Los coreanos comparten una historia ininterrumpida en el mismo territorio que se remonta miles de años atrás. La península actual, dividida políticamente, es un reflejo de épocas remotas como el período de los Tres Reinos (57 a.C.-668), durante el cual las dinastías Goguryeo, Silla y Baekje compitieron por el control de un dominio que se adentraba en Manchuria.
Sin embargo, existen pruebas arqueológicas que corroboran la presencia de seres humanos en esta península desde hace miles de años, y demuestran que un pueblo avanzado habitó en ella hace 7000 o 8000 años.
En el corazón de la antigua Mesopotamia, floreció una civilización que legaría al mundo una de las obras literarias más antiguas y trascendentales: la Epopeya de Gilgamesh. Este relato épico, protagonizado por un rey sumerio de la ciudad de Uruk, no solo ofrece una ventana a la cosmovisión de una sociedad milenaria, sino que también explora temas universales como la amistad, la mortalidad y la búsqueda del sentido de la vida.
El exorcista Sîn-leqi-unninni se dedicaba a tareas propias de escriba, mago y sacerdote alrededor del año 1300 antes de Cristo. La escritura cuneiforme existía entonces en Sumeria desde hacía cerca de dos mil años y él pasaba las horas rodeado de relatos centenarios, identificados y ordenados en un riguroso orden establecido que podría ser la envidia de una biblioteca moderna.
Joaquín Sanmartin, catedrático emérito de Filología Semítica en la Universidad de Barcelona, asegura que Sn-leqi-unninni utilizaba la insatisfacción de su época y una muy personal disposición a transgredir cuando decidió escribir la epopeya que llevará como título la primera frase: ′el que vio lo más profundo′. Ya había varios relatos que recogían la gloriosa fama de esta figura popular de la antigüedad y unas hazañas que de hecho decoraban incluso palacios de su tiempo.
La sociedad dominada entonces por los valores tradicionales de la familia debió sorprenderse mucho al ver cómo la creación era dejada en manos de una prostituta que fornicaba durante siete días y siete noches. La desbordante pasión por la vida tan bellamente recogida en la primera parte del relato, sin embargo, sólo es comparable con la sobrecogedora preocupación por la muerte en la segunda.
La Epopeya de Gilgamesh - Mitología Sumeria
Gilgamesh es según registros arqueológicos quien construyó el templo de Enlil en Uruk. Enlil es etimológicamente ′el señor contencioso′ y para muchos entonces el más importante de los dioses que divide el cielo de la tierra y crea a los hombres del barro. Enlil no se deja mirar ni representar como sí hacían los otros dioses.
Huwawa era el guardián de un lugar privilegiado que, por su vegetación, quizás correspondía a los Zagros de Irán o a la todavía reservada área denominada ′Bosque de los cedros de Dios′ en el actual Líbano. Enlil, que era en realidad sólo el más conocido de la tríada de dioses más poderosos de Sumeria, le había dado ese cargo y siete brillantes auras o cotas que lanzaban rayos para impedir a los hombres entrar en aquella zona reservada.
Según otro poema sumerio fue también Gilgamesh quien asaltó el jardín sagrado junto al río Eúfrates, mató a la serpiente que no puede ser hechizada y cortando de raíz el árbol Huluppu. La madera de este árbol mágico, que fue también testigo de la creación, le servirá al fornido rey para tallar un trono a la diosa Inanna, más conocida por su equivalente babilónico Ishtar.
Hay que tener en cuenta que esa promoción o interesada información religiosa sobre aquella ′reina del cielo′, era justo la opuesta a lo que enseñaban los profetas de la Biblia, como Jeremías, alrededor del año 500 antes de Cristo. Los protagonistas podían ser los mismos en ambos relatos pero la descripción de lo que podemos esperar de ellos, cambia sustancialmente. No es que no sea similar, ¡es que es la opuesta!
La literatura sumeria no es como la griega. Ha sido arrancada de la tierra a base de golpes de azada, en medio de conflictos armados y sigue en perpetua reconstrucción todavía hoy.
