La Cuna de Halicarnaso: Revoluciones Liberales y Características en el Ámbito Cultural Cubano

En la última mitad del siglo XVIII y la primera del XIX, se produce una transformación completa en el ámbito cultural cubano. La ideología feudal es derrotada y sustituida por la ideología burguesa. Con retraso notable -y en la modesta escala que nuestro débil desarrollo intelectual imponía- asistimos por entonces al triunfo de las ideas renacentistas e iluministas sobre las obscuras fuerzas de la escolástica tradicional. Este proceso ha sido estudiado en más de una ocasión.

Creemos, sin embargo, que aun no se le ha presentado en su cabal y profunda perspectiva, en sus íntimas vinculaciones con todo el cuadro de la evolución nacional. En este ensayo pretendemos ofrecer una visión nueva del fenómeno, ajustada a las concepciones del materialismo histórico. Conviene, sin embargo, aclarar que aquí no tocamos la totalidad del tema. Nos limitamos a estudiar un segmento del mismo: al que corre de 1761 a 1811.

Estas fechas no son arbitrarias. Reflejan un punto de vista sobre todo el devenir de nuestra cultura. Cierto que la crítica tradicional sólo reconoce dos momentos en la historia cultural de Cuba hasta muy avanzado el siglo XIX, tomando como punto divisionario el año 1790, en que se inicia el ilustrado Gobierno de Don Luis de las Casas. Nosotros opinamos que ya en 1811 nuestra cultura había pasado por dos períodos y en ese mismo año comenzó a vivir un tercero. Veamos por qué.

No puede negarse que el proceso de nuestra vida cultural se escinde naturalmente en dos momentos: uno desarticulado, inconexo, cuyas manifestaciones -esporádicas y carentes de toda vinculación entre sí- no hacen sino reflejar el fraccionamiento de una colonia que todavía no había devenido nación; y otro caracterizado por el desarrollo orgánico, es decir, por una peculiar continuidad espacial, temporal, espiritual. Esta es la tesis de un Aurelio Mitjans, por ejemplo.

Pero aparte de una serie de objeciones que no es el caso señalar ahora, debe también reconocerse que estas dos épocas tuvieron necesariamente que articularse mediante una coyuntura integradora, o sea, mediante un período transicional de aglutinación histórica regido por esa fina trama de interrelaciones que va tejiendo la conciencia de la unidad nacional y de la comunidad de intereses, propósitos y sentimientos.

El tránsito de la cultura semiamorfa de fines del siglo XVIII a la vertebrada de mediados del XIX se realiza, pues, mediante una etapa de transición en la que predominan, más que las realizaciones positivas, la negación del pasado y la búsqueda, casi a tientas, de los nuevos rumbos. Hay que señalar límites para este puente histórico.

1761, año en que se evidencian por primera vez las intenciones renovadoras, al proponer el P. Fr. 1811, año en que se inicia el magisterio de Félix Varela en el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Son dos fechas esenciales. A ellas ceñimos este trabajo. Encuadran un período que pudiera denominarse del «alba de la cultura cubana» pero que preferimos llamar de Reformismo Cultural.

Para comprender en toda su plenitud la revolución ideológica cubana de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX es preciso conocer siquiera esquemáticamente los alcances y límites de ese trasplante cultural que hemos denominado escolasticismo criollo. El es el enemigo contra el cual disparan todas las baterías reformistas. Conviene, por tanto, tener una idea de sus rasgos fundamentales.

El Escolasticismo Criollo: Características y Limitaciones

La ideología de la Edad Media prolonga su vigencia indisputada en Cuba hasta mediados del siglo XVIII. Y el rasgo capital del sistema ideológico del medioevo es la tendencia a considerar el mundo como simple estación de tránsito, como escenario de un peligroso juego dramático, en el que los hombres se preparan para una vida ulterior, supuestamente más rica e intensa. Toda la cultura se subordina a esta concepción y valorización teórica y práctica de la vida terrenal: el fin sobrenatural y supraterreno de la vida humana se presenta en este mundo al entendimiento del hombre en la forma de verdades reveladas que el espíritu conoce por medio de la fe.

Ahora bien, en ciertos espíritus esta acentuación de la idea del más allá provocaba un total menosprecio de las «ciencias profanas» y de la Filosofía. En otros, por el contrario, el mismo carácter misterioso del dogma revelado y transmitido por tradición, estimulaba poderosamente el pensamiento. Aquí tenemos el diálogo -que se prolongó por siglos- entre la auctoritas y la ratio, la fe y el saber, la Teología y la Filosofía.

Recientemente la historiografía moderna se ha propuesto la «reivindicación» de la Edad Media. Estamos parcialmente de acuerdo con la tesis fundamental del movimiento. Creemos, con muchos autores, que es hora de que termine el hablar de las «tinieblas de la Edad Media», pues la investigación reciente ha demostrado que era esta una época compleja y rica, en la que lucharon vivamente las tendencias más opuestas, en la que vivieron numerosísimos pensadores fuertes, en la que había una intensa diversidad en el mundo del pensamiento. Pero si es falso que todo el medioevo estuviera sometido al imperio de la noche, no puede por otro lado negarse, que en una buena parte de su producción -sobre todo en los pensadores menores, en los profesores y las aulas- los defectos señalados se presentan con toda evidencia.

