Laurence Olivier: Un Legado de Amor, Drama y Legado Artístico

Laurence Olivier, cuyo nombre completo es Laurence Kerr Olivier, Baron Olivier, OM, fue un actor y director inglés que, junto con figuras como Ralph Richardson, Peggy Ashcroft y John Gielgud, dominó la escena británica de mediados del siglo XX. Nacido el 22 de mayo de 1907 y fallecido el 11 de julio de 1989, Olivier no solo conquistó el teatro, sino que también dejó una huella imborrable en el cine, participando en más de cincuenta películas.

Este artículo explora la vida de Olivier, su relación con Vivien Leigh, sus hijos y su extenso legado en el mundo del teatro y el cine.

Laurence Olivier en Ricardo III

Inicios y Ascenso al Estrellato

La familia de Olivier no tenía vínculos con el teatro, pero su padre, un clérigo, decidió que su hijo debía convertirse en actor. Tras formarse en una escuela de teatro en Londres, Olivier perfeccionó su arte en diversos trabajos de actuación a finales de la década de 1920. En 1930, logró su primer gran éxito en el West End con "Private Lives" de Noël Coward, y también hizo su debut cinematográfico.

En 1935, participó en una aclamada producción de "Romeo y Julieta" junto a Gielgud y Ashcroft, consolidándose como una estrella al final de la década.

El Encuentro con Vivien Leigh

Laurence Olivier descubrió a Vivien Leigh al mismo tiempo que lo hacía el resto de Inglaterra, al verla interpretando la obra "La máscara de la virtud" en 1935. La joven recibió excelentes críticas que resaltaban dos aspectos que irían siempre asociados a su figura: su belleza y su talento. En sus memorias, Olivier es vehemente sobre la impresión que le produjo. La describe como “un atractivo de la naturaleza más perturbadora que yo haya visto nunca”.

Poco después sería ella la que le vería a él representando Romeo y Julieta, el evento teatral más importante de aquel año en Londres. Por primera vez, en vez de plantear a Romeo como un héroe romántico y melodramático, aparecía un protagonista enérgico, lleno de energía sexual. Vivien se acercó al camerino tras la obra para felicitar a Laurence con entusiasmo, y al despedirse, le dio un beso en el hombro desnudo. Toda una declaración de intenciones.

Él ya era una estrella y ella estaba empezando, pero el mundillo teatral del Londres de entreguerras era pequeño, y no tardaron en coincidir en el restaurante del Savoy o con sus respectivas parejas durante una fiesta en fin de semana. La cosa no pasó a mayores al principio porque ambos estaban casados, pero la atracción mutua que sentían era irrefrenable.

Vivien, con sus grandes ojos azules y su piel de porcelana, había sido descrita ya como “la encarnación de la juventud femenina inglesa”, lo que para el patriótico y orgullosísimo de la tradición británica Olivier, era casi el mejor piropo que podía decirse de una persona. Eso de que una persona portase los valores del todavía boyante Imperio británico era algo a lo que Vivien tampoco era indiferente (además de que ella misma había nacido en la India, la perla del Imperio, a los pies del Himalaya).

De su primer marido, Leigh Holman, le había atraído precisamente ese aire britaniquísimo, además de una cierta semejanza con el actor Leslie Howard. Cuando le conoció, le confesó a una amiga, según recoge Alexander Walker en su biografía Vivien: The Life of Vivien Leigh. “Creo que parece el perfecto inglés. Voy a casarme con él”. “Ya está prometido con una chica”, adujo su amiga. “No importa. Eso es porque todavía no me ha visto”, contestó ella. Y si el discreto Holman era tan inglés como la hora del té, Laurence Olivier era esto llevado al siguiente nivel.

Se enamoraron con una intensidad que ninguno había experimentado antes. Pero tanto Vivien como Olivier representaban los valores de su país y su tiempo también en su sentido menos brillante y pomposo: la hipocresía, la represión, la educación fría y la falta de afecto familiar eran aspectos que ambos habían vivido y les habían marcado para siempre. A Vivien sus padres la metieron en un colegio interna mientras ellos seguían en la India y pasó más de un año y medio hasta que volvieron a verla.

El matrimonio de Vivien, tras tener a su hija Suzanne, no había cumplido sus expectativas, aparte de que su marido no aprobaba su vocación interpretativa ni que dedicase mucho más interés a su formación teatral que a su faceta como madre y esposa. Vivien empezó a tener líos extramaritales con John Buckmaster, el fundador del club para caballeros Buck, o con el poderoso productor Alexander Korda.