Hormuzd Rassam fue sin embargo clave en tareas diplomáticas que le costaron cadenas y que le permitieron recuperar en Nínive los primeros restos de la Epopeya de Gilgamesh en 1854.
George Smith trabajaba entonces para el Museo Británico y ya había descubierto el registro arqueológico que confirmaba la existencia del bíblico rey Jehu. George Smith y Archibald Sayce, lingüista y profesor de Oxford, escribieron ′The Chaldean account of Genesis′ (London, Hampson Low, 1880) y fue presentado a la comunidad científica como el registro caldeo de los relatos ya conocidos a través del bíblico libro de Génesis.
Muchos académicos ya se habían hecho a finales del siglo XIX una idea específica de qué debían esperar de la Biblia y el escritor escocés Andrew Lang, especializado en folklore, mitología y religión, lo resumía perfectamente en una frase que se ha hecho muy popular: ′usaba la estadística como un borracho usa una farola... ¡más para sostenerse que para iluminarse!′.
Fragmento de la Epopeya de Gilgamesh en el Museo Británico.
Friedrich Delitzsch, profesor en la Universidad de Berlín, aseguraba en ′Babel and Bible′ (Chicago, 1903) que el Antiguo Testamento estaba tan contaminado por la influencia babilónica que debía sustituirse por la tradición alemana y conservar así solamente los rasgos arios del Nuevo Testamento.
Alfred Jeremias, profesor de la Universidad de Leipzig, había traducido la Epopeya de Gilgamesh al alemán en 1891 y aseguraba que incluso la figura de Jesús no era más que un Gilgamesh israelita y nada más que una copia de esa misma e incontable saga de personajes como Abraham o Moisés.
En su propio tiempo Jean-Baptiste Pérès, profesor de física en la Universidad de Lyon, escribió una exitosa sátira titulada ′Gran Erratum′ (BNF, 1835) donde bromeaba dudando también, por qué no, de la existencia del entonces reciente conquistador Napoleón Bonaparte.
La modernidad no necesitaba encontrar la Epopeya de Gilgamesh para entender que el relato bíblico tiene influencia de relatos sumerios. La propia información interna que contiene la Biblia ya asegura que de hecho el ser humano en general procede de ese pequeño rincón a las orillas del Tigris y el Eúfrates.
De Abraham en particular está escrito que procede específicamente de la ciudad de Ur, confundida hasta hace poco por algunos académicos con Ur Kasdim. Las tribus nómadas que ocuparon Canaán desde el desierto precisamente en la misma época en la que Sn-leqi-unninni escribía su relato, eran descendientes de aquel adorador de Nannar, la diosa sumeria de la Luna.
Las conflictivas y empobrecidas tribus habiru o apiru huidas de Egipto mencionadas en el relato de ′La toma de Yapu′, datado en el año 1456 antes de Cristo; las tribus I.si.ri.ar mencionadas en la estela del faraón egipcio Merneptah, datada en el año 1208 antes de Cristo; o las tribus Sashu de Yhwh, mencionadas por Amenofis III y Ramses II hasta el año 1279 antes de Cristo, podrían encajar fácilmente con las doce tribus que serán clave luego en la escritura de la Biblia.
¡Hasta los magos que encuentran a Jesús estudiando las estrellas según los relatos del siglo I vienen de Oriente! Jesús, de hecho, es identificado en la Biblia como el segundo Adán, que según algunos académicos podría haber sido contemporáneo de Alulim, el primer y más antiguo nombre en las genealogías de reyes sumerios.
Si el problema es que el relato de la Biblia tiene diferencias en algunos detalles con los múltiples relatos que existían paralelamente ya entonces -lease Ziusudra, Enuma Eli o Atrahasis- porque no han sobrevivido dos relatos exactamente iguales en Mesopotamia-, la pregunta más razonable sería ¿qué hace que un relato sea más creíble que el otro? ¿quién tiene la razón cuando dos o más discuten?
