Bartolomé Esteban Murillo, figura cumbre de la pintura española, nació en Sevilla a finales de 1617 y fue bautizado el 1 de enero de 1618. Hijo de Gaspar Esteban, barbero cirujano, y María Pérez Murillo, proveniente de una familia de plateros y pintores, Murillo quedó huérfano en 1628. Se traslada a vivir junto a su nuevo tutor, Juan Agustín de Lagares, marido de su hermana Ana, tras quedar huérfano en 1628.
Hacia 1635 Murillo empieza a frecuentar el taller de Juan del Castillo, quien a lo largo de seis años instruirá a su joven discípulo y, sobre todo, le orientará hacia la captación de personajes de afable y armoniosa presencia. En efecto, sus primeros cuadros, como La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo y La Sagrada Familia, fechados entre 1638 y 1640, permiten apreciar las influencias del maestro, así como de Francisco de Zurbarán, Juan de Roelas y Fernando de Herrera el Viejo.
En 1645, a los 27 años, contrae matrimonio con Beatriz de Cabrera y un año más tarde realiza una serie de once pinturas de gran formato para decorar el claustro chico del convento de San Francisco de Sevilla. En estas obras de carácter naturalista, con tipos y escenas derivados de la vida real, Murillo hacía apología de las virtudes y milagros de la orden franciscana a través de episodios protagonizados por sus principales santos.
Escenas como San Diego dando de comer a los pobres, hoy en la Real Academia de San Fernando de Madrid, y Fray Francisco y la cocina de los ángeles, adquirida por el Museo del Louvre, evidencian que su dibujo, antes excesivamente riguroso, ha mejorado considerablemente y que su pincelada es más suelta y decidida; las figuras ganan en vivacidad y fuerza expresiva.
La fama de Murillo crece en los últimos años de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta del siglo XVII con obras como La huida a Egipto, la Sagrada Familia del pajarito, La imposición de la casulla a San Ildefonso y las representaciones de la Magdalena Penitente o de la Virgen con el Niño, que despiertan el fervor del creyente mediante la contemplación de imágenes cargadas de humanidad, sentimentales y familiares.
Todos los cuadros citados presentan un tenebrismo que el pintor utiliza principalmente entre 1635 y 1650. A partir de la década de 1650, la pintura de Murillo asumió influjos procedentes de Flandes y de Italia, a lo que pudo contribuir su viaje a Madrid en 1658, que le permitió contemplar las obras de Tiziano, Rubens y Van Dyck conservadas en las colecciones reales.
Sevilla vivía por aquel entonces unos momentos difíciles, marcados por la pobreza, la enfermedad y el hambre. En 1649, una epidemia de peste provocó decenas de miles de víctimas. La pintura de Murillo reflejó con agudeza este ambiente de depresión social y económica. Así, encontramos en sus óleos un amplio repertorio de santos que ejercen la caridad y atienden a los enfermos, como si con ello el pintor quisiera aliviar la difícil existencia diaria de sus conciudadanos ofreciéndoles la protección de importantes personajes celestiales.
Asimismo, Murillo extrajo de la vida cotidiana una serie de tipos populares -mendigos, tullidos y enfermos, gentes de mísera condición- que se convirtieron en protagonistas de sus cuadros. En obras maestras como Niño espulgándose, Niños comiendo melones y uvas y Niños jugando a los dados, Murillo representó a los niños huérfanos, abandonados y sin familia que vivían en la calle utilizando su astucia, ingenio y habilidad para sobrevivir de un día para otro. Sus primeras creaciones estaban muy influidas por el estilo naturalista de la escuela sevillana, establecido por Velázquez y continuado por Zurbarán, y su aire de veracidad fue acogido con entusiasmo.
Niños jugando a los dados de Murillo
Plenitud Artística
A medida que avanzan los años Murillo va ocupando un lugar de privilegio entre los grandes artistas de la Sevilla del seiscientos, sobre todo a partir de 1655, cuando entrega a la catedral hispalense sus San Isidoro y San Leandro, destinados a la Sacristía mayor del templo metropolitano. Mientras tanto, el espíritu del barroco se adueña de la ciudad de la Giralda, una urbe en franca decadencia tras los esplendorosos años del siglo XVI que precisa una religiosidad más afable, capaz de aportar alivio y comprensión en los duros tiempos que se están viviendo.
