Feto: Etimología, Significado y Más Allá

A veces, para comprender el origen o el significado de las palabras, recurrimos a la etimología. Sin embargo, en la lengua, no todo es lo que parece. Según el profesor de Filología Románica de la Universidad de Alcalá, Jairo J. García, “la etimología es ciencia, pero está sujeta a muchas imaginaciones fáciles”. No siempre es sencillo conocer el origen de las palabras, incluso consultando el diccionario. De hecho, la ciencia aún no ha logrado definir la motivación del 100% de las palabras.

Representación del desarrollo fetal.

Etimología de "Feto"

Profundizando en el ámbito de la medicina y la salud femenina, una paciente lectora sugirió escribir sobre algún término relacionado con la mujer y lo femenino. ¿Qué mejor palabra que "fémina"?

Fémina es una palabra tan latina que ni siquiera ha sufrido modificación. Femina, en latín, procedería del inusitado verbo feo, de cuyo participio fetus (‘lo fecundado’) salieron fetus (el ‘feto’), fenus (la ‘usura’, el ‘lucro’: el usurero es un tipo que sabe muy bien cómo fecundar el dinero), y naturalmente femina (‘fémina’).

Pero ‘fémina’ es la palabra culta. Porque femina, evolucionando según los hábitos de nuestra lengua, dio también fembra < hembra. En el Arcipreste podemos hallar estos versos:

«Como dice Aristótiles, cosa es verdadera: el mundo por dos cosas trabaja: la primera, por aver mantenencia: la otra cosa era por aver juntamiento con fembra placentera» (Libro de buen amor, 71).

Lo curioso es que mujeriego no procede de aquí, sino de mulier, de donde nos vino mujer. Isidoro de Sevilla supone que al «femellarius, aficionado a las mujeres, los antiguos le daban el nombre de mulierarius» (‘mujeriego’). La etimología de mulier es confusa: Isidoro, con su pintoresca fantasía etimológica, imaginaba que venía «de mollities [‘molicie’, ‘blandura’, ‘suavidad’], como si dijéramos mollier; suprimiendo o cambiando una letra, da el nombre de mulier»; en cambio, el filólogo alemán Wilhelm Freund (1806-1894) la hacía derivar del griego myllás (que los griegos usaban con el significado de «ramera»). Todo niebla y conjetura.

Lo único seguro es que, mientras en Cicerón mulier significaba «mujer», a Plauto le servía para llamar «gallina» a un cobarde, y para Plinio era la hembra del caballo, es decir, la yegua. ¡A ver si resulta que va a tener razón el Génesis y viene de «costilla»!

Mujer, fémina. Siempre he dicho que las palabras son inocentes, pero que el uso, o el abuso, puede convertirlas en cuchillos. También suavizar sus filos. No hace tantos años la palabra fémina solo era tolerable en el lenguaje achulapado de Arniches: fuera de ahí tenía un matiz burlesco o despectivo. Hoy, con la irresistible ascensión del protagonismo de la mujer y la repetición sistemática de tanto locutor obsesionado por la sinonimia, la palabra ha salido del armario de la burla, y han sido las propias mujeres quienes, a fuerza de usarla, la han desprovisto de su hierro.

El Rol de la Ginecología y Obstetricia

Obstetricia y Ginecología (en algunos países llamada Ginecoobstetricia, Tocoginecología o Ginecología y Obstetricia) es la especialidad médica dedicada a los campos de la obstetricia y la ginecología a través de un único programa de formación académica.

El ginecólogo es el médico especialista en el cuidado de la salud femenina fuera del embarazo, es decir, todos los aspectos de la salud y enfermedad específicos de la mujer y, por tanto, relacionados con sus sistema reproductivo o con su condición de género, son atendidos por el ginecólogo. Etimológicamente la palabra ginecólogo deriva de γυνή, -αικός (gine) = mujer y λόγος (logos) = tratado … por lo que el ginecólogo es el médico encargado del estudio de la mujer.

La obstetricia, por su parte se encarga específicamente del cuidado del embarazo, tanto de los cuidados, riesgos y complicaciones que puede tener la mujer como de la salud del feto, durante el embarazo, durante el parto o durante el puerperio (periodo posterior al parto). Su etimología viene de la palabra latina obstetrix cuyo prefijo ob significa enfrente o posición encontrada, ste de la raíz del verbo sto, stare que significa estar de pie o en posición erguida, y el sufijo de agente femenino trix o triz en español (como en actriz, institutriz, etc.) que se refiere a la que atiende el parto.

