Hasta no hace demasiado, a Leoncio Badía solo le recordaban las personas para las que su figura fue fundamental: su familia y las de los fusilados a los que enterró en el cementerio de Paterna al concluir la Guerra Civil. A día de hoy, la historia del sepulturero que dejaba unos pequeños frascos con el nombre de los represaliados junto a sus cadáveres para que su identidad no se perdiera, es conocida e incluso reconocida con una escultura frente al camposanto paternero y una Alta Distinción de la Generalitat.
La historia de Leoncio Badía es un relato conmovedor de humanidad y resistencia en uno de los periodos más oscuros de la historia de España. Este joven valenciano, con vocación de maestro, se vio forzado a ejercer un trabajo tortuoso tras la Guerra Civil: enterrar a los republicanos fusilados en Paterna.
El paredón de España en el cementerio de Paterna, lugar de fusilamientos durante la posguerra.
Un destino impuesto por la represión
Relató su hija, María Milagros Badía, que a su padre le dijeron: “oye, rojito, ¿tú quieres trabajar? Pues ve a enterrar a los tuyos”. Y así fue cómo Leoncio acabó dando sepultura a la mayor parte de los más de 2.200 republicanos que fueron fusilados en Paterna.
Leoncío Badía tenía sus propias ideas y, en cumplimiento de las mismas, se alistó en las filas del ejército republicano, pero no se tiene noticias de que matara a nadie ya que tenía conocimientos de mecánica y tuvo un destino tranquilo como chófer de un coronel. Quizá esto le salvó de morir fusilado como tantos otros de sus amigos y conocidos porque, una vez regresado a Paterna, fue sometido a un juicio sumarísimo y condenado a la pena de muerte.
Pero, una vez finalizada la incivil guerra, Leoncio no tenía empleo, pero sí tenía familia que alimentar, familia de la que, por cierto y como un apunte más, en estos años famélicos, perdió a dos de sus tres hijos por diversas enfermedades. El alcalde de Paterna le ofreció un empleo con estas palabras textuales: “¿Tú quieres trabajar, rojo?
Durante seis años, los más duros de la posguerra y de la represión franquista, este joven que había soñado con ser maestro y enseñaba por las noches a leer y escribir a personas analfabetas en la cueva en la que vivía, se enfrentó cada noche al odio y al dolor. Apenas 200 metros del cementerio al que acudía cada día, llegaban a diario presos de las cárceles de Valencia. En un lugar conocido como “El Terrer”, -una montaña de tierra en la que practicaban tiro los soldados del acuartelamiento de Paterna años antes-, las dianas fueron a partir de abril de 1939, las 2.238 personas procedentes de toda España que allí fueron asesinadas.
Un acto de amor en medio del horror
En su labor de enterrador cumplió un papel extraordinario: dedicaba sus noches a rescatar los cuerpos de cuantos pudiera. Los lavaba, los depositaba en cajas de madera para darles una despedida digna y, lo más importante, dejaba pequeñas pistas para poder identificar los cadáveres de las víctimas.
Leoncio Badía y Tomasín en una viñeta de "El abismo del olvido".
Pero, ¿Qué es lo que hacía Leoncio Badía en su trabajo en beneficio de los caídos por el odio? "Colocaba a los fusilados en una posición digna y recortaba todo lo que los pudiese identificar, como botones o trozos de tela. Lo ponía en cestas porque él sabía hacerlas y, cuando venían los familiares a preguntar, les enseñaba los objetos que había guardado y les decía dónde estaban enterrados", explica la hija del enterrador.
Y no solo eso, a pesar de que arriesgaba su propia vida, también indicaba a los familiares la ubicación exacta y les entregaba un último recuerdo de sus seres queridos como botones, trozos de tela o un mechón de cabello.
Dejaba que lavasen sus cuerpos, les ponía en cajas de madera, colocaba pequeñas botellas de cristal con sus nombres junto a los cadáveres o les recortaba trozos de ropa y recogía los objetos que llevaban para entregárselos a las familias que vivían más alejadas y llegaban más tarde a pedir información sobre la fosa donde les había inhumado.
Cuando sabía el nombre, cogía una botellita y lo escribía dentro. Entonces, la ponía junto al cuerpo. Todo esto lo dice Maruja Badía, la única hija que no tuvo que enterrar Leoncio Badía.
Su dedicación, su valor y su humanismo le han granjeado un lugar y admiración en la historia, ya que la mayoría de las familias lograron hallar a sus allegados gracias a sus pistas. Los arqueólogos han encontrado cuerpos colocados especialmente en una postura digna, situación que evidencia la voluntad y el respeto del enterrador.
Leoncio abrió una puerta a la humanidad en medio de la barbarie y eso marcó su vida y la de todos aquellos que le encontraron en aquel cementerio para siempre.
Por ejemplo, el día en el que uno de los fusilados llegó vivo al cementerio y al decírselo al sacerdote que acompañaba al séquito de la guardia civil que traía este “cargamento” de personas que minutos antes estaban vivas, el cura le espetó, arma en mano, que se apartara que ya él acabaría el trabajo.
