La Historia de Lulú: Una Niña Trans que Rompió Barreras en Argentina

Lulú nació con genitales masculinos como su hermano mellizo y, como es habitual, le pusieron nombre de varón: Manuel. Sin embargo, desde que pudo hablar, al año y medio de vida, empezó a repetir “Yo, nena”, “yo, princesa”, y a ponerse ropa de su mamá y pedir muñecas para jugar.

A los cuatro años, eligió un nombre femenino, exigió a su familia que así quería que la llamaran y les advirtió que si le decían Manuel no iba a contestar. Hoy Lulú tiene seis años y es una nena trans: vive con su mamá y su hermano en las afueras de la provincia de Buenos Aires -el papá los abandonó-, y en diciembre último terminó el preescolar en una guardería que respetó su identidad femenina.

Un DNI que Refleja su Identidad

El 9 de octubre de 2013 se convirtió en la persona trans más pequeña del mundo al obtener un nuevo Documento Nacional de Identidad, en adelante DNI, acorde a su identidad de género a través de un trámite administrativo, sin tener que recurrir a la justicia, en cumplimiento de la Ley de Identidad de Género, sancionada en Argentina en 2012.

-Es muy duro llevarla a urgencias porque tiene 39° de fiebre y que la vean con dos colitas y falda, y, en lugar de fijarse en qué le pasa, la miren raro porque en el documento tiene nombre y foto de varón -contó a esta cronista la mamá de Lulú, Gabriela Mansilla, en julio de 2013, cuando acompañada por la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), decidió hacer público a través del diario Página/12 el reclamo por un nuevo documento para la niña.

Un año antes, a mediados de 2012, a pesar de que la Ley de Identidad de Género prevé un mecanismo en el caso de menores de 14 años, en el Registro Civil de su municipio le negaron esa posibilidad con el argumento de que Lulú era demasiado pequeña para dar el consentimiento para ese trámite, y le dijeron que debía recurrir a la justicia. Gabriela no bajó los brazos.

El Apoyo Profesional y la Importancia del DNI

El equipo interdisciplinario que atiende a la niña y su familia, y que encabeza la psicóloga Valeria Paván, coordinadora del Área de Salud de la CHA, coincidía en la necesidad imperiosa que tenía Lulú de adquirir un nuevo DNI. -El DNI es importante porque es un espejo. Hoy ella no se reconoce en ese espejo. Cuando uno tiene una imagen en la que se reconoce, encuentra armonía, coherencia. Si usted se ve en el espejo y ve otra persona, enloquece. No tener ese espejo, para Lulú es terrible -explicaba el psiquiatra y psicoanalista Alfredo Grande, director clínico de la Cooperativa de Trabajo en Salud Mental, que forma parte del grupo de profesionales de la salud mental que atienden a la niña, a su hermanito y a su mamá-.

Si bien nosotros proponemos la despatologización de la identidad trans, no quiere decir que la situación que enfrentan Lulú y su familia no sea conflictiva. No es patológico, pero es conflictivo. El mandato biológico y cultural es muy fuerte para que una identidad por deseo se pueda imponer. El marco que le damos a la atención terapéutica es sostener el deseo de Lulú -señalaba Grande, cuando la posibilidad de un nuevo DNI no se vislumbraba posible aún-.

La identidad de género tiene que ver con la identidad por mandato y por deseo. En el marco actual, la única que se manifiesta en una cultura represora como la nuestra es la identidad del mandato, que es biológica y cultural. Lulú contradice los dos mandatos. Al ser una interpelación al doble mandato, se convierte en analizador. La identidad se construye desde los más profundos deseos. Son muy pocas las personas que han podido enfrentar esos dos fuertes mandatos. Una persona heterosexual no se lo cuestiona porque encaja en el mandato cultural y biológico.

