Historia del Hogar Cuna en Salamanca: Un Refugio para la Infancia Vulnerable

En la rica historia de Salamanca, el Hogar Cuna emerge como un faro de esperanza y protección para la infancia vulnerable. Su trayectoria se entrelaza con el desarrollo de la ciudad, los cambios sociales y la evolución de las instituciones dedicadas al cuidado de los más pequeños. En este artículo, exploraremos los orígenes del Hogar Cuna, su evolución a lo largo del tiempo y su impacto en la comunidad salmantina.

Vista panorámica de Salamanca.

Orígenes y Contexto Histórico

Para comprender la historia del Hogar Cuna, es esencial situarnos en el contexto de la Salamanca de principios del siglo XX. En 1915, la zona de La Prosperidad era un área en desarrollo, con el Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón y la Fábrica de Harinas “El Angel” como puntos de referencia. El barrio creció sin una planificación urbanística, careciendo de servicios básicos y con viviendas precarias donde convivían varias familias.

Los habitantes de la Prosperidad eran principalmente emigrantes de los pueblos, buscando una mejor vida en la ciudad. La Fábrica Mirat atrajo a muchos obreros, quienes construían sus hogares de manera improvisada. En este contexto, la necesidad de instituciones que protegieran a los niños más desfavorecidos se hizo evidente.

Resultan desgarradoras algunas noticias extractadas de la documentación que refieren información sobre los niños expósitos en la España del siglo XVIII: "Porque nací en 21 de julio, fui bautizado de socorro y me pusieron por nombre Práxedes, que fue virgen y mártir. A mi padre no le conozco, es casado y no tiene hijos, y mi madre sin marido. Dios la dé juicio y a mí fortuna. Amen" (Sepúlveda, 23 de julio de 1760); "La noche del día 26 de junio de 1764, como a las 12, llevó un embozado a la puerta de la cuna a dexar esta niña y dixo estas palabras: aí queda esa niña, muy malica biene, y por amor de Dios que se le eche agua, y presto se le echó agua y murió" (Úbeda); "…un niño que en la noche del día 5 del presente mes, presentó a las 8 de ella poco más o menos, una mujer desconocida que le entregó sin decir otra cosa que "Aquí queda esto", y un lío de ropa para el dicho niño [..] no está bautizado, se le ha de poner por nombre Lorenzo María Domingo. Lleva cuatro camisas, cuatro pañales, cuatro mantillas, dos nuevas y dos usadas, dos gorros, uno blanco y otro negro, y dos pañuelos; y es voluntad de su madre que le hayan de servir sólo a su hijo" (Plasencia, 1 de enero de 1814).

Cuando los estudios de teología y medicina fueron desmontando la teoría veterotestamentaria que identificaba pobreza o enfermedad como situación heredada de anteriores pecados, la Iglesia contribuirá también no sólo a compadecer, lamentar y rezar por estos desgraciados, sino también a fundar hospitales, lazaretos, casas de expósitos, colegios de doctrinos, refugios y beaterios para atender al niño necesitado.

Desde el siglo XV fueron las jerarquías eclesiásticas, más que la monarquía, quienes acometieron con prodigalidad las fundaciones de niños expósitos, amén de otras contribuciones más modestas por parte de cabildos catedralicios, órdenes religiosas (los jerónimos en Guadalupe en 1480) y cofradías (la cofradía de San José creaba una casa de niños expósitos en Valladolid en 1540, surgirían otras casas en Córdoba en 1565, en Madrid en 1567, en Málaga en 1573, en Salamanca en 1586 y en Baeza en 1590).

Pero el mayor defensor de la infancia abandonada fue Carlos IV y, tras la Guerra de la Independencia, numerosos médicos, clérigos y educadores reformistas aludieron a este desafortunado segmento de la población: el médico y académico Santiago García, el galeno real José Iberti, el colector general de vacantes y expolios del reino Pedro Joaquín, los eclesiásticos Juan Antonio Trespalacios y Mier, el obispo de Pamplona Javier Uriz y Antonio Arteta, el cónsul de Carlos IV Alberto de Merino y hasta políticos como Floridablanca, Cabarrús y Jovellanos.