Para dar respuesta a esta demanda, el pintor compone cuadros como El Buen Pastor del Museo del Prado o el San Antonio con el Niño de la catedral de Sevilla, en los que se advierte que su dibujo se va haciendo cada vez más suelto y su colorido más transparente y fluido. Con el tema infantil incorporado a lo religioso acentúa ese matiz amable y suave, bondadoso y de sensible fibra humana, que tanto se acerca a la devoción religiosa y popular de la España de la segunda mitad del XVII.
Niños que también inmortaliza en las calles de Sevilla, pícaros abandonados a su suerte que, en vez de derrumbarse ante las adversidades, sonríen y disfrutan, despreocupados, de las agradables pequeñeces de la vida cotidiana. En 1663 le sorprende la muerte de su esposa. A lo largo de los veinte años que dura el matrimonio la pareja tiene nueve hijos, aunque sólo viven cuatro en el momento del fallecimiento de Beatriz de Cabrera: Francisca, Gabriel, José y Gaspar.
Cinco años antes de este luctuoso suceso, Murillo había viajado a Madrid, donde se relaciona con Velázquez, Zurbarán y Alonso Cano, una visita que sirve de pórtico a su etapa más brillante, la que a partir de 1661 comienza con varios conjuntos pictóricos: la serie de la vida de Jacob, con hermosos fondos de paisaje, las pinturas realizadas en 1665 para la iglesia de Santa María la Blanca y la decoración en 1667 de la Sala Capitular de la catedral de Sevilla.
Conjuntos que tendrán su culmen con los programas iconográficos que el pintor concibe para los Capuchinos y el Hospital de la Santa Caridad de la capital hispalense. Las pinturas de los Capuchinos, ejecutadas entre 1665 y 1669 y expuestas, en su mayoría, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, comprenden obras tan relevantes como El jubileo de la Porciúncula, Los santos Leandro y Buenaventura, Las santas Justa y Rufina, La Virgen de la Servilleta, La Inmaculada del Padre Eterno, La adoración de los pastores y Santo Tomás de Villanueva, entre otras.
Estas representaciones propician las devociones más vinculadas a las concepciones religiosas de la orden, basadas en la humildad, la pobreza y la caridad. Virtud esta última que, junto a la misericordia, pretende despertar el venerable Miguel de Mañara con los lienzos que Murillo aporta al Hospital de la Santa Caridad.
Escenas del Antiguo (Abraham y los tres ángeles y Moisés en la peña de Horeb) y Nuevo Testamento (El milagro de los panes y los peces, La curación del paralítico, El regreso del hijo pródigo y San Pedro liberado por el ángel) se conjugan con los pasajes de San Juan de Dios transportando a un enfermo y Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, donde el artista logra describir un admirable contraste entre la actitud afable de la santa y las presencias populares y dolientes de los menestorosos que la rodean.
Estos espléndidos cuadros son claros frutos de su maestría, de sus pinceladas de prodigiosa soltura, vaporosas, con las que deshace las formas. Un vapor del que parecen emerger sus portentosas Inmaculadas, que evolucionan desde la Inmaculada Concepción grande, conservada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, a la maravillosa Inmaculada de los Venerables, ejecutada hacia 1680, cuando Murillo agota los últimos años de su vida.
Inmaculada de los Venerables de Murillo
A la última década de su existencia pertenecen Los niños de la concha y San Juan Bautista niño y el cordero. Se conocen cerca de veinte cuadros con el tema de la Inmaculada pintados por Murillo, una cifra solo superada por José Antolínez y que ha hecho que se le tenga por el pintor de las Inmaculadas, una iconografía de la que no fue inventor, pero que renovó en Sevilla, donde la devoción se hallaba profundamente arraigada. La más primitiva de las conocidas es, probablemente, la llamada Concepción Grande, pintada para la iglesia de los franciscanos donde se situaba sobre el arco de la capilla mayor.
Influido posiblemente por la Inmaculada de Ribera para las agustinas descalzas de Salamanca, que pudo conocer por algún grabado, Murillo la dotó de vigoroso dinamismo y sentido ascensional mediante el movimiento de la capa. La segunda aproximación de Murillo al tema inmaculista está relacionada también con los franciscanos, consiste en el retrato de fray Juan de Quirós que fue encargado en 1652 a Murillo por la Hermandad de la Vera Cruz. El fraile aparece retratado ante una imagen de la Inmaculada, acompañada por ángeles portadores de los símbolos de las letanías, e interrumpe la escritura para mirar al espectador, sentado frente a una mesa en la que reposan los dos gruesos volúmenes que escribió en honor de María.
