A lo largo de los siglos, la reflexión teológica de la Iglesia ha otorgado títulos particulares y especiales a María, para aclarar quién es ella, y por qué es merecedora de nuestra devoción filial.
Desde hace casi un siglo, ha habido un pequeño pero creciente movimiento en la Iglesia a favor de la proclamación de un quinto dogma mariano, referido al papel de la Beata Virgen como Madre Espiritual de toda la Humanidad.
El próximo 25 de marzo, el Vatican Forum de la revista Inside the Vatican y del St. Thomas More College, en una sala cercana a la Plaza de San Pedro, invitará a un grupo internacional de obispos y teólogos para debatir si ahora es el momento apropiado para pronunciar una quinta solemne definición o «dogma» sobre la Virgen María.
¿Quién es la virgen María para los cristianos? | Pastor Andrés Arango | La Central
Dogmas Marianos y la Maternidad Espiritual
Hasta la actualidad, la Iglesia ha proclamado cuatro dogmas sobre la Madre de Jesús:
- Su papel maternal en el nacimiento de Cristo, el Hijo de Dios, haciéndole verdaderamente Madre de Dios (Theotokos, Concilio de Éfeso, 431).
- Su Virginidad Perpetua (primer Concilio de Letrán, 649).
- Su Inmaculada Concepción (Pío IX, proclamación ex cathedra, 1854).
- Su Asunción al cielo (Pío XII, proclamación ex cathedra, 1950).
A lo largo de 2009, cardenales y obispos de todos los continentes han pedido a Benedicto XVI que considere el dogma de la Maternidad espiritual de María bajo tres aspectos esenciales, como corredentora, como mediadora de todas las gracias y como abogada.
Reflexiones Teológicas sobre María
Durante su disertación, el doctor en Teología, hizo un recorrido por los principales temas mariológicos de la época, el de la maternidad divina, el más común entre los teólogos, “por ser considerada el fundamento de todas las gracias y privilegios marianos”.
En este sentido, “uno de los temas que florecen en el Medievo es el de la maternidad espiritual de María, el cual acrecentó la devoción mariana. A su juicio, “también se encuentran bastantes pensadores que reflexionan sobre María como tipo de la Iglesia, destacando en ello Isaac de Stella, cuya doctrina llegó a ser tenida en cuenta y hasta citada por el Concilio Vaticano II para la redacción del capítulo VIII de la Lumen gentium.
En estas palabras de san Pablo está contenido un indicio interesante de la conciencia materna de la Iglesia primitiva, unida al servicio apostólico entre los hombres. Esta conciencia permitía y permite constantemente a la Iglesia ver el misterio de su vida y de su misión a ejemplo de la misma Madre del Hijo, que es el « primogénito entre muchos hermanos » (Rm 8,29). Se puede afirmar que la Iglesia aprende también de María la propia maternidad; reconoce la dimensión materna de su vocación, unida esencialmente a su naturaleza sacramental, « contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre ».124 Si la Iglesia es signo e instrumento de la unión íntima con Dios, lo es por su maternidad, porque, vivificada por el Espíritu, « engendra » hijos e hijas de la familia humana a una vida nueva en Cristo.
Porque, al igual que María está al servicio del misterio de la encarnación, así la Iglesia permanece al servicio del misterio de la adopción como hijos por medio de la gracia. Al mismo tiempo, a ejemplo de María, la Iglesia es la virgen fiel al propio esposo: « también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida al Esposo ».125 La Iglesia es, pues, la esposa de Cristo, como resulta de las cartas paulinas (cf. Ep 5,21-33 2Co 11,2) y de la expresión joánica « la esposa del Cordero » (Ap 21,9).
Si la Iglesia como esposa custodia « la fe prometida a Cristo », esta fidelidad, a pesar de que en la enseñanza del Apóstol se haya convertido en imagen del matrimonio (cf. Ep 5,23-33), posee también el valor tipo de la total donación a Dios en el celibato « por el Reino de los cielos », es decir de la virginidad consagrada a Dios (cf. Mt 19,11-12 2Co 11,2). Precisamente esta virginidad, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo. Pero la Iglesia custodia también la fe recibida de Cristo; a ejemplo de María, que guardaba y meditaba en su corazón (cf. Lc 2,19 Lc 2,51) todo lo relacionado con su Hijo divino, está dedicada a custodiar la Palabra de Dios, a indagar sus riquezas con discernimiento y prudencia con el fin de dar en cada época un testimonio fiel a todos los hombres.
María, Modelo de la Iglesia y Cooperadora en la Generación Espiritual
Ante esta ejemplaridad, la Iglesia se encuentra con María e intenta asemejarse a ella: « Imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad ».127 Por consiguiente, María está presente en el misterio de la Iglesia como modelo.
Pero el misterio de la Iglesia consiste también en el hecho de engendrar a los hombres a una vida nueva e inmortal: es su maternidad en el Espíritu Santo. Y aquí María no sólo es modelo y figura de la Iglesia, sino mucho más. Pues, « con materno amor coopera a la generación y educación » de los hijos e hijas de la madre Iglesia. La maternidad de la Iglesia se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su « cooperación ».
La Iglesia recibe copiosamente de esta cooperación, es decir de la mediación materna, que es característica de María, ya que en la tierra ella cooperó a la generación y educación de los hijos e hijas de la Iglesia, como Madre de aquel Hijo « a quien Dios constituyó como hermanos ».128 En ello cooperó como enseña el Concilio Vaticano II con materno amor.
Se descubre aquí el valor real de las palabras dichas por Jesús a su madre cuando estaba en la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo » y al discípulo: « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19,26-27). Son palabras que determinan el lugar de María en la vida de los discípulos de Cristo y expresan como he dicho ya su nueva maternidad como Madre del Redentor: la maternidad espiritual, nacida de lo profundo del misterio pascual del Redentor del mundo. Es una maternidad en el orden de la gracia, porque implora el don del Espíritu Santo que suscita los nuevos hijos de Dios, redimidos mediante el sacrificio de Cristo: aquel Espíritu que, junto con la Iglesia, María ha recibido también el día de Pentecostés. Esta maternidad suya ha sido comprendida y vivida particularmente por el pueblo cristiano en el sagrado Banquete celebración litúrgica del misterio de la Redención, en el cual Cristo, su verdadero cuerpo nacido de María Virgen, se hace presente. Con razón la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo vínculo entre la devoción a la Santísima Virgen y el culto a la Eucaristía; es un hecho de relieve en la liturgia tanto occidental como oriental, en la tradición de las Familias religiosas, en la espiritualidad de los movimientos contemporáneos incluso los juveniles, en la pastoral de los Santuarios marianos María guía a los fieles a la Eucaristía.
