Gracias al patio de vecinas (y vecinos) tuitero, ha llegado hasta mi conocimiento la publicación en el Huffington Post de un polémico artículo llamado Los niños de tres años son unos imbéciles, sobre el que estaban lloviendo críticas. Muerta de curiosidad, me ha faltado tiempo para buscar el artículo.
A mucha gente le ha impactado especialmente el uso del término imbécil, y una de las teorías que se barajaba para explicar el uso de un epíteto tan ofensivo era un error de traducción. Así que me he ido corriendo a buscar el artículo original y este resultó ser el título primigenio: 3 Year Olds are Assholes.
Peor todavía. Personalmente, yo el término “asshole” no lo traduciría como imbécil, sino más bien como gilipollas. O, si se prefiere, literalmente, agujero (hole) del culo (ass). Sea como fuere, no es una manera ni bonita ni elegante de dirigirse a un niño, y mucho menos a nuestro propio hijo.
Evidentemente es un artículo exagerado, hiperbólico y con tintes caricaturescos. Pero creo que llamar gilipollas -o imbéciles si se prefiere- a los niños de tres años cruza claramente la delgada línea que separa lo políticamente incorrecto de la ofensa gratuita. Y también creo que ofender públicamente a alguien que no puede defenderse es de muy mal gusto, o dicho en términos más coloquiales, tener muy mala follá.
¿Qué esperamos de los niños?
El problema, como casi siempre, reside en nuestras propias expectativas, muchas veces más cercanas a nuestras necesidades que a la propia realidad. ¿Qué esperamos de ellos? ¿Que un niño de tres años pase una tarde de lluvia leyendo tranquilamente el periódico en el sofá? Siempre me ha llamado la atención cuanto se informa alguna gente a la hora de comprarse un coche o cambiar de móvil, y en cambio lo poco que se informa antes de tener un hijo. ¿En serio que esperabais algo distinto a esto?
Nos hemos olvidado de cuando nosotros mismos éramos niños. No sabemos controlar nuestra propia ira y nuestras frustraciones y les exigimos a ellos disponer una habilidad de la que frecuentemente carecemos. Les enseñamos que no deben pelearse con otros niños mientras insultamos a un conductor que nos está adelantando. Queremos que sean consecuentes con sus actos pero luego dejamos objetos de valor a su alcance y nos quejamos de que los rompen. No queremos que sean materialistas pero tratamos de sobornarles para que se porten bien. Pretendemos que sean conscientes de nuestras necesidades como adultos pero frecuentemente obviamos las suyas. Les pegamos un tortazo para enseñarles que no deben pegar a sus hermanos. ¿Quién es aquí el gilipollas?
Esto no significa que no tengamos que educarles. Claro que sí, tenemos que educarles, ese es precisamente el gran reto que subyace bajo todo este asunto. Y en consonancia con esto, su trabajo consiste en rebelarse, ponernos a prueba, romper todo lo que puedan, decir a todo que no, sacarnos de nuestras casillas y hacernos creer que somos los peores padres del mundo.
Ser padre no es fácil, pero ser un niño tampoco. Y de esto poco o nada se habla. Nuestros hijos han venido a este mundo precisamente a enseñarnos que todo lo que creíamos hasta ahora acerca de los niños es mentira. Que no existen los dogmas, ni las fórmulas mágicas, y que ser padre es tan maravilloso como doloroso, tan satisfactorio como frustrante, y tan enriquecedor como agotador.
No, los niños de 3 años no son gilipollas, ni mucho menos. Los niños de tres años son cojonudos. Los niños de tres años son creativos, y con dos cartones viejos construyen un castillo inexpugnable. Los niños de tres años son sabios porque encuentran la felicidad en los placeres más sencillos. Los niños de 3 años son sinceros, absolutamente carentes de cualquier atisbo de hipocresía, y dicen exactamente lo que piensan aunque sepan que los próximo que van a oír va a ser un grito.
Los niños de 3 años son una panda de valientes idealistas que luchan con uñas y dientes por lo que creen que es justo a pesar de saber que tienen la batalla perdida de antemano. Y, sobre todo, los niños de 3 años son generosos. Porque encima de tener a unos gilipollas como padres, no sólo no se quejan públicamente de nosotros, sino que además nos ofrecen un amor incondicional, y estoy segura de que en su inocente imaginario no cabe ni remotamente la posibilidad de que sus propios padres les califiquen como gilipollas.
Ya que no podemos evitar ser unos gilipollas, al menos seamos lo suficientemente humildes como para admitir que tenemos mucho que aprender de ellos también.
Cómo distinguir entre el niño inquieto y el niño hiperactivo
Con elecciones en media España a la vuelta de la esquina tiemblo al pensar en la sobredosis de política de vía estrecha que se nos viene encima. Pertenezco a esa generación para la que la lucha política era algo grande, vital, exaltante. Ahora casi parece mentira, pero hubo un tiempo en el que aún creíamos que nuestros dirigentes pensaban en nosotros, en el bien común.
Un tiempo en el que uno tenía, al menos, la impresión de que su meta era mejorar las cosas, servir a la comunidad, cambiar el mundo. Claro que entonces no había políticos “profesionales” o apparátchiki. Me refiero a personas (como el presidente del Gobierno sin ir más lejos) que nunca han tenido actividad laboral fuera del ámbito de la política, con lo que eso implica.
Por un lado, implica una obvia desconexión con ciertas realidades de los ciudadanos y, por otro, un apego desmedido al cargo, puesto que quedar fuera del poder significa irremisiblemente quedarse sin trabajo y por tanto sin medio de vida.
Todo esto unido a un encono cada vez más acusado entre los dos partidos principales hace que las campañas electorales se hayan vuelto un rosario de acusaciones mutuas, diatribas y monsergas que hacen que a uno le den ganas de decir aquello de paren el mundo que yo me bajo.
