Doña Marisa Marín, una de las mujeres más conocidas y reconocidas en la alta sociedad valenciana, es una personalidad arrolladora. Desde sus inicios como maestra, ha dejado una huella imborrable en la comunidad educativa y en la sociedad en general. Este artículo explora su trayectoria personal y profesional, marcada por el éxito, la pérdida y una inquebrantable fortaleza.
Colegio Iale de L'Eliana, fundado por Marisa Marín e Ignacio Ávila.
Primeros Años y Vocación Educativa
La puerta se abre y ya no existe nadie más que ella. Doña Marisa Marín. Así la llaman desde que era una maestra de veintipocos años. «Saca los perros, trae champán». Desde siempre, en el colegio que fundó, el Iale, y en su casa, un chalé con un jardín de pinos altísimos, abetos y palmeras donde una ardilla se acerca a beber a uno de los aspersores.
Su camino en la educación comenzó de manera inesperada. Un día mi padre me dijo: «He comprado una academia que vas a tener que pagar con tu trabajo». Y yo le respondí: «¿Y mis estudios? Que estoy todavía en la universidad». ¿Sabe qué me contestó? «Eres muy lista y puedes hacer las dos cosas». Así que allí, en un pisito de Benicalap, en la finca rosa, empecé, con sólo una profesora, sin ni siquiera fines de semana. Iba a la universidad sólo para los exámenes. A los dos años tuvimos que ampliar.
Ignacio, que había terminado Derecho y estaba de pasante en Madrid, dijo: «Me vuelvo». Porque los pocos días que pasábamos juntos era para corregir trabajos. Y dijo: «Esto no puede ser. Aquí hace falta alguien». Seguimos ampliando. Me acuerdo de que iba en moto desde Burjassot, donde vivía y donde nací, hasta Benicalap. Ya me debía de sentir como una reina porque en moto no montaba ninguna mujer. Le estoy hablando de hace 63 años. Y tengo fotos en las que llevaba puesto el chaquetón de moto.
El Colegio Iale: Un Proyecto de Vida
El suyo ha sido un proyecto tan personal... No se entiende el colegio sin Marisa Marín. -Nos fuimos a vivir a Llano de Zaidia. ¿Sabe qué hizo Ignacio? Poner otra academia. Y llegó Nacho y la yaya Emi, una venezolana que estuvo con nosotros hasta que se jubiló, cariñosa, increíble. Nos fuimos a l’Eliana, y recuerdo que teníamos un amigo que regentaba una fábrica de zapatos y conducía un Dodge Dart, enorme, y con él recogíamos a ocho niños.
Siempre. Llegaba el verano y en la urbanización había muchos niños. E Ignacio dijo: «Hay que comprar estos terrenos». Todo a base de letras y más letras. Y bajo unos chamizos dábamos clase en julio y agosto. Los padres siempre han sido los que nos han animado. Lo primero que hizo es construir una cafetería: el club social de padres. Nos juntábamos muchísimo. Y algunas de esas amistades las tengo ahora en la Orden del Querer Saber. Luego llegó el centro de educación ambiental en Requena, y cuando nos pidieron que los niños pudieran ir a Irlanda, Ignacio me dijo: «Te voy a buscar algo que te va a gustar». Y hasta que no encontró el castillo no paró. Allí pusimos Elian’s Dublín.
A nivel profesional doy gracias a Dios de que no hay día en que, vaya donde vaya, no me encuentre a alguien que me llame por mi nombre: «Doña Marisa...» Me giro y le pregunto: «¿Quién eres?». Me contesta: «Soy fulano de tal, estudié en tal sitio». Y asegura que fueron los mejores años de su vida, y que estoy igual que entonces.
Yo sigo en el colegio con Infantil. Estoy de orientadora, y pregunto a los niños qué les gustaría que mejorara de su escuela, de los profesores, los compañeros, sus padres. Son de una sinceridad extraordinaria. Y luego se hacen reuniones para comunicar lo que los niños opinan. Hace poco me ocurrió algo muy curioso. Un amigo me pidió una charla que yo había dado, porque decía que le servía de inspiración.