La Inmaculada de Santa María la Blanca responde por lo demás a un prototipo creado por el pintor hacia 1660, años a los que pertenece la llamada Inmaculada de El Escorial, una de las más bellas y conocidas del pintor, quien se sirvió aquí de una modelo adolescente, de mayor juventud que en sus restantes versiones. Sacada de España por el mariscal Soult, fue adquirida por el Museo del Louvre en 1852 por 586.000 francos de oro, la cifra más alta que se había pagado hasta ese momento por un cuadro.
Varias obras compuestas durante este período representan a santos que gozaban de la devoción popular, como el San Antonio de la catedral de Sevilla, que pronto se convirtió en una de las pinturas más admiradas y que más culto recibió. En esta obra, Murillo muestra al santo en el interior de su celda para recibir al Niño, que desciende del cielo envuelto en áureos resplandores y embutido en una cenefa de ángeles.
En esa década, el artista creó algunas de las obras que le consagrarían dentro del ámbito sevillano y que proyectaron su fama fuera de él. Destacan una serie de representaciones del Niño Jesús y de San Juan Bautista niño -como el Buen Pastor, San Juanito y Los niños de la concha-, cuyas bellas y amables fisonomías infantiles cautivan la atención del espectador por su encanto y amabilidad expresiva, ya que en todo momento aparecen como guardianes y protectores del alma cristiana; todo ello sobre paisajes de intensa placidez natural, intensificada por resplandecientes luces doradas celestiales.
Hacia 1660, cuando fundó la Academia de Pintura de Sevilla, Murillo disfrutaba de un indiscutido reconocimiento. La aristocracia sevillana y algunos ricos comerciantes establecidos en la ciudad le hicieron numerosos encargos. Por ejemplo, Murillo realizó uno de sus más perfectos conjuntos pictóricos para el marqués de Villamanrique: una serie de cinco cuadros sobre sendos episodios de la vida de Jacob, que debían adornar los salones de este aristócrata y que hoy se encuentran repartidos por distintos museos de todo el mundo.
Con todo, sus mecenas más habituales fueron las instituciones eclesiásticas de Sevilla. Una de sus obras fundamentales, El nacimiento de la Virgen, la pintó para la catedral de Sevilla, aunque actualmente se conserva en el Museo del Louvre de París. La escena muestra el gozoso conjunto de expresiones de las matronas que lavan y visten a la recién nacida, mientras que su madre, santa Ana, aparece al fondo de la escena, aún recogida en su lecho.
En 1665 realizó un conjunto pictórico para adornar la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, uno de los puntos culminantes de su creatividad. Se componía de cuatro pinturas que, en 1810, durante el dominio napoleónico, fueron sustraídas por los franceses. Dos de ellas, El sueño del patricio y El patricio revelando su sueño ante el papa, terminaron en el Museo del Prado, mientras que El triunfo de la Eucaristía y la Inmaculada se encuentran en el Museo del Louvre y en una colección privada en Inglaterra, respectivamente.
En 1667, los canónigos de la catedral de Sevilla encargaron a Murillo la decoración de la sala capitular, lugar de gobierno y de discusión de las gestiones económicas del templo. Los canónigos quisieron que este espacio dedicado a las deliberaciones materiales estuviera presidido por la Virgen Inmaculada y por los principales santos de Sevilla -san Pío, san Isidoro, san Leandro, san Fernando y las santas Justa y Rufina-, presentados como ejemplo de dignidad espiritual, energía moral, sabiduría y sacrificio.
Niños jugando a los dados - Murillo - Erika Del Toro
Casi de inmediato, entre 1667 y 1669, Murillo se entregó a otra de sus grandes creaciones: el amplio conjunto pictórico de la nueva iglesia de los Capuchinos de Sevilla, con lienzos que decoraban el retablo mayor y las capillas laterales. A continuación, Murillo pintó para el Hospital de la Caridad -institución de la cual era hermano- un extraordinario repertorio de obras que le encomendó el aristócrata Miguel Mañara, hermano mayor del Hospital.
Retratista de la Nobleza
En sus últimos años de vida, lejos de disminuir sus facultades creativas, su técnica superó los niveles alcanzados en décadas anteriores, con una pincelada cada vez más fluida y un colorido más transparente. En la década de 1670, ejecutó varias pinturas dedicadas a exaltar la figura de san Fernando, que había sido canonizado en Roma en 1671. Realizó asimismo espléndidas versiones del tema de la Sagrada Familia, como las que se conservan en la Galería Nacional de Londres y en el Museo del Louvre de París.
