Mi hijo me lleva al límite: Ayuda y estrategias para padres

¿Te sientes identificado con frases como “Mi hijo no me hace ni caso” o “Intento explicárselo bien, pero es como si no me oyera”? Si es así, probablemente te encuentres agotado y preguntándote qué está ocurriendo. Este artículo te ofrece algunas claves y consejos para entender y mejorar la situación.

La necesidad de límites claros

Estamos en una etapa de cambio en la manera de educar a nuestros hijos. Hemos pasado de un modelo autoritario a uno en el que los niños son respetados y tenidos en cuenta. Este cambio requiere un aprendizaje por nuestra parte ya que educar a los niños sin castigos y con respeto, no significa volvernos permisivos y dejar que los niños hagan lo que quieran en cada momento.

Es fundamental comprender que nuestros hijos necesitan límites, no para que se porten bien o sean obedientes, sino para sentir seguridad, para construirse como personas con autoestima, asertivos, capaces de regular sus emociones y de tolerar la frustración. El problema surge cuando no sabemos cómo aplicar esos límites sin caer en peleas, gritos o castigos.

¿Se puede ser firme sin ser autoritario?

Ser firme consiste en tener claros ciertos límites que no quieres que se sobrepasen, compartirlos con tus hijos o incluso acordarlos con ellos, y que todos comprendamos que habrá unas consecuencias si no los cumplimos (no en forma de amenaza o de castigo). Que un niño se enfade, se frustre o tenga una rabieta porque le digamos que no puede pegar a papá o a mamá, es algo natural y no debe asustarnos.

Errores comunes al establecer límites

Saber qué es lo que podemos mejorar es el primer paso antes de enfrentarnos a solucionarlo. Algunos errores comunes son:

  • Falta de consecuencias: ¿Qué ocurre cuando no se respeta un límite? ¿Hay alguna consecuencia? Una consecuencia debe estar siempre relacionada con lo que se está incumpliendo.
  • Incongruencias: Si decimos cuáles pueden ser las consecuencias de sus acciones pero luego no las cumplimos, no van a servir de nada.
  • Miedo a su reacción: Su reacción de enfado, de llanto o de frustración va a ser completamente natural cuando reciban un “no” por nuestra parte, sobre todo si no están muy acostumbrados, pero no hay que temerla.
  • Inseguridad a la hora de decidir lo que es un límite obligatorio y lo que no: Debes valorar si eres demasiado estricto o demasiado flexible.
  • Desesperanza: Por no discutir otra vez, lo dejas. "Ya no le digo nada porque no me va a hacer caso", "Lo doy por imposible".
  • Culpabilidad: "No quiero verlo llorar", "Me siento mal haciendo esto porque últimamente no paso mucho tiempo con él". Este sentimiento desaparecerá cuando tengas claro que marcar límites en necesario para ellos y su ausencia puede tener importantes consecuencias.
  • Desconocimiento: No se cómo decirle las cosas de forma seria pero sin gritar, castigar…
  • Agotamiento: Estas situaciones requieren energía.

Estrategias para mejorar la situación

Ahora toca ponerse a trabajar. No sentirse culpable si has descubierto que hay cosas que no estabas haciendo bien y buscar las herramientas necesarias para mejorar la situación en casa. Los adultos ven a sus hijos comportarse como ellos nunca lo hicieron y no los entienden.

Para entender no hace falta estar de acuerdo, sólo es necesario comprender el interior y ahí tal vez no sean tan distintos los padres de los hijos. Podría resumirlo diciendo que, todo eso nuevo que hacen los hijos ES NORMAL y así los padres se pueden quitar un gran peso de encima.

¿Por qué los adolescentes faltan al respeto?

Las faltas de respeto son muy comunes en la adolescencia y lo excepcional es, precisamente, que no las haya. De hecho, psicólogos especializados en la etapa adolescente afirman que es más preocupante un adolescente que no se rebela en absoluto que uno que sí lo hace (dentro, claro está, de unos límites). Hay varias razones:

  • Inmadurez cerebral: Los adolescentes tienen bien desarrollada la parte impulsiva de su cerebro, pero el córtex frontal, que ayuda a la reflexión previa a la acción, aún no.
  • Cambio de referentes: La adolescencia supone, socialmente, el fin de la relación admirativa con los padres. El adolescente está “programado” evolutivamente para marcharse de casa y, para ello, necesita poner en perspectiva todas las enseñanzas de sus padres.
  • Factores educativos: Los hijos que han recibido una educación muy autoritaria o muy laxa tienen más probabilidad de relacionarse con sus padres a través de faltas de respeto cuando llega la adolescencia.