Siempre he escuchado que debía escribir un libro sobre lo que sé de educación. Pero no tengo tiempo, aunque no lo crea. Y voy al despacho y encuentro un montón de dossieres, ‘Escritos de doña Marisa a padres, profesores y alumnos’, ‘Escritos personales’. Me quedé… Me puse a leer y trataba sobre lo que ahora dicen que es la panacea que acaban de descubrir. -Los editaré para que se sepa que existí. Los entregaré a padres, profesores y alumnos, y los personales los regalaré a las personas que me quieren. Y punto. Qué descubrimiento. Fue mi secretaria a través del tiempo la que los recogió y los archivó. Una inspectora amiga me dijo: «Esto es lo más actual». Y me hizo dar una charla a inspectores.
Una vez me dieron un premio y les dije a todos los ‘capirotes’ políticos que estaban allí: «La educación, qué mal se lleva en España, y en Valencia peor. Qué valenciano ni qué narices. Lo que tienen que aprender es inglés y castellano, porque son españoles del mundo». Y es preciso trabajar habilidades, competencias. Porque es importante que tengan conocimientos, pero también que tengan decisión, criterio. En Fallas me llevé a Santiago Grisolía a una casa particular para ver la mascletà. Viene un niño de diez años y le dice: «Oiga, profesor, me han dicho que es usted un supercientífico, he suspendido matemáticas, ¿qué puedo hacer para aprobar?» Y él le contestó: «Lo primero, estudiar; lo segundo, pensar, pensar y pensar. Además, tienes que practicar mucho con los números». Me fui al padre: «Tienes una obligación, deja a tu hijo libre, no lo hagas a tu imagen y semejanza, ni como tú quieres que tu hijo sea, ese niño tiene un don, el de la iniciativa, el de la independencia, de ser él mismo».
La Familia: Pilar y Fortaleza
En otras generaciones el papel de la mujer era distinto. ¿Supo Ignacio darse cuenta de que usted podía hacer muchas cosas? -Él me conquistó por su buen humor desde el primer momento. Y creo que, en una pareja, que uno de los dos lo tenga es magnífico. Luego aprendimos que lo mejor en un matrimonio es que hay que saber dar y recibir, que unas veces uno tiene razón y otras no, que el respeto resulta imprescindible y, ante todo, que cada uno es él mismo, no puede ser lo que tú quieres que sea; has de aceptar a las personas y eso es lo que nos ha mantenido tan unidos. Hemos sido felices, y aunque tuvimos discrepancias, cómo no, nunca pude disgustarme con Ignacio. Le decía: «No te acerques a mí, estoy enfadada». Porque si se arrimaba me hacía reír, y yo perdía toda mi fuerza. Tenía ese don especial, su buen humor, que ha heredado su hijo Jandro. Era tan positivo, tan optimista..., y yo tan pesimista. Me ocurre igual ahora. Llamo a Jandro y le digo: «Hijo». Y él me contesta: «Buenos días, mamá». Y sólo con esas tres palabras se me abre el mundo, me desaparece el problema. Son dones que Dios da. -A mí me dio el don de mejorar a los niños. A Ignacio el de ser un emprendedor, un visionario, una persona que siempre iba adelante. Trabajamos juntos y fue magnífico, porque de esa forma nuestra vida era doble. Cómo nos divertíamos… Nuestra generación trabajó mucho, pero también lo pasamos bien.
Mi hijo Jandro es un crack, un clon del padre, idéntico. Elia es como yo cuando era joven, tiene mucho carácter. Ahora soy más suave, más tranquila. -¿Tengo carácter? Ahora no, antes sí. Lo que más me cuesta aceptar es el trabajo mal hecho. Si no sabes, pregunta. ¿Por qué no lo hacen? -Con Nacho hicieron el molde y se rompió. No hay otro igual. Es muy bueno y al mismo tiempo muy cabezón. Sin él mi vida sería muy triste. Vive conmigo, es soltero, me acompaña. Es un alma de Dios, trabaja en oficinas, está en administración y es el más feliz.
