El Paseo de San Vicente, una de las vías más transitadas de Salamanca, recibe su nombre del monasterio construido alrededor del siglo XI en el cerro que albergó los orígenes de la ciudad.
Si algo caracteriza al Paseo de San Vicente es la presencia de hospitales a ambos lados de su trazado.
El origen del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca (CAUSA) se remonta a 1965, cuando se inaugura el primer centro hospitalario, Virgen de la Vega, y el Centro de Especialidades anexo al mismo, compuesto por varios centros.
Antes de 1965 la asistencia sanitaria pública en Salamanca corría a cargo del Hospital Provincial (que fue inaugurado en 1930), que estaba bajo la administración de la Diputación Provincial de Salamanca.
Fue en 1975 cuando se pone en marcha el Edificio Materno-Infantil y el Hospital Clínico, dependiente de la Universidad Civil de Salamanca hasta 1987 cuando se integra en la red de la Seguridad Social. Más tarde, en 1988, el Hospital Universitario de Salamanca comenzó a funcionar como un órgano de gestión único, con cuatro edificios ubicados en la ciudad.
El Hospital Clínico de Salamanca comenzó a funcionar después de una inversión de un presupuesto de 428.926.998 pesetas, y con una apertura escalonada por secciones.
El viejo Clínico prestó servicio desde 1975 hasta septiembre de 2021 con el traslado de pacientes al nuevo Hospital, que en enero de 2023 fue inaugurado por Felipe VI.
En los últimos años se ha estado construyendo una infraestructura más, un edificio anexo a los anteriores, en el centro de Salamanca, para albergar el Nuevo Hospital Universitario de Salamanca, que cuenta con una superficie construida de más de 200.000 metros cuadrados. El traslado comenzó en el mes de diciembre de 2020, con el comienzo de actividad de Rehabilitación y Oncología Radioterápica. El resto del traslado se realizó en el verano del 2021.
Tras vaciarse por completo, en verano de 2022 comenzaron las acciones de derribo de su estructura.
Los futuros planes para el solar que deje el antiguo edificio serán levantar una nueva construcción, destinadas a los nuevos edificios de consultas, anexos al nuevo hospital, que albergarán todas las consultas externas que ahora se encuentran en los edificios de consultas 1,2 y 3 en la zona del antiguo Hospital Virgen de la Vega y la del Materno Infantil.
El Hospital Virgen de la Vega y sus escoltas -el Materno Infantil y el Ambulatorio- podrían tener los meses contados.
Fue durante este traspaso cuando la Junta de Castilla y León pasó a disponer del Vega, el Materno y el ambulatorio, que actualmente se han convertido en 'edificios de consultas' 1, 2 y 3.
Hasta mediados de 2026 hay tiempo para meditar qué hacer con el Virgen de la Vega y si se le puede dar algún nuevo uso, pero existe un dato esclarecedor: Entre el nuevo Hospital Universitario y los futuros bloques K y L que están en construcción, suman más metros cuadrados de superficie que cuando existían el Clínico, Virgen de la Vega, Materno Infantil y Ambulatorio. Lo nuevo va a ser más grande que lo antiguo.
Si la Junta devuelve el Virgen de la Vega y sus edificios anexos a la Seguridad Social, será decisión del Gobierno qué hacer con esos edificios.
Hospital Universitario de Salamanca.
El Centro Materno Infantil Ave María: Un Refugio para Madres sin Recursos
La maternidad presenta grandes desafíos, especialmente para las madres sin recursos, que se enfrentan al miedo y a la soledad constantes. La juventud, la falta de formación y experiencias pasadas difíciles agravan esta situación.
Ante estos casos, con el objetivo de acompañar ya apoyar a estas madres juega un papel fundamental el Centro Materno Infantil Ave María, que lleva desde el año 1949 realizando esta labor.
