Infarto Cerebral Neonatal: Causas, Síntomas y Tratamiento

Aunque podamos pensar que el ictus es exclusivo de las personas mayores, lo cierto es que los niños también pueden sufrir este tipo de accidente cerebrovascular, incluso antes de nacer. Cada seis minutos, una persona padece un ictus en España; dos de cada tres, con más de 65 años de edad. Pero este accidente cerebrovascular no es exclusivo de las personas mayores. Cada vez hay más jóvenes afectados, y sí, los niños también pueden sufrir esta lesión. La incidencia en la infancia no es tan alta, ni las causas son las mismas, pero este infarto cerebral comparte algunos síntomas y secuelas y, por supuesto, provoca fallecimientos y el tiempo es vital para reducir el riesgo de muerte y de consecuencias graves.

Para ello, resulta esencial conocer las señales que avisan de que un menor está teniendo un ictus pediátrico. Te contamos cuáles son esos signos de alarma y qué debes hacer en cuanto los notes en tu hijo.

¿Qué es el Ictus Infantil?

Conocido como accidente cerebrovascular, el ictus pediátrico se produce por la interrupción súbita del flujo sanguíneo a una parte del cerebro. Como en los adultos, puede ocurrir por la obstrucción de un vaso cerebral (ictus isquémico) o debido al sangrado o derrame por rotura de un vaso cerebral (ictus hemorrágico). Además, los menores también pueden tener un ataque isquémico transitorio, cuando esa interrupción es muy breve.

Si esta enfermedad ataca a 120.000 personas adultas al año, en el caso de los niños y adolescentes de 2 a 16 años, los datos señalan que el ictus pediátrico ocurre a entre 2 y 13 menores al año por cada 100.000 habitantes. Por tanto, sucede con mucha menor frecuencia que entre los adultos. La mayor incidencia se da en el primer mes de vida (un caso por cada 1.500 bebés), pero es otro tipo de ictus, el neonatal.

Sin embargo, el ictus infantil se encuentra entre las 10 causas principales de muerte en la población pediátrica en países desarrollados, como España. Las tasas de mortalidad oscilan entre el 7-28 % en el caso del ictus isquémico y el 6-54 % en el ictus hemorrágico, según un estudio australiano publicado en 2016 en la revista ‘Stroke’.

La incidencia del ictus infantil en su totalidad (neonatal y posnatal, hemorrágico e isquémico) oscila entre 1,8 y 13 casos por 100.000 niños y año. El período pediátrico durante el cual la incidencia de ictus es mayor es el período neonatal. Después de este período, la incidencia mayor se sitúa en el primer año de edad, tanto para el ictus hemorrágico como para el isquémico. En conjunto, el ictus pediátrico constituye una de las 10 primeras causas de mortalidad en niños.

Y no solo eso. Como se apunta en la misma investigación, el 80 % de los niños y adolescentes que sobreviven presentan secuelas y entre un 6 % y un 35 % de los casos el ictus volverá a suceder (recurrencia).

A pesar de la plasticidad del cerebro infantil en desarrollo, las consecuencias de un ictus no son raras, al contrario. Entre el 60 % y 85 % de los ictus isquémicos y entre el 33 % y 50 % de los ictus hemorrágicos producen secuelas en los menores que les pueden durar toda la vida, pues en su mayoría son permanentes, lo que condiciona enormemente en su calidad de vida y la de su familia.

Y es que las principales secuelas son motoras (50-80 %), del lenguaje (30 %), dificultad para el aprendizaje y para el desarrollo de funciones cognitivas (30-67 %), así como alteraciones del comportamiento. Con el tiempo, también es frecuente que aparezca la epilepsia.

Al igual que sucede con el resto de ictus pediátricos, el ictus neonatal tiene como consecuencia una lista de importantes secuelas neurológicas a largo plazo, como epilepsia, déficit motor o cognitivo, retraso mental o parálisis cerebral. Aunque las secuelas del ictus pediátrico pueden ser devastadoras, los niños tienen, respecto a los adultos, una mayor capacidad para superarlas.

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Causas del Ictus en Niños

Investigaciones recientes indican que la mayoría de los ictus en la infancia se producen por factores de riesgo, aunque un 10 % lo sufren niños sanos y sin causa aparente.