Por último, otro dato también escalofriante, es el hecho de un maestro también represaliado, y al que un remedo ficticio de tribunal condenó a muerte por “incitación a la rebelión” , fue asesinado, enterrado y hoy en su lápida, una vez identificados y enterrados sus restos, todavía figura una anotación haciendo constar que fue indultado 3 meses después de su fusilamiento.
Leoncio no fue sepulturero por vocación y mucho menos para, como dijo aquel alcalde franquista, “enterrar a los suyos”. Lamentablemente y, a pesar de que me considero un ferviente partidario de Rousseau y su teoría de la bondad natural del ser humano, soy consciente de que es más una utopía que perseguir y que ayudar a conseguir, que una realidad palpable.
Personas como Leoncio Badía y su ejemplo nos ponen en la senda de nuestro propio mejoramiento como seres humanos.
Homenaje a Leoncio Badía (enterrador cementerio de Paterna)
El legado de Leoncio en el arte y la cultura
De un tiempo a esta parte, además, el enterrador de Paterna ha trascendido al mundo de la cultura en forma podcast, de proyecto fotográfico («Un acto de amor», de Pablo Chacón), de obra teatral (El enterrador, de Gerard Vázquez y Pepe Zapata), de novela gráfica (El abismo del olvido, de Paco Roca y Rodrigo Terrasa) e incluso de canción («Leoncio Badía», de Futuro Terror).
Cubierta de la novela gráfica "El abismo del olvido" de Paco Roca y Rodrigo Terrasa.
El abismo del olvido
Terrasa había conocido la historia del enterrador en 2013 como un personaje que aparecía «de refilón» en el recuerdo de Pepica Celda, la anciana que aquel año consiguió depositar los huesos de su padre, fusilado en 1940, junto a los de su madre. «Los arqueólogos me contaron cómo les había llamado la atención la aparición de esas botellas con los nombres de los fusilados, el orden con el que estaban depositados en la fosa común…».
Terrasa supo pronto que las historias de Pepica y Leoncio reunían los ingredientes perfectos para un cómic de Paco Roca. Pero cuando en 2021 ambos se reunieron con Maruja, la hija del enterrador, y esta les contó cómo era su padre, tuvieron claro que ya no había vuelta atrás para El abismo del olvido.
«A nivel narrativo, Leoncio era un regalo», explica Terrasa. «Nos encontramos con un hombre apasionado por la filosofía y la astronomía, que enseñaba a leer a la gente más pobre y que arriesgó su vida para que no se olvidara la de los demás».
Durante la investigación, al mismo tiempo que se encontraban con hijas y viudas que se acercaban a Maruja para darle las gracias por los actos de su padre, también les llegaron los testimonios de familiares que aseguraban que el enterrador les cobraba 25 pesetas por dejarles adecentar a sus muertos.
Rock con carga política
«Los tengo que enterrar solo por ser de los suyos», canta el grupo valenciano en su último disco, en alusión al hecho de que Badía fue salvado del fusilamiento a cambio de ocuparse de los cadáveres de los «rojos» asesinados en el Paredón de España. «A mí la memoria histórica siempre me ha interesado -señala Jose Pazos, el compositor del tema-. Pero no fue hasta que una amiga me contó la historia de Leoncio cuando supe de su existencia, investigué y me flipó».
En los menos de dos minutos y medio que dura la canción, Futuro Terror le da a «Leoncio Badia» toda la carga política posible. «Para mí es algo fundamental porque la derecha es experta en aludir a lo sentimental para despojar el contenido político de historias como esta o como la de Miguel Hernández o la de Antonio Machado».
La banda considera haber cumplido el objetivo de «dignificar» el recuerdo de Leoncio cada vez que algún fan se les acerca agradecido por haberles descubierto su historia.
Un acto de amor en imágenes
Un acto de amor (A labor of love) es el título del proyecto fotográfico de Pablo Chacón (València, 1976) con el que recupera la figura de Leoncio Badía Navarro.
Tras muchas llamadas, reuniones con arqueólogos, políticos, familiares y presidentes de fosas, conseguí llegar a las familias que durante 80 años habían conservado como reliquias estos objetos. Es todo muy intenso, porque al final es estar cara a cara con un objeto que representa a una persona. Además esta persona ha sido asesinada. Cada fotografía es una conclusión de la investigación de cada una de las familias con las que he trabajado. Cada objeto es el final de la parte documental de cada una de las historias.
Escultura en homenaje a Leoncio Badía en Paterna.
Reconocimiento y memoria
Su labor ha sido también reconocida por instituciones valencianas como el Ayuntamiento de Paterna, que le rindió tributo a título póstumo por el esfuerzo y la sensibilidad erigiendo una escultura diseñada por el artista valenciano Nassio Bayarri.
Hombres como él se quedarán siempre en la memoria de su pueblo porque dejó un legado admirable y una enseñanza única: no importa cuál sea tu puesto o tu tarea, siempre ponla a disposición de los tuyos.