Un centro que ahora es un rayo de esperanza, nació debido a una tragedia. “Una joven universitaria se suicidó debido a la presión social y el miedo al embarazo en aquella época”, explica Rosario Álvarez, Directora General del Centro. En ese momento, el sacerdote Doroteo Hernández pensó que había que hacer algo ante esta problemática, porque no era un caso aislado y decidió fundar este centro.
“Un grupo de jóvenes universitarios le ayudaron a visibilizar la necesidad de un lugar donde las mujeres pudieran acudir en momentos difíciles. Así, a través de la universidad, conseguimos un local en la Calle Libreros, frente a la Casa Unamuno, y ahí comenzó la historia del centro", explica.
Un lugar para acompañar a mujeres embarazas durante un máximo de cuatro años, que es lo que pueden estar en el centro.
La misión del centro es clara: apoyar tanto a la madre como a su hijo. "Nuestro principal objetivo es hacer una apuesta por la vida, no solo por la del niño, sino también por la de la madre. Muchas de las mujeres que llegan aquí han sufrido violencia, ya sea en su familia, por parte de su pareja o incluso abuso. Por eso, lo primero que necesitamos hacer es que se sientan queridas. Nuestra labor es ofrecerles un hogar", explica emocionada Rosario.
El acompañamiento es integral y abarca todos los aspectos de la vida de las mujeres. "Les acompañamos en el proceso del embarazo, en las visitas al médico, en las hospitalizaciones, en el parto, y les enseñamos cómo ser madres, porque muchas veces no se han preparado para este momento. Es un proceso que no se puede hacer en dos meses, requiere tiempo, cariño y paciencia", detalla.
Además, el centro ofrece formación para ayudar a las mujeres a salir adelante. "Si son muy jóvenes, intentamos que retomen sus estudios. Les ofrecemos herramientas para que puedan prosperar en el futuro. Algunas están estudiando peluquería o comercio, y otras reciben orientación profesional. También organizamos cursos de inserción laboral y les apoyamos en la búsqueda de empleo", agrega Rosario.
En el centro también se busca fomentar la autonomía. "Queremos que las mujeres salgan con madurez para afrontar la vida. A veces somos exigentes, pero lo hacemos porque la vida fuera también lo es.
El apoyo que el centro brinda va más allá de lo material. "Aquí las mujeres no solo reciben ayuda práctica, sino también emocional. A veces, solo necesitan alguien con quien hablar, alguien que las escuche", comenta Rosario.
Es bonito ver cómo muchas de las mujeres que han pasado por aquí, ahora se ofrecen como voluntarias. De alguna manera, quieren devolver lo que han recibido.
Por último, Rosario hace un llamado a la sociedad: "A veces, la gente juzga sin conocer la historia completa. Las circunstancias que viven son complejas, y muchas veces no se entienden desde fuera.
En nuestro Centro Materno Infantil Ave María acogemos mujeres embarazadas y madres con hijos de hasta 5 años sin recursos o en riesgo de exclusión social. También acogemos embarazadas o madres menores de edad y población inmigrante en general. Que no te sientas sola.
La sociedad salmantina es un ejemplo de generosidad con nuestra Casa.
Centro Materno Infantil Ave María.
Historias de Vida en el Centro Ave María
En el Centro Materno Infantil Ave María de Santa Marta de Tormes (Salamanca) conviven una docena de mujeres cuya historia coincide con alguna de esas suertes. Madres que crían a sus hijos conviviendo con un pasado tormentoso, pero mirando hacia un futuro cada día más despejado. Allí es donde encuentran su punto de inflexión. Un cálido refugio donde sanar sus heridas y entrenar sus capacidades para lanzarse de nuevo al océano.
Con el bagaje acumulado de tantos años trabajando con familias desestructuradas y madres en riesgo de exclusión social, Rosario Álvarez considera que “la sociedad está perdiendo el sentido de la palabra esfuerzo”, especialmente a la hora de transmitirlo a los jóvenes. “Es importante enseñar que la manera de salir adelante es a través de la formación y el trabajo. “Nadie puede ser un parásito de la sociedad. Cada uno, desde su ángulo, tiene la obligación de aportar”, considera.
