Pablo Braun: De Heredero a Librero y Editor Cultural en Argentina

Pablo Braun (Buenos Aires, 1976) es un personaje peculiar, cuya trayectoria desafía las expectativas y redefine el concepto de éxito. Nacido en una de las familias más ricas y tradicionales de Argentina, su historia es una de reinvención y pasión por la cultura.

A los veintiocho años, Braun tomó una decisión audaz: abandonó el puesto que ocupaba en una de las empresas familiares para dedicarse a la venta de libros. Tenía el dinero suficiente y la intuición necesaria. No le ha ido mal.

Eterna Cadencia, la librería de culto fundada por Pablo Braun en Buenos Aires.

Eterna Cadencia: Un Espacio de Culto Literario

Eterna Cadencia, así llamó a la librería que hoy es un sitio de culto en un barrio de culto, lo que queda del Palermo de Borges. Hoy es también una editorial con más de doscientos títulos y una distribuidora. En Eterna Cadencia nació el Filba -el festival de literatura más reconocido de Buenos Aires-, una fundación de promoción de la lectura y una distribuidora.

La librería se distingue por su cuidada selección literaria y el ambiente propicio para la conversación y el intercambio de ideas. Braun quería una librería bien curada, literaria, con libreros y donde pudieses tomarte tu tiempo. Por eso siempre la pensé con un bar para que la gente pudiera estar un rato más, para que se pudiera encontrar para charlar de libros, para que el bar fuese un lugar posible de presentaciones, charlas, cursos.

Braun piensa las palabras y su vocabulario no puede ser más argentino. Recibe a Jot Down entre decenas libros empacados para la venta online en lo que alguna vez fue el bar de la librería, hoy cerrado por la pandemia. La terraza de Eterna Cadencia parece ser un sitio más seguro para neutralizar el riesgo de contagio. Ha llovido, pero el clima ya es de primavera y se está muy bien allí arriba, aislados del ruido de la calle y el movimiento silencioso de los clientes que deambulan sobre el piso de pinotea de, hay que decirlo, la librería más bella de la ciudad.

Primeros Años y la Búsqueda de un Propósito

La vida de Braun estuvo marcada por la tragedia desde temprana edad. Mi papá era empresario y murió a los treinta y tres años, cuando yo tenía ocho. Volcó con el auto, su quinto vuelco, la estaba buscando. Era un demente, iba muy rápido en la vida y el auto no era la excepción y se mató. Eso claramente me marcó desde el dolor, pero no me marcó desde lo laboral, digamos, porque yo no conviví con eso.

A pesar de provenir de un entorno familiar sin tradición lectora, Braun descubrió su pasión por los libros en la adolescencia. Mi vieja, que aún vive, era ama de casa, y si hablamos de libros, en mi casa no había libros, nunca se leyó. Yo no era un gran lector, sobre todo de niño. Cuando terminé el colegio, tal vez por ese mandato familiar inconsciente, estudié Administración de Empresas.

Mientras que estudiaba siempre hice cosas que tenían que ver con el comercio. Tuve un kiosco de golosinas y cigarrillos, en Quintana y Alvear, un kioscaso. Siempre había como una cosa de tener algo, como un gen familiar, donde varios de mi familia son comerciantes.

Sin embargo, la vida empresarial no lo llenaba. No me hacía feliz estar delante de una computadora viendo cuadros, Excel y no sé qué. Tal vez quería algo más mío, no tanto con la estructura de la empresa, donde podría haberme dedicado a algo concreto. No, de hecho, yo laburaba en la empresa que maneja mi tío, y el día que le dije: «Me voy», no me dijo nada.

En ese momento conocí a la mamá de mi hija, Rita, que hoy tiene dieciséis años, y con ella armamos la fundación TEMAS, por trabajo, educación, medio ambiente y salud. Hoy, a diecisiete años de que la armamos, sigue haciendo un laburo extraordinario en la Villa 21. Cuando nos separamos era obvio que era imposible seguir trabajando juntos. Yo me quedé en Pampa y la vía [sin nada] a nivel de proyecto laboral, de qué hacer. Esto fue en 2004, con veintiocho años.

