Los Niños de la Concha: Historia y Legado de Murillo

Bartolomé Esteban Murillo, nacido en los últimos días de 1617 y bautizado el primero de enero de 1618, fue una figura clave en la escuela sevillana de la segunda mitad del siglo XVII. Junto a Valdés Leal, Murillo brilló en Sevilla tras el traslado de Velázquez y Alonso Cano a Madrid, la muerte de Herrera el Viejo y la ausencia de Zurbarán.

Murillo no tuvo un comienzo fácil, quedando huérfano a los catorce años, pero pronto contó con una clientela amplia y fiel. Deseoso de difundir su arte, fundó una academia de dibujo y pintura donde se formarían los principales pintores sevillanos de entonces. Sus figuras se caracterizan por expresiones dulces, mostrando poco interés en temas trágicos, pero abordando con entusiasmo las visiones celestiales, con grandes espacios de nubes pobladas de graciosos ángeles, conforme al modelo de Roelas.

Su obra responde con claridad al espíritu de la Contrarreforma, al deseo de despertar el fervor del creyente por la contemplación de escenas humanas, tiernas y sentimentales. Él definió más que ningún otro artista el tema de la Inmaculada y nos legó la más bella serie de Vírgenes con Niño de la escuela española. Sus composiciones son equilibradas, sin estridencias y apacibles, y su belleza tiende a lo bonito y lo gracioso contemplado en escenarios cotidianos, más que hacia la grandiosidad y la perfección ideal. Por eso se le considera uno de los grandes pintores españoles de los niños, también de la mujer andaluza.

Su técnica no puede compararse con la velazqueña, pero destaca su evolución hacia la perfección. Inició sus estudios con Juan del Castillo, pero se sobrepuso a su influencia estudiando las obras italianas y flamencas presentes en Andalucía. Según Palomino, viajó a Madrid para conocer las colecciones reales, dato que se discutió hasta que quedó probado que estuvo en la Corte en 1658.

La Sagrada Familia del pajarito, hacia 1650.

Primeras Obras y Evolución Artística

Entre sus pinturas tempranas destaca la Virgen del Rosario del Palacio Arzobispal, en cuyo fondo de gloria es patente la huella de Roelas; pero su primera serie importante fue la realizada para el convento de san Francisco (1645), hoy dispersa en distintas colecciones. En el San Diego dando de comer a los pobres (Academia de San Fernando) y en La cocina de los ángeles (Louvre) apunta rasgos de su personalidad, aunque aún con una técnica dura y poco suelta, pero ese san Diego suspendido en el aire y rodeado por un resplandor celeste, y la Muerte de santa Clara del Museo de Dresde, nos aproximan a sus mejores visiones celestiales.

San Diego dando de comer a los pobres, hacia 1645.

A la década siguiente corresponde el gran San Antonio contemplando al Niño (1656) de la Catedral sevillana, con un rompimiento de gloria de luz deslumbrante, encuadrado por numerosos ángeles y contrapuesto a la zona terrena, donde graduó luces y sombras. Y diez años después pintó para Santa María la Blanca una serie de cuatro lienzos, entre ellos El sueño del patricio y Revelación del sueño al Pontífice, del Prado, en los que figuran escenas de la historia de la fundación de Santa María la Mayor, de Roma. En el fondo de la segunda obra pintó la procesión al monte Esquilino, milagrosamente nevado en agosto.

Tanto en ella como en el grupo del primer término vemos que Murillo domina ya plenamente sus facultades pictóricas, y lo mismo ocurre en las pinturas que realiza poco después para la iglesia de los Capuchinos. Estando ya en el culmen de su carrera, decoró la iglesia, entonces recién acabada, del Hospital de la Caridad, pintando entre otros los dos enormes lienzos El milagro de los panes y los peces y Moisés en la peña y los dos menores San Juan de Dios con el pobre y Santa Isabel y los leprosos.

