Kiosco Los Mellizos: Un Legado Comercial en el Corazón de Málaga

En los últimos años, se ha hablado mucho de la recuperación del quiosco, como si fuera la solución a todos los problemas del mundo del cómic. Pero, ¿por qué esta insistencia en hablar del quiosco cuando las librerías especializadas venden más cómics que nunca?

Aunque no se sabe con certeza cuándo surgieron las librerías especializadas, se puede asumir que en la década de los 80 ya existían suficientes para cubrir cierta demanda. Sin embargo, en aquel entonces eran algo anecdótico, ya que el gran peso de las ventas recaía totalmente en los quioscos.

Era habitual encontrar en un quiosco todas las novedades del mes, sin excepción. Daba igual si fuera grapa, tomo o prestigio, todo llegaba y se podía encontrar allí. No obstante, cada quiosco era un mundo y cada uno traía lo que a su quiosquero le apetecía. Era prácticamente imposible encontrar dos quioscos que tuvieran los mismos cómics o que les llegaran el mismo día. Como no había internet, la única manera de saber si habían salido los cómics era visitar un quiosco tras otro.

Era importante conocer las preferencias de cada quiosquero, saber si cubrían todo el material o se centraban solo en ciertos títulos. También era crucial la forma en que colocaban los cómics, algunos exhibiendo las portadas y otros amontonándolos.

Muchos asocian esta experiencia a su adolescencia, ya que al crecer y tener más ingresos, las visitas a las librerías especializadas aumentaron. Sin embargo, durante muchos años, los quioscos fueron la principal fuente de cómics. Esta es una de las razones por las que se insiste en que los cómics deben estar en los quioscos, ya que han sido parte de la vida de muchos y se considera la mejor forma de que los jóvenes accedan a ellos.

Además, existen cuestiones económicas, como que en un quiosco lo que vende bien va a vender mejor. Pero este artículo se centra en aquellos que han vivido la pérdida del quiosco y no han terminado de asimilar el porqué, aunque tengan claras las causas. La ruta de los quioscos era algo que se anhelaba durante toda la semana, algo que se ha perdido, ya que hoy en día las tiendas especializadas lo tienen todo.

Para hablar sobre este tema, nos encontramos con Antonio Blanca García (1935) y Miguel Ángel Piédrola Orta (1944), veteranos comerciantes que tuvieron sus tiendas en la calle Compañía (Los Mellizos y Río de la Plata), para que compartan sus recuerdos de esta vía tan próspera y comercial.

La calle Compañía, que une el Guadalmedina con la plaza de la Constitución, fue antiguamente vía de entrada a Málaga para quienes llegaban desde muchos pueblos del interior. No en vano aquí acababa el camino de Antequera. Mientras las mujeres se dedicaban a hacer sus compras, los maridos se iban a la barbería y a darse un garbeo por la calle Camas.

En los años sesenta, setenta e incluso ochenta del siglo pasado, la calle Compañía era un bullicio de gente que entraba por Puerta Nueva, donde abría el famoso parador de San Rafael, punto de reunión de transportistas, aldeanos, arrieros y negociantes. En su puerta paraba la diligencia de Colmenar, que muchos utilizaban para desplazarse a las casas de los Montes de Málaga. Por su trasiego fue, junto a calle Nueva, una de las más comerciales de Málaga.

Calle Compañía fue antiguamente conocida como la de las Guardas, porque muchas de sus casas fueron asignadas a los escuderos de las guardas. También fue conocida por sus casonas palaciegas, como la que se levantaba en la actual plaza de San Ignacio, residencia oficial de los gobernadores de Málaga, o la de los condes de Villalón, hoy Museo Thyssen-Bornemisza, con su pasadizo lateral sobre la calle de los Mártires.

Famosa también por sus tiendas de quincalla o por sus cafés cantantes -el Suizo-, en esta calle se iniciaron en las artes comerciales los Larios.

Miguel Ángel Piédrola recuerda cómo surgió la feria del Centro en los años ochenta del pasado siglo. Cuando los comerciantes de la calle Compañía se enteraron de que El Corte Inglés había instalado una pequeña recreación de la Feria de Málaga, pensaron en hacer lo mismo en Puerta Nueva.

Cada comerciante puso de su bolsillo cinco mil pesetas con las que instalaron en Puerta Nueva unos carricoches y una tómbola. En las tiendas se invitaba a los clientes a una copita de vino o una tapa de jamón. Pronto copiaron la idea algunos negocios de otras calles y las cofradías, que montaron sus propias casetas. Esta iniciativa es una buena prueba de la hermandad y buena relación que hubo entre los comerciantes de esta arteria tan principal del Centro.