En 1790 la corona enviaría un cuestionario a todos los obispos diocesanos interesándose por las casas de expósitos y sus reglamentos, elevando una Real Cédula en 1796 por la que legitimaba a todos los niños y niñas expósitos y ordenaba la creación de una casa de expósitos en cada cabeza diocesana (con otras subsidiarias en los pueblos más alejados). Muy afectadas tras la Guerra de la Independencia, muchas casas terminarían integradas en hospitales y hospicios.

Al cabo, las teorías fisiocráticas consideraban que el aumento del número de brazos contribuía al enriquecimiento del país (durante el siglo XVIII la población española había aumentado un 42%). Cabarrús escribía a Jovellanos llamando la atención sobre "las criaturas ahogadas, descuartizadas o expuestas a las inclemencias de los elementos o a las injurias de los animales". Mientras que el clérigo Antonio Bilvao refería que "lo que me admira más es que no atreviéndose hombre alguno a matar a un expósito de acto pensado, los dejen morir con advertencia, siendo esa muerte más dura".

Los dos problemas más graves de los lactantes eran la alimentación artificial ante la falta de nodrizas y el sistema de conducción de niños hasta las inclusas. Pero si los niños expósitos superaban la agonía de la infancia, tenían prohibido el acceso hasta las aulas de gramática y los cargos de cierto relieve social: "Los hijos de los artesanos, que solamente deben aprender un poco a leer, escribir y contar, se despedirán luego que den la lección porque si se detienen muchas horas en la escuela se acostumbrarán a la ociosidad y mirarán con horror el trabajo".

En Zamora, a instancias del obispo Antonio Jorge y Galván, se instalarían en 1768 en la parte baja del Hospital de Sotelo (hospital de mujeres dotado por la corona con 600 ducados anuales provenientes de la vacante de la mitra) dos salas para "partos vergonzosos" (eran denominados el cuarto claro y el oscuro, para madres solteras), el primer centro de maternidad de la provincia y de Castilla y León, aunque en Valladolid ya funcionaba el hospital de la cofradía de San José. El obispo alegaba ante el rey que casi todos los niños "mueren sin bautismo, con el horror de ser a manos de los mismos padres delincuentes, o parientes más cercanos y la desgracia al Estado de malograrse una población".

Se guardaba el anonimato de las madres solteras y los niños nacidos eran atendidos, bautizados en la catedral, vestidos y trasladados al Hospital de Expósitos de Salamanca. Las parturientas recibían la asistencia de ama, comadrona, médico, cirujano y criadas, podían ser alimentadas con caldo de gallina y chocolate, que aparecen entre los productos ofrecidos a las recién paridas según algunas respuestas obtenidas de la Encuesta del Ateneo de Madrid elaborada en 1901-1902.

En 1795 el corregidor Juan Romualdo Ximénez solicitó la apertura de una nueva Real Casa Hospicio de Zamora con departamento para niños expósitos (además de departamentos para ancianos pobres y de corrección de mujeres de mala vida (la Casa Galera)) en el palacio de los duques de Frías y condes de Alba y Aliste, que fue inaugurado en 1798, más escuela de primera enseñanza y labor, taller de oficios y telares de lino y lana (para confeccionar lienzos, paños, bayetas para los atuendos de las gentes del país, estameñas finas y sayales para hábitos de órdenes religiosas). La apertura de un taller textil se dio también en la Casa-Cuna de Plasencia.

Para la casa zamorana Ximénez redactó en 1800 un reglamento inspirado en los hospicios de Madrid, Salamanca y Murcia y los correspondientes informes de las Reales Sociedades Económicas de Madrid y Murcia. Se admitirían niños expósitos procedentes de la ciudad y del obispado de padres conocidos y no conocidos, huérfanos de hasta 14 años que vagaran por la ciudad y los pueblos y mujeres escandalosas (algunas preñadas). Los niños se levantaban todos al salir el sol, rezaban, se aseaban, iban al refectorio (desayunaban a las 8 en invierno y a las 7 en verano) y asistían a clase o trabajaban hasta las 12, comían, volvían al tajo por la tarde y cenaban a las 9. Los días festivos los hospicianos salían de paseo en grupos, circulando en fila y vistiendo casacón cerrado, sombrero y zapatos de madera (las niñas portaban mantón, mantilla de cuello, medias y zapatos de madera). La ropa de cama se cambiaba cada dos meses y los muchachos se mudaban cada quince días. Disponían de enfermería pues las enfermedades más comunes y peligrosas eran el sarampión, el cólera, la escarlatina, la tosferina, la difteria (garrotillo), la disentería, la tuberculosis, la viruela, la tisis o la hidropesía (por incompatibilidad del Rh).