Pintura de Género y Temas Infantiles

Al margen de los asuntos religiosos, supo Murillo cultivar una pintura de género novedosa fijándose en lo intrascendente, observando lo cotidiano desde la gracia y desde un fino sentido poético que algunos entienden precursores del rococó. Se conocen cerca de veinte cuadros con el tema de la Inmaculada pintados por Murillo, una cifra solo superada por José Antolínez y que ha hecho que se le tenga por el pintor de las Inmaculadas, una iconografía de la que no fue inventor, pero que renovó en Sevilla, donde la devoción se hallaba profundamente arraigada.

La más primitiva de las conocidas es, probablemente, la llamada Concepción Grande, pintada para la iglesia de los franciscanos donde se situaba sobre el arco de la capilla mayor. Influido posiblemente por la Inmaculada de Ribera para las agustinas descalzas de Salamanca, que pudo conocer por algún grabado, Murillo la dotó de vigoroso dinamismo y sentido ascensional mediante el movimiento de la capa. La segunda aproximación de Murillo al tema inmaculista está relacionada también con los franciscanos, consiste en el retrato de fray Juan de Quirós que fue encargado en 1652 a Murillo por la Hermandad de la Vera Cruz.

El fraile aparece retratado ante una imagen de la Inmaculada, acompañada por ángeles portadores de los símbolos de las letanías, e interrumpe la escritura para mirar al espectador, sentado frente a una mesa en la que reposan los dos gruesos volúmenes que escribió en honor de María. La Inmaculada de Santa María la Blanca responde por lo demás a un prototipo creado por el pintor hacia 1660, años a los que pertenece la llamada Inmaculada de El Escorial, una de las más bellas y conocidas del pintor, quien se sirvió aquí de una modelo adolescente, de mayor juventud que en sus restantes versiones. Sacada de España por el mariscal Soult, fue adquirida por el Museo del Louvre en 1852 por 586.000 francos de oro, la cifra más alta que se había pagado hasta ese momento por un cuadro.

La Inmaculada Concepción de Los Venerables, c. 1678.

En la amplia producción de Murillo se recogen también alrededor de 25 cuadros de género, con motivos principalmente, infantiles. Algunos de ellos, como los Niños jugando a los dados, aparecieron mencionados ya a nombre de Murillo en un inventario efectuado en Amberes en 1698. Aunque sus protagonistas son habitualmente niños mendigos o de familias humildes, pobremente vestidos e incluso harapientos, sus figuras transmiten siempre optimismo, pues el pintor busca el momento feliz del juego o de la merienda a la que se entregan divertidos.

La soledad y el aire de conmiseración con que retrató al Niño espulgándose desaparecerá en las obras posteriores, con fechas que van de 1665 a 1675. La comparación con Abuela despiojando a su nieto, ilustra el cambio de actitud: las notas de tristeza y soledad han desaparecido por completo y lo que atrae al pintor es el espíritu infantil siempre dispuesto al juego, retratando al niño entretenido con un mendrugo de pan y distraído con el perrillo que juega entre sus piernas mientras la abuela se encarga de su higiene.

Esa alegría infantil es la protagonista absoluta de otro lienzo de pequeño formato tratado con pincelada vivaz y abocetada conservado en la National Gallery de Londres, el llamado Niño riendo asomado a la ventana, sin otra anécdota que la simple sonrisa abierta del muchacho asomado a la ventana desde la que ve algo que a él le hace reír, pero que a los espectadores del cuadro se les oculta.

Joven mendigo, hacia 1650.

En 1645 contrajo matrimonio con Beatriz de Cabrera, en principio contra la voluntad de la joven, aunque al final la pareja mantuvo una relación estable y llegaron a tener diez hijos. En este mismo año de 1645 su carrera arrancó brillantemente al ocuparse de la realización de las pinturas del llamado claustro chico del convento de San Francisco de Sevilla, que consagraron su fama en la ciudad. En estas obras de carácter naturalista, con tipos y escenas derivados de la vida real, Murillo hacía apología de las virtudes y milagros de la orden franciscana a través de episodios protagonizados por sus principales santos.