En otras palabras: la Edad Media presentó numerosos -y violentos-altibajos en el desarrollo de su cultura. La lucha entre autoridad y razón, entre Teología y Filosofía, se resolvía a menudo con la victoria temporal de una de las partes en discordia. Muy amplios segmentos del pensamiento medioeval están regidos por la escolástica estática, helada e infecunda ... la que era sierva de la Teología. Lo que llega, se extiende e impera en Cuba desde la conquista (1511) es la escolástica rendida y fracasada.

Características Acusadas de la Escolástica en Cuba

  1. Estatismo: No tenemos aquí un movimiento encendido de opiniones, sino un estancamiento de viejas ideas y de estériles hábitos intelectuales. Durante siglos se vegeta, se rumian los huecos latines tradicionales, se repiten al pie de la letra las palabras de un Aristóteles deformado por el trasiego. No se da un solo paso de avance.
  2. El hombre no era considerado como individuo, sino como súbdito de la Iglesia: Al hombre con sentimiento puramente individual no se le consideraba, estaba desautorizado. Precisamente lo característico del humanismo renacentista, cuando se sabe ver en él algo más que una simple tendencia literaria o una escuela filológica, es que representa, como señala con acierto Hoffding, «una dirección para la vida caracterizada por el interés que despierta el elemento humano, tanto como fundamento de acción que como objeto de observación». Este espíritu antropologista es el mismo que pervade y da sentido a la tendencia iluminista, de influencia decisiva en la superación del escolasticismo imperante en Cuba.
  3. Sometimiento de la razón a la fe: Esa desestimación sistemática de lo individual humano explica el sometimiento de la razón a la fe, la dictadura férrea de la Autoridad sobre todas las actividades intelectuales, cuya base teórica se encuentra en la identificación de Filosofía y Religión. Recordemos las palabras de Hegel, «La Filosofía y la Religión tienen el mismo contenido, el mismo objeto, el mismo interés... al explicar la Religión la Filosofía se explica a sí misma, y al explicarse a sí misma, explica a la Religión». Se establece así una alianza entre teología y filosofía, entre «gracia» y «naturaleza», entre fe y razón. A esta última se le concede un territorio de límites bien estrechos y en lo demás ha de jurar por el dogma. El texto de un Concilio, la palabra de la Biblia, la cita de un Santo Padre, la afirmación del Filósofo oficial, tienen entonces más valor que la observación independiente y nueva. Quedan así aherrojados todos los anhelos de renovación, de investigación, todos los ímpetus progresistas que osaran asomarse a un mundo dominado por seculares rutinas.
  4. Formulismo: Nada de extraño, pues, que se cayera en el formulismo. Porque dentro de ese estrecho marco lo que impera es la costumbre, el hábito, santificados por la venerable ancianidad de sus postulados. Hay que repetir lo que la Iglesia enseña, año tras año, sin mirarle las entrañas, sin compararlo con la realidad que avanza. La Iglesia no admite que fuera de ella exista la verdad, porque sólo el dogma por ella formulado, ES la verdad. Y si esto es así, ¿no es inútil, absurdo, pretender encontrar mediante el trabajo investigativo nuevas verdades? Lo que la Iglesia predica, como único método pedagógico posible no es la búsqueda sino la contemplación de la verdad. En esta contemplación de la verdad estática, fija, completa y perfecta para toda la eternidad consiste según Santo Tomás la «felicidad última del hombre». No se busca el conocimiento para utilizarlo en el mejoramiento de la vida material del hombre, sino «por su propio mérito» ya que «no se dirige a ningún otro fin más allá de sí mismo», según palabras del mismo Aquinas. De aquí se desprende una concepción peculiar del papel de la filosofía como rama del conocimiento.
  5. La filosofía como explicación del dogma: Filosofar no es intentar nuevas respuestas ante los grandes problemas, sino explicar el dogma, desarrollar sus consecuencias, demostrar su eficacia ideal. Es el medioevo la época de las «Summas», de las cadenas interminables de deducciones que arrancan de unos pocos principios establecidos el momento en que el test de la verdad no reside en la verificación experimental, sino en su idoneidad para encuadrar dentro del amplio sistema preestablecido. El instante en que la Filosofía tiene que confundirse con la Teología, por la sencilla razón de que fuera de ella sería herética.

He ahí dibujada en sus trazos más esenciales la escolástica que durante siglos resonó en nuestras aulas. Es la escolástica helada, estática y estéril que se consumía en la monótona repetición de latines secos y lejanos, dramáticamente lejanos y exóticos. «Todo su esfuerzo consiste en interrogar, en dividir, en distinguir, en definir; una parte se divide en tres, la primera de las tres en cuatro y cada una de las cuatro de nuevo en tres. Es la escolástica que dominó en Cuba por más de dos siglos y contra cuyo formulismo, formalismo y ergotismo se alzó la voz valiente y sabia del presbítero don Félix Varela -nuestro Erasmo- para lanzar su crítica frontal, con palabras como éstas, del Elenco de 1816.