Lo que el espejo de Lulú refleja, no se refleja en ningún espejo. El tema de Lulú es que no ve nenas con pene. En toda su escolaridad primaria, Lulú va a necesitar muchísima ayuda. Si no es reconocida desde el DNI, no existe. Es terrible. A esta nena contrariada en su deseo se la pone en un lugar de altísimo conflicto. Como antes le sucedía a los homosexuales, cuando no eran aceptados en la sociedad.

Al tiempo que contaba la historia de Lulú en Página/12, la mamá, de 39 años, le escribió una carta a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para que le ayudase a obtener el documento para su hija. La difusión del reclamo en el diario y esa carta fueron puntapiés que empezaron a abrir puertas.

El Desafío de Criar a una Niña Trans

La mamá de Lulú, como cualquier mamá que se enfrenta a una historia como esta, acumula angustia y desorientación. También para el equipo terapéutico significa un desafío enorme. -El primer año para todo el equipo que atiende a Lulú y a su familia fue muy angustiante porque no hay referencias sobre casos similares -dice Paván.

El desafío es ayudar a Lulú a crecer feliz. Son poquísimos los casos de niñas o niños trans que se conocen en el mundo. De hecho, en 2012 trascendió la batalla legal que ganó una nena transgénero como Lulú, de seis años, en Colorado, Estados Unidos, para poder usar el baño de mujeres en su escuela. Por otro lado, Gabriela Mansilla viene dando distintas batallas. -Para la mamá ha sido una sobreexigencia brutal y lo sigue siendo. Y además tiene una situación económica adversa -apuntó el psiquiatra Grande.

Los terapeutas que atienden a Lulú, su hermanito y su mamá lo hacen de manera gratuita. Además, desde la CHA la ayudan en términos económicos. La mamá de la niña junta unos pesos vendiendo comida que cocina en su casa y reparte en bicicleta. Su exmarido no cumple con la cuota alimentaria desde diciembre de 2012, y tampoco visita a sus hijos.

La Lucha de una Madre por Entender y Apoyar a su Hija

Entre las batallas que dio Gabriela, la primera fue entender qué le pasaba a Manuel. -Mi impresión era que tenía mellizos pero los dos tenían gustos opuestos -contó a esta cronista-. A los 18 meses, cuando Manuel empezó a hablar, me decía: “Yo nena, yo princesa”. Quería tener el cabello largo y para simularlo se ponía trapos en la cabeza; pedía que le compraran muñecas. Me pedía mis faldas, mi ropa, y se las quería poner. Yo pensé que era un juego -dice Gabriela, quien peregrinó por pediatras, neurólogos, psicólogos, buscando una respuesta-.

Un psicólogo me dijo que le faltaba presencia paterna, que le tenía que decir que era un nene, que le sacara la ropa de mujer. Fue un desastre. Mi hija vivía destrozada. Se escondía debajo de la cama, se ponía el cubre cestos del baño, que tenía holanes, como falda y pasaba horas encerrada en el baño. Cuando le quitaba la ropa femenina, yo sentía que le arrancaba la piel. No te imaginas cómo lloraba. Podía llorar horas. El papá no lo podía tolerar. Decía: “Yo no voy a tener un hijo puto”. Y escondía a Manuel cuando venían sus amigos. ¿Sabés con qué jugaba? Con un lápiz rosa.

Hasta que vi un documental de National Geographic de una nena transgénero de Estados Unidos. Fue como si me pasara un camión por encima. Era la historia de mi hijo. Ahí entendí que era una nena trans, que su identidad era la de una nena. Lloré veinte días. Y reaccioné. Me dije: si quiere ser princesa, yo la voy a ayudar. El complemento de ella siempre fue su hermano mellizo, que sabía lo que ella quería: si teníamos que comprarle un regalo y yo le preguntaba a él, me decía que a Manuel le gustaban las muñecas.