Por su parte, Laurence se había consolidado como uno de los actores shakespeareanos por excelencia, y llegaría a ser uno de los más reconocidos de la historia, pero en ocasiones su intimidad parecía más bien propia de una obra de Tenneessee Williams. “Debido a su educación represiva, Jill Esmond fue la primera experiencia sexual y sentimental de Olivier con una mujer”, escribe capcioso el biógrafo Michelangelo Capua sobre su relación con su primera esposa.

Donald Spoto describe a Olivier como un niño que nunca superó la muerte de su madre, acomplejado por su pluma adolescente en los clásicos violentos y clasistas colegios británicos, una persona tan insegura que solo vive de verdad sobre las tablas y que a veces “no sabe cuándo está actuando y cuándo no”. También afirma que la actriz Jill Esmond prefería a las mujeres, cuando no que era lesbiana, y que el día antes de su boda le aseguró que no le amaba. A Olivier no le importó porque estaba “desesperado por irse a la cama con una mujer”.

Está comprobado que poco antes de la aparición de Vivien en su vida tuvo un amante; varios biógrafos lo cuentan de un modo que denota una incomodidad casi propia de la sociedad eduardiana en la que había nacido Olivier. Terry Coleman explica: “Encontré la evidencia de un romance homosexual en 1937 con un actor llamado Henry Ainley. No creo que sea una cosa tremendamente importante. Está ahí y es un hecho, y por lo tanto dejo constancia de ello”. Además, hay un baile de fechas: Capua dice que ocurrió en 1935, cuando Olivier era tan infeliz en su matrimonio con Jill que se “vio empujado” a tener una breve relación gay, como si algo así solo pudiera deberse a una extrema crisis personal, y se apresura a aclarar que aquello terminó en cuanto empezó la relación con Vivien.

En cualquier caso, su affaire con Henry Ainley es oficial, pero se quedó en nada ante la relación arrasadora que marcaría su existencia.

En algún momento al inicio del año 1936 Laurence, Larry para los íntimos, y Vivien se convirtieron en amantes; aprovecharon un viaje del marido de ella al extranjero y que Jill Esmond estaba ocupada con su embarazo. “Pronto empecé a sentir pena de Jill; en realidad, algo más que pena y, por supuesto, a sentirme culpable”, describe el actor en sus memorias. “Pero era para nosotros algo tan fatalmente irrepetible como para cualquier otra pareja, desde Sigmund y Sieglinde a Windsor y Simpson”.

Jill descubrió que su marido le estaba siendo infiel de forma casual y dolorosa. Laurence le había dicho que le gustaría que, si era niño, el bebé que esperaban se llamase Tarquin. Mantuvieron el nombre en secreto, pero el 8 de abril de 1936 Jill y Laurence acudieron al estreno de la obra The Happy hypocrite, protagonizada por Vivien Leigh. Cuando se acercaron al camerino a felicitarla, Vivien le comentó de buen humor, señalando su barriga de cinco meses de embarazo, “¿Cómo está el pequeño Tarquin?”. Cuando nació el niño, Olivier llevó a Vivien a visitarlo, con Jill aún exhausta y recuperándose. “No sé en qué estaba pensando”, diría años después Tarquin, ya adulto, sobre su conflictuado padre.

Vivien y Larry estuvieron dos años a escondidas mientras sus respectivas parejas intentaban aceptar la política de hechos consumados, aunque su volcánica relación no era un secreto para nadie, sobre todo porque empezaron a trabajar juntos en películas como Inglaterra en llamas -de muy apropiado título- o en el teatro, donde representaron Hamlet. “No podíamos evitar tocarnos el uno al otro; querernos casi ante los ojos de Jill”, confesaba él. “Esa proximidad produjo el resultado que era de esperar, y dos matrimonios quedaron rotos. Sospecho que este pasaje puede no resultar agradable de leer. Si he de ser sincero, produce cierto asco escribirlo”.

El 10 de junio del 37 los amantes certificaron su amor marchándose a Europa. Sus anteriores parejas e hijos quedaron atrás. Tarquin Olivier recordaría con amargura: “No recuerdo un solo momento de mi vida en que mi madre no me dijese que él la había abandonado para casarse con la mujer más bella del mundo”. Un mes después ella le siguió a California con un plan que transformaría su carrera para siempre: “Me fui en parte porque Larry estaba allí y en parte porque quería intentar conseguir el papel de Escarlata O’Hara”.

Vivien, como medio mundo, había leído Lo que el viento se llevó, el libro multiventas de Margaret Mitchell, cuando tuvo que guardar convalecencia tras un accidente de esquí, y se había enamorado de uno de los personajes femeninos más potentes de la literatura reciente. Estaba de suerte, porque tras el casting-campaña promocional más mítico del cine, pese a que toda actriz famosa, debutante o anónima con aspiraciones de Estados Unidos había intentado conseguir el papel, el productor David O. Selznick seguía sin encontrar a la persona idónea. La historia de cómo la seleccionaron para el papel forma parte insoslayable de su leyenda.

