Lavadero Los Mellizos: Un Recuerdo a las Víctimas de la Riada en Valencia

La riada que asoló Valencia y otras regiones en 2024 dejó una cicatriz imborrable en la memoria colectiva. La dana se llevó por delante la vida de 229 personas en Valencia, siete en Castilla-La Mancha y una en Andalucía. Dos personas siguen aún desaparecidas. Cuando se cumple un año de la tragedia, los familiares continúan sumidos en el dolor de la ausencia de sus seres queridos, clamando solos, o unidos en asociaciones, justicia y enredados en una maraña de promesas de ayudas que en muchos casos no terminan de llegar.

Este muro de la memoria, creado al cumplirse un mes del desastre permanece abierto para todos los que deseen participar. Un equipo de periodistas EL PAÍS ha buscado y escuchado y recogido los mensajes y fotografías de todos los familiares y amigos que han querido dejar constancia de quiénes eran aquellos cuyas vidas sepultó la riada.

A continuación, se presentan algunas de las historias de las víctimas, un homenaje a sus vidas y un recordatorio de la fragilidad humana ante la fuerza de la naturaleza.

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Historias de Vida Perdidas en la Riada

Cada una de las personas fallecidas tenía una vida, una historia y un legado. A través de los recuerdos de sus seres queridos, podemos conocer un poco más sobre quiénes eran y qué significaban para aquellos que los amaban.

José Antonio: El atletismo fue una de las grandes pasiones de José Antonio. “No lo hacía por competir, lo hacía porque le gustaba correr”, cuenta su hijo Xavi. Socio de los clubes de atletismo de Paiporta y Montserrat, donde todo el mundo lo conocía, últimamente cambiaba los maratones por el micrófono y disfrutaba narrando las carreras locales. En el deporte mostró una de las virtudes que su hijo más destaca de él: “Trabajador”. Empezó a los 14 años en una imprenta y a principios de los 90, junto a sus dos hermanos, montó su propio negocio de artes gráficas. Y aunque ya estaba en edad de jubilarse, no quería dejarlo. A su mujer, Amparo, la conoció en Montserrat. Tuvieron tres hijos: Toni, Xavi y Marina. Cuenta el segundo que a su padre lo que más le llenaba era “ver a sus hijos crecer con propósitos que se cumplen”. Toni ha tomado el cargo que dejó su padre en el negocio; y Xavi, animado por los consejos que le dio su padre, ha abierto el suyo propio. Ambos han tenido recientemente un hijo. En los últimos años, había cultivado una renovada pasión por el campo. En unas tierras que tenía, regaba y cuidaba de unas oliveras de las que obtenía su propio aceite. Como en el atletismo, “no lo hacía por obtener un beneficio, sino porque disfrutaba de ello”. Su aceite lo repartía entre familia, amigos, vecinos y conocidos. “Era un hombre generoso y muy querido.

Antonio: Tenía tres hermanas y un hermano, todos mayores que él. La segunda de los cinco, 16 años mayor que Antonio, recuerda que hasta que tuvo sus propios hijos, pasaba mucho tiempo con él. De joven, Antonio trabajó muchos años en la hostelería. “Salía de trabajar a las 5.30 de la mañana y me venía a buscar a mi casa para llevarme al trabajo. Era muy servicial: si tenía que llevarte a algún sitio, te llevaba”, cuenta su hermana. Dejó el bar y encontró empleo conduciendo camiones. Cuando sus padres se pusieron enfermos, él los cuidaba los fines de semana. Cuenta su hermana que nunca puso ninguna pega a ocuparse de ellos: “Las hermanas trabajábamos y no podíamos”. En los últimos años, pasaba tiempo con sus hermanas mayores. Almorzaban juntos en algún “barecito”, y luego iban a la casa a tomar café y a “hablar de la vida”.

Piedad: Una mujer “luchadora”, preocupada por su familia, por sus hijos, sus nietos, y por todas las personas, recuerda Encarnación, una de las tres hijas que tuvo Piedad. Nacida en 1939, Piedad conoció lo peor del hambre y la pobreza de la posguerra española. Desde muy pequeña se vio obligada a pedir limosna y a trabajar. “No pudo ir al colegio ni jugar, sino que tuvo que servir en casas”. Esa experiencia, cuenta su hija, la convirtió en una persona empática con los más necesitados. De muy joven se fue a vivir a Valencia. Se casó a los 23 años y formó una familia. Sus tres hijas han tenido descendencia. Sus nietas la querían mucho. "Ella siempre estaba, siempre ayudaba a los demás cuando lo necesitaban", cuenta Encarnación. Allí le sorprendió la riada.