Desde hace muchos años las especialidades de Ginecología y Obstetricia se fusionaron por lo que en la actualidad se trata de una sola especialidad.

Ginecología y Obstetricia: Cuidado integral de la salud femenina.

La Importancia de la Prevención y el Tratamiento Individualizado

El objetivo de los Servicios de Ginecología y Obstetricia es ofrecer asistencia a las pacientes tanto en tratamientos como en formación y prevención. En los embarazos de alto riesgo la medida más oportuna es el control prenatal. Un control mensual hasta el cuarto mes de embarazo, luego controles cada tres semanas, cada quince días y un control semanal en el último mes de gestación. Los controles oportunos son vitales para la salud de la madre y del feto.

La Placenta: Un Órgano Prodigioso

La placenta humana, con su bella forma de árbol y sus colores vibrantes, es un órgano prodigioso. Unida a la pared interna del útero y al bebé en formación, representa el estrecho y delicado vínculo materno-fetal asegurando un flujo vital constante, como el árbol que hunde sus raíces en la tierra para nutrir al fruto.

La placenta desempeña una multitud de funciones esenciales para el desarrollo y la protección del bebé durante el embarazo garantizando la provisión de nutrientes, oxígeno, hormonas, anticuerpos, así como la eliminación de desechos, sin que la sangre de la madre y del bebé se mezclen. La barrera placentaria asegura la protección física y biológica del pequeño humano durante su gestación.

La placenta protege al feto en sus membranas (“la bolsa de las aguas”), un envoltorio suave y resistente, a la vez que contiene el líquido amniótico, manteniéndolo estéril y a temperatura constante. Aunque algunos tóxicos como el alcohol, el tabaco o ciertos fármacos logran traspasarla, la placenta resguarda al bebé de gran número de sustancias nocivas y agentes patógenos actuando de filtro. También protege al feto enviando a la madre un mensaje inmunitario para “ocultarlo” de su sistema inmune, neutralizando posibles respuestas de rechazo por parte de anticuerpos maternos.

La placenta vela por la vida del nuevo ser desde su etapa embrionaria y hasta después de su nacimiento, permaneciendo unida a la matriz materna y proporcionando oxígeno y nutrientes no sólo durante el embarazo y el parto, sino también inmediatamente después. Cuando el cordón umbilical no se secciona de inmediato tras el nacimiento, puede seguir latiendo entre cinco y treinta minutos, suministrando un aporte extra de oxígeno al bebé que facilita su adaptación a su nuevo medio aéreo. Además, existe evidencia de que el corte tardío del cordón umbilical previene las deficiencias en hierro durante el primer año de vida del bebé.

La placenta es un órgano único, esencial en la asombrosa formación de cada ser humano. No es de extrañar que sea venerada en muchas culturas y se ritualice la culminación de su labor, a menudo enterrándola junto a un árbol. En países de Asia, como Indonesia o Malasia, también es común honrar a la placenta como un hermano protector del bebé. Esta creencia no está muy alejada de las circunstancias biológicas en que se forma la placenta, pues se separa del primer grupo de células que forma al embrión y crece a la par con él, manteniendo su mismo ADN.

También los indígenas americanos Quechua y Aymara en el sur, y los Navajo, en el norte, otorgan un carácter sagrado a la placenta. Las palabras que designan a la placenta también pueden evocar esta veneración ancestral: en Islandia es llamada “fylgia” que significa “ángel de la guarda” y para los maori de Nueva Zelanda es “whenua” la misma palabra que designa a la tierra. En nuestro idioma, “placenta” tiene origen grecolatino y significa torta redondeada y plana (y agradable, “placentera”), expresión que comenzó a utilizarse en los primeros tratados de medicina en latín, en el s.

La medicalización del parto ha favorecido que la placenta se considere un desecho orgánico más entre los residuos hospitalarios, e incluso que algunas clínicas se lucren con su venta a laboratorios de cosmética o que se utilicen para operaciones de córnea, dentro del mismo hospital, y muchas veces sin el consentimiento de la mujer. Muchas madres y padres que desean conservar la placenta -o tan solo mostrar agradecimiento tocándola y mirándola unos minutos-, a menudo se encuentran con obstáculos e incomprensión.

Afortunadamente, son cada vez más las mujeres que exigen apropiarse de sus partos y también de sus placentas, tanto si dan a luz en casa como en el hospital.

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