El Nacimiento de una Idea

La situación me golpeó fuerte, me deprimí y me encerré en mi casa a leer. Leí como un animal. Yo ya era lector en ese momento, pero no leía dos libros por día, como me pasó durante esos cuatro o cinco meses. Leí unos trescientos libros.

Un buen día, por lo menos en mi recuerdo, porque a veces los transformamos, me estaba bañando y me vino una idea. «¿Y si ponés una librería, Pablo?», me dijo uno de esos yoes que te hablan. Sí, además me gustaba ir a las librerías. Ese fue el primer pensamiento, que se hizo recurrente. Entonces iba a las librerías y ya no miraba tanto los libros, sino que miraba la iluminación, los estantes, cómo sería mi cosa. Y empecé a imaginar un delirio, con una casa enorme con distintas habitaciones donde en una te recibía un librero especialista en historia, en otra un especialista en filosofía.

Por suerte, sí, tenía el dinero. Me puse a buscar casas con una idea clara: hacer una librería para visitar, no una librería de paso, no quería que estuviese en una avenida. Hoy este ya no es un barrio alejado, aunque tampoco lo era demasiado en ese momento, pero prefería que alguien se tomara su tiempo para venir, que viniese una vez al mes y se comprase dos o tres libros que una vez por semana y se llevara uno o ninguno.

Vi unas setenta casas, y me quedé con la primera. Estaba tan rota que yo no me animaba. Pero mi amigo de la inmobiliaria me decía: «Volvamos ahí», y yo dudaba. Había grietas que daban miedo. Vine con un arquitecto y me dijo: «Esto se arregla, vas a tener que invertir, pero no tenés que demolerla y hacerla de nuevo». Este lugar se vendía para tirar abajo, como terreno.

Yo quise abrir la puerta del baño y estaba cerrada, y el vendedor me dice que no tiene la llave. «¿Para qué querés abrir, para qué la estás comprando?», me dice. «Porque quiero poner una librería». Donde hoy está la liberaría había una imprenta medio clandestina, no en el sentido de que hacía panfletos prohibidos, sino que la tenía un familiar sin autorización comercial. Eran tres casas con tres puertas. Con una entrabas arriba, por la otra entrabas a todo lo de abajo y por la tercera a una casa que estaba en medio. Yo compré el bloque. Eso fue en septiembre de 2004.

Tuve mucha suerte, porque un buen día llamo a un amigo que laburaba en una librería y le digo que nadie me daba pelota. Yo llamaba y nada. Alguna me abría, alguno se animaba a venir y veía la obra, pero no avanzaba. Mi amigo me dio el número de Santiago Roca, que junto con hermano manejaba en ese momento la distribución de Tusquets. Hablo con él y justo conocía a alguien en común conmigo y me abrió la cuenta. Y que te abra la cuenta Tusquets era como: «¿Y quién te abrió la cuenta?». «Me abrió tal y tal y Tusquets». «¿Tusquets?, ah, sí, entonces te abro».

En ese momento Google no era como ahora, que ponías un nombre y averiguabas cualquier cosa. Yo creo que cuando vieron el proyecto y que había una inversión aflojaron. Unos me hicieron comprar una parte en firme.

También hice una importación muy grande de libros de Alianza y de Cátedra desde España que terminé de vender ahora durante la pandemia, quince años después. Marqué como un loco desaforado y después te das cuenta de que no vendés tanto como creías. Tiene mucho que ver con mi perfil lector. Soy un lector sobre todo de literatura. Cuando marcaba un catálogo marcaba lo que a mí me gustaba y lo que creía que podía ser afín. Joyce no me conmueve, pero si puedo tener veintitrés ediciones del Ulises, las tengo. En realidad, no es que no me conmueva Joyce, es que no estoy a su altura. Después conocés una editorial que tiene dos o tres libros que te gustan y empezás a entender que hay un universo ahí y pedís todo de esa editorial. Obviamente hay errores y marcas cosas que no van con el perfil que buscas. Y después están las preguntas de la gente que viene. El público te empieza a mover el perfil.