Manuel: “Bueno y tranquilo”, recuerda Pepi, su nuera. Manuel vivía en un chalé en Sedaví junto a su mujer, Dolores. Estuvieron juntos 67 años y tuvieron un hijo, José Manuel. Padre e hijo eran hombres poco habladores, pero guardaban una buena relación. Manuel fue albañil, le gustaba trabajar. Desde que se jubiló, iba cada día andando hasta sus ‘campitos’, a cinco minutos de casa, donde cultivaba habas, tomates y otras verduras de temporada para él y para su familia; lo que sobraba, lo regalaba a los vecinos. Su hijo se casó con Pepi, con quien tuvo dos hijos. A las 20.30 del 29 de octubre de 2024 el agua empezó a entrar en su vivienda. La mujer que cuidaba de Manuel y su esposa trató de pedir auxilio. Los vecinos intentaron ayudarles a salir, pero solo pudieron poner a salvo a la cuidadora.

Luis Ángel: Todos los fines de semana, Luis Ángel acompañaba a su sobrina Erika, de 13 años, a jugar sus partidos de fútbol. “Le encantaban los niños”, recuerda su madre, María Cristina. Su hijo era un hombre “alegre”, de los que “ríen por todo”. También recto y trabajador: “Si en el trabajo le pedían hacer algo en 15 días, él lo hacía en 8. Eso sí, no le regalaba un minuto a la empresa: entraba a las 7 y a las 3 se iba”. En su barrio, La Cañada, todo el mundo lo conocía. Los amigos de los equipos de fútbol en los que jugaba le hicieron un vídeo homenaje tras su muerte. Su prima Izascun, de su misma edad, recuerda los veranos jugando en la piscina cuando eran niños y, más mayores, las noches en los pubs. “Luis era divertidísimo. Hablaba con todo el mundo, hasta con las piedras”. En el barrio del Carmen, en Valencia, las noches empezaban en La Flaca, donde ponían la música favorita de Luis: española. Cuando le gustaba lo que escuchaba, repetía: “Temazo de canción”. Las noches terminaban en Calcatta, donde conoció a una novia con la que estuvo 10 años.

Francisco: - Pintar, contaba chistes, le gustaba la música, la guitarra, el piano. Murió en Montserrat, donde vivía con su mujer. El 29 de octubre de 2024 trataba de llevar a sus dos nietos a casa de su hija Saray. Viajaban en coche por el caminito entre campos que hacían siempre, pero todo se llenó de agua y el vehículo quedó encallado junto a una palmera. La fuerza de la corriente era tan fuerte que lo único que pudo hacer Francisco fue subir a los niños al techo del coche para ponerlos a salvo. Se sujetaron los tres como pudieron. Los pequeños se aferraron al tronco de la palmera, pero el abuelo quedó sin sujeción. En algún momento, perdió el equilibrio y cayó. Francisco se casó a los 31 años y tuvo dos hijos, Samuel y Saray. Su hija lo describe como un hombre “súper sociable, hablaba hasta con las plantas”. Más allá de su oficio de camionero -del que se jubiló durante la pandemia, tras el cierre de la empresa-, fue monitor en una pista de hielo: patinaba y enseñaba a los demás a hacerlo. La música, como cuenta su nieta, jugó un papel esencial en su vida.

José: Nació en Valencia y vivió en Horno de Alcedo hasta que se casó con María Teresa y se fueron a vivir en Sedaví. Tuvo dos hijos, Ramón y Maite, y siete nietos. Trabajó en la Ford de Almussafes casi toda su vida, y cuando llegaba a las cinco de trabajar se iba al taller de motos de su hermano Vicente a ayudarle. "Le encantaba ayudar a la gente, siempre estaba dispuesto para todo el mundo", dice su hija Maite. "Lo que más me reconforta ahora es que todo el mundo me dice lo buena persona que era; nunca tenía un mal gesto, ni una mala palabra de nadie ni para nadie". Se desvivía por sus nietos. Le encantaba cada mañana acompañarlos al colegio y a las 13.00 esperarlos a la salida. "Fue un padre increíble y un abuelo aún más increíble", enfatiza Maite. Muy trabajador, y sobre todo, "un manitas"; para arreglar cualquier cosa andaba con su maleta de herramientas. Le gustaba la playa y pasaba sus veranos en Cullera. En Navidad su familia lo va a recordar especialmente, porque le encantaba la Nochebuena.

