Hijos Indiferentes con su Madre: Causas y Soluciones

Las relaciones paterno-filiales son los vínculos más tempranos y profundos que establecemos. Estos marcan y condicionan los diversos nexos que creamos en cada etapa de la vida. Aunque esta influencia suele ser especial desde la niñez, a veces no pasa así, derivando en casos como el de un hijo adulto que rechaza a su madre.

Y es que si bien para algunos parece imposible no contar con la figura materna, en ocasiones, esta se percibe como algo negativo. ¿A qué se debe esta rabia? Tal vez a adversidades del pasado, conflictos que no encuentran solución o un resentimiento. A continuación, exploraremos estas y más razones, aparte de ver qué podemos hacer para recuperar el lazo.

Causas de la Indiferencia de los Hijos Hacia sus Madres

  1. Traumas y situaciones adversas en la infancia

    Las experiencias que vivimos en la niñez llegan a marcarnos en la adultez, sobre todo si son eventos muy intensos o negativos. Por ejemplo, sucesos que abarcan negligencia parental o abusos en el ámbito de la familia, provocan una profunda herida que es difícil curar.

    Si el maltrato fue perpetrado por la madre, o esta lo sabía, pero no hizo nada al respecto, la reacción más habitual al crecer es rechazar cualquier tipo de contacto. Al final, es una forma de protección frente a un hecho y una persona que causó mucho dolor.

  2. Problemas de salud mental

    Los problemas de salud mental tienden a limitar las relaciones con los demás. Esto se manifiestan con mayor probabilidad en aquellas personas que son más cercanas, como la mamá u otros familiares.

    El aislamiento y la aversión hacia los demás es algo que se expresa con frecuencia entre las personas que padecen un trastorno mental, como la depresión, ansiedad o psicosis. Aplicado al caso de un hijo adulto con un diagnóstico, se evidencia el rechazo hacia los cuidados y la ayuda que le pueda ofrecer su figura materna.

  3. Dificultades para establecer una comunicación fluida

    La comunicación dificultosa es una de las disfunciones más prevalentes en las familias. Es posible que ocurra entre todos sus miembros, pero cuando se da entre padres e hijos, suelen resaltar determinadas consecuencias.

    Por ejemplo, mientras los hijos sienten que sus madres no les comprenden o que contarles las cosas no sirve de nada, ellas lo viven en la idea de que sus hijos son rebeldes, desconfiados o indiferentes. Sea como fuere, estos problemas tienen, en la mayoría de los casos, solución mediante un proceso de terapia o mediación.

  4. Conflictos no resueltos

    Si los problemas no se tratan, se enquistan y su resolución se complica.

  5. Sentimientos de enfado o resentimiento

    Los sentimientos negativos hacia otra persona hacen más difícil establecer una relación. En especial, emociones como el enfado, la rabia o el resentimiento provocan un fuerte rechazo y una actitud defensiva.

    Es normal que un hijo se enfade de manera puntual con su mamá, de la misma manera que sucede a la inversa. Aun así, estos momentos suelen ser pasajeros, para luego darse la reconciliación. Pero si el conflicto se dilata por un largo tiempo, se convierte en un asunto a tratar. De hecho, estos sentimientos resultan un motivo de consulta frecuente en las terapias de familia.

  6. Percepción de falta de apoyo

    En momentos difíciles nos orientamos hacia aquellos que sabemos que nos ayudarán a estar mejor. Cuando somos pequeños buscamos, en primer lugar, a nuestros padres, ya que son las figuras de referencia. Y a medida que crecemos vamos considerando a otras personas, sin dejar de lado a los progenitores.

    Sin embargo, si el niño no percibe a su madre como una figura de apoyo, es probable que, al crecer, la rechace y busque a otras personas siempre que necesite ayuda. Incluso, también es posible que se muestre reacio a socorrer a su mamá si ella lo necesita.

  7. Saltos generacionales

    Entre padres e hijos existen diferencias generacionales imposibles de remediar. Aquellas, en sí mismas, no son malas, pues cada uno tiene un punto de vista diferente en función de la época vivida.

    Partiendo de ello, los hijos pueden sentir que los problemas a los que se enfrentan, no tienen nada que ver con los de sus madres. Es verdad que cada generación enfrenta unas circunstancias diferentes, pero la experiencia de los años otorga un conocimiento que, si se sabe apreciar, resulta de gran ayuda.