Cuando veníamos hacia aquí ha rechazado que le ofrecieran un brazo para subir una escalera, o al levantarse del sofá. Ha dicho: «Ya me ayudarán». ¿Le preocupa tener que depender de alguien? -Aún no me hace falta. Mire, en diciembre me fui con una amiga a Nueva York y San Francisco. El cardiólogo me dijo: «Hay que tomar una aspirina para el vuelo». Tuve una cantidad de coágulos, sangrando por la nariz… Fue el peor viaje de mi vida. Me preguntaban cómo estaba, y cuando yo respondía que mal, protestaban: «¿Por qué no me lo has dicho?» Así varias amigas. Y les rebatí: «Haré una lista y así vendréis a cuidarme una detrás de otra». Dos me han pedido que sea su madre adoptiva. -Me siento querida por muchas personas. Lo que más me gusta es que tengo una nieta que me dice: «Abuela, de mayor quiero ser como tú». Esa es mi mayor alegría. Le dije a Rappel, que es como de la familia, que necesitaba un anorak que fuera diferente. Era plateado, brillante. Estando en la tienda con mi hijo pensé en comprarle otro a mi nieta, pero no había más. -Tuve a mi hija a los cuarenta y cuatro años. Entonces era muy mayor para volver a ser madre, ya cuando el pequeño había cumplido doce.
Pérdidas y Resiliencia
Tras dos años sin vivir en mí, un verano en Alcocebre desperté. -Sí, lo más cruel que me ha pasado. Llevo siempre encima esta cruz que me compré con los ahorros que tenía en su cartilla. Escribía mucho, y encontramos un escrito que decía: «Mis padres, que son unos luchadores, llegarán hasta Boston». Y fuimos. Hasta que llegó el 11-S y mi hijo Alejandro dijo: «No hay problema, vamos a crear colegios británicos aquí». Abrimos en La Nucia y Castellón.
Alcoceber, lugar de recuperación y salud para Marisa Marín.
Han sido muy duros estos últimos años? -Los dos primeros estuve sin vivir en mí. Pero un verano, en Alcocebre, desperté. Aquel lugar es increíble, de recuperación, de salud. Hay un triángulo entre las Columbretes, Torreblanca y Peñíscola y Alcocebre que tiene una energía especial. Geofísicamente está comprobado. Me voy un sábado y aunque me vuelva el domingo estoy recuperada. Que conste que no lo digo solamente yo. Algún valenciano muy querido y fallecido ya lo dijo: «Que los valencianos no descubran la sierra de Irta, porque estamos muy bien como estamos». A los dos años, pensé: «Ignacio no querría que yo estuviera así, voy a hacer algo». Y dije: «Ya está, voy a reunir a mis amigas y vamos a hacer no un club, sino una orden». Éramos dieciséis, y una vez al mes viene un conferenciante y se paga una cuota que se entrega a una entidad benéfica. La Orden del Querer Saber empezó a crecer, y se unieron señoras positivas, optimistas, y lo pasamos bien.
Estoy feliz. Sólo pienso que Ignacio se fue muy pronto y que un hijo jamás debe morir antes que una madre. Y gracias al marido que tuve pude salir a flote, porque él me ayudó muchísimo. Nadie puede imaginar lo horrible que es, y el mes de febrero, cuando coinciden la muerte de mi hijo y de mi marido, no debería existir. Aunque haga 38 años. Me da igual. Sin embargo, estoy convencida de que tengo mucha fuerza interior, y eso es lo que me permite ir adelante.
Dicen que una madre no debería ver morir a sus hijos. -Cuando falleció Nacho, lloré tanto que mis ojos se quedaron pequeños, porque no lo aceptaba, era imposible que me estuviera sucediendo. Pero llegó un día en que miré a mi alrededor y empecé a ver las cosas que estaban por hacer en la casa. Que el pájaro había que cubrirlo por la noche, que los helechos estaban secos, que por qué se ponía todos los días un mantel tan feo. Me dijeron: «usted ya está bien».