Encarna: Era director de un centro educativo de Cheste. Entregado a la docencia y responsable con sus funciones. Sus alumnos eran su prioridad, y era generoso con quien lo necesitara, como psicopedagogo. Era muy dado a trabajar con los más vulnerables, personas con discapacidad, adolescentes que lo requirieran. "Su humor y su sonrisa dejan una huella en todos los que le hubieran conocido", afirma su hermana Encarna. El 29 de octubre, esperó en su lugar de trabajo hasta las seis de la tarde para asegurarse que nadie fuera al instituto ni a las residenciales por las intensas lluvias. Partió hacia su casa sin saber cómo estaban las vías ni la gravedad de las inundaciones. Nadie le alertó.

Isabel: Era soltera, no tuvo hijos, pero fue como una segunda madre para sus tres sobrinos, Toni, Elvi e Isabel. Y como otra abuela para los hijos de sus sobrinos. Isabel cuenta que su tía, siendo ya muy mayor, se tiraba al suelo a jugar con sus nietos y se revolcaba con ellos, que la adoraban. Hace más de 15 años había superado un cáncer, del que había salido con una voluntad de vivir intensamente la vida. No se quedaba en casa. Le gustaba mucho viajar, el fútbol y salir con varios grupos de amigas que tenía en Sedaví. Con ellas le encantaba ir al mercadillo todas las semanas. Otra de sus pasiones fue la fiesta de Moros y Cristianos, en la que salía a desfilar. Los últimos años ya había dejado de hacerlo por una artrosis en la pierna que limitaba su movilidad. El día de la dana, su sobrina la llamó para alertarla por el riesgo de las inundaciones, pero ella respondió que en la zona en la que vivía todo estaba normal, que no había llovido en todo el día. Nadie les había enviado una alerta sobre lo que vendría. En cuestión de minutos el torrente de agua irrumpió en su casa, que era un bajo, y allí falleció.

Francisco José: Nació en Sedaví y vivió sus primeros 21 años en el número 117 de la calle del Sol de esa localidad. Trabajó toda su vida en este municipio. A sus 18 años empezó a trabajar en Radio Rostoll y en Sedaví Radio, y después ingresó a trabajar en el Ayuntamiento de Sedaví, en el que actualmente trabajaba en comunicaciones y en el área de Cultura. Su esposa, Ilosva Azurduy, le recuerda como un "gran profesional, amigo, siempre dispuesto a ayudar" y cuenta que disfrutaba de organizar las actividades culturales del pueblo. "Amante de su trabajo, detallista, metódico, fotógrafo empedernido", agrega ella. Francisco José -o 'Chechu', como le conocían todos en Sedaví- colaboraba con el periódico Mundo Deportivo, informaba del fútbol juvenil de la Comunidad Valenciana, del Valencia Mestalla. Era padre de los mellizos Javier y Sergio, de siete años, "excelente papá, muy entregado a sus hijos, hogareño", dice su esposa. Su familia era su tesoro. De una forma o de otra, todos en Sedaví sabían quién era. El 29 de Octubre, estaba en casa junto a su mujer y sus dos hijos y acababan de ver una película. La luz se cortó, los niños estaban inquietos, los vecinos del frente sacaron sus coches del garaje. Fue a sacar el suyo y no volvió. Minutos después llamó a su esposa pidiéndole ayuda, le dijo que estaba atrapado en el coche, que no podía salir, también llamó al alcalde del pueblo. Cuando bajó el nivel del agua, sus vecinos fueron en grupo a intentar rescatarlo, pero volvieron a casa sin José, habían encontrado el coche pero no a él.