Aparte de inculcar la cultura del esfuerzo y trabajar en la formación de las mujeres, en el Centro Ave María trabajan para combatir el profundo sentimiento de soledad que arrastran en la mayoría de ocasiones. Las extranjeras, porque en efecto pueden estar solas en España, y las nacionales, porque a menudo su vínculo con las personas más cercanas se ha visto quebrado.
El equipo del centro está formado por una psicóloga y dos educadoras sociales, entre las que se encuentra Rocío González, quien explica a Ical que el perfil de las madres que ingresan es “muy variado” y va cambiando con el tiempo.
Entre las que acuden hay españolas, que suelen ser menores o muy jóvenes, y cuyos casos «suelen tremendos”, según puntualiza, reconociendo que se trata de un tipo de interna cuya cantidad fluctúa en función de la salud económica del país, actuándose en periodos de crisis. Por desgracia, según dice, “normalmente la violencia de género está presente, de una u otra manera, en la mayoría de los casos”, rayando el 90 por ciento.
Las inmigrantes son mayoría en el centro. Y un perfil muy común responde a mujeres extranjeras que fueron adoptadas de pequeñas y que se han visto en problemas a la hora de ejercer la maternidad por ellas mismas. Esto es debido a una muy variada causalidad, incluida una grave carencia afectiva con sus padres biológicos cuando son pequeños, que luego aflora en la adolescencia.
Bien es cierto que en la actualidad no hay ninguna madre menor de edad en el centro, pero la educadora admite que las han tenido hasta de tan solo 14 años. También de 15, 16 y 17. “Este tipo de niñas vienen de familias muy desestructuradas, o bien se han criado a saltos entre instituciones o centros de menores”.
Una vez en el lugar, las mujeres manifiestan “cierta desconfianza” en los primeros tratos con las profesionales. “Me van a ayudar, pero a cambio de qué”, parecen preguntarse, según Rocío. “No están acostumbradas a que las cosas sean tan fáciles. Nosotras nos enfocamos en lograr en que no se sientan juzgadas, sino seguras y queridas”, explica. El afecto es una carencia común a todos los casos. “Todos necesitamos apoyo en determinadas situaciones, especialmente cuando no vemos ninguna salida”, y en el Centro Ave María lo encuentran desde el primer momento.
El plan de atención integral comprende un itinerario que por supuesto involucra a los niños, enfocado a su educación y a su desarrollo emocional. En principio, las madres pueden estar en el Centro Ave María hasta que sus hijos cumplen cuatro años, pero hay cierta flexibilidad en función de las circunstancias.
Una de estas intrincadas trayectorias es sin duda la de Irina. Ella es cubana y tiene 36 años. Salió de su país, donde tenía trabajo tras haber cursado estudios de derecho, porque “la situación económica allí es complicada”. Emigró con el afán de mejorar y entró a Europa por Holanda, donde permaneció un mes y medio. Sin embargo, al poco tiempo de arribar al país neerlandés se percató de que estaba embarazada. “Cambió mi vida. No lo esperaba. Había dejado a mi pareja en Cuba y no contaba con eso.
Cuando le explicaron las características de la casa asegura que vio “el cielo abierto” y empezó a tener “calma” en su vida. “Llegue aquí una semana antes de tener al bebé y tuve una acogida muy calurosa. Recibí atención médica y psicológica, y me ayudaron con toda la documentación”, explica agradecida.
Junto a Irina está su compañera Muna. Ella es africana y lleva, ente idas y venidas, once años en España. Su vida tampoco ha sido fácil.