Mi padre tenía mucho estilo, pero es que yo recuerdo que ya cuando era muy jovencita me planchaba con almidón los trajes de tergal, e iba siempre de punta en blanco. Me ha gustado ir bien, pero no por lo que piensen los demás, sino por mí. Mi marido me decía siempre: «Qué guapa estás». Yo para él debía de ser la Venus de Milo, me hacía sentir la reina del mundo. Eso sí, era un hombre muy celoso, aunque nunca le di pie. Ahora, cuando me reúno con amigos, recordamos una frase que Ignacio siempre me repetía: «No olvides nunca que donde tú estás está la presidencia».
Padecía un cáncer de vejiga, que le diagnosticaron muy tarde porque siempre tuvo mucho miedo a los médicos. Pese a ello, fue un enfermo increíble, estuvo en la UCI, se recuperó. Lo trataron tan bien... En agosto volvió a casa y la persona que le había cuidado en el hospital venía todos los días a curarlo. A mitad de septiembre empezó a recibir un tratamiento de inmunoterapia en el IVO porque ya no podía recibir más quimio. En la segunda sesión le detectaron Covid. Lo aislaron, y el cuidador que lo acompañaba se quedó con él en la habitación y ya no pudo salir. Hacíamos videollamadas, nos reíamos, hablaba con sus hermanos, sus sobrinos. Y él repetía: «quiero irme a casa». Una noche llamó el cuidador y dijo que tenía una fiebre muy alta. El médico me confesó: «Doña Marisa, se muere». Yo le dije que quería estar con mi hijo (le cuesta seguir). Y me contestó que no. Le vi morir, y yo le pedía a su cuidador que por favor le sujetara la mano, que no se la soltara. Qué bueno fue, cómo le cuidó. Puede que no haya nada más cruel en el mundo que saber que tu hijo se muere y no poder estar con él.
Hay algo que tengo muy claro, y es que yo quiero una vida viviendo. No estoy dispuesta a hacerlo con miedo. Y si hay un concierto, me arreglo y voy. Porque con las medidas de seguridad podemos seguir disfrutando, que con la música en directo salgo renovada. Me pasa igual con Alcocebre, donde voy cada fin de semana, y conduzco yo misma. Si es que lo hago desde que tenía veinte años, cuando me movía en moto por Valencia... Conducir me da libertad. Mi hija me dice: «¿tú sabes los años que tienes?». Y yo le contesto: «¿y tú sabes que yo tengo tres ángeles en el cielo que me protegen?». Al final le digo: «mira, Elia, mientras tu madre haga cosas, sea lo que sea, tu madre vive. El día que no haga nada, ese día adiós».
Cuando llegue la muerte bienvenida sea, pero no voy a llamarla ni la voy a rechazar. Dios me ha dado mucho, grandes alegrías, un marido y unos hijos increíbles. Soy una privilegiada, pero también me ha quitado tanto... Y aquí estoy. Si siempre les dije a mis alumnos que hay que ir adelante y a mis hijos que nunca retrocedáis, ¿cómo voy yo a hacerlo? Por eso, cuando llegue la muerte, no hay problema, pero hasta entonces, a reír y a pasarlo bien, lo mejor que pueda. -En memoria de mi hijo Luis creamos los colegios en Estados Unidos e Inglaterra. Cuando murió mi marido me quedé muy hundida, porque él había sido mi bendición. Después de llorar mucho sentí la inspiración de crear la Orden del Querer Saber, que tanta vida me ha dado. Ahora, con Nacho, le dije: «dame una ocupación». Y lo tuve claro: voy a transmitir mis conocimientos sobre educación. Para ello, he creado una web y una cuenta de Instagram, porque si puedo ayudar a alguien estaré feliz. No es justo que los niños no tengan el mejor maestro y no reciban la educación que merecen, y que los padres no les dediquen el tiempo necesario. Que las nuevas tecnologías no pueden sustituir a un padre.