También pintó magníficas versiones de la Inmaculada, un tema que le proporcionó una gran fama, en las que siempre mostró a la Virgen con un bello semblante y una figura en movimiento, dinámica y ondulada en medio de áureos resplandores celestiales. Murillo no sólo compuso obras de temática religiosa; también retrató a numerosos miembros de la sociedad aristocrática y burguesa de Sevilla, captando imágenes sobrias, dignas y elegantes de los protagonistas, dotadas de una profunda concentración espiritual, como en los retratos de Andrés de Andrade y Justino de Neve, conservados respectivamente en el Museo Metropolitano de Nueva York y en la Galería Nacional de Londres.
Tras quedar viudo en 1663, Murillo no volvió a casarse. Siete de sus diez hijos habían muerto y sólo uno de ellos, Gaspar Esteban, lo acompañó en sus últimos años. En 1682, sufrió un accidente en su taller mientras trabajaba en las pinturas para el retablo mayor de los Capuchinos de Cádiz. Al parecer cayó al suelo desde un pequeño andamio, estrangulándose una hernia que padecía, hecho que quebrantó seriamente su salud.
Los Niños de la Concha
Murillo pinta Los niños de la concha entre 1670 y 1675. Se trata de una de las diversas obras que Murillo realizó sobre la santa infancia, y desde el día en que se exhibió públicamente por primera vez (1819) en el Museo del Prado, ha pasado a ser uno de los cuadros más conocidos del artista y uno de los más populares entre el público español. El ambiente anecdótico, al estilo de la pintura de género, de esta imagen religiosa, se refleja en el nombre por el que es conocida, acuñado por Federico de Madrazo, director del Museo del Prado, en su catálogo de 1872.
Aunque estos niños santos gozan de una belleza idealizada, ausente en cualquiera de los niños de las pinturas de género de Murillo, sus gestos y expresiones poseen una gran naturalidad. El cuadro siempre ha sido admirado por su especial encanto, así como por la maestría con la que el pintor logra una culminación de fluidez y sutileza en las figuras, bañadas por una luz límpida y argéntea.
Aunque se desconoce quién fue el primer propietario, lo más probable es que fuera pintado para un particular antes que para una institución religiosa, puesto que las imágenes religiosas de Murillo se adaptaban bien a los lujosos interiores de los devotos y acaudalados fieles sevillanos; de hecho, con sus fórmulas el pintor creó un arte apropiado para los espacios domésticos. Las obras religiosas de Murillo fueron coleccionadas por dos de sus principales mecenas, Justino de Neve y Nicolás Omazur, y su popularidad entre los propietarios privados está fuera de duda tras las investigaciones de Kinkead.
Los niños de la concha es el reflejo de una form popular de piedad que favorecía la representación de Cristo y san Juan Bautista en su infancia, poniendo énfasis tanto en su espiritualidad como en su condición humana. En este caso, el tema contradecía la estricta doctrina eclesiástica, pues, como señalara Francisco Pacheco en su Arte de la pintura, Cristo y san Juan Bautista, aun siendo primos, no se conocieron hasta que ambos fueron adultos, cuando este último bautizó a Jesús en el río Jordán.
Lo más singular de esta anécdota es que anticipa, en términos infantiles, este hecho que ocurrió en la vida adulta de Cristo. El Niño Jesús sonríe y señala hacia la suave luz que emana de la neblina dorada formada por las nubes con las que parecen fundirse los ángeles. Al fondo la nubosidad tormentosa, oscura y amenazante, semeja predecir el destino de ambos niños.
En la cruz de san Juan, una cinta, a modo de filacteria, ondea con la inscripción ECCE AGNUS DEI, proclamando al niño Jesús como "cordero de Dios". Colocando el cordero en primer plano y mirando fijamente a los dos niños, Murillo destaca su dualidad como símbolo de Cristo y como compañero favorito de cualquier niño, llevando así el acontecimiento religioso al mundo doméstico.
Murillo fallece en Sevilla el 3 de abril de 1682, tras caer de un andamio en el que pinta un gran lienzo destinado a presidir el retablo de la iglesia de los Capuchinos de Cádiz. Al morir, numerosos artistas siguen su estela, por lo menos hasta el siglo XIX: Cornelio Schut, Matías de Artega, Pedro Núñez de Villavicencio... Su fama se extiende por todo el mundo y es considerado una de las más altas cumbres de la historia del arte europeo.