Esta fue la escolástica infecunda cuyos elementos formales vamos ahora a poner en claro. ¿Cuál es la forma externa que adopta nuestra Escolástica?

Las formas fundamentales de la enseñanza filosófica tradicional eran en Cuba la lectio y la disputatio. La primera consistía en la explicación de los libros que servían de texto, aunque a veces se reducía a dictar a los alumnos breves resúmenes que aquéllos debían aprender de memoria. Con el constante trasiego, de generación en generación, los disparates iban colándose en los textos y en las cabezas del alumnado.

José Antonio Saco, en su curiosa «Autobiografía» nos retrata el método seguido en la cátedra de Filosofía del Seminario de San Basilio de Santiago de Cuba. «Ningún autor servía de texto, pues el profesor había formado unos cuadernos en latín en los cuales él pensaba haber reunido lo más selecto de la filosofía. Dictaba diariamente a sus discípulos las lecciones que debían aprender de memoria, las que él ampliaba después en sus explicaciones, que no eran en latín, sino en castellano. Formaban cuadernos estas lecciones, para que los alumnos no olvidasen lo que habían aprendido; y confieso que yo era uno de los que mejor los conservaba en la memoria; pero al mismo tiempo debo confesar que yo, sin tenerla mala, a los pocos años de haber salido de aquella clase, ya no me acordaba ni aun de la primera palabra de mis cuadernos de filosofía.»

La lectio tradicional se basaba, como puede verse, en dos puntales: a) el memorismo, y b) el uso del latín como idioma escolar. «Atrasa nuestros primeros conocimientos la práctica de enseñar a los niños mecánicamente, por creerlos incapaces de reflexión... La necesidad de ceñirse a los dictados de la Autoridad, impedía a los profesores libertad de movimientos. Tenían éstos que conformarse, para la elaboración de sus lecciones, con el viejo texto oficial. Y si surgía algún espíritu osado que levantara una leve protesta se le tapaba la boca con la antigua máxima -que tanto molestaba a los espíritus liberales, como el de Varela, por ejemplo- : «El sabio debe ser hombre de un libro.» Por otra parte -¡cuánto queda aún de escolástico en nuestro ambiente!-, el uso frecuente de tecnicismos oscuros e incomprensibles para el alumno hacían punto menos que infructuoso el estudio.

Alcanzar fama de sabio era la que buscaba anhelosamente, por todos los medios, cada profesor. Y la sabiduría -¡qué contrasentido!- era entonces sinónimo de oscuridad. Se utilizaba el método que aun sirve como trampolín a pachecos innumerables en muchos de nuestros centros escolares, el de hacer las clases incomprensibles a fuerza de usar terminachos raros, vacíos de todo contenido ideológico.

Conviene, sin embargo aclarar, para ser fieles a la realidad histórica, que a pesar de todas estas limitaciones de la lectio, ni José A. Caballero ni Félix Varela pidieron su erradicación definitiva, sino su modificación y adaptación a las necesidades de aquellos tiempos.

El otro ingrediente formal del escolasticismo criollo era la disputatio. Estrechas relaciones vinculaban al estéril verbalismo que reinaba en nuestras aulas secundarias y superiores con las famosas disputas públicas, donde los jóvenes filósofos de calderilla demostraban sus grandes dotes intelectuales aplicando de modo nuevo, pero siempre incomprensible, los huecos e incomprensibles vocablos que habían memorizado en los duros bancos de los seminarios y de los semioscuros corredores de la casona señorial, al compás del inevitable chirriar de las mecedoras.

Un poco de sombra, un poco de juego, un poco de siesta y un tanto de tonadilla sin sentido matizaban estas formidables competencias de fin de curso. Mucho ruido de altisonantes palabras y poca nuez de saber. Ningún interés por la nueva ciencia. Mero tableteo verbal para entretenimiento de las familias bien. Vaciedad cultural en el corazón del más alto exponente de cultura de la sociedad cubana de entonces.

A Buenaventura Pascual Ferrer debemos una vivísima descripción de un acto de este tipo en una de sus celebradas «Cartas». «Se ejecutaba en medio de la iglesia. El lector se sentó en la Cátedra, el sustentante debajo, y los que le argüían enfrente, con gran concurso de personas de todas clases. Después de haber tocado varios i...

Las Revoluciones Liberales del S. XIX (1820, 1830 y 1848)

Mapa topográfico de Cuba.

Cronología de Eventos Clave
Año Evento Significado
1761 Primeras intenciones renovadoras Inicio del periodo de Reformismo Cultural
1790 Inicio del gobierno de Don Luis de las Casas Punto de división en la historia cultural de Cuba
1811 Inicio del magisterio de Félix Varela Comienzo de un nuevo periodo cultural

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