Un Icono de Estilo y Personalidad
Lleva abrigo color berenjena, gafas de sol y un pañuelo, su pelo tan característico con el mechón blanco y, debajo, un maravilloso traje rojo que le hace juego con las uñas y sus labios color Chanel. Todo está impecable. Con ese aire que recuerda a la malograda Jackie Kennedy o a esa Meryl Streep que interpretó a la directora de la edición americana de Vogue, Anne Wintour, en ‘El Diablo se viste de Prada’. Levanta el dedo y pide que todo esté perfecto. «¿El mechón? -Perfeccionismo es llegar al extremo de querer tenerlo todo perfecto y perfección es tenerlo todo perfecto sin necesidad de que todo esté impecable. Puede haber algún fallo, se puede permitir. -Sobre todo en el hecho de tener que adaptarme a estar sin la persona que era mi complemento, mi apoyo, que me hizo sentir importante, creer en mí misma, pensar que podría llegar donde quisiera llegar. Ignacio fue mi bendición en todos los sentidos. No sólo mi marido y el padre de mis hijos, sino mi compañero, mi vida, mi alma… (se emociona). El ser que Dios puso a mi lado para ayudarme a que la vida valiera la pena vivirla, con una intensidad, con una energía, de una forma como creo que no la hubiera vivido jamás sin su presencia.
Leí en algún lugar que las perlas dan luz y que el pelo blanco aporta luminosidad. Y fui al peluquero que tenía entonces, que era genial, y le dije: «A mí me tienes que hacer un mechón blanco». Y no me lo he quitado nunca. -El mechón me ha dado un éxito... En Estados Unidos, por ejemplo, llegaba a la aduana y en vez de fijarse en el pasaporte me miraban el pelo. ‘Very nice’, escuchaba. En Fallas, el otro día, nos cruzamos en un semáforo con un grupo de chavales y uno de ellos me dijo: «Me encanta su mechón». Se lo agradecí, por supuesto. Mi hija, en cierta ocasión, me pidió que me lo quitara, recordándome que muchas señoras ya lo llevaban. Y yo le contesté: «Cariño, no puedo, mi pelo ya es blanco, ya no me lo puedo quitar». Entonces todavía no era blanco. Los niños del cole me preguntan: «¿Por qué llevas el pelo de dos colores?» Les respondo que si me ven guapa, y me dicen que sí (ríe). Igual que con mi voz, me sueltan: «¿Por qué hablas así?» Y yo les aseguro que no puedo expresarme de otra forma. Le cuesta hablar, sí, pero al cabo de un rato una ha olvidado ese pequeño detalle ante esta mujer fascinante, charlando frente a unas pastas, queso y jamón del bueno y champán rosado. De sus seis nietos, a los que quiere con locura. De su colegio, del 50 aniversario, que su hijo aprovechó para rendir homenaje a sus padres. «Brindemos.
Detrás del colegio Iale que ayudó a fundar junto a su marido, fallecido hace ya algunos años, vive Marisa Marín, en una casa que hasta hace poco era el conservatorio del complejo escolar de L'Eliana. Mudarse cerca de la familia fue la única concesión que le hizo a su hijo Jandro, que quería que viviese con ellos; Marisa reconoce que siempre ha querido mantener su independencia. «Mi hija me ve con la edad que tengo», dice, sorprendida, como si el carné de identidad no significara nada. No parece, al menos para ella, porque a pesar de los golpes que le ha dado la vida, Marisa Marín sigue levantándose cada día con ilusión. El pasado jueves, como la novia en la boda, la reina de la sociedad valenciana nos hace esperar unos minutos mientras se acaba de arreglar y aparece impecable, con su característico mechón blanco, con una perfecta manicura rojo Chanel y, eso sí, vestida de negro.