Confesaba una nodriza cacereña de la década de 1920: "Desde luego que a mi me cebaban como a una lechona, para sacarme bien la grasa: galletas, fideos, churros, pollo, chocolate, que en el pueblo esto solo se lo daban a los medio difuntos. Así que me traje alguna perrina en casi dos años". Si el niño no portaba ningún cartoncillo al cuello indicando su nombre, era bautizado con el del santo del día (o con el de José, en el caso de Valladolid, por ser el nombre de la cofradía que acogía a los expósitos, y los apellidos habituales de Patrocinio, Salvador, Santa María o Expósito).

En todo caso, un nuevo cartoncillo o un marchamo de plomo pendiente de un hilo o cordón asignaba al expósito un número de identificación visible a modo de carné de identidad (en la inclusa de Santiago de Compostela un cirujano realizaba una tarja o incisión sangrante en un brazo de los niños expósitos recién ingresados). La información suministrada en los cartoncillos transcritos en las cédulas de entrada de las criaturas al hospicio de León (la Obra Pía de Nuestra Señora de la Blanca, llamada Arca de Misericordia, dependiente del cabildo hasta 1786 (aunque ya existía en el siglo XIV, depositando a los niños en un pesebre de piedra con bordes de hierro dentado a las puertas de la catedral), cuando el obispo Cayetano Antonio Quadrillero fundó la Casa de Misericordia u Hospicio, con casas sucursales en Astorga y Ponferrada) son muy ilustrativas porque en tales recomendaciones manuscritas había de todo, ile...

El Preventorio-Escuela y la Casa Cuna

En 1933, en La Prosperidad, apareció el Preventorio-Escuela. Al comenzar la Guerra Civil, este edificio se convirtió en ‘Hospital de Sangre’, acogiendo a heridos del sector de Guadarrama. En 1940, el edificio fue cedido a la Falange, dando origen a la Casa Cuna. Esta institución se convirtió en un hogar para niños huérfanos y aquellos cuyas madres no podían hacerse cargo de ellos.

Las madres que decidían cuidar de sus vástagos en la casa-cuna, eran obligadas a hacerse cargo de los demás niños. Se las prohibía salir a la calle por vergüenza de su pecado, provocándoles frustraciones y amargura que muchas pagaban con los pequeños que tenían bajo su responsabilidad.

En 1932 y con la ayuda de la Caja de Ahorros en Salamanca se construyó un Hogar Cuna, llamado Hogar Cuna "Hermanos Almeida", situado en el paseo del Rollo, y en el que se cuidaban niños hasta los siete años de edad. Más tarde este edificio desapareció siendo reformado por completo.

Video: Hablemos de la Política de Protección Infantil

Evolución y Transformación

Con el paso de los años, el Hogar Cuna en Salamanca experimentó diversas transformaciones. Edificios que articulaban la Prosperidad cambiaron su función. La antigua cárcel se transformó en un museo de arte, el Domus Artium 2002. Por otro lado, el nuevo edificio de la Junta de Castilla y León a supuesto un motor económico para el barrio, pues ha traído consigo burócratas y oficinas que dejan el dinero en La Prosperidad. Esta construcción sustituyó al edificio del Hospicio. Se abrió al finalizar la guerra y recogía a los niños huérfanos cuyos padres murieron durante el conflicto.

En 1997, el edificio del Preventorio-Escuela fue derribado para urbanizar la zona. Sin embargo, el legado del Hogar Cuna perduró, adaptándose a las nuevas necesidades de la sociedad y evolucionando hacia modelos de atención más integrales y personalizados.

Escudo de Salamanca.

El Hogar Cuna en el Siglo XXI

Hoy día las nuevas casas cuna, garantizan la protección y el desarrollo integral de las niñas, niños o adolescentes que por alguna circunstancia se encuentran en riesgo de abandono o de maltrato, promoviendo el acceso a una formación básica y a una vida más digna.

Actualmente, instituciones similares al Hogar Cuna continúan desempeñando un papel crucial en la protección de la infancia vulnerable en Salamanca. Estas organizaciones trabajan en estrecha colaboración con las familias, ofreciendo apoyo emocional, recursos educativos y oportunidades de desarrollo para los niños que más lo necesitan.