La mejor respuesta educativa ante las faltas de respeto

Nuestros hijos adolescentes necesitan conocer dónde está la línea roja de la cual no deben pasar, y además es nuestra responsabilidad comunicárselo, educarles. Algunos consejos al respecto son:

  • Busca el motivo de la falta de respeto: No se trata de justificar el mal comportamiento, pero es bueno saber de dónde viene.
  • Ante las faltas de respeto, mantén la calma: Podemos, por supuesto, manifestar nuestro enfado, pero siempre de la forma menos agresiva de que seamos capaces.
  • Deja la conversación para luego: A menos que haya un problema de seguridad, lo mejor es que, sin evitar la conversación, la pospongas.
  • Dile que no vas a tolerar faltas de respeto: No debes dejar de decirle que no mereces ese trato, y que no lo vas a tolerar.
  • Enséñale habilidades de resolución de problemas: Cuanto más entrenado esté tu hijo adolescente en la resolución de problemas, más se va a reducir la conflictividad en casa.
  • Busca ayuda: Si las conductas desafiantes duran mucho tiempo, son repetidas pero repetidas, o si simplemente crees que te cuesta lidiar con ellas, busca ayuda.

Test: ¿Cómo es tu relación con tu hijo?

Responde sinceramente a las siguientes preguntas. Cada respuesta afirmativa suma un punto.

Si tienes hijos pequeños:

  • Las rabietas se extienden demasiado.
  • Me cuesta calmarme.
  • Suelo recurrir al chantaje o al castigo para terminar.
  • Mi hijo se enfada demasiado.
  • Después de una rabieta, necesito que se quede con su padre.
  • Mi hijo me grita, llora insistentemente o me pega.
  • Me siento superada cuando tiene un berrinche.
  • No puedo pensar con claridad cuando el niño está irritable.
  • ¿Por qué no podemos jugar tranquilamente?
  • Sus estallidos parecen surgir de la nada.
  • Por lo general no hay forma de evitar que algo le desagrade.
  • Durante las rabietas me dan ganas de salir corriendo.
  • Hace un castillo de un grano de arena.
  • No me resulta fácil calmarme durante una rabieta del niño.
  • Mi hijo parece inflexible, cuesta razonar con él.

Si tienes hijos adolescentes:

  • Nuestras discusiones se acaloran demasiado.
  • Me cuesta mucho calmarme.
  • Uno de nosotros acaba diciendo algo de lo que se arrepentirá.
  • Mi hijo se enfada demasiado.
  • Después de una pelea, necesito espacio entre él y yo.
  • Mi hijo me grita.
  • Me siento abrumada por nuestras discusiones.
  • No puedo pensar con claridad cuando mi hijo está agresivo.
  • ¿Por qué no podemos hablar más racionalmente?
  • La negatividad de mi hijo parece surgir de la nada.
  • Por lo general no hay forma de evitar el mal genio de mi hijo.
  • Durante nuestras peleas tengo ganas de salir corriendo.
  • Los problemas sin importancia suelen convertirse en grandes problemas.
  • No me resulta fácil calmarme durante una discusión.
  • Mi hijo tiene muchas exigencias muy poco razonables.

Resultados:

  • Menos de 6 puntos: La relación con tu hijo crece sólida.
  • Más de 6 puntos: Vuestra comunicación debe mejorar.

Si estás experimentando dificultades significativas, considera buscar apoyo profesional. Un terapeuta puede ayudarte a comprender las dinámicas familiares y a desarrollar estrategias para mejorar la comunicación y establecer límites saludables.