Siempre lo ha visto muy claro. -Cada vez que abro una página del libro pienso que es un manual imprescindible, que no hay una idea que no sea auténtica, que no transmita lo que un niño necesita. Este es un país con mucha gente ignorante porque solo se lee en el móvil y eso no permanece. -Una de las mayores alegrías es cuando voy por la calle y escucho: «¡Doña Marisa!». En el momento en que sonríen les identifico, porque la risa no cambia. Además, aquellos que fueron más complicados y más difíciles son los que más recuerdo. Y qué placer saber que tantos hayan llegado donde querían. Estando mi hijo en la UCI un cirujano se acercó, se acordaba mucho de mí, y empezó a decir cuántos compañeros eran médicos como él. Me siento muy orgullosa de haber formado parte de su vida.
Es una de las cosas de las que me siento muy orgullosa. Jandro es un clon del padre, positivo, siempre disponible, con la botella medio llena. Yo, en cambio, siempre la vi medio vacía. -Me da la impresión de que ya no. -No. Hay que ver cómo la vida te hace cambiar. -Es clavada a mí (ríe). Se lo digo, y ella contesta: «con menos genio». Pero creo que me hace santa (ríe). Nacho era el bueno. Tenía el humor de mi marido pero, además, ayudaba a todo el mundo. Yo le decía: «tengo que escribir un libro sobre ti». Se perdió un gran taxista, porque conocía todo, daba igual si había que ir a Paiporta, a Benigànim o a cualquier barrio de Valencia. Yendo por L'Eliana me paran para decirme lo bueno y lo servicial que era. Cómo he llorado. Me acuerdo del día del funeral, hubo un diluvio y yo pensé que no iba a venir nadie. Se llenó la iglesia. Lo querían mucho. Lo echo de menos terriblemente.
¿Cómo se lleva con la soledad? -Me llevo genial con la soledad. Mi hijo Jandro me insistía en que quería que me fuera a vivir con ellos. Y yo le decía: «tu madre vive independiente». A mi gente cerca sí, pero un rato. Si queremos que nuestros hijos vuelen, los padres no pueden ser una carga. -Se ha definido como una mujer fuerte, con las ideas claras. -Ahora veo, observo y descubro más. Antes me pasaban cosas desapercibidas. Y le pongo un ejemplo. Ayer tuvimos zoom con la Orden del Querer Saber. Uno de los temas que planteé era hablar de qué había significado para cada una de ellas la orden. Decían: «sois mujeres valientes, luchadoras…» Y yo dije: «somos». Porque no hay que excluirse. Todas somos únicas y especiales. Hace unos años, Marisa Marín contaba que su nieta quería ser como ella de mayor. Ella se ríe, y recuerda cómo su marido le repetía: «no olvides nunca que donde tú estás está la presidencia». Su marido reafirmó la fortaleza que le venía ya de serie, de cuando su padre, cuando todavía no había acabado la universidad, le puso una academia y le dijo que podía con todo. Y vaya si pudo. «El me hacía sentir importante, me hacía creer en mí misma». Hace tiempo que no necesita que nadie se lo diga. -Sí. Y los niños me preguntan: «¿por qué hablas así?» -Marisa tuvo hace unos años un problema de salud y le quedó afectada el habla-. Yo les respondo que no puedo hablar de otra forma y ellos lo aceptan sin más. Tengo muchas cosas que hacer. Hay días que le digo a Nacho: «te dije que me ocuparas, pero no tanto». -La vida es cómo te la tomes. Yo procuro reír todos los días, si no por fuera, por dentro. También lloro. Llama a Ángel, un chico que había estado, mientras, arreglando el jardín. «Él fue el cuidador de Nacho. Mientras yo viva, nunca le faltará de nada». Salimos y desde el chalé de enfrente se escucha un grito: «¡abuela!». Marisa ríe, de nuevo.
En resumen, Marisa Marín es mucho más que una figura social. Es una educadora apasionada, una mujer resiliente y un ejemplo de fortaleza para su familia y su comunidad. Su legado perdura en el Colegio Iale y en la vida de aquellos que han tenido la suerte de conocerla.