Entre los factores de riesgo que están detrás de los ictus isquémicos a estas edades figuran, según los criterios CASCADE, las cardiopatías congénitas (o tras someterse a una cirugía o intervención cardiaca), alteraciones de la sangre (como una anemia de células falciformes) o enfermedades genéticas o metabólicas. Pero también sucede, sobre en niños sanos, tras una infección en las vías aéreas altas y resfriado (días antes), una varicela (hasta un año antes) o un traumatismo leve en la cabeza o en el cuello.

Mientras, los ictus hemorrágicos son más frecuentes en menores con malformaciones vasculares cerebrales, enfermedades de la sangre que favorezcan el sangrado y tumores, además de tras traumatismos.

La explicación se encuentra en el sumatorio de distintas situaciones presentes en los neonatos. Por un lado la sobreexpresión natural de los factores de coagulación durante el parto, que evitan que la madre y el niño mueran desangrados cuando se desprende la placenta. Por otro la anatomía del corazón del recién nacido, caracterizado por los canales abiertos que permiten la comunicación entre los dos lados del corazón; esto provoca que los trombos puedan dirigirse directamente del corazón al cerebro.

En la mitad de los pacientes se puede encontrar un factor de riesgo previo (tabla 1), siendo tan sólo un 9% los pacientes en los que no se identifica ningún factor predisponente.

Entonces, ¿se puede prevenir? Los expertos confiesan que es difícil precisamente por las causas, pero sí que es posible un tratamiento preventivo para evitar que vuelva a repetirse.

Tipos de Ictus Pediátricos

Hay dos formas principales por las que se puede producir un ictus en la infancia: ictus isquémico e ictus hemorrágico. El ictus isquémico, a su vez, puede subdividirse en ictus arterial isquémico y trombosis de senos venosos.

Los ictus pediátricos se clasifican en función de la edad. En los ictus infantiles hay que diferenciar dos grandes grupos:

  • Ictus arterial neonatal o perinatal: Cuando el ictus se produce entre la semana 20 de gestación y los 28 días de vida posnatal.
  • Ictus arterial posnatal: Si el ictus se produce posteriormente a los 28 días de vida.

Existe la idea de que el pronóstico del ictus en la infancia, fundamentalmente el isquémico, tiene un mejor pronóstico que el del adulto, dada la mayor plasticidad del cerebro infantil. Sin embargo, esta idea ha cambiado porque está demostrado que las secuelas neurológicas en el ictus isquémico pediátrico oscilan entre el 50 y el 60% de los casos y en el hemorrágico entre el 33 y el 50%, y las crisis entre el 5 y 10%.

Para medir el grado de secuelas en el ictus infantil, existe una escala de Rankin adaptada para niños.

Síntomas del Ictus en Niños

Por todo ello, el diagnóstico precoz y el tratamiento que reciban los afectados en las primeras horas tras sufrir un ictus resultan imprescindibles para mejorar su pronóstico y calidad de vida. Y de ello depende saber reconocer las señales que lo alertan, pues más de la mitad de los niños y adolescentes que tienen un accidente cerebrovascular son diagnosticados de forma tardía, entre 12 y 24 horas después.

Debemos saber cuáles son los síntomas del ictus en el niño para poder actuar con rapidez ya que en muchas ocasiones, la falta de conocimiento por parte de la sociedad sobre la posibilidad de que un ictus infantil se produzca, retrasan la intervención y por tanto puede agravar las secuelas finales.

Y ¿cuáles son los síntomas de un ictus pediátrico? Son muy parecidos a los que experimentan los adultos, como la falta de movilidad en un lado del cuerpo o que muestre problemas para hablar de forma coherente. Pero hay otros más habituales en los menores de 16 años, como dolores de cabeza, convulsiones o disminución del nivel de consciencia (está adormilado y cuesta despertarlo).

¿Cómo te avisa un ictus en la infancia? Estos son los signos de alarma:

  • Le cuesta mover la mitad del cuerpo (cara, brazo o pierna), por debilidad o adormecimiento.
  • Se le tuerce la boca, por debilidad de una parte de la cara.
  • Disartria o lenguaje incoherente, a pesar de que está despierto y consciente.
  • Le cuesta hablar o comprender. Es capaz de entender, pero no de hablar.
  • No ve bien por uno o ambos ojos.
  • Alteración del nivel de conciencia; de repente está muy dormido.
  • Convulsiones sin fiebre.
  • Cefalea intensa.