Amor y límites para ayudar a tu adolescente. María Velasco, psiquiatra infantojuvenil

Herramientas para gestionar el enfado

El enfado es una emoción básica y necesaria, pero es importante aprender a gestionarla de forma adecuada. Algunas estrategias son:

  • Validar y reconocer sus sentimientos: No les digas que no se enfaden, que no es para tanto, o que se calmen.
  • Enseñarles a identificar y expresar su emoción de enfado: Ayúdales a ponerle nombre a lo que sienten, y a comunicarlo de forma adecuada.
  • Fomentar el diálogo y la escucha activa: No les interrumpas, ni les critiques, ni les des consejos cuando los veas enfados y se están comunicando.
  • Establecer normas y límites claros, coherentes y respetuosos: Los hijos e hijas necesitan saber qué se espera de ellos y ellas, y qué consecuencias tendrá su comportamiento.
  • Proporcionarles herramientas para calmarse y relajarse: Enséñales técnicas de respiración, relajación, meditación, o cualquier otra que les ayude a reducir su nivel de activación y a recuperar el control.
  • Ser un modelo positivo de gestión de la ira: Los hijos e hijas aprenden más de lo que ven que de lo que oyen.
  • Reconocer y reforzar sus logros y sus esfuerzos: No te centres solo en lo que hace mal tu hijo/a, sino también en lo que hacen bien.
  • Ofrecer alternativas positivas a la ira: No basta con decirles lo que no deben hacer, sino también lo que pueden hacer.
  • No te lo tomes como algo personal: A veces, los hijos e hijas pueden descargar su ira contra ti, sin que tú tengas la culpa de nada.

La importancia de los límites claros

El tema de los límites en la infancia preocupa mucho a las familias y, en ocasiones, encontrar el equilibro adecuado parece complicado. Los adultos, a veces, le damos un enfoque a todo este tema de normas, límites, premios y castigos que quizá no nos ayuda y nos trae más problemas que otra cosa.

Las respuestas para poner límites a los niños que se suelen dar son buenísimas, y muestran que quienes asisten a este tipo de talleres leen mucho sobre el tema y “se lo curran” un montón: hablan de dar alternativas, de posponer gratificaciones, de negociar, dialogar, distraer… Pero por lo general suele pasarse por alto la respuesta más obvia: simplemente decir que no. De manera calmada y respetuosa, por supuesto, pero a veces toca decir que no.

Antes no había tanta preocupación por cómo poner las normas o cómo fijar límites, porque tampoco nos cuestionábamos tanto las cosas relacionadas con la crianza. Pero ahora las cosas son diferentes; las familias no quieren caer en ese “ordeno y mando”, pero tampoco vivir en una anarquía total que pueda perjudicar a sus hijos. Y de intentar buscar un equilibrio viene todo este lío.

A la hora de poner un límite no hay que pretender que lo vean como nosotros y además nos den las gracias por limitarles, porque lo que ellos piensan y sienten es otra cosa. Podemos razonar o explicar, pero pretender convencerles o incluso imponerles pensar y sentir como los adultos que no son, es poco empático y Adultocentrista.

Por esto debemos poner límites a los niños de forma clara y con las explicaciones justas. No digo sin explicaciones, pero con las justas. Porque a veces lo que ocurre es que detrás de tanta explicación se esconde, por parte de la familia, un miedo a poner el límite, una falta de seguridad: parece que quieran convencer a sus hijos para que sean ellos quienes se pongan el límite ellos solitos, y así a ellos no les tocaría hacer de “poli malo”. Pues lo siento mucho, pero esta es parte de nuestra tarea de adultos.

Decir que no a cosas que a tus hijos les gusta, no suele ser agradable para nadie. Pero escurrir el bulto y pretender que sean ellos los que hagan esta función no es justo. Ellos no pueden.

Veamos algún ejemplo: no vamos a dar mil explicaciones para no comprar chuches y, además, añadir que “son asquerosas”. Podemos decir: “ya, a mí también me gustan mucho las chuches, pero en casa no compramos. Ya sabes que es algo para cumples y días especiales, y hoy no es uno de esos días”. Y punto. O con las pantallas: “A mí también me gusta mucho a veces jugar con la consola o el móvil, pero a) hoy no es fin de semana b) eso es para mayores c) ya has superado el tiempo que tenías” o lo que sea. Y ya está. No hace falta darle mil vueltas al tema o tratar de convencerles. Nuestra tarea es ponerles el límite y la suya es ponernos mala cara. Lo siento. Es así.

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