La fiebre puerperal, una complicación que históricamente segó muchas vidas maternas, hoy en día se encuentra mejor controlada gracias a los avances en la medicina. Sin embargo, sigue representando una amenaza real en el período postparto. El control de los factores de riesgo y el tratamiento antibiótico han contribuido significativamente a disminuir su frecuencia y gravedad.
Este artículo proporciona una visión completa sobre la infección puerperal, abordando sus causas, síntomas, diagnóstico, tratamiento y medidas preventivas, con el objetivo de ofrecer información valiosa y útil para la salud materna.
¿Qué es la Fiebre Puerperal?
La infección puerperal se define como la afectación inflamatoria séptica, localizada o generalizada, que se produce en el puerperio como consecuencia de las modificaciones y heridas que en el aparato genital ocasionan el embarazo y parto. Se considera que padece una infección puerperal toda mujer que en su periodo postparto presenta una temperatura superior o igual a 38ºC en al menos dos determinaciones separadas por un intervalo de 6 horas, excluyendo las primeras 24 horas postparto.
Aunque desde la introducción de los antibióticos han disminuido considerablemente la frecuencia y gravedad de este tipo de infecciones, todavía suponen un gran problema clínico.
Causas de la Fiebre Puerperal
La fiebre puerperal suele ser causada por una infección polimicrobiana, es decir, una mezcla de diversos gérmenes que habitan en el intestino, periné, vagina y cuello uterino. Estos gérmenes aprovechan la modificación de la flora vaginal y las lesiones del parto para colonizar el aparato genital femenino.
Entre las bacterias implicadas se encuentran:
- Aerobias: Escherichia Coli, especies de Klebsiella, Proteus y Pseudomonas.
- Anaerobias: especies de Peptoestreptococos, Peptococos, Bacteriodes y Clostridium.
- El Streptococcus Beta hemolítico del grupo A, que suele ser de origen exógeno, puede causar infecciones graves.
Factores de Riesgo
La infección puerperal puede presentarse por diferentes factores de riesgo. Entre las causas más frecuentes se encuentran:
- Hemorragias.
- Mala higiene genital.
- Parto largo y complicado.
- Retención de restos de placenta dentro del útero.
Otros factores de riesgo que favorecen o empeoran la fiebre puerperal son:
- Anemia o desnutrición.
- Déficit inmunológico o enfermedades sistémicas.
- Ausencia de controles prenatales o bajo nivel socioeconómico.
- Presencia de bacterias en el líquido amniótico al momento de la cesárea.
- Coito cerca del final del embarazo.
- Vaginosis bacteriana, una infección de transmisión sexual.
¿Cómo se Adquiere la Infección Puerperal?
Existen distintas formas de adquirir la infección:
- Exógena: a través de instrumentos, ropa o manos del personal sanitario (la más grave).
- Endógena: autoinfección por gérmenes propios de los genitales femeninos.
La infección puede presentarse en diferentes partes del aparato genital, como en el útero, heridas de la vagina, episiotomía o cicatriz de la cesárea.
Síntomas de la Infección Puerperal
Los síntomas no suelen aparecer hasta 3 o más días después del parto. Si aparecen antes, la infección ya estaba presente antes del parto. Los síntomas incluyen:
- Fiebre (signo clave).
- Malestar general.
- Sudores y taquicardias.
En casos de complicaciones o propagación de la infección, se pueden presentar:
- Dolor abdominal.
- Útero no contraído.
- Dolor a la palpación del abdomen.
- Loquios (secreciones vaginales postparto) abundantes, purulentos y malolientes.
No todas las fiebres tras el parto se deben a una infección. Si además de fiebre presenta dolor genital, hemorragia y mal olor de los loquios o secreciones vaginales, deberá acudir al médico, ya que podría tratarse de una infección propagada más allá de la vagina o afectando a la mucosa que reviste el útero.
Diagnóstico de la Fiebre Puerperal
El diagnóstico se basa en:
- Fiebre: temperatura oral superior a 38 grados centígrados en dos determinaciones en los primeros diez días posparto o superior a 39 grados centígrados en las primeras 24 horas posparto.
- Exploración física: presencia de dolor, hipersensibilidad uterina, útero no contraído, loquios fétidos o purulentos y cérvix abierto.
Complicaciones de la Fiebre Puerperal
Si la infección no se previene o trata correctamente, pueden surgir complicaciones a corto o largo plazo, entre las que se incluyen:
- Endometritis: infección de la mucosa uterina, con útero no contraído, loquios fétidos o purulentos, y posible dolor abdominal.
- Miometritis: infección más avanzada del útero con síntomas más intensos, sangrado y secreción purulenta abundante.
- Salpingitis: infección que alcanza las trompas de Falopio, con dolor intenso que requiere ingreso urgente. A veces puede formarse un absceso que engloba los ovarios.
- Celulitis pélvica: infección grave que afecta las paredes vaginales y puede propagarse a los miembros inferiores.
- Tromboflebitis pélvica séptica: infección de las venas que irrigan los genitales internos, poco frecuente pero grave.
- Pelviperitonitis: forma más avanzada y grave de la infección puerperal. En ausencia de tratamiento antibiótico, puede evolucionar a shock séptico y muerte materna.
Prevención de la Fiebre Puerperal
La mejor forma de prevenir la fiebre puerperal es evitar o tratar los factores de riesgo. Las medidas más importantes incluyen:
- Medidas de asepsia durante el parto.
- Cuidados perinatales.
- Higiene materna después del parto.
- Buena alimentación.
- Descanso materno adecuado.
- Protección de las relaciones sexuales inmediatamente después del parto.
Tratamiento de la Fiebre Puerperal
El tratamiento incluye:
- Antipiréticos/analgésicos: para aliviar el dolor y bajar la fiebre, siguiendo las recomendaciones médicas.
- Antibióticos: para eliminar los microorganismos causantes de la infección. Frecuentemente se emplean combinaciones de antibióticos, dependiendo de la sensibilidad de los gérmenes y posibles alergias de la madre.
Ejemplos de combinaciones de antibióticos:
- Penicilina y metronidazol.
- Clindamicina y gentamicina.
- Ampicilina sulbactam.
- Cefalosporinas más clindamicina o metronidazol.
En muchos casos, el tratamiento antibiótico debe administrarse en un hospital, y si se complica, se requieren medidas más agresivas como cirugía o ingreso en unidades de cuidados intensivos.