Uno de los proyectos que ha apoyado Fundación Dilaya desde sus inicios en R. D. del Congo en 2014 es el mantenimiento y rehabilitación del Hogar La Misericordia. En 2017 emprendimos la construcción y equipamiento de las infraestructuras de las que el centro dispone en los barrios de Salongo y Bipemba. La reforma ha comprendido la reparación de cimientos, remodelación de suelos, reparación del tejado y las paredes, apertura de nuevas ventanas y pintura interior. Con la realización de este proyecto, el Hogar La Misericordia ha podido fortalecer su labor de protección de la infancia más vulnerable. Gracias a la ejecución del proyecto, el Hogar La Misericordia cuenta con una casa cuna renovada, en buen estado de conservación y salubridad, lo que ha tenido como resultado una mejora de las condiciones de habitabilidad de esta parte de la casa.

El Rollo: Un Barrio con Historia

El origen de los barrios del extrarradio de Salamanca se halla esencialmente en la aparición de una serie de edificios de ciertas dimensiones. Estos se levantaron en los últimos años del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. La configuración del barrio del Rollo quedaría definido por la construcción del Colegio de las Esclavas en el Paseo del Rollo y la estación de ferrocarril.

‘El rollo’ encarnaba el símbolo de una jurisdicción. Si una urbe disponía de rollo, significaba que gozaba de autonomía jurisdiccional y era un aviso a los forasteros que llegaban a la ciudad. Las picotas estaban elaboradas de madera, mientras que los rollos eran de granito, arenisca o mármol. Fue construido a finales del siglo XVIII y estuvo deshabitado durante todo XIX. Aquí se establecieron algunas instituciones religiosas y benéficas a principios del XX y acogió viviendas familiares a partir de los años veinte.

En 1905 la asociación religiosa de las Esclavas del Sagrado Corazón adquieren un terreno junto al Paseo del Rollo. Aquí, en 1907, establecen su Noviciado. En 1906 el patronato del asilo de San Rafael, creado en 1880, compra en el paseo un terreno de trece mil metros cuadrados para la construcción de una nueva casa-asilo.

En 1912 se aprueba un proyecto para traer agua a Salamanca ante la falta de higiene. Se levanta para ello en 1914 un depósito en las inmediaciones del paseo y comienza a funcionar en 1918. Esta edificación fue el revulsivo que impulsó el interés inmobiliario en esta zona de la ciudad. La construcción residencial del paseo del Rollo fue responsabilidad de Esteban Corral y Castro.

En 1918 compra los terrenos entre el paseo de San Antonio, el camino de los Depósitos y la línea del ferrocarril a Cáceres, los parcelaría a continuación. Empezó a vender las parcelas y sus nuevos propietarios iniciaron antes que él las primeras construcciones de viviendas. Cada terreno incluía la propiedad de la parte de la calle que ocupaba. Aunque la mayor parte de los compradores respetaron el plan urbanístico de Esteban Corral, muchos no lo hicieron. «Eran casitas de planta baja, colocadas sin uniformidad. Los que poblaron el lugar fue gente de clase media.

Desde la asociación de vecinos hablan de antiguas construcciones que dinamizaron el barrio. «Estaban las viviendas de Renfe que fueron habitadas por los trabajadores de dicha empresa. En segundo lugar, La fábrica de zapatillas Tejisa, en la calle Colombia. Aquí acudían más de mil personas a trabajar a diario.

Su nacimiento sucede tras la cesión por parte de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús al Ayuntamiento más de 13.000 metros cuadrados de su propiedad. Se construyeron pistas de calva y petanca y pasó a ser el cuarto parque por extensión de Salamanca. En 1982 se aprobó su urbanización con un presupuesto de 37,2 millones de pesetas (223.576,5€).

En ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’, Jesús Málaga menciona que a su llegada a la alcaldía el Rollo era un distrito aislado por el barro y los socavones. «Los taxis, las ambulancias y repartidores de butano se negaban a entrar. El Rollo sufría enormes deficiencias. Escombreras ilegales y basureros ocupaban amplias zonas. No había escuela y los niños debían matricularse en los colegios de la Prosperidad o en la Alamedilla. Tampoco tenían centro social, espacio para jóvenes, carecían de zonas verdes y deportivas.

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