Sevilla vivía por aquel entonces unos momentos difíciles, marcados por la pobreza, la enfermedad y el hambre. En 1649, una epidemia de peste provocó decenas de miles de víctimas. La pintura de Murillo reflejó con agudeza este ambiente de depresión social y económica. Así, encontramos en sus óleos un amplio repertorio de santos que ejercen la caridad y atienden a los enfermos, como si con ello el pintor quisiera aliviar la difícil existencia diaria de sus conciudadanos ofreciéndoles la protección de importantes personajes celestiales.

Asimismo, Murillo extrajo de la vida cotidiana una serie de tipos populares -mendigos, tullidos y enfermos, gentes de mísera condición- que se convirtieron en protagonistas de sus cuadros. En obras maestras como Niño espulgándose, Niños comiendo melones y uvas y Niños jugando a los dados, Murillo representó a los niños huérfanos, abandonados y sin familia que vivían en la calle utilizando su astucia, ingenio y habilidad para sobrevivir de un día para otro. Sus primeras creaciones estaban muy influidas por el estilo naturalista de la escuela sevillana, establecido por Velázquez y continuado por Zurbarán, y su aire de veracidad fue acogido con entusiasmo.

A partir de la década de 1650, la pintura de Murillo asumió influjos procedentes de Flandes y de Italia, a lo que pudo contribuir su viaje a Madrid en 1658, que le permitió contemplar las obras de Tiziano, Rubens y Van Dyck conservadas en las colecciones reales. Varias obras compuestas durante este período representan a santos que gozaban de la devoción popular, como el San Antonio de la catedral de Sevilla, que pronto se convirtió en una de las pinturas más admiradas y que más culto recibió.

En esta obra, Murillo muestra al santo en el interior de su celda para recibir al Niño, que desciende del cielo envuelto en áureos resplandores y embutido en una cenefa de ángeles. En esa década, el artista creó algunas de las obras que le consagrarían dentro del ámbito sevillano y que proyectaron su fama fuera de él. Destacan una serie de representaciones del Niño Jesús y de San Juan Bautista niño -como el Buen Pastor, San Juanito y Los niños de la concha-, cuyas bellas y amables fisonomías infantiles cautivan la atención del espectador por su encanto y amabilidad expresiva, ya que en todo momento aparecen como guardianes y protectores del alma cristiana; todo ello sobre paisajes de intensa placidez natural, intensificada por resplandecientes luces doradas celestiales.

Hacia 1660, cuando fundó la Academia de Pintura de Sevilla, Murillo disfrutaba de un indiscutido reconocimiento. La aristocracia sevillana y algunos ricos comerciantes establecidos en la ciudad le hicieron numerosos encargos. Por ejemplo, Murillo realizó uno de sus más perfectos conjuntos pictóricos para el marqués de Villamanrique: una serie de cinco cuadros sobre sendos episodios de la vida de Jacob, que debían adornar los salones de este aristócrata y que hoy se encuentran repartidos por distintos museos de todo el mundo.

Con todo, sus mecenas más habituales fueron las instituciones eclesiásticas de Sevilla. Una de sus obras fundamentales, El nacimiento de la Virgen, la pintó para la catedral de Sevilla, aunque actualmente se conserva en el Museo del Louvre de París. La escena muestra el gozoso conjunto de expresiones de las matronas que lavan y visten a la recién nacida, mientras que su madre, santa Ana, aparece al fondo de la escena, aún recogida en su lecho.