Myron Selznick, el hermano de David, era un agente de artistas que llevaba la carrera de Laurence en América. Cuando conoció a la decidida actriz, llevó a los recién llegados a visitar el plató en el que se estaba rodando ya, con unos dobles, el incendio de Atlanta. Se acercó a su hermano y le dijo: “Hey, te presento a Escarlata O’Hara”. David se dio la vuelta, vio las llamas reflejadas en los inmensos ojos claros de la joven y se produjo la magia.

Fue una elección que nadie, entonces, ahora ni probablemente en el futuro, discutirá. Incluso las damas sureñas más reticentes acabaron convencidas de que no podría haber existido una opción mejor para interpretar a Escarlata que la actriz británica. Leigh fue la primera no norteamericana en ganar el Oscar como actriz y se convirtió casi de la noche a la mañana en una de las mujeres más famosas y admiradas del planeta.

Sin embargo, esto tuvo resultados ambiguos en su vida y su carrera. Laurence sintió su ego maltrecho por la reciente fama estratosférica de su esposa, al mismo tiempo que se enfurecía porque David O. Selznick se negaba a darle a ella el papel de la protagonista en Rebeca, en la que él interpretaba a la estrella masculina. El productor prefirió a la apocada Joan Fontaine, que resultaba ser además hermana de Olivia de Havilland, con la que Vivien acababa de trabajar en Lo que el viento se llevó. No se le puede negar el buen ojo: Fontaine se transformó en una estrella y añadió una nueva muesca en el cinturón de agravios de su tormentosa relación fraternal.

Mientras, tras haber pasado los meses de rodaje de Lo que el viento se llevó separados escribiéndose apasionadas cartas de amor, Olivier obtuvo por fin el divorcio de Jill y Vivien y él pudieron casarse. La boda tuvo lugar el 31 de agosto de 1940 en San Ysidro Ranch, en Santa Bárbara. El lugar pertenecía al director Ronald Coleman y esa noche no sería su única colisión con el mundo de la fama: años después allí pasarían su luna de miel otros novios famosos, JFK y Jackie Kennedy, y el director John Huston se retiró a uno de sus aposentos para escribir el guion de La reina de África. Para evitar la posible publicidad negativa que ya habían tenido al ser atacados por cierta prensa por ser “amantes adúlteros” (cosa que eran), la ceremonia duró 3 minutos, se celebró a medianoche y solo hubo cuatro invitados; eso sí, Katherine Hepburn era uno de ellos. Se dice que Laurence Olivier pidió que el acto tuviese lugar en la terraza con vistas a las verdes montañas para poder imaginarse que estaba en Inglaterra. Desde entonces, se convirtieron ya de forma oficial en “los Olivier”.

Los Olivier eran sinónimo de elegancia, atractivo y sobre todo respeto artístico. Vivien ya lo había dejado claro durante la promoción de Lo que el viento se llevó; ella era una actriz de verdad, no una estrella de cine. No hacía falta que lo jurara. Se diría que Hollywood no sabía qué hacer con ella, y ella tampoco parecía muy conforme con las posibilidades que se le brindaban, además de que le imponían parejas que no deseaba como partenaires -como Robert Taylor- en vez de a su marido, por su menor potencial taquillero. Larry compartía ese desprecio común en el fondo que todos los actores británicos forjados en recitar a Shakespeare desde la niñez sentían por el cine, al que consideraban un arte, si no menor, no tan digno de su talento, y al sistema de estudios de Hollywood, poco menos que una cadena de montaje en la que la sensibilidad individual se asfixiaba antes de poder florecer. Los Olivier optaron por montar con su propia compañía una producción teatral de Romeo y Julieta que coincidió con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. “Me da vergüenza decir que nuestros corazones necesitaron poco tiempo para entusiasmarse con la idea de causar cierta sensación, y ser reconocidos además como intérpretes de Shakespeare, y no solo como artistas de cine”, explica Olivier.

El matrimonio regresó a Inglaterra, asediada por la guerra, tras rodar Lady Hamilton. Él había aprendido a volar en Estados Unidos y se alistó en la Raf como piloto, considerando una obligación luchar por defender su país frente a Hitler. Ella se esforzó por organizar actos de recogida de fondos y colaborar con los esfuerzos bélicos del país. Pese a su aparente energía, sus viejos amigos les encontraron desmejorados tras la etapa americana; Noel Coward escribía que ella había desarrollado un “problema con el alcohol” y que “parecían infelices”. Nada comparado con lo que estaba por llegar.