  8. Expectativas no cumplidas

    Todos los padres tienen expectativas respecto al desarrollo y logros que alcanzarán sus hijos. Si estas son ajustadas y realistas, potencian la motivación y el cariño; pero si son demasiado exigentes, provocarían el efecto contrario. Además, imponer metas arriesga a generar sentimientos de desprecio y deteriorar la relación con los hijos.

    Lo que ocurre, según un artículo de la Universidad Nacional de Colombia, es que las expectativas de los padres sobre sus hijos están influidas por sus propias experiencias. A modo de cascada, las creencias sobre cómo debería ser una persona se va transmitiendo de generación en generación. Y, a veces, para romper el patrón, esta es una de las causas por las que un hijo aleja a su mamá.

  9. Necesidad de autonomía

    En ocasiones, cuando el hijo adulto rechaza a su madre, se sugiere que debajo de este accionar se encuentra una necesidad de ser independiente. Al final, lo que prevalece es una forma de reivindicarse y separarse, en especial, cuando la dinámica tiene altas dosis de sobreprotección y control por parte de la figura materna.

    Ten en cuenta que el proceso de individuación es positivo, ya que así aprendemos a ser adultos maduros. Sin embargo, este no consiste en rechazar o negar a nuestros padres, sino en apoyarnos en ellos de forma más autónoma. Cuando dicho proceso se da en forma de rechazo, la reacción habitual de la madre es aumentar el control y la vigilancia.

  10. Triangulación o alineación con el otro progenitor

    La separación es un acontecimiento de impacto sobre los hijos. Si los papás saben gestionarlo, el hijo demostrará afecto por ambos y tendrá una buena relación con ellos. Por otra parte, también es posible que los padres contribuyan a que el hijo desarrolle una relación desigual, y este prefiera en exceso a uno y devalúe al otro.

    Dentro del contexto de las separaciones conflictivas se conoce como el síndrome de alineación parental. Aun así, hay que tener cuidado con ese término. Con la denominación de síndrome se pueden enmascarar situaciones de maltrato o conflicto familiar, como si fuese un problema individual que desarrolla el menor.

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Estilos Educativos y su Impacto

La familia es el contexto donde se van adquiriendo los primeros hábitos en la vida, las primeras habilidades y las conductas que nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. Los estilos educativos son la forma de actuar de los adultos respecto a los niños en su día a día, en la toma de decisiones y en la resolución de conflictos. Esto supone que se crean expectativas y modelos con los que se regulan las conductas y se marcan los límites que serán el referente de los menores.

Según los estudios actuales, nos encontramos con 4 estilos educativos: autoritario, democrático, permisivo y negligente (o indiferente) conformados a su vez por distintas dimensiones: control, exigencia, afecto y comunicación.

Estilo EducativoCaracterísticasImpacto en los Hijos
AutoritarioDisciplina severa, reglas estrictas, poca explicación.Problemas de autoestima, inseguridad, hostilidad.
PermisivoAltos niveles de afecto, pocas normas y límites.Bajo rendimiento académico, problemas de comportamiento, inmadurez.
Negligente/IndiferentePoco implicados, relaciones distantes, falta de apoyo.Problemas emocionales, baja autoestima, dificultad para cumplir normas.
DemocráticoFirmeza con apoyo, cariño, comunicación abierta.Mayor felicidad, éxito, responsabilidad, buena autoestima.

Estilo Autoritario

Los padres imponen una disciplina severa, estableciendo reglas que esperan que los niños las sigan sin excepción. A veces tienen una gran necesidad de control sobre sus hijos, que expresan como una reafirmación de poder sobre ellos, sin explicaciones. No le dan importancia a que los niños comprendan por qué tienen que hacer lo que se les pide, de manera que las normas no se explican razonadamente, se imponen.

Pese a que los niños autoritarios siguen las reglas la mayor parte del tiempo, suelen desarrollar problemas de autoestima, puesto que los padres nunca han tenido en cuenta sus necesidades o sus sentimientos y emociones. Suelen ser niños inseguros con baja inteligencia emocional, que difícilmente tienen autocontrol sobre sus emociones o conductas cuando una fuente de control externo está ausente. Por ello, pueden convertirse en niños hostiles o agresivos, que no saben tomar decisiones y resolver problemas.