Las librerías que tenemos un espacio por arriba de los cien metros cuadrados compartimos un montón de cosas, no hay ninguna que no tenga el Ulises o las novedades literarias que te mandan las editoriales por impulso. Pero después está eso de quemarse las pestañas mirando los catálogos; o pidiendo libros que te venden en firme porque queda solo uno y lo compras igual; o que te digan que no lo vas a vender y vos lo querés igual, aunque sepas que lo vas a tener cinco años.

El nombre nace ahí, en ese sitio [señala un punto en la terraza cercano a la puerta de acceso que da a la escalera]. Estaba parado ahí con los arquitectos viendo el tema de las letras que ves en el piso. El primer nombre que se me ocurrió fue «Desasosiego», y no era por Pessoa, era porque a mí la palabra me gustaba, el sonido, no lo que significaba. Cuando lo empecé a comentar la gente me decía que ir a «Desasosiego» era un bajón. Empecé a buscar otras palabras que me gustaran y pensé en cadencia. El desasosiego tenía que ver con lo que me pasaba a mí a mis veintiocho y lo que me pasa un poco con la lectura. Uno entra a una librería y siente desasosiego, porque ves todos esos libros y pensás: «¿Qué es esto, todo lo que me falta, todo lo que querría haber leído?». Entonces volví a la palabra cadencia.

Un buen día estaba hablando acá con los arquitectos, y así de la nada, como en la ducha, hice sinapsis y dije: «La eterna cadencia», la eterna búsqueda del conocimiento o no sé de qué, a través de los libros. «Lo tengo», pensé. Se lo comenté a la arquitecta y me dijo: «No, no me gusta nada». Bueno, a mí sí me gustaba y faltaban dos o tres meses para abrir y necesitaba hacer algo tan básico como el logo.

La Editorial Eterna Cadencia: Un Nuevo Capítulo

La editorial surge dos años después. Empezamos en agosto de 2008, cuando ya tenía la librería más agarrada. Los dos primeros años fueron durísimos. El primer día abrí, entraron dos personas y creo que vendí dos libros. «Con esto vamos a tener que remar», pensé. La gente no dijo: «Pablo, qué linda tu librería». Pero cuando me sentí cómodo, sentí que ya podía hacer algo más.

Ahora voy a parecer el chico sinapsis, pero juro que es verdad. Una mañana vi un repartidor haciendo fuerza con la zorra [carretilla] mientras trataba de entrar unas cajas a la librería y dije: «Cómo me gustaría entrar como caja a un montón de librerías». Ese fue el razonamiento que tuve, te lo juro [carcajadas]. Traducido: me gustaría tener una editorial.

Podría haber sido también «me gustaría tener una distribuidora», como tengo ahora. La voz interior me decía que me dejara de joder, que no tenía idea de cómo era una editorial; y al día siguiente lo mismo, y al otro también, y otra vez a los quince días y al mes. Y me encuentro con una de las primeras editoras que me vino a visitar acá: Leonora Djament, que era editora de Norma y había pasado por Alfaguara. Una señora que en ese momento estaba embarazada. Vino a proponerme algo para hacer un evento de Norma. Yo pensé: «Uy, uau, me viene a visitar un editor».

Tuve una charla de trabajo con ella, armamos el evento y yo ya tenía en la cabeza lo de la editorial. Pensé en hacer un paso que no había hecho con la liberaría, que fue formarme. Cuando yo abrí la librería algunos me acostaron sin chupete; por falta de experiencia me vendieron en firme al treinta por ciento cuando te consignan al cuarenta. A algunos se las he pagado muy románticamente.