El Nombre Elegido y la Transición en la Escuela

Otra batalla que tuvo que dar Gabriela fue en la escuela a la que mandó a los dos chicos cuando cumplieron tres años, una institución privada en su barrio. -Manuel siempre estaba con las nenas. Las otras mamás me decían: “Tu hijo es un Don Juan, siempre rodeado de nenas”. Les acariciaba el pelo, porque deseaba tenerlo como ellas, largo, con pasadores. Me decía que quería tener vagina, que no quería tener pene. Yo no sabía cómo explicarle que era una nena transexual. Un día me dijo: “Yo no soy un nene. Soy una nena y me llamo Lulú”. Tenía cuatro años recién cumplidos. Fue el segundo camión que me pasó por encima. Ella solita se había elegido el nombre. ¿Sabes lo que es eso? Yo veía a Manuel; tenía pelo cortito, ropa de varón.

La psicóloga que la atendía en ese momento le imponía una terapia correctiva de reafirmación del género masculino. Yo tenía miedo que se quisiera lastimar el pene. Se lo hundía hasta hacerlo desaparecer. Ni la maestra ni la directora entendían. Yo no soportaba más verlo sufrir y, cuando se iba el papá, lo dejaba jugar con lo que quería -cuenta la madre. Ante ese cuadro de tanto dolor, la mamá le regaló un traje de princesa y una peluca de disfraz, que con el correr del tiempo quedaron gastados de tanto uso. Eso fue hace dos años, cuando Lulú tenía cuatro.

De inmediato la contactó, y la especialista recibió a Gabriela. En su consultorio, luego de varias sesiones, primero con los padres y luego con la niña, el equipo terapéutico descartó que Lulú tuviera una formación delirante o una personalidad psicótica. -Valeria me dio una explicación, me dijo que era una nena trans, que tenía que dejarla ser -dice Gabriela. De alguna forma, para ella fue tranquilizador. Lulú todavía tenía fisonomía de varoncito. -Lulú es una niña con una capacidad arrasadora para defender su identidad. Cuando llegaba al consultorio tenía carita triste. Cada vez que entraba me decía si se podía cambiar de ropa; se ponía su traje de princesa, ya gastado, y se transformaba. Era como si reviviera, como si su vida empezara a tener sentido. Y antes de irse, se quitaba todo -señala Paván.

En acuerdo con los padres y con el equipo interdisciplinario que empezó a atender al grupo familiar, se decidió respetar la identidad elegida por Lulú, y así comenzó su transición: ella decidió que fuera primero en la intimidad de su hogar, porque tenía miedo a las burlas del colegio. -No se incentivó nada. Fuimos escuchando sus demandas: vestiditos, zapatitos de nena, la decoración de su cuarto, toallas y sábanas de nena. Pero se le hacía complicado ir a la escuela, se hacía pis encima porque no quería ir al baño para que no le vieran el pene. Ella tampoco lo quería ver.

Finalmente, en 2012, antes de que empezaran las clases fuimos junto con Marcelo Suntheim, de la CHA, a hablar con la dirección de la escuela para que Lulú pudiera empezar ese año yendo ya como una nena. Nos pidieron informes en el distrito escolar, e incluso hablamos con asesores del Ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires -indicó Paván. -Lulú dejó de hacerse pis. Yo pensé que iba a tener vergüenza de ir como nena al jardín. Pero entró como si se llevara el mundo por delante: fue muy fuerte y muy doloroso para mí. Hay que tener un corazón enorme, el pecho de acero -dice Gabriela, con la voz acongojada. Muchas veces, en estos años, ella se encerraba en su dormitorio para llorar en soledad.

En la escuela aceptaron a Lulú. Pero las mamás de sus compañeritos no querían que sus hijos fueran a jugar a su casa. Y algunos nenes preguntaban por qué Manuel iba disfrazado de mujer. -La gente es muy de señalar. Vivo en el barrio desde hace 26 años. Muchos creen que soy una loca que quiere tener una parejita, y viste a un mellizo de varón y a otro de mujer. Es muy difícil. Una mamá en la escuela me dijo que por qué no me iba a vivir a otra provincia y empezaba de cero. Yo le dije que no tenía por qué esconder a mi hija, que no es un monstruo -dice Gabriela.