Los Mellizos fue fundada en 1920 por Evaristo García Molina, natural de Rute. Unas pinturas rescatadas recientemente en su fachada anunciaban: «Establecimiento de tejidos, artículos de punto, confecciones». Antonio Blanca García heredó este singular comercio de su abuelo y su madre, Ana María García Prieto. Allí paraban las mujeres de los pueblos para comprar telas con las que hacerse su ajuar, confeccionar sábanas o incluso ropa interior. Desde Antequera la fábrica Dólar le surtía de pijamas. También vendió muchos impermeables y pellizas, necesarios en inviernos más fríos y lluviosos. Desde la puerta de su tienda veía parar casi a diario el taxi de Mateo, el de Colmenar. Antonio Blanca, lector de Sur desde los años cuarenta, estuvo trabajando en su comercio la friolera de 64 años. Los Mellizos cerró en 2017.

F. Andrés Piédrola Borgel había fundado Río de la Plata el 26 de agosto de 1927, en la calle Especerías. Su hijo pequeño, Miguel Ángel, me enseña de aquellos tiempos gloriosos una lámpara de Petromax, que funcionaba quemando parafina. En 1966, con veintidós años, se hizo cargo de una de las sucursales de Río de la Plata abierta en Carretería, hasta que se estableció por su cuenta en calle Compañía. Se especializó en la confección y venta de trajes de novios y de ejecutivos. Ha vestido a cinco alcaldes de Málaga (García Grana, Cayetano Utrera, Luis Merino, Pedro Aparicio y Francisco de la Torre), a Manuel Alcántara, Javier Conde o Carlos Álvarez. Incluso al hombre más alto de España: para tomarle las medidas tuvo que subirse a una silla.

Los Mellizos fue un establecimiento emblemático en la calle Compañía de Málaga, con una historia que se remonta a 1920. Fundado por Evaristo García Molina, el negocio se especializó en tejidos, artículos de punto y confecciones. Con el tiempo, pasó a manos de Antonio Blanca García, quien continuó la tradición familiar durante 64 años hasta su cierre en 2017.

Calle Compañía, Málaga

Río de la Plata, otro negocio destacado, fue fundado en 1927 por F. Andrés Piédrola Borgel. Su hijo, Miguel Ángel Piédrola Orta, se hizo cargo de una de las sucursales en 1966, especializándose en trajes de novios y ejecutivos. Su clientela incluyó a figuras prominentes de Málaga.

Estos establecimientos, junto con otros comercios de la calle Compañía, contribuyeron a la vida y prosperidad de la zona, dejando un legado imborrable en la memoria de los malagueños.

El Kiosco de Pasage: Un Icono Desaparecido de El Puerto de Santa María

Salvo los jóvenes nacidos a partir de la última década de los 90, todos conocimos durante toda nuestras vidas, apostado frente al paseo central del Parque Calderón y a la fuente de la Canastilla, el Kiosco de Pasage (donde hoy está un tiovivo), aquél que tenía un zócalo de azulejos sevillanos y el cuerpo, con estructura de hierro fundido, acristalado; que se instaló en 1933 y en sus últimos años fue la sede del Club Taurino Portuense.

En 1991, el Ayuntamiento, en razón a que hacía años que estaba cerrado y que presentaba un pésimo estado de conservación, siendo ocupado por drogadictos, decidió desmantelarlo. Medida, a mi parecer, apresurada y equivocada dado su interés patrimonial -se construyó en Sevilla para ser un establecimiento de bebidas durante la Exposición Iberoamericana de 1929- y sentimental, porque se tiende a tener querencia y apego por los locales que se han pisado y por los que se ha pasado toda la vida, nosotros y quienes nos precedieron.

En aquel venerable establecimiento el Ayuntamiento entró como un elefante en una cacharrería. Dijeron entonces que lo almacenarían para recuperarlo el día de mañana, pero me juego el millón de euros que no tengo que el Kiosco de Pasage desapareció para siempre.

El kiosco que recordamos fue el segundo que la familia Pasage estableció en el Parque. El primero se inauguró en abril de 1914, ahora hace un siglo. Ambos fueron sucursales de La Mezquita, el bar que con el mismo nombre, transformado, sigue abierto en la calle Luna esquina a Jesús de los Milagros, que antaño -con sucesivos arcos dispuestos al modo de una mezquita- se prolongaba hasta la plaza de las Galeras.

Viejo establecimiento, pues se conoce que el 5 de agosto de 1897 se hizo con el negocio, ya existente con el nombre de La Aurora, Miguel Llamas, cocinero que había sido de La Alegría, el popular restaurante que existió en la calle Nevería esquina a Ricardo Alcón, cerrado en 1961.

Pero los mejores años del local comenzaron a partir del 4 de agosto de 1905, cuando reinauguró el negocio, bautizado como La Mezquita, Fernando Pasage Blandino, que antes, en 1902, había abierto el Bar La Española en Larga esquina a Palacio. Al paso de los años, hacia 1932, Fernando dejó el negocio a sus hijos Manuel y Fernando Pasage Sánchez, quienes lo mantuvieron, especialmente Fernando, toda la vida.