Los síntomas para identificar un ictus en niños más pequeños son espasmos faciales y/o distonías; apneas asociada a episodios catatónicos; falta de movilidad de un hemicuerpo.

En niños con más edad los síntomas principales serían: dolor de cabeza de aparición repentina y de una intensidad elevada; vómitos y/o nauseas; trastorno brusco de la sensibilidad en cara, brazo o pierna en un lado del cuerpo; debilidad muscular repentina, en un lado del cuerpo; dificultad para hablar o para entender lo que se está diciendo; trastornos de la visión; pérdida del equilibrio.

Los signos de afectación motora predominan en los casos de ictus isquémico. La función motora se afecta principalmente cuando padece la circulación anterior, sobre todo la arteria cerebral media. La afectación motora (hemiparesia) no suele impedir la deambulación. Aunque la recuperación pueda ser aparentemente muy buena, casi la mitad queda con secuelas, fundamentalmente distales en el miembro superior, sobre todo para la realización de movimientos finos.

Algunos niños que sufren ictus posteriormente presentan una epilepsia asociada. La aparición de epilepsia varía entre un 25 y el 50% en los casos de ictus isquémicos.

Los signos de afectación sensitiva son muy difíciles de evaluar en los niños pequeños. La mejor forma de valorar las capacidades táctiles es mediante la discriminación entre dos puntos, capacidad para coger objetos y estereoagnosia para objetos familiares.

La presencia de defectos del campo visual puede estar presente en más del 25% de los niños con ictus, pero la bibliografía es escasa, probablemente por ser difícil valorarlo en detalle, sobre todo en los niños pequeños.

Se sabe que los niños con ictus recuperan mejor el lenguaje que los adultos, sobre todo los niños menores de 5 años. Esto se ha tomado como evidencia de una alta plasticidad del cerebro en desarrollo. Sin embargo, el lenguaje también se afecta en los niños con ictus y los estudios de comportamiento en niños con lesión unilateral cerebral muestran déficits precoces del lenguaje. La buena recuperación del lenguaje en los niños con ictus se ha atribuido a la plasticidad cerebral.

En general, se considera que la capacidad cognitiva de los niños que han sufrido un ictus suele estar en el límite bajo de lo normal o ser borderline.

Con mayor frecuencia que en la población normal, los niños que han sufrido un ictus tienen problemas de conducta, trastornos de hiperactividad con déficit de atención y problemas con sus compañeros. La variable que mayor predice la aparición de estos problemas es el nivel intelectual: cuanto más bajo, mayores problemas psiquiátricos y de comportamiento.

¿Qué hacer ante un posible ictus infantil?

En caso de observar que aparece en el niño de manera brusca alguno de los síntomas citados, llama al 112 y coméntaselos a la persona que te atienda por teléfono. ¿Cómo actuar en casa mientras llega la ayuda? Sigue estos consejos:

  • Eleva un poco la cabeza y los hombros de tu hijo.
  • Anota la hora.
  • No le des de comer ni beber.
  • No le dejes solo.

Diagnóstico Precoz y Tratamiento del Ictus Pediátrico

Tras la llamada, como explica en su campaña de visibilización del ictus pediátrico el Colegio Profesional de Fisioterapeutas de la Comunidad de Madrid, en colaboración con la Fundación Sin Daño y la Unidad de Rehabilitación infantil del hospital Beata María Ana, acudirá de inmediato un equipo especializado que llevará al menor a uno de los hospitales de referencia con unidad de ictus pediátrico para intervenir de forma rápida y minimizar posibles secuelas.

Así ocurre en las comunidades donde cuentan con el procedimiento conocido como Código Ictus Pediátrico, similar al código ictus para adultos: Madrid (2019), Extremadura (2022), Andalucía (2020), Cataluña (2020), Navarra (2021)… En el resto tienen protocolos parecidos, como queda de manifiesto en la ‘Estrategia en Ictus del Sistema Nacional de Salud‘ (2022), si bien “sería recomendable desarrollar y consensuar el abordaje del ictus pediátrico ya que se observan importantes diferencias entre CC. AA. en cuanto al nivel de desarrollo de los planes para tratarlo”.