Finalmente, la mamá y el equipo terapéutico consideraron que sería mejor cambiar a los dos hermanitos a una escuela pública (además, el papá dejó de pagar la cuota del colegio a la que se había comprometido, luego de separarse de Gabriela). A mediados de 2012, después de las vacaciones de invierno, empezaron en la nueva escuela. También en este caso, Paván y Suntheim hablaron con los directivos. Dice Gabriela que se encontraron con mayor apertura frente a la historia de Lulú. Fue inscrito como Manuel, por cuestiones legales, pero en las listas internas de la clase figuró como Lulú. La CHA envió un manual de buenas prácticas en caso de alumnos o alumnas trans, el cual suelen usar cuando acompañan a adolescentes trans.

A pedido de Lulú, un sector del dormitorio que comparte con su hermanito mellizo fue redecorado, pues las sirenas son su personaje favorito. Como se entristecía cuando veía que las muñecas que le regalaban no tenían pene, como ella, su mamá le incorporó uno a cada una de sus barbies. Son barbies trans.

El Camino Hacia un Nuevo Documento

A mediados de 2012, los papás de Lulú fueron a la oficina del Registro Civil de su distrito para tramitar un nuevo DNI para su hija. Lo reclamaron, según lo que dice la Ley de Identidad de Género aprobada en Argentina ese año para el caso de menores de 14 años. Fueron ellos dos, Lulú y un abogado de la niña. Pero el trámite fue denegado por el asesor de Incapaces del Tribunal de Morón el 27 de septiembre de 2012 (al que se dio intervención desde el organismo provincial por la edad de Lulú), así como por la directora del Registro de las Personas de la provincia de Buenos Aires, Claudia Corrado, el 12 de diciembre de ese año, con el argumento de que “el niño (sic) reviste la calidad de menor impúber, toda vez que no ha cumplido la edad de 14 años”, y en consecuencia “tiene incapacidad absoluta, presumiendo que los actos practicados por ellos son realizados sin discernimiento”. El asesor de Incapaces les planteó a los padres de Lulú que debían iniciar una demanda judicial para que un juez decidiera.

En julio de 2013, Gabriela y el equipo interdisciplinario que acompaña a la familia resolvieron dar a conocer el reclamo de Lulú a través del diario Página/12. Al mismo tiempo, entregaron en la Casa de Gobierno una carta firmada por la mamá y dirigida a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en la que contaba la historia singular de la niña, su necesidad de tener un nuevo DNI y la negativa que habían recibido del Registro de las Personas de la provincia de Buenos Aires.

“Le pido encarecidamente que interceda para que se cumpla la Ley de Identidad de Género ya que, si no, tampoco respetamos el derecho de los niños/as. Siendo este un caso especial, protegeríamos su integridad psicológica con tan solo un DNI que le dé el lugar que le corresponde como mujer en el ámbito legal. Haré, como madre, todo lo que esté a mi alcance y más para lograr que mi hija sea una persona insertada plenamente en la sociedad”, concluía la nota de una página.

Paralelamente, la mamá de Lulú presentó un “recurso administrativo jerárquico de reconsideración” ante el Registro de las Personas de la provincia de Buenos Aires, última instancia administrativa para reclamar el cambio de sexo y nombre en el DNI. La Ley de Identidad de Género establece que ese trámite se realice por vía administrativa y no judicial, como ocurría hasta la sanción de la norma.

A partir de la difusión del caso, y a petición de la Presidencia, la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (en adelante, Senaf) abrió actuaciones para analizar el reclamo de Lulú, y al final avaló su pedido en una histórica resolución de 12 páginas que cita tratados internacionales de derechos humanos y niñez. De forma puntual, el organismo señala que la negativa de la provincia de Buenos Aires a rectificar los datos registrales de la niña en su partida de nacimiento y a da...

LA HISTORIA DE LULÚ

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