Estilo Permisivo

Al contrario de lo que sucede en el estilo autoritario, el estilo permisivo o sobreprotector, se caracteriza por altos niveles afectivos, emocionales, gran calidez y permisividad. Estos padres priorizan el bienestar de su hijo ante cualquier cosa y son los intereses y deseos del niño los que gobiernan la relación padre/madre-hijo. En consecuencia, son padres poco exigentes, que plantean pocas normas. límites y retos a sus hijos.

Los niños que crecen en entornos con este estilo de crianza tienden a tener un bajo rendimiento académico y pueden presentar más problemas de comportamiento, ya que probablemente no harán caso a la autoridad ni a las reglas. Estos niños se suelen caracterizar por ser muy alegres, divertidos y expresivos. Sin embargo, al no estar acostumbrados a las normas, los límites, las exigencias y el esfuerzo, también son niños muy inmaduros, incapaces de controlar sus impulsos y que se rinden con facilidad.

Estilo Indiferente

Este estilo educativo podríamos calificarlo de inexistente. Los padres no están implicados en crianza de sus hijos y, por tanto, no proporcionan el apoyo necesario a sus niños ni les sirven de guía. Sus relaciones con los hijos son distantes, con poca sensibilidad en relación a las necesidades de los pequeños, olvidando en ocasiones incluso las necesidades básicas (alimentación, higiene y cuidados).

Este es un estilo muy dañino para los hijos, con un impacto negativo a nivel global en el desarrollo de los pequeños tanto en el presente como en el futuro. Los padres indiferentes ponen en riesgo la salud emocional de los hijos y su autoestima causando serios problemas psicológicos en diferentes ámbitos de su vida futura, por ejemplo, problemas de identidad, problemas en las relaciones interpersonales, problemas en el trabajo.

Estilo Democrático

Este último estilo, es el más saludable y adecuado para llevar a cabo con los hijos. Los estudios muestran los efectos positivos para la salud mental de los hijos. En este estilo, los padres suelen ser firmes, pero también brindan apoyo, cariño y calidez a sus pequeños. Además tienen un alto nivel de exigencia que busca el esfuerzo por parte de sus hijos, dejan las normas claras haciéndoselas saber a sus hijos, y cumplen con los castigos o sanciones.

Los niños criados con este estilo tienden a ser más felices y exitosos. A menudo son buenos para tomar decisiones y gozan de una mayor autoestima. De mayores son más responsables y se sienten cómodos expresando sus opiniones. Tienen confianza en ellos mismos, y se esfuerzan por conseguir sus objetivos y no se rinden con facilidad.

Cómo Mejorar la Relación entre una Madre y su Hijo Adulto que la Rechaza

Aunque hayas sentido que tu hijo adulto te rechaza, la buena noticia es que la relación no está perdida. Es posible intentar arreglarla con pequeños cambios.

  • Realizar actividades de ocio juntos: encontrar espacios comunes en los que hacer una actividad entretenida es una maravillosa idea para acercarse a los hijos.
  • Tener una comunicación abierta: intenten mejorar la cantidad y la calidad de la comunicación. No se trata de obligarle a que te cuente todo, sino estar disponible para tratar temas incómodos que afecten a los dos.
  • Validar los sentimientos: en todo conflicto hay dos posturas y cada parte tiende a mantener la suya de forma rígida. No obstante, esta actitud lleva a perpetuar la dinámica dañina y no favorece la relación.
  • Permitir el espacio y la distancia: en ocasiones, cuando un hijo se distancia es porque existe una necesidad de intimidad o de tiempo para conectar consigo. Aunque aquello pueda resultar molesto para algunas madres, hay que respetar esta decisión.

Si todo esto falla, siempre se puede dar una oportunidad a la terapia. Las relaciones con los hijos es un tema complicado, más si estos son adultos y desde pequeños arrastran problemas con sus padres. No obstante, los vínculos se pueden reparar realizando esfuerzos para mantener una comunicación abierta y respetando los espacios de cada uno.

Y si los consejos aquí expuestos no son suficientes, siempre está abierta la posibilidad de acudir a terapia de familia guiada por un experto. Ten presente que cuando un hijo adulto rechaza a su madre es porque existen aspectos a los que se debería prestar atención.

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