Luis, conocido artísticamente como "Joselero de Morón", fue un cantaor flamenco que dejó una huella imborrable en la historia del flamenco, especialmente en Morón de la Frontera. Su apodo lo tomó de su hermano mayor, Joselero, aunque este último nunca lo utilizó, siendo conocido como "El Niño de la Puebla" durante su tiempo de actuación junto a destacadas figuras como el Cojo de Málaga, la Niña de los Peines y Cepero.
Morón de la Frontera, cuna del flamenco y hogar de Joselero de Morón.
Desde joven, Luis se nutrió del cante que escuchaba a su hermano y a su madre, quien, según se decía, "cantaba que quitaba la cabeza". Posteriormente, su vida se entrelazaría con la de Diego del Gastor, quien se convertiría en su cuñado al casarse con su hermana Amparo.
Un Diego del Gastor a quien él tanto admiraba y quería: “como guitarrista: un monstruo; y como persona muy bueno y muy cariñoso, a pesar de sus rarezas y de sus cosas”, y con quien Luis vivió intensamente la última época de esplendor que ha conocido el flamenco en nuestro pueblo.
Aquellos años sesenta y setenta, en los que Morón se convirtió en una especie de Meca flamenca, con Diego como eje central, a la que acudían extranjeros de todos los países y nacionalidades, buenos aficionados de toda edad y condición, y por la que continuamente pasaban artistas de la talla de Perrate, Talega, Antonio Mairena, Fernanda y Bernarda de Utrera o Manolito el de María. De esa época datan las grabaciones más interesantes que nos ha dejado.
Su Legado en el Cante Flamenco
En el terreno cantaor, hay que insistir una vez más en que Luis asimiló e hizo suyos los cantes por soleá que, de su andar errante por la Serranía de Ronda y la Sierra de Grazalema, trajeron a Morón los padres de Diego del Gastor: Juan Amaya y Barbarita Flores.
Fue precisamente en esos cantes por soleá donde Luis se encontró más a gusto y donde alcanzó sus máximas cotas artísticas, aunque de ninguna manera podemos olvidar esos tangos que, al parecer cantaban las gitanas viejas de Marchena, y que él recreó con esa gracia y con ese sabor, con ese temple y ese sentido del tempo y del compás que él imprimía a cuanto pasaba por su garganta.
Ahí quedarán per secula seculorum esos tangos canasteros grabados con la inolvidable guitarra de Diego del Gastor. Y ahí quedarán también para siempre esas alboreás que Luis recreó de forma tan singular y diferente a todos los cantaores que la habían interpretado anteriormente, siendo el segundo, tras Rafael Romero «Gallina» que las había grabado en 1954 para la antología Ducretet Thomson, reeditada en 1959 por Hispavox, que se atrevió a difundirlas en la Antología-Archivo del Cante Flamenco, editada por Caballero Bonald, allá por el 68.
Y ello, a pesar de las críticas de Mairena y Talega por difundirlas públicamente, pues hasta ese momento había sido un cante reservado, exclusivamente, a las bodas gitanas. Durante estos días me he preguntado en repetidas ocasiones lo que habría sido de algunos de estos cantes, si Luis no los hubiese recogido con la autenticidad y frescura con las que después nos los ha transmitido.
Pero, afortunadamente para el cante, Luis supo alumbrar, de nuevo, con su privilegiado metal de voz, la tradición y las raíces cantaores de su familia y de su gente, imprimiéndoles su personal estilo.
Por eso, cuando a Luis le preguntaban que de quién había recibido influencias, él respondía: “Bueno, el cante es mío. Lo poco que yo canto y he cantao siempre, ha sío porque ha salío de mis entrañas. Ha nacío en mí, aunque nadie nace sabiéndolo tó”.
Con estas palabras, Luis nos quería dar a entender -ésta es, al menos, mi interpretación- que el cante se recuerda, se recrea, se le imprime el tono y el matiz personal que refleja la vida del artista. Incluso se le engrandece y mejora como han hecho algunos grandes artistas y como puede ser que otros, que vengan detrás, lo hagan, pero no se inventa, ni mucho menos, de la nada.
Yo le conocí en la última etapa de su vida, dada la diferencia de edad que había entre los dos. Cuando a Luis le preguntaban si cantaban mejor los payos o los gitanos, él cortaba por derecho y respondía sin inmutarse: “El cante es el cante. El cante no es payo ni gitano, porque ha habido siempre mu güenos cantaores payos, y cantaores gitanos que han quitao el sentío. Así que aquí no vamos a hablar de payos ni de gitanos, sino de cante y de cantaores”.
Hoy, cuando ya empezamos a sentir el peso de su ausencia, van acudiendo a nuestra memoria los recuerdos que de él amasamos y, sin necesidad de que lo hablemos, quienes nos hemos sentido y sentimos cerca de él, sabemos que, más de una vez, al pasar por la calle Málaga veremos a Luis sentado en una silla de enea, tomando el solecito en la puerta de su casa como a él tanto le gustaba; que cuando escuchemos a alguien por el Callejón del Pescao pregonando carteras, zapatos, encajes o tiras bordás, se nos aparecerán sus sarmentosas manos, abriéndose y cerrándose como un abanico de peines de colores; que sonreiremos para nuestros adentros cada vez que nos acordemos de esa gracia infantil e ingenua, llena de candor y de ángel con que nos sabía obsequiar a cada instante; y también sabemos, ¡cómo no!, que más de una vez cuando escuchemos algún cante por soleá nos acordaremos de su recia y bien templada voz.
Soy arroyo y no me enturbio aunque me caiga a mí una tormenta.
A mí, como a tantos otros aficionados, nos costará mucho trabajo y tiempo acostumbrarnos al hecho de que Luis ya no está entre nosotros para que nos pueda acompañar y cantar un poquito. Pero, a pesar de todo, no deja de ser un alivio la certeza de que esa soleá, de que esos tangos y esas alboreás recreadas por su voz, seguirán vivas en nuestra memoria, aún muchos años después de que hayamos ido a hacerle compañía.
