando con el tiempo. Ante cualquier duda, siempre es recomendable que consultéis con vuestro pediatra.
Tabla de Alimentos y Sustitutos
| Alimento Rechazado | Sustitutos Nutritivos |
|---|---|
| Carne | Quesos, leche, huevos, legumbres |
| Verduras | Frutas, purés de verduras mezcladas |
| Alimentos Nuevos | Presentaciones pequeñas, combinar con alimentos favoritos |
En resumen, comprender las razones detrás del apetito de los niños es esencial para garantizar una alimentación saludable y balanceada. Ser conscientes de que las etapas normales de crecimiento pueden influir en el apetito y que cada niño es diferente es clave para no caer en la frustración y entender que es un proceso natural.