En el 44 Vivien contrajo una tuberculosis crónica por la que tuvo que guardar nueve meses de convalecencia y de la que ya nunca se recuperaría del todo. Y al año siguiente, mientras rodaba César y Cleopatra, sufrió un aborto que la hirió en lo más hondo. Durante muchos años, en la mitología de la actriz y de la pareja, esto se consideró un detonante de su enfermedad, cuando en realidad Vivien ya venía mostrando síntomas de desequilibrio desde tiempo atrás y es de suponer que cualquier acontecimiento acabaría por acelerar el proceso.

Los rumores sobre la inestabilidad de Vivien comenzaban a difundirse en el círculo de su compañía teatral. Se hablaba de ataques de ira y explosiones de rabia sin motivo en los que la actriz no atendía a razones y “le cambiaba la mirada”. Esa virtud que ante la pantalla había hecho de ella una actriz portentosa, el ser capaz en un instante de pasar de una emoción a la contraria solo con el brillo de sus ojos, se convertía en la vida real en algo escalofriante para los que lo presenciaban. Olivier, en esta etapa, se esforzaba por creer o hacer ver que no había ningún problema. Escribía sobre su esposa durante una estancia de ambos en Nueva York para hacer teatro: “Aprovechó también ese buen momento para tranquilizarlos, y mostrar de paso a otras partes interesadas que estaba mucho más fuerte, más llena de vida y en mejor estado de salud de lo que se había supuesto”. En apariencia, estaban en la cumbre del éxito. Poseían una casa encantadora en el barrio de Chelsea londinense, Durham Cottage, y una auténtica mansión medieval que se convirtió en la otra obsesión de Olivier, Notley Abbey.

Los Hijos de Laurence Olivier

Laurence Olivier tuvo un hijo, Tarquin Olivier, de su primer matrimonio con la actriz Jill Esmond. Tarquin nació en 1936 y siguió una carrera fuera del mundo del espectáculo. Vivien Leigh tuvo una hija, Suzanne Holman, de su primer matrimonio con Leigh Holman. Ni Tarquin ni Suzanne alcanzaron la fama de sus padres, pero mantuvieron una relación cercana con ellos a lo largo de sus vidas.

Vivien Leigh y Laurence Olivier

Joan Plowright: Un Nuevo Capítulo

Tras su turbulento matrimonio con Vivien Leigh, Laurence Olivier encontró estabilidad con Joan Plowright. Se casaron en 1961 y permanecieron juntos hasta la muerte de Olivier en 1989. Joan Plowright es una actriz británica de renombre, conocida por sus destacadas actuaciones en teatro y cine, incluyendo un Globo de Oro por su papel en "Stalin" (1992). La boda de Plowright con ‘lord’ Olivier en 1961 fue la sensación del año y su matrimonio duró hasta el fallecimiento del actor en 1989 con 82 años. Anteriormente, estuvo casada con Roger Leonard Gage (desde 1953 a 1960).

Olivier y Plowright tuvieron tres hijos juntos: Richard Kerr Olivier, Tamsin Agnes Margaret Olivier y Julie Kate Olivier.

Hijos de Laurence Olivier y Joan Plowright:

  • Richard Kerr Olivier: Nacido en 1961, ha mantenido un perfil relativamente bajo en comparación con sus padres.
  • Tamsin Agnes Margaret Olivier: También nacida en la década de 1960, ha seguido una carrera fuera del mundo del espectáculo.
  • Julie Kate Olivier: La menor de los hijos, nacida en 1966.

La relación de Olivier con Plowright fue vista como un período de estabilidad y felicidad en su vida, contrastando con la tumultuosa relación con Leigh.

El Legado de Laurence Olivier

Olivier fue codirector de Old Vic en la década de 1940, donde sus interpretaciones de Ricardo III y Edipo fueron aclamadas. En 1957, se unió a la English Stage Company, revitalizando su carrera teatral con "The Entertainer". De 1963 a 1973, dirigió el Teatro Nacional de Gran Bretaña, impulsando a muchas futuras estrellas.

Sus películas incluyen "Cumbres borrascosas" (1939), "Rebecca" (1940) y una trilogía de Shakespeare: "Enrique V" (1944), "Hamlet" (1948) y "Ricardo III" (1955). También participó en "Los zapatos del pescador" (1968), "Sleuth" (1972) y "Marathon Man" (1976).

Olivier recibió numerosos honores, incluyendo el título de caballero (1947), un título nobiliario vitalicio (1970) y la Orden del Mérito (1981). Ganó cuatro premios de la Academia, dos premios BAFTA, cinco premios Emmy y tres Globos de Oro.

El auditorio más grande del Teatro Nacional lleva su nombre, y los premios Laurence Olivier celebran su impacto en el teatro británico.

Filmografía Selecta

Título Año
Cumbres Borrascosas 1939
Rebecca 1940
Enrique V 1944
Hamlet 1948
Ricardo III 1955

La vida y el triste final de Laurence Olivier

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