Rafael y María Consuelo: Rafael, de 75 años, y María Consuelo, de 71, compartieron su vida desde adolescentes. Ambos nacieron en el municipio de Paterna. Se enamoraron muy jóvenes y se casaron en julio de 1974. Recién habían cumplido 50 años de casados. Muy pronto tuvieron a sus dos hijas: Azucena Brisa Vidal, de 49 años, y Esmeralda Brisa Vidal, de 47, que les dieron cuatro nietos. "Por el trabajo de mi hermana y el mío, los niños pasaban mucho tiempo con ellos, nos los devolvían bañados y cenados, eran los mejores abuelos del mundo", cuenta su hija mayor. Rafael dedicó la mayor parte de su vida al curtido de pieles, profesión que practicó hasta su jubilación. Su esposa trabajaba como asistenta del hogar. A los dos les encantaba el flamenco. Tanto así, que Rafael participaba como guitarrista en varios coros rocieros, y Azucena estaba siempre a su lado. Actualmente vivían en Picanya, a 50 metros del barranco del Poyo. El día de la emergencia su hija los llamó para que salieran de casa y buscaran un lugar seguro. María Consuelo no podía caminar debido a una reciente operación en su pierna, y Rafael intentó salir con ella en brazos. "Él consiguió sacarla porque el agua les llegaba al pecho, pero no se podía agarrar a nada", según contó una testigo. "Si se agarraba a algo tenía que soltar a mi madre y la arrastraría la corriente de lodo", dice su hija. "Era un muy buen hombre y decidió mantener cogida a mi madre y dejarse arrastrar por la corriente, en vez de soltarla. Esa es su triste y su bonita historia", relata.

Juan: Nació en Paiporta al igual que sus cuatro hijos. Su hija Rosa le recuerda como una "muy buena persona", que vivía solo porque se encontraba bien así. Una mujer cuidaba de él y le ayudaba con las tareas del hogar. Entre semana, iba al bar echar la partida, se tomaba un café y se daba un paseo. Cuando uno de sus amigos fue a dar el pésame a la familia, lamentó no poder volver a jugar con él al dominó. Los fines de semana acudía a la casa de alguno de sus hijos, "pero no había manera de convencerle de que no fuera a casa a dormir solo", explica Rosa. El día del temporal se encontraba viendo la televisión "como siempre, con los pies en alto". La mujer que cuidaba de él le llamó para preguntarle si había entrado agua en su casa y, al bajar los pies del apoyo, se dio cuenta de que su salón se estaba inundando. Uno de sus hijos se dirigió a su casa, pero el nivel de la riada en la calle ya superaba el metro y medio, por lo que no pudo acceder.

Elvira y Elisabet: Madre e hija, compañeras de trabajo y confidentes. Una vida unidas. Inseparables. La avalancha de lodo las pilló juntas, en el coche. “Elvira llevaba toda la vida de camarera de piso en el Hotel La Carreta, aquel día había hecho ya su turno de mañana pero, como su hija no tenía coche ni carné de conducir la llevó, porque Elisabet trabajaba en el mismo sitio, en el turno de tarde”, cuenta Ernesto Martínez, el hermano mayor de Elvira. Ella era la segunda en una familia de siete hermanos. “Yo le llevaba un año, pero ella aprendió a andar antes que yo”, recuerda con cariño. “Ha sido siempre una luchadora”, añade. Luego, años después, en la adolescencia, fue él quien llevó a Elvira a la discoteca, “¡con solo 14 años!”, ríe. Fue en esas salidas en pandilla cuando Elvira conoció a su marido, Ismael, con quien pasó el resto de su vida. Elvira era una mujer “muy familiar, tremendamente trabajadora y muy casera, nada le gustaba más que estar en su casa con su familia”, asegura. Su felicidad eran su hija y sus nietos, “Tenía un gran corazón”, agrega su hermano. Elisabet, que continúa desaparecida, tiene dos hijos: Iván de, 18 años; y Valeria, de cuatro, que ahora viven con sus respectivos padres y que no serán legalmente huérfanos hasta que su madre sea encontrada. “Era muy buena madre y le encantaban los Sims: creaba historias de animación que luego colgaba en Instagram y tenía muchos seguidores”, cuenta. La última vez que sus familiares hablaron con Elvira y Elisabet, ellas pedían auxilio desde su coche, arrastrado po...

Imagen de referencia de una riada en Valencia.

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