Eran sucesores del primer Passage (con dos ‘s’) que se asentó en El Puerto en 1742, italiano, pese al apellido francés. Mediados los 60, Fernando Pérez Pasage, sobrino de los hermanos Pasage, abrió en la parte del local frontera a las Galeras la Cervecería Marítima, que de inmediato se convirtió en el centro de reunión de la marinería porteña.

En 1895, cuando se creó el Parque Calderón, el arquitecto que lo diseñó, Miguel Palacios (atinado apellido para un arquitecto), habilitó un espacio entre la Herrería y Javier de Burgos (entonces Sardinería) para ser ocupado por un establecimiento de bebidas, donde al paso de los años se ubicarían los kioscos de los Pasage.

Kiosco de Pasage

Entonces, el industrial Manuel Martínez García, un burgalés que de niño se asentó en nuestra ciudad en 1878, solicitó al Ayuntamiento, y se le concedió, ocupar el espacio con una cervecería-restaurant: cuadrangular, de 6 metros de longitud por 3’10 m de altura, de madera, con techo de cotonía (lona de cáñamo con trama de algodón) y rodeando el local 12 paños de barandas con 20 pedestales para macetas. El local abrió sus puertas en febrero de 1896 y las cerró una vez concluyó el verano de 1909.

Los Kioscos de Golosinas: Dulces Recuerdos de la Infancia

Los viejos carritos y quioscos de golosinas forman parte de la historia de muchos pueblos. Olores, sabores y recuerdos que quedan marcados para siempre con la tinta indeleble de la infancia.

En Santa Úrsula, el carrito de doña Carmen Rivero Pérez, junto a la plaza de la iglesia, endulzó la vida de varias generaciones y aún permanece, ahora convertido en un moderno quiosco, en manos de Marcos Mirabal González, sobrino nieto de una mujer entrañable que, a sus 91 años, no deja de sonreír mientras recuerda cómo empezó a trabajar, con apenas 12 años, vendiendo las golosinas que iba a buscar en la guagua a Santa Cruz.

La historia del carrito de doña Carmen se remonta a los años 40 del siglo XX, cuando siendo apenas una niña comenzó a recorrer el casco de Santa Úrsula para vender caramelos y golosinas en un pequeño carro de madera con ruedas. "Aquel carro lo hizo el padre del alcalde de La Orotava Isaac Valencia, y durante muchos años lo guardábamos por la noche en un salón que era de otro alcalde, Fernando Luis", explica Carmen Rivero, recordando a quien fuera mandatario local durante 37 años y medio.

"Empecé ayudando a mi padre y pronto me quedé yo sola. Con 12 años ya me iba a la capital, a Santa Cruz, a una fábrica que estaba en la calle 'XVIII de Julio', para comprar los caramelos. Volvía con las cajas en la guagua y al chófer le pagaba con dos pesetas", recuerda entre risas una mujer que no paró de trabajar durante casi 70 años de su vida.

Durante décadas fue la cara sonriente que despachó desde el carrito a los santaursuleros. Cómplice también de aquellos enamorados que dejaban pagados unos cuantos caramelos para sorprender a la muchacha que cortejaban. Ella no esconde el orgullo después de tantos años de trabajo y recuerdos: "Hice bastantes favores a la gente y me siento satisfecha. Estuve allí hasta casi los 80 años, pero antes puse a una hermana a trabajar conmigo para que pudiera tener una paga, que yo sí tenía porque mi marido trabajó en la refinería. Luego, cuando me retiré, lo cogió mi sobrino Marcos y estoy contenta de que siga siendo de la familia y que Dios reparta para todos".

En el año 2006, Marcos Mirabal tomó el testigo del quiosco de doña Carmen, que desde 1968 se había anclado a un lateral de la plaza de la iglesia de Santa Úrsula, justo enfrente del ayuntamiento. Desde que era "un chico menudo" acudía a ayudar a su abuela y a su tía abuela, "sobre todo los fines de semana". Cuando ellas se hicieron muy mayores para continuar con el negocio, le tocó asumirlo y modernizarlo.

Unos 14 años después, se sigue ganando la vida. "Los primeros diez años fueron los más duros porque me tocó sacarlo adelante haciendo turnos de 6:00 a 21:00 horas. Ahora abrimos a las siete de la mañana y tenemos la ayuda de una empleada. Lo hemos modernizado y hemos incorporado cosas nuevas como las recargas de los teléfonos móviles o los bonos, pero seguimos con el tabaco, los refrescos y las golosinas", detalla.

La venta de periódicos y revistas ha sufrido un importante bajón en los últimos años, que se ha agravado notablemente debido a la pandemia del coronavirus: "Seguimos vendiendo periódicos, pero la verdad es que ha decaído mucho, en nuestro caso vendemos prácticamente un 90% menos que antes.

Estos kioscos, con su historia y sus recuerdos, son parte del patrimonio de los pueblos y ciudades, y merecen ser recordados y valorados.

Los kioskos, una especie en extinción | La 7

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