Cuando llegó al centro estaba “muy mal”, tanto que llegó en ambulancia directamente desde el hospital. No duda en deshacerse en elogios hacia el personal del centro y hacia ‘Chari’, como llama a la directora. “Mis hijos ahora están muy bien porque ella los ve como sus nietos. Ahora tengo casa, ahora tengo familia. Porque lo somos”, recalca.
Solo le falta encontrar un trabajo para cumplir el sueño de tener una casa donde quedarse junto a sus hijos.
En suma, la salmantina Rocío González reconoce emocionada que conectó con el proyecto desde que lo conoció y quiso formar parte de él. “El primer día vi a los niños corriendo y jugando, y sé que cuando están felices no lo saben disimular. Además de eso, veo coherencia entre lo que Rosario me contó cuando llegué y lo que vivo en el día a día. Creo en las personas que llevan a cabo este proyecto.
El tiempo pasa inexorablemente y en 1999 el Hospital Virgen del Castañar (ubicado en la localidad de Béjar, uno de los pueblos principales de la provincia de Salamanca), que estaba funcionando como independiente desde su inauguración en 1963, se incorpora al complejo, haciendo que crezca aún más.
El derribo, según explicaron fuentes del CAUSA a Ical, solo se ha visto interrumpido temporalmente tras hallar en el pegamento de los suelos «una parte mínima de amianto que hubo que gestionar también por motivos de seguridad». Estas acciones de desamiantado ya terminaron, y el plazo previsto para dar el adiós completo a la estructura se mantiene en verano de 2023.
Para este proceso de derribo están empleando maquinaria específica como pinzas, palas o piquetas, acompañadas de un vistoso chorro de agua destinado a asentar el polvo para proteger al nuevo hospital. Aun con ello, sus ventanas se mantienen completamente cerradas, y desde el servicio de Ingeniería y Mantenimiento realizan cambios en los filtros de entrada de aire con más frecuencia de lo habitual para garantizar su pureza. Asimismo, desde el CAUSA controlan también mediciones de partículas y de bacterias de hongos.
El equipo de Medicina Preventiva es el encargado de controlar las zonas de más riesgo como los quirófanos, donde duplicaron su periodicidad, aunque también han incrementado las mediciones microbiológicas en todo el hospital, de manera aleatoria en las zonas más próximas al derribo. Unas mediciones que, por el momento, «no han encontrado desviaciones importantes», afirman.
El problema no fue ese. Las paredes del Hospital Clínico guardaron «muchos años muy buenos y muy fructíferos» y de ellas «ha salido gente muy buena», afirma Arroyo. Pero también relata cómo en su recta final el personal sólo quería que comenzara la actividad en el nuevo para poder contar con más espacio, calidad y material para trabajar.
«Antes teníamos algunos servicios muy buenos a nivel nacional e internacional, pero ahora cada vez nos estamos saliendo de ello», explica. «Tenemos un hospital que es impresionante, tanto el centro como el personal. El problema es que, por la razón que sea, políticamente, lo pueden dejar caer», señala, con la esperanza puesta en que esto no suceda.
«Espero que el salmantino se sienta identificado y lo sienta como algo suyo. Con el recuerdo en este «gran referente», trabajadores como Andrés Arroyo no han querido ver cómo cae poco a poco su estructura. «Son muchos años, mucha gente y muchas historias», reconoce, además de que a más de uno «se nos caen las lágrimas» cuando pensamos en ello.
Doroteo Hernández Vera nace en 1901 en Matute de Almazán (Soria) en el seno de una familia humilde y profundamente cristiana. Realiza los estudios que le preparan para el sacerdocio en el Seminario de Sigüenza (Guadalajara). Su deseo de llegar a todos hace que su Obispo lo defina como “un Río desbordado”.
Doroteo fue un hombre sencillo, humano, cordial, íntegro, prudente, sabio, noble, sincero, con temple de héroe y con ardor de apologista. Bondadoso, acogedor y lleno de virtudes humanas, daba confianza al interlocutor, porque era abierto y sencillo, dialogante y optimista.