Porque no siempre que se sospecha de un ictus infantil lo es. Pueden ser migrañas, un tumor… Por eso, el diagnóstico precoz es esencial. Para ello, ciertas pruebas y criterios (niños mayores de dos años, menos de seis horas desde el inicio de los síntomas, TAC, pruebas de sangre…) resultan clave para activar el código ictus. La resonancia magnética es la prueba de imagen que determina con mayor seguridad el ictus pediátrico.

Este diagnóstico precoz constituye la primera herramienta para aplicar medidas específicas que puedan limitar el daño cerebral en los niños. Y ahí es donde entra la rehabilitación (logopedia, fisioterapia, psicología, terapia ocupacional…) y el seguimiento por parte de los profesionales en neuropediatría para poder ir minimizando en lo que se pueda las secuelas. Porque son muchas las necesidades que tienen los peques que han sufrido un infarto cerebral. Así, un estudio reciente, llevado a cabo en Reino Unido, identifica dificultades en las actividades escolares, así como en las actividades de ocio.

Para trabajar las secuelas anteriormente descritas se realiza la rehabilitación neurológica infantil está dirigida a menores que presentan riesgos o problemas de desarrollo neurológico y los niños con daño cerebral (adquirido o congénito) o trastornos neurológicos de cualquier tipo que puedan afectar a su capacidad funcional. Su objetivo fundamental es restituir, minimizar y/o compensar las alteraciones funcionales asociadas a la lesión que se ha producido en el sistema nervioso central del niño.

Esta rehabilitación conlleva un proceso de aprendizaje y adaptación a las limitaciones físicas y/o cognitivas que padece. Este tipo de tratamientos es siempre multidisciplinar (médico rehabilitador, fisioterapeuta, terapia ocupacional, logopeda, neuropsicólogo, psicólogo clínico y trabajadora social ).Además la familia debe implicarse directamente dando continuidad en casa a las actividades indicadas por los diferentes especialistas anteriormente mencionados.

La rehabilitación neurológica infantil se basa en el concepto de neuroplasticidad o plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del sistema nervioso central para adaptarse y compensar lesiones, alteraciones estructurales o fisiológicas, minimizando sus efectos. Además, esta habilidad del cerebro para reorganizar su funcionalidad es especialmente importante en el caso de los niños. Lo que hace el cerebro es buscar vías alternativas para activar nuevamente las funciones que se han perdido.

Para trabajar las secuelas del ictus pediátrico y conseguir restituir, reducir y/o compensar las alteraciones funcionales asociadas a la lesión que se ha producido, es necesario realizar un tratamiento neurorrehabilitador. La rehabilitación neurológica infantil se basa en el concepto de neuroplasticidad o plasticidad cerebral, es decir, la capacidad que tiene el sistema nervioso central para adaptarse y compensar las lesiones, minimizando sus efectos.

Al igual que en los adultos, en el ictus pediátrico ¡Tiempo es Cerebro!. Eso quiere decir que cuanto antes se diagnostique e intervenga, mejor será el pronóstico del peque. Es cierto que cuando un niño sufre un ictus, la vida familiar da un vuelco de 360 grados.

Tratamientos Específicos

  • HIPERTA: de elección labetalol iv en bolo 0.2-1mg/kg (max 40mg) y continuar en perfusión continua a 0.2-3mg/kg/h.
  • NORMOVOLEMIA: SSF a necesidades basales. Evitar sueros hipotónicos (aumento del edema cerebral).
  • No se recomienda profilaxis anticomicial en ausencia de crisis.
  • Anticoagulación: en pacientes con riesgo de recurrencia (disección arterial extracraneal, tromboembolismo, estados de hipercoagulación) está indicado el tratamiento con HBPM subcutánea o intravenosa seguido de HBPM o warfarina un periodo mínimo de 3 meses.
  • Antiagregación: si está contraindicada la anticoagulación, con AAS 1-5 mg/kg/día + otro antiagregante a partir de las 24 h del inicio de los síntomas; durante, al menos, 2 años.

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