En 1665 realizó un conjunto pictórico para adornar la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, uno de los puntos culminantes de su creatividad. Se componía de cuatro pinturas que, en 1810, durante el dominio napoleónico, fueron sustraídas por los franceses. Dos de ellas, El sueño del patricio y El patricio revelando su sueño ante el papa, terminaron en el Museo del Prado, mientras que El triunfo de la Eucaristía y la Inmaculada se encuentran en el Museo del Louvre y en una colección privada en Inglaterra, respectivamente.

En 1667, los canónigos de la catedral de Sevilla encargaron a Murillo la decoración de la sala capitular, lugar de gobierno y de discusión de las gestiones económicas del templo. Los canónigos quisieron que este espacio dedicado a las deliberaciones materiales estuviera presidido por la Virgen Inmaculada y por los principales santos de Sevilla -san Pío, san Isidoro, san Leandro, san Fernando y las santas Justa y Rufina-, presentados como ejemplo de dignidad espiritual, energía moral, sabiduría y sacrificio.

Casi de inmediato, entre 1667 y 1669, Murillo se entregó a otra de sus grandes creaciones: el amplio conjunto pictórico de la nueva iglesia de los Capuchinos de Sevilla, con lienzos que decoraban el retablo mayor y las capillas laterales. A continuación, Murillo pintó para el Hospital de la Caridad -institución de la cual era hermano- un extraordinario repertorio de obras que le encomendó el aristócrata Miguel Mañara, hermano mayor del Hospital.

Últimos Años y Legado

En sus últimos años de vida, lejos de disminuir sus facultades creativas, su técnica superó los niveles alcanzados en décadas anteriores, con una pincelada cada vez más fluida y un colorido más transparente. En la década de 1670, ejecutó varias pinturas dedicadas a exaltar la figura de san Fernando, que había sido canonizado en Roma en 1671. Realizó asimismo espléndidas versiones del tema de la Sagrada Familia, como las que se conservan en la Galería Nacional de Londres y en el Museo del Louvre de París.

También pintó magníficas versiones de la Inmaculada, un tema que le proporcionó una gran fama, en las que siempre mostró a la Virgen con un bello semblante y una figura en movimiento, dinámica y ondulada en medio de áureos resplandores celestiales. Murillo no sólo compuso obras de temática religiosa; también retrató a numerosos miembros de la sociedad aristocrática y burguesa de Sevilla, captando imágenes sobrias, dignas y elegantes de los protagonistas, dotadas de una profunda concentración espiritual, como en los retratos de Andrés de Andrade y Justino de Neve, conservados respectivamente en el Museo Metropolitano de Nueva York y en la Galería Nacional de Londres.

Tras quedar viudo en 1663, Murillo no volvió a casarse. Siete de sus diez hijos habían muerto y sólo uno de ellos, Gaspar Esteban, lo acompañó en sus últimos años. En 1682, sufrió un accidente en su taller mientras trabajaba en las pinturas para el retablo mayor de los Capuchinos de Cádiz. Al parecer cayó al suelo desde un pequeño andamio, estrangulándose una hernia que padecía, hecho que quebrantó seriamente su salud.

La leyenda de su muerte, se relaciona precisamente con este encargo, pues habría muerto como consecuencia de una caída del andamio cuando pintaba, en el propio convento gaditano, el cuadro grande de los Desposorios místicos de Santa Catalina, del que pudo completar sólo el dibujo sobre el lienzo e iniciar la aplicación del color en las tres figuras principales. De su terminación se encargaría su discípulo Francisco Meneses Osorio. La caída, le produjo una hernia muriendo a causa de ella poco tiempo después. Lo cierto es que el pintor comenzó a trabajar en esta obra sin salir de Sevilla a finales de 1681 o comienzos de 1682, sobreviniéndole la muerte el 3 de abril de este año.

Murillo legó a los capuchinos de Cádiz cierta cantidad de dinero que emplearon en la pintura del retablo de su iglesia, encargado a Murillo.

Niños jugando a los dados - Murillo - Erika Del Toro

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