Decidí formarme al menos un poco. Había un curso de edición que daba… Leonora Djament [risas] en la escuela de Letras. Me anoté en ese curso para tener alguna idea y pensar con sustento. Contraté a mi profesora [risas]. Fue entre los dos. Se juntaron el hambre y las ganas de comer. Ella tenía ganas de volar más libremente, de salir de una editorial grande como Norma, y yo tenía ganas de empezar. Ella largó Norma después de diez años estando embarazada, se tiró un piletazo [un salto al vacío] importante.

Leo viene de la carrera de Letras y Filosofía, del ensayo literario, pero también es muy lectora de ficción. Y yo soy casi exclusivamente lector de ficción. Tuvimos entonces una primera charla sobre qué nos gustaría, esto puede servir, esto vende menos explosivamente, pero vende sostenido en el tiempo… Le compré la idea porque yo no sabía nada.

Vamos a terminar este año con doscientos veintidós libros. Siempre a un ritmo de entre quince, el año que menos editamos, y veintitrés, el año que más lo hicimos. Hay un poco de todo. El norte, claramente, no es que venda, pero tampoco somos tontos. El ideal es autores que nos gustan, que sean buenos y que al menos vendan, aunque no sean tan masivos. Lo que quiero tener en mi casa está repartido en un montón de editoriales, y yo tengo acceso a muy pocos autores. No somos de robar autores. Nos han robado, pero es un juego natural. También le hemos dicho que no a autores a los que le hemos publicado dos o tres libros. No creo en la obligación de un autor de publicar con una editorial ni que estemos obligados a publicar para siempre a un autor. Puede ser que no rinda o que pase algo o que creamos que el autor se repite.

También pasa que, como fuimos creciendo, tenemos acceso a más autores y uno tiene la posibilidad de escalar. Y obviamente hay autores que no venden nada y es muy difícil, porque sale muy caro mantener la maquinaria de una editorial. Si vende cincuenta ejemplares es muy frustrante para todos: para el autor, para nosotros, para todos.


Logo de la Editorial Eterna Cadencia

Expansión a Uruguay: La Librería La Lupa

Hablando de Uruguay, abriste una librería en Montevideo. Me fui a Uruguay porque conocí a mi socio, que se llama Alejandro Lagazeta, acá en Buenos Aires. Estaba trabajando acá un sábado y entra un tipo de unos treinta años. Y me cuenta que tenía una librería en Uruguay que se llama La Lupa y que se cruzaba cada fin de semana a Buenos Aires. El tipo era gerente financiero en una empresa de levaduras y los domingos empezó a ir a Tristán Narvaja, que es una calle donde se venden cosas usadas, entre ellas libros. El primer día llevó veintitrés libros y vendió uno. Hoy tiene veintidós mesas. En medio de eso, le ofrecen comprar una librería muy chiquita, un tipo grande que él conocía. Se la dejó por nada. El tipo la empezó a mover y, como es muy inquieto, se cruzaba a Argentina para comprar libros. Quería comprar libros de la editorial y de la librería, con descuento. Así empezamos a generar una relación.

Al tiempo, en 2008, yo ya estaba con otro proyecto, la Fundación Filba y el festival del FILBA, muy bien agarrado y sentía que podíamos dar un poco más. Entonces decidimos hacerlo en Uruguay. Ya traíamos autores de todos lados y pensamos: «Poner un Buquebus que los lleve a Montevideo y los traiga de vuelta, ¿por cuánto nos puede salir?». Me crucé a Uruguay y le dije a Alejandro si le gustaría participar. Me fui una vez, me fui dos veces, y nos empezamos a hacer amigos. Durante el transcurso del festival, tomando una cerveza en un bar, pensamos en hacer algo juntos. Se dio algo muy afectuoso entre nosotros, la affectio societatis, como se llama, que es una de las cosas de las que depende el éxito de una empresa. Yo nunca había tenido un socio, y con él nunca tuve ningún problema.

Librería Eterna Cadencia - Buenos Aires, Argentina

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