Juan Soto Ivars: Biografía de un Escritor y Columnista Comprometido con la Libertad de Expresión

Es un misterio conocer a nuestros hijos. Al principio son bebés, antes que eso son proyectos, y uno proyecta, claro.

Como tales, los hijos empiezan a tomar sus decisiones, y la fuerza de la decisión infantil es tremenda. Sus decisiones hay que acompañarlas y reencauzarlas cuando nos parezcan dañinas.

Los hijos traen amigos, novios o novias, luego, y la familia tiene que tragar porque no queda otra: si la pareja elegida no se adapta a las expectativas es porque las expectativas no eran justas, sino invasiones en la sagrada autonomía del ser humano.

Con 36 años y un hijo, Juan Soto Ivars contesta que por fin ha dejado de ser joven. Que eso siempre le ha parecido un lastre. Que antes tenía muy mala leche. Y un espíritu troll. Que cuidado con su infancia en Murcia. Que le da más caña a la izquierda.

Con 36 años y un hijo, Juan Soto Ivars contesta que por fin ha dejado de ser joven. ¡Por fin!

-¿Por qué no te gusta ser joven, Juan? -le pregunta C., camarera del restaurante barcelonés Casa Cheli, mientras sirve gintonics.

-Nunca he querido ser joven, siempre me ha parecido un lastre. Podías escribir lo más serio que fueses capaz que te decían que les hacías gracia. Ser joven era un poco como tener acento murciano: distorsionaba la visión e incluso marcaba lo que tenías que hacer.

C. se va, se va porque ya ha saludado y servido pero sobre todo se va porque ella sí quiere seguir siendo joven. Y nos quedamos con Soto Ivars, el columnista, claro, con menos edad de esta serie de entrevistados.

Soto Ivars dice que antes tenía «muy mala hostia», que era causa de su «inseguridad mal gestionada». Que se fue a Madrid porque quería emular a los escritores pero que cuando llegó a la capital la fiesta ya había acabado.

Sara GordonAraba¿Por qué ese disfraz? Por inseguridad. Iba disfrazado de Umbral. Ese disfraz decía mucho de mí: que tenía ansias de ser viejo, de ser autor... Lo peor es que yo no era consciente de que me disfrazaba.

Lo de que era un troll, hay que matizar, no tiene nada de pose. Incluso se inventó una corriente literaria, el nuevo drama, rebosando pomposidad, y tan bien la creó que mereció la atención de... del suplemento cultural Tendències de EL MUNDO Cataluña: «Es que a mí me gustaba mucho hacer el travieso, mira lo que le hice a Cebrián: fue la mayor troleada de mi vida».

Escribir en El País «Cebrián es un tirano como Calígula» a través de un acróstico quizá fue un poco temerario. Y te pudo haber cerrado puertas. Me abrió muchas, lo que pasa es que ningún libro mío ha vuelto a salir en El País, que es una pena.

Oye, ¿de dónde es la estación de tren llena de jeringas de la que hablas en La casa del ahorcado? De Alcantarilla, es un sitio bastante chungo al que nos fuimos cuando mi padre, que es profesor de instituto, sacó plaza. Estuve allí de los cinco a los 14 años.

Fue un colegio... ¿duro? Yo era un marginal, iba con los profesores. Los niños de mi edad me parecían delincuentes. Algunos lo eran, el resto simplemente hablaba de motos y de fútbol y yo no tenía nada que ver con ellos.

Mira, ahora tenemos el dilema de dónde educar a mi hijo Alejandro y apostamos por el colegio público porque creemos que es muy sano que los niños no vivan en una burbuja. En Alcantarilla las pasé putas, sí, pero ojalá los niños pasaran por una experiencia parecida porque tienes que ver cómo es el mundo.

Yo ahora no me espanto de las cosas. No me ofendo por nada. He visto cómo le tiraban petardos en la cara a la profesora, en mi clase teníamos que parar la clase cada día varias veces cada vez que pasaba el tren de mercancías porque no se oía al profesor...

Hablando sobre bullying, comenta que le hubiera «gustado ser popular, pero no sabía hacerlo».

Y compruebo si la grabadora sigue funcionando:-Mira, durante mucho tiempo me drogué, y no he sido yonqui, eh, ni drogodependiente. Nunca me he enganchado.

Lo último autobiográfico que Soto Ivars recuerda haber escrito con consistencia es el prólogo de su recopilatorio de artículos Un abuelo rojo y otro abuelo facha. Y apuntilla: «De Alejandro me niego a escribir artículos».

Pero hablas mucho de él.Quizá en entrevistas, porque estoy todo el día con él en la cabeza. Mira, creo que esto es bonito, lo he estado pensando mucho.

Quien trolea a su hijo es un hijo de puta de cuidado.

Juan, ¿tú sientes que estás inmerso en alguna batalla? Sí, en la batalla por la libertad de expresión. Soy un fundamentalista por la libertad de expresión, me he dado cuenta.

Le doy más caña a la izquierda porque cojeo más de ese pie. Pero después te dicen que eres de derechas. Claro, porque la izquierda se dedica a decir que todo el mundo es de derechas.

A Soto Ivars, por cierto, le gusta tocar el bajo. Dice que es un adicto natural: ya contó lo de las drogas, pero también con los videojuegos, el tabaco... "Tengo que tener mucho cuidado".

Aparte de camarero, editor, escritor, columnista, etc, recuerda que curró en una cadena de montaje de Iberia y en una empresa de publicidad, en la que, aquí sí, desembarcó por contacto, por Alberto Olmos. "Eran 1.200 euros al mes por estar en una oficina sin hacer nada. De hecho, en la oficina escribí Siberia".

En una entrevista rápida contestaste que el olor que más te gusta es el olor a Tánger. ¿Otra mentira, una cursilada o...? Eso no es cursi, eso es verdad. Viví en Tánger desde los 14 a los 18. Mi padre pidió plaza allí, en una especie de escuela británica pero española.

JUAN SOTO IVARS: LIBERTAD DE EXPRESIÓN, VOTO POR CASTIGO, TABÚ Y CENSURA... | Minuto CientoZero #6

Dije que no quiero que quede escrito lo que yo veo cuando Alejandro existe porque me parece una traición a su biografía y a la verdad. No quiero que mis palabras interfieran con el blando cimiento inconsciente que forjamos en casa con nuestro amor y nuestros errores.

Por este motivo no he escrito más en el cuaderno, ni un artículo muy bonito y sentido sobre el niño.

Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) es escritor y columnista. Ha publicado cuatro novelas y varios ensayos donde ha demostrado un compromiso firme con la libertad de expresión: Arden las redes. La poscensura y el nuevo mundo virtual (Debate, 2017), La casa del ahorcado. Cómo el tabú asfixia la democracia occidental (2021), y recientemente Nadie se va a reír. La increíble historia de un juicio a la ironía (Debate, 2022).

P. R. Sí, por desgracia en Águilas estuvimos poco. Mi padre daba clases en institutos y de Águilas nos fuimos a Alcantarilla, un pueblo que hace honor a su nombre, porque es abominable. Es un pueblo de 40.000 habitantes, muy grande, que no tenía cine ni biblioteca; tampoco librerías. Es una ciudad dormitorio de Murcia donde pasé una infancia muy mediocre.

La parte buena es que, como yo no tenía mucho que ver con la gente que había allí, que era muy quinqui, pasaba mucho tiempo solo y con el tiempo he pensado que fue una cosa buena. Porque si pasas mucho tiempo solo de niño tienes que cultivar la imaginación, el mundo interior, y dedicarte a hacer tonterías en tu casa. Yo hacía cómics, dibujaba mucho.

P. R. No. He retomado el contacto con el hijo del carnicero que se volvió escritor también; tiene un libro de cuentos que me envió con una dedicatoria muy bonita que decía «al ver que habías publicado libros, me animé yo a escribir», y su libro está muy bien. Se apellida Cuadrado, y es muy humilde la edición, pero esa ha sido una de las pocas cosas buenas que me han quedado de Alcantarilla.

En cada generación hay siempre tres o cuatro niños con talento, no más. El resto de la gente no es mala ni nada, simplemente están en el sistema. Pero siempre hay un pequeño grupo de individuos desviados, de electrones fuera de onda. Y yo me di cuenta de niño, de adolescente sobre todo, lo importante que es que en ese momento venga alguien y te motive.

A mí me pasó con Francisco Brines, que vino a mi instituto. Yo no había leído poesía en mi vida, me parecía una mariconada porque estaba entre quinquis. Pero entonces vino Brines, recitó poemas y yo me quedé tan deslumbrado que cuando terminó me acerqué y le pedí que me escribiera en un papel unos versos que había leído y que me los firmara.

De adolescente me impresionó mucho ese poema, y después de adulto descubrí que si vuelves al sitio donde has sido infeliz y das una charla en el instituto donde has sido infeliz, vas a encontrar ahí a tres o cuatro niños que están siendo infelices y que necesitan que alguien venga de fuera y les diga que hay un mundo donde pueden hacer cosas diferentes.

P. R. Del pueblo me fui a los 14 años. Nos fuimos a Marruecos y viví cuatro años, hasta los 18. Y allí ya tuve una existencia mucho más feliz, me lo pasé muy bien. Nos fuimos porque mi padre es profesor y en Marruecos hay un colegio español para que los marroquíes hagan la selectividad española y vayan a estudiar la carrera a España. Vivimos en Tánger, y me gustó mucho.

P. R. Sí, me lo operé. Tenía acento murciano, pero uno de mis profesores en Tánger, que era de Córdoba, me dijo «Soto, si quieres ser alguien en la vida, sácate la mierda de la boca». Y me impresionó mucho, porque yo admiraba a ese profesor, y entonces me quité el acento.

En mi familia no había nadie que hiciera algo creativo. Mi padre es profesor, mi madre estudió psicología por la UNED mientras era ama de casa, y empezó a ejercer muy tarde, cuando crecimos nosotros, porque ella se dedicó a cuidarnos. Y el resto de mi familia, abuelos, tíos… nada.

P. R. Nada, lo que hemos tenido mi hermano y yo es una potra de la hostia.

P. Pero son cosas distintas. R. Sí, pero yo considero que el talento es secundario. Creo que sin suerte, el talento no sirve para nada. Y tanto mi hermano como yo, por distintas carambolas, hemos tenido suerte. Luego la suerte tienes que saber aprovecharla. Es verdad que he dedicado muchas horas a trabajar, y mi hermano toca la guitarra 12 horas al día.

¿Sabes cómo me hice yo escritor? Estaba trabajando en Madrid de camarero en un bar, y vino un tipo que se llama Ignacio Merino, un escritor de novela histórica que yo no conocía. Nos pusimos a hablar y me dijo que era escritor, y yo nunca había conocido a un escritor. Yo había leído a Cela y a Umbral, y soñaba con ese mundo.

Yo obligaría a leer a todos los adolescentes con ínfulas La novela de un literato, de Cansinos Assens. Una de mis novelas favoritas de Juan Manuel de Prada, Las máscaras del héroe, está sacada de ahí, es como la mina de oro de la vida bohemia de los escritores. Y lo que yo quería era esa vida bohemia.

P. R. Sí, pero no vengo a estudiar. Vengo a decirle a mis padres que estudio para que me paguen. Es vergonzoso, pero me matriculé en varias carreras, en Matemáticas, en Historia, en Filología y en Periodismo.

P. R. Sí, en mierdas. Trabajé en IFEMA, ¿sabes que hay sótanos en IFEMA? Esto es muy interesante. En IFEMA están los pabellones en la superficie. Y debajo hay sótanos donde hay peña quinqui trabajando en unas mesas muy largas, haciendo movidas como de industrial cutre.

Cuando llegas a IFEMA te dan una bolsa con tres mierdas dentro que tiras a la basura en cuanto sales: un bolígrafo, un catálogo y un llavero. Pues eso lo ha tenido que meter alguien en una bolsa, y eso lo hace la gente que está abajo en esos sótanos. Yo trabajé ahí, era divertidísimo porque estabas bajo IFEMA, metiendo regalos promocionales en bolsitas, y la gente mientras se estaba haciendo rayas de cocaína encima en la mesa. Era un mundo decadente, underground de verdad.

P. R. Yo creo que hay más de las que conocemos. La suerte es escasa. Es verdad que yo ya he metido a un par de estudiantes que me han parecido muy talentosos, que han tenido el golpe de suerte conmigo; te hacen una entrevista para una gacetilla de una universidad y enseguida ves que esa persona tiene algo. Y entonces ya quedas más o menos en contacto, y he ayudado ya a dos porque hay que ayudarles.

Entonces este Juan Soto Ivars que trabaja de camarero, que trabaja en los bajos fondos del IFEMA, empieza a escribir en el Confidencial. R. Sí, es una pena.

R. Pero esto le ha pasado a Raúl del Pozo. He leído una novela suya que es muy buena, y no es nada respetado como novelista porque es columnista. También es que en el mundillo literario la gente no dice gratuitamente que les gusta algo, lo dicen porque reciben a cambio una reputación.

Llevan a escritores que están de moda por motivos no literarios. Y tienes a Rafael Reig, a Antonio Orejudo, a Eloy Tizón, a gente que lleva años y años haciendo obras de puta madre, que no les invitan. Y eso es el puto mundillo literario. Me desazona tanto que paso de escribir narrativa, no quiero entrar en ese juego.

P. Empiezas a escribir ensayos en los que articulas críticas al mundo contemporáneo. Y parece claro que tu obsesión tiene que ver con la libertad de expresión. R. Es curioso, nunca me habían preguntado esto, pero es así. Mira, cuando yo era un niño, mi madre quería que leyera. Yo leía tebeos, Superlópez, Mortadelo, pero no quería leer libros.

Siempre me ha interesado esa idea del tabú, cómo hay palabras que no se pueden decir pese a que todos las tengamos en la cabeza. Y esa idea es central en la libertad de expresión, porque es el miedo a decir, pero por mucho que las cosas no se digan, existen.

Nací en Águilas en 1985. Mi padre lleva toda la vida de profesor de biología en institutos y mi madre nos crió mientras se sacaba Psicología por la UNED y varios másters. Desde hace unos años ha conseguido ejercer. Mi hermano es el guitarrista flamenco Paco Soto. ¿De dónde le vino la vocación? Nadie lo sabe: en mi casa sólo se escuchaba Ana Belén y Victor Manuel, Silvio Rodríguez, Serrat y cosas así, hasta que yo empecé a meter punk y abominaciones. El flamenco debió agarrarlo en un callejón desconocido.

Estudié siempre en la pública y luego fui a la Universidad, donde me matriculé más de lo que estudié. Estaba más centrado en leer lo que me apetecía y en aprender a escribir, imitando a otros, que en los estudios académicos. Había decidido ser escritor gracias a mi profesora de lengua del instituto, Pilar García Madrazo.

Luego trabajé de camarero, de librero, de robot en una cadena de montaje de artículos de regalo, como monitor de colonias, como corrector y lector editorial, y dos años muy largos y penosos en una empresa de publicidad que tiene la culpa de que me abriera cuentas en redes sociales. Fue así como conseguí mi primer trabajo estable de columnista. Esta potra espectacular todavía no me ha abandonado.

Desde entonces me he ido haciendo más y más conocido, a veces a mi pesar y otras no. He publicado en El Periódico de Cataluña con secciones fijas en opinión; en El País de las Tentaciones, de donde salí por la ventana tras una jugarreta mía por la que pido perdón a Borja Bas; en Papel de El Mundo, donde entré de la mano de Javi Gómez y siguieron tratándome muy bien después de que él se marchase; y en un porrón de revistas muy bonitas como Ethics, Vice, 5W, El Mon d’Ahir, El Cultural y muchas otras muy buenas que ahora mismo no recuerdo.

En el columnismo tengo un 50% de vocación y un 50% de necesidad, mientras que en la escritura creativa tengo un 100% de vocación y ninguna necesidad. Como novelista he publicado Siberia (Premio Tormenta al Mejor Autor Revelación, 2012), Ajedrez para un detective novato (Premio Ateneo Joven de Sevilla, 2013) y Crímenes del futuro (2018), que es la última. También una novela infantil que se llama Prohibida la ducha (2015). Como ensayista he publicado La casa del ahorcado (2021), Arden las redes (2017) y Nadie se va a reír (2022). Me publicaron también un libro de artículos, Un abuelo rojo y otro abuelo facha (2016).

A la defensa de la libertad de expresión dedico buena parte de mi trabajo articulístico y ensayístico. Por eso tengo un retrato de Mijail Bulgákov